Anschluss entre las buenas familias

Geidar Dzhemal

Anschluss entre las buenas familias

Mayo de 2012, Islamkom.org

Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos



Con el fondo de los sonoros e importantes acontecimientos, que han sobresaltado el Próximo Oriente a lo largo de los dos últimos años, Arabia Saudí encontró el modo de sorprender a la comunidad internacional. Ministra de Información de Bahrein Samira Radjab ha anunciado al mundo que su país pierde la independencia y se une a su gran vecino. Ante nuestros ojos se realiza lo que en la práctica económica no del todo legal se suele definir como “absorción”.

Desde el punto de vista histórico Bahrein tiene más méritos que Saudia ya que su historia comienza al menos en el tercer milenio antes de J.C. En la época islámica las islas del archipiélago formaron parte de las tierras de los Karmat (ss.IX-XI) – el ala radical de izquierda de los ismaelitas que incluso llegaron a tomar La Meca al asalto. Así que de alguna manera la historia “chiita” de Bahrein es más antigua que la de Irán chiita (desde 1500). El clan gobernante en Bahrein es un eslabón de la tradicional cadena formada por el partido “anglófilo”, al que, por otro lado, pertenece toda la nobleza hereditaria de Oriente. Está claro que el pequeño estado se vio obligado a caer en los brazos del vecino gigante por las adversas circunstancias. Potentes manifestaciones antimonárquicas de los chiitas que componen el 75% de la población han obligado a los saudíes a meter en Bahrein sus tropas, a falta de comentarios de la comunidad internacional, para ahogar la “primavera de Bahrein” en sangre. En el momento presente sobre todos los edificios administrativos mínimamente significativos de la minúscula monarquía ondean dos banderas: la propia y la saudí; hay aproximadamente dos mil militares saudíes desplegados en las islas.

Está claro que la iniciativa de la anexión no había partido de la familia reinante en Bahrein, sino de Er Riad. Sin embargo este paso, poco lógico, estratégicamente desventajoso para los saudíes, y extremadamente peligroso para el conjunto de la región, fue dado de resultas de la grave situación por la que atraviesa la más grande monarquía del mundo árabe.

Hace 22 años Iraq de Saddam, que por entonces se contaba entre los aliados de los Estados Unidos se encontraba en una situación también muy grave y optó por invadir Kuwait, ya que Saddam pensaba que no tenía otra salida. La durísima guerra de nueve  años contra Irán que no terminó en nada, pese a las gigantescas inyecciones financieras y ayuda técnico-militar de Occidente, que costó al pueblo iraquí quinientos mil muertos, era percibida por la población como una guerra perdida. Saddam necesitaba compensar aquella derrota a toda costa, teniendo en cuenta además que era el deudor de Kuwait que le había financiado en la guerra contra Irán.

Claro está que en el caso de Kuwait la cosa formalmente no se parecía a un acuerdo amistoso con la familia As-Sabah, mientras que en el caso de Bahrein la situación es presentada como una especie de “anschluss” y en cualquier  caso la diferencia salta a la vista: Saddam tuvo que invadir Kuwait con sus fuerzas armadas, mientras que saudíes primero mandaron un contingente para ayudar a Hamad-al-Jalifa a luchar contra su propio pueblo…

¿Qué causas empujaron a los saudíes a dar este paso, claramente desesperado?  En primer lugar la derrota en Siria. Los saudíes fracasaron en el intento de derrocar a la familia Asad, lo cual representa un gran desastre geopolítico de la monarquía a la que a menudo, aunque no del todo correctamente, llaman “wahhabita”. Según los planes de Er Riad, la eliminación del régimen actual en Siria debía abrir el camino a la agresión contra Irán, y por otro lado, demostrar a todos los árabes lo acertado del curso tomado por Arabia Saudí, para en última instancia poner a todos los regímenes monárquicos del Golfo Pérsico bajo el control de Er Riad, creando algo así como el pacto militar de la península, núcleo del futuro califato, que inevitablemente surgiría tras la desaparición de la república islámica. En su lugar Er Riad, en primer lugar, ha demostrado a sus vecinos su incapacidad para dirigir el destino ajeno (el de Siria en este caso); el fracaso en Siria mostró además a todo el mundo el poco apoyo que el régimen saudí recibe de la Casa Blanca de Obama. En realidad los planes de la dinastía “wahhabita”, elaborados en la época de Bush-hijo, no atraen para nada a los demócratas radicales, cuyo líder es el presidente-cosmopolita  de piel negra. Sus prioridades en general poco tienen que ver con la problemática del Gran Oriente Medio que fue tan importante para su predecesor.

