Aporía como método del pensamiento teológico: la paradoja aporística del “objeto absoluto”

Geidar Dzhemal

Aporía como método del pensamiento teológico: la paradoja aporística del “objeto absoluto”

Poistine.com
19-01-2013

El problema de la filosofía como fenómeno es una cosa sorprendentemente extraña – no queda del todo claro cómo y por qué surge la filosofía. En nuestro mundo, en el que existen distintas filiaciones del pensamiento tradicional (desde los tiempos más remotos, pasando por los tiempos arcaicos y los más recientes), no vemos aparecer el fenómeno de la filosofía más que en Occidente. Concretamente en Grecia, de donde pasa a todo el espacio occidental. Claro que también existen nociones como la filosofía india, filosofía china. Pero, en realidad, semejante calificación es bastante convencional, porque lo que se da es el fenómeno de la articulación de algo que pertenece al campo de la  metafísica, o la imitación bastante endeble y poco convincente del discurso occidental en los tiempos modernos y contemporáneos. Como fenómeno original la filosofía no se da fuera de Occidente, fuera del Occidente helenístico.

La filosofía representa la organización del pensamiento que permite dirigir la persecución de los objetivos, construir una estructura civilizatoria transparente y autocontrolada. Como resultado, esta filosofía que dispone de estructuras obtiene determinados métodos de trabajo con el mundo material: métodos científicos, organizativos, militares, culturales y otros. De modo que la sociedad que posee la filosofía adquiere una ventaja colosal sobre las antiguas sociedades tradicionales (lo que nos muestra toda la historia). Pongamos, como ejemplo, el espacio de India – con una riquísima tradición, dividida en múltiples escuelas fundamentales; inmensa cantidad de personas que practican la contemplación. Y al mismo tiempo la más completa indefensión ante una sociedad mucho más plana, primitiva (occidental), que llega hasta India y a lo largo de una sola generación la pone totalmente de rodillas. Más aún – la transforma tan fundamentalmente, ejerciendo tal influencia sobre la sociedad tradicional india, que incluso después de la marcha de los colonizadores, India sigue siendo un pájaro “tocado”, que salta a la pata coja, pero no consigue levantar el vuelo hacia las alturas de Orión, donde se encuentra el hogar ártico de los Vedas.

¿En qué pues consiste el fenómeno de la filosofía, que organiza el espacio a su alrededor de tal manera que las formaciones sociales que no la poseen quedan impotentes?
En mi opinión, la filosofía aparece en el momento en el que la metafísica de tipo clásico (metafísica de la Gran Tradición) se encuentra con un reto real y terrible. Ocurre en los tiempos arcaicos. Entiendo por la “metafísica de la Gran Tradición” la conciencia simbólica no articulada, estrechamente vinculada con el principio de la Sabiduría, que por definición no necesita de la palabra, ni del lenguaje conceptualizado. Esa metafísica primordial fundamental es retada por la conciencia heroica. Aparece la conciencia heroica. Y en seguida entra en profundo conflicto con la sabiduría metafísica. Algún tiempo después de que este reto “es digerido” por la sabiduría metafísica, ésta responde. La metafísica de la Gran Tradición contesta con determinadas metodologías, en gran medida tomadas de la conciencia heroica, pero dirigidas hacia la conciencia heroica con la finalidad de someterla, de establecer el control sobre la conciencia heroica por parte de la Sabiduría.

Considero que la conciencia heroica surge aproximadamente en los tiempos de Moisés, más o menos en torno a 1200 a. de J.C. Recordaré que por las mismas fechas tuvo lugar la guerra de Troya (es decir que se trata aproximadamente de la misma línea temporal). Y la conciencia heroica permaneció sin más, a su libre albedrío durante varios siglos. El contraataque a la conciencia heroica aproximadamente coincide con los tiempos del cautiverio de Babilonia, que coincide en el tiempo con el nacimiento y actividades de Tales y Pitágoras.

Nada más surgir, la conciencia heroica se manifiesta en una proyección nítidamente discursiva, es decir que en seguida posee determinado vocabulario específicamente organizado. No quiero decir que la sabiduría puramente metafísica no tuviera palabras. No estaba articulada, lo que no quiere decir que no usara palabras. El modo característico en la que se manifiesta la sabiduría no articulada son los himnos. Los himnos más arcaicos, antiguos son llamados peanas – formas de alabanza en el límite de la glosolalia. Cuando aparece la conciencia heroica, transforma el recurso verbal en lo que se puede llamar épica. La narración épica sobre las hazañas del héroe es una estructura fundamental, que luego dará lugar a muchas cosas, posteriormente retomadas por la propia metafísica que pasa a la ofensiva.
Metafísica, que pasa a la ofensiva contra la conciencia heroica, crea la filosofía. Es una determinada forma de articulación que va al encuentro de la conciencia heroica, en la que los mensajes fundamentales de la conciencia heroica se falsifican y se devuelven, pero “al revés”.

Aquí es necesario decir algunas palabras sobre el caos.
El concepto del caos, la noción del caos, está íntimamente relacionado precisamente con el momento de la contraofensiva de la metafísica sobre la conciencia heroica y la aparición de los impulsos filosóficos primarios. Algunos consideran que “caos” viene de la palabra griega que significa “hendir”, es decir que se trata de un abismo que absorbe, que está esperando para tragar. Por otro lado, existen interpretaciones posteriores, por ejemplo, en Zenón el Estoico, quien deriva esta palabra de la raíz griega que significa “manar”, es decir que la relaciona con el agua. No con el abismo vacío, sino con un determinado elemento sin estructurar. En cualquier caso, este término aparece en los comienzos de la filosofía y tiene que ver con el complejo encuentro de dos conceptos fundamentalmente distintos, de dos impulsos esencialmente diferentes. Hay que señalar que fuera del espacio occidental en las distintas filiaciones de la Gran Tradición el caos está ausente como concepto, como idea, como objeto de estudio, como objeto de experiencia, la necesidad de huir de él etc. Este concepto como tal no existe ni en la tradición extremo-oriental, ni en la hindú.

Si estudiamos la idea del caos de cerca descubriremos el evidente sincretismo. Por un lado, se trata de algo primario. Es algo que, en palabras de Hesíodo, fue creado o se manifestó en primer lugar. Por otro lado, en la idea del caos está incluido el concepto espacial, de determinada extensión, que representa el escenario en el que se manifiestan diferentes jugadores reales, fuerzas positivas. En tercer lugar, se trata de una substancia amorfa sin estructurar, que se opone a determinados conceptos estructurados, se opone al orden. Es decir que se trata de una idea sincrética, porque en exacta correspondencia con la descripción del caos hecha por Alexandr Duguin, existen varios momentos que son excluyentes desde el punto de vista lógico, pero al mismo tiempo se combinan y están presentes. Ciertamente, o hablamos de la idea de algo primordial, primario, algo que precede a todo, y en este caso se trata del concepto del así llamado “cielo vacío”. Es decir de una forma de afirmación que, en esencia, representa la negación, o sea la absorción y el nihilismo con respecto a todo lo que no es ella. Por otro lado, si se trata de substancia, es una substancia que espera ser fecundada, ya es como un terreno abonado, no el cielo vacío, entonces como mínimo se trata de materia prima. Ya que se trata de la substancia original, dispuesta a recibir el impulso creador de las formas. O se trata de un concepto realmente sincrético que se convierte en muy específico precisamente para la visión occidental. Y se convierte en el concepto, que la metafísica a través de la creación de la filosofía como freno impuesto a la conciencia heroica, devuelve precisamente a la conciencia heroica.

Ahora sobre qué es la conciencia heroica. En realidad existe la conciencia heroica de dos tipos. Existe la conciencia propiamente del héroe y la conciencia heroica del profeta que ha recibido la revelación. El profeta que ha recibido la revelación representa un nivel completamente distinto de la conciencia heroica, pero, no obstante, se trata exactamente de la conciencia heroica. 

Pero nos interesa la conciencia heroica del héroe, o sea el estado del héroe “antes” y “fuera” del profeta que ha recibido la revelación. El héroe es aquel quien es consciente, quien “posee” su conciencia heroica. Hasta que no posea la conciencia heroica, hasta que no se encuentre consigo como portador de la conciencia heroica, no es un héroe. Puede ser lo que sea – superhombre, superser, semidiós, pero en ningún caso es un héroe. Héroe es un hombre que ha comprendido, antes que nada, que está condenado. No simplemente que es finito, que como individuo físico morirá. Ha comprendido, se ha encontrado con el hecho de que está condenado, con una comprensión profunda de este hecho. Lo que significa que se ha encontrado con el hecho de que ese núcleo único, que constituye su propia esencia, potentísimo rayo de luz que se proyecta en ese punto dentro de él “aquí y ahora” – es algo totalmente condenado. Y todavía más – que su propia esencia es un “producto” de la negación, es algo negado. Descubre que lo que es negado, ese punto dentro de él, que es la mancha de luz que ha comenzado a brillar (en contraste con la oscuridad total a su alrededor) – es algo de un valor incalculable, una joya que no tiene precio. Es a lo que se debe la sensación que experimentan los héroes de que descienden de los dioses, porque se trata de la paráfrasis que permite expresar el valor supremo de esta “Yo-conciencia” “aquí y ahora”, su extrema actualización “aquí y ahora”. A continuación, después de descubrir en su interior ese punto inapreciable, que justamente constituye el producto de la negación, para el héroe inmediatamente se actualiza el fenómeno del objeto, que representa sencillamente el “no-Yo” en el sentido más amplio. Y resulta que este objeto como “no-Yo” solo puede ser objeto absoluto, porque si no es absoluto y solo relativo, y si el héroe puede tolerar algo paralelo a su lado, entonces desaparece el sentido de haber encontrado a sí mismo como valor supremo. Entonces desaparece el fenómeno de la negación – la distinción absoluta entre “Yo” y “no-Yo”. En este caso no hay nada de qué hablar y volvemos al hombre pre-heroico, arcaico, que en el sencillo acto de la contemplación se identifica con la realidad exterior. Entonces no se trata de la conciencia heroica, sino de la conciencia de la Edad de Oro o de la suprema contemplación metafísica.