Sin embargo el fracaso en Siria – que representa en realidad el fiasco de toda la estrategia antiiraní – es el eslabón final en toda una larga serie de derrotas. Las más dolorosas fueron el derrumbe del régimen de Mubarak en Egipto y del régimen de Abdalah Saleh en Yemen. Ambos indudablemente eran clientes de la dinastía saudí y figuras prorrepublicanas, perfectamente inscritas en el diseño del mapa mundial hecho por los neoconservadores norteamericanos. Su desaparición ha dejado dramáticamente al desnudo al reino saudí. Yemen es en general el bajo vientre del sur de Hiyaz del que a lo largo de la historia militar de la península partía la amenaza hacia el norte y las invasiones. El paso del poder político de hecho en Yemen en manos de los radicales señala que el cerco en torno al “reino del desierto” comienza a cerrarse. Muchos opinan que los saudíes estaban detrás de la derrota del dictador libio, pero no es cierto. La muerte de Kaddafi no interesaba al régimen saudí, pues a pesar de los grandes escándalos con los saudíes en el pasado, el dictador libio había cambiado sustancialmente su plataforma política a raíz de la eliminación del régimen de Saddam en 2003. Mucho más interesado en los cambios en Libia estaba el rival de los saudíes – Qatar. Y es otro motivo que causa el dolor de cabeza al “protector de los dos santuarios” (La Meca y Medina). Pequeño pero muy rico estado lleva ya quince años desafiando a la dinastía saudí, pretendiendo ocupar el liderazgo en la parte árabe del Golfo Pérsico. Los intentos de neutralizar por la fuerza a Hamad bin Halifa at-Tani de momento no han obtenido el éxito.

Uno de los serios problemas que existen para Er Riad es, sin duda, el desarrollo político de aquella perspectiva  dentro del Islam que se suele relacionar con los Hermanos Musulmanes. Su clara victoria en las elecciones egipcias no solo ha sacado a aquel país del control de los saudíes, sino que ha reforzado las posiciones de Erdogán en Turquía, que indudablemente, en varios puntos se une a las posturas de los “Ihvan-al-muslimin”. Turquía además intenta activamente acercarse a los palestinos, lo cual significa en primer lugar el acercamiento a HAMAS – movimiento que había surgido como una rama de los Hermanos Musulmanes. Los saudíes siempre han considerado esta rama del Islam político como su peor enemiga. Precisamente por eso en la cuestión palestina siempre han apoyado a los conformistas, que siguen al régimen israelí, en particular apoyan a Mahmud Abbas como el “líder legítimo” palestino.

Miren por donde miren los saudíes no ven más que cuñas clavadas. Los Hermanos Musulmanes alcanzan posiciones de liderazgo en el Magreb, Turquía se distancia de Israel y se aproxima a Irán, en Siria Asad conserva el mando, el Occidente pierde el interés en la realización de los viejos esquemas elaborados por los saudíes con Bush, China y Rusia muestran solidaridad con Siria e Irán, las monarquías del Golfo Pérsico ven con escepticismo la idea de repetir en la Península Arábiga la dudosa experiencia de la Unión Europea… Todo ello con el acompañamiento de la clara perspectiva del agotamiento de los recursos petrolíferos en un futuro no muy lejano.

¿Qué es entonces lo que los saudíes esperan resolver con la anexión de Bahrein?  Los que piensan que este paso fue coordinado con los Estados Unidos, ya que en Bahrein se encuentra una importante base estadounidense, que podría estar amenazada por la revuelta de los chiitas, no deberían de precipitarse con sus conclusiones. Sucede justamente al contrario: la anexión del país vecino por un lado proporciona  a Er Riad la palanca de presión sobre Washington al convertir a Arabia Saudí  en el garante de la seguridad de la base; por otro lado atenta contra esta misma seguridad ya que lleva al aumento de la resistencia, ahora ya no solo contra el régimen propio, sino también contra los ocupantes. Los saudíes han pasado a ofrecer las lecciones oportunas a sus pequeños vecinos de la península: lo que fue ideado como una alianza voluntaria contra Irán en el caso de la victoria estratégica en Siria, ahora se ha convertido en la entrega “voluntario-obligatoria” de la soberanía.
Sin embargo las monarquías del golfo difícilmente pueden estar contentas con la perspectiva de la jubilación en Niza o en Londres. Han podido comprobar que la amenaza no parte de Irán, sino del que era considerado como  su “hermano mayor” y aliado. Arabia Saudí comienza a comportarse en la versión del imperio brutal como se permitían en la Historia Contemporánea potencias como los EE.UU. y la URSS.

Posiblemente la comunidad internacional no reaccione ante esta anexión de la misma manera como reaccionó ante la anexión de Kuwait por parte de Iraq. Al fin y al cabo el rey de Bahrein no huyó para lanzar el grito de socorro al Consejo de Seguridad de la ONU.

Pero está claro que los pura sangre árabes no están dispuestos a meterse en el establo que les ha preparado Arabia Saudí. Los Emiratos Árabes Unidos ya llevan a cabo las maniobras navales conjuntas con Irán. Mientras que Qatar extraoficialmente ofreció a Irán un acuerdo amistoso sobre Siria. De modo que la idea de formar el frente árabe contra la República Islámica de Irán que durante mucho tiempo acariciaron todos aquellos que odian a la teocracia chií, se ha derrumbado ante nuestros propios ojos, debido a la incompetencia y la falta de profesionalidad de los actuales gobernantes del sagrado Hijaz.


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