La conciencia heroica observa el objeto absoluto en su poderío propio, que niega todo salvo el propio objeto; y descubre que el resultado de la acción de este objeto absoluto es su propia conciencia interior, su Yo “aquí y ahora”, es decir el punto de la negación por parte del objeto absoluto, que cobra vida en su interior como un relámpago de luz, como su conciencia heroica. ¿Por qué es heroica? Porque lanza el reto a la fuerza absoluta de este objeto absoluto que la niega. En otras palabras, el objeto absoluto aparece como el Destino, insuperable en su totalidad y en su oposición al héroe como testigo.

Si observamos la interacción del héroe con el objeto absoluto, con el Destino (Fatalidad), resulta que el héroe (subrayo: en su estado anterior al del profeta, que ha recibido la revelación, héroe en estado original, primario) no tiene la posibilidad de ver el objeto como Destino. Es imposible diferenciar el objeto, que niega todo salvo a sí mismo, y que, por lo tanto, crea la conciencia heroica como producto de la negación, del ser en estado puro, del ser como algo dado. Para el héroe el ser puro y el objeto coinciden. Pero entonces surge una extraña paradoja. Si el ser como lo que hay es el SÍ, el objeto absoluto en su dimensión fatal es la negación, es el NO. Y ambos se funden. Se trata de una falsificación interior que la conciencia heroica descubre – el ser que en realidad es un falso SÍ y una auténtica negación, es decir la negación dentro de sí mismo. No puede distinguir estos dos momentos, los percibe a la vez, fundidos, y por eso ve el Destino como una terrible mentira, como falsificación, la perfidia del Olimpo. Naturalmente, el reto del héroe sigue la línea de la afirmación de sí mismo, negado como el valor supremo, que se opone a ese objeto absoluto – Destino – sin ninguna esperanza de vencerlo. Pero al mismo tiempo se enfrenta a ese objeto absoluto – Destino que le es ofrecido como el ser. De esta manera la conciencia heroica busca su afirmación fuera de la esfera del ser. La conciencia heroica busca manifestarse, busca el terreno en el que puede tomar la revancha al Destino fuera de la ontología, en la esfera que trasciende a la ontología. Aquí llegamos al momento en el que la conciencia heroica se prepara para percibir esta transfiguración, esta transformación, que llamaremos el “estado del profeta” que recibe la revelación. Porque lógicamente el héroe no tiene el problema del individuo con su vulnerabilidad. Si se tratara de que el héroe se ha reconocido como un individuo finito, mortal, no habría nada de qué hablar. El héroe reconoce en sí al sujeto, es decir la antítesis alternativa absoluta al objeto absoluto: solo que el objeto absoluto existe y niega, mientras que el sujeto, que es el héroe, no existe y es el producto de la negación. Existe lo que niega y lo negado. No hay sujeto, pero al mismo tiempo está presente en forma de conciencia, como la capacidad de testimoniar aquello que lo niega. De esta manera la conciencia heroica descubre la esfera que está totalmente fuera de la ontología, que es antiontológica por principio. Se trata de la esfera del testimonio, de la conciencia que al mismo tiempo no viola la unidad total del ser. No la viola porque no disputa por dividirla. La conciencia no está dentro del ser, es su sombra, que no puede tener existencia autónoma (independiente del objeto), pero al propio tiempo representa la insistencia en cierta afirmación alternativa al ser. Esta afirmación alternativa al ser justamente es el desafío heroico del Destino, desafío que estará condenado hasta que no se encuentre con un determinado mensaje que va a su encuentro – mensaje desde el abismo que refuerza su reto, su atrevimiento.

El héroe que tiene de sí mismo la conciencia de sujeto, está obligado a permanecer en una trágica atemporalidad hasta el momento en el que sea transformado en el profeta, que ha recibido la revelación. ¿Qué es esta sorprendente vivencia de la conciencia “aquí y ahora”, que se descubre como el producto de la negación por parte del objeto absoluto y, al mismo tiempo, como una llamada a la alternativa al ser? Es lo que yo llamo “instante atemporal eterno” que no dura y no se encuentra en ninguna parte. Es “aquí y ahora”, pero no está situado dentro del flujo de la duración – no es un estado situacional interior, sino un punto de oposición que, no obstante convierte el tiempo en el tiempo. Porque únicamente ese punto, introducido en lo indeterminado del flujo situacional, el flujo de situaciones cambiantes, lo convierte en la duración con argumento. El tiempo se convierte en el tiempo únicamente gracias a la aparición de la conciencia heroica. Antes el tiempo simplemente transcurría como cierta atemporalidad.

Aquí, por cierto, surge una idea muy interesante: idea de la resurrección de los muertos. En el Corán hay una aleya en la que los muertos dicen sobre ellos: “hemos estado en las tumbas parte del día o un día”, o sea que para ellos la permanencia en la tumba durante el sueño eterno representa la pura atemporalidad, atemporalidad que equivale a la eternidad. Pero esta eternidad es finita. Es finita porque se acabará en el momento de la resurrección. Se trata de otra paradoja – eternidad finita. Se corresponde con otra paradoja: nos encontramos dentro de uno de los eones cíclicos, que se repiten uno tras otro hasta el momento en el que sea resuelto un determinado super-problema. Habitualmente representan esta noción como un anillo que gira y que vemos alejarse en perspectiva. En realidad se trata de una representación incorrecta porque en cada eón la “aquí-presencia” representa el cero, del que parte hacia atrás la fila de números negativos. Es decir que todos los ciclos anteriores representan la serie negativa de números, que termina aquí en el cero, a partir de donde hay posibilidad de que comience lo absolutamente nuevo – Nueva Tierra y Nuevo Cielo. La infinita fila numérica “hacia atrás” no tiene ningún límite, salvo el cero de “aquí y ahora”. Es por lo tanto el infinito que también está limitado. Es el infinito limitado por el punto de “aquí-presencia”, “aquí-actualidad”.

El siguiente paso es la Tierra Nueva y el Cielo Nuevo que deben durar eternamente. Pero tenemos la revelación que nos dice que al final no quedará nada salvo el rostro del Altísimo. Por lo tanto la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo como creación alternativa, libre de la duración, de la entropía y todos los problemas relacionados con el ser – es una creación perfecta eterna. Pero resulta que también es finita.

De modo que tenemos tres finitudes: la finitud de los infinitos ciclos, la finitud de la permanencia dentro del sueño eterno de la tumba y la finitud del cielo o del infierno, que en realidad son las tres finitudes del infinito postulado. Todas estas finitudes representan los tres aspectos de “aquí-presencia” dentro de la conciencia heroica, que (una vez descubierta) inmediatamente provoca la reacción de la metafísica fundamental de la Gran Tradición, que debe reprimir esa conciencia heroica, porque la amenaza con salir a unos horizontes completamente desconocidos. Es entonces – he aquí mi tesis – cuando surge la filosofía y, como uno de los conceptos operativos fundamentales para reprimir la conciencia heroica – surge la idea del caos. Esto sorprendentemente recuerda las metodologías del budismo zen y en general la metodología del trabajo iniciático con la conciencia, que libera de los contenidos drásticos, de las oposiciones: “ni aquí ni ahí”, “ni esto ni aquello”, “y esto y aquello”. Una especie de conciencia “zen” que en la época posmoderna contemporánea se convierte en especialmente actual. Por primera vez tal cosa fue utilizada por los portadores de la metafísica tradicional, cuando formularon el concepto sincrético del caos. Su objetivo consistía en quebrantar la actualizada supersensación del héroe en el punto de “aquí y ahora”. O sea sustituir la conciencia del héroe como punto que se opone, que esta fuera de la extensión, por una construcción, un determinado orden, hacer del hombre en vez del portador del trágico drama de la condenación, una construcción, exactamente el intelecto artificial, que realiza determinadas funciones, resuelve determinados problemas, pero no sabe que este punto existe. Intelecto artificial es la actualización de la muerte, de la desaparición. Así que la filosofía en gran medida es la metodología de la muerte “sabia”, operativa, que está trabajando y que fue colocada en primera línea por la metafísica de la Gran Tradición como el mecanismo para frenar el desafío que proviene del Espíritu.
 


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