Armagedón termonuclear destruirá la superioridad tecnológica de Occidente

Geidar Dzhemal

Armagedón  termonuclear destruirá la superioridad tecnológica de Occidente

 www.odnako.org, 12 de mayo de 2012
                                          


“¡En verdad, las intrigas de Satán son débiles!” (Corán, 4: 76)


En el momento presente el Occidente basa todas sus pretensiones del control global exclusivamente sobre su capacidad de cubrir todo el globo terrestre con sus sistemas electrónico-digitales de seguimiento y ataque. Después del año 1985 en los EE.UU. no se han vuelto a producir automóviles con los motores de carburador. Hace mucho que la aviónica de los aviones occidentales se basa exclusivamente en el “hierro” más actual. Cuando en 1976 Belenko huyó a Tokio con su MIG-25, los profanos se reían porque aquella increíble máquina supersónica en vez de los semiconductores usaba las lámparas de onda progresiva. Sin embargo, deberían de saber que únicamente los aparatos con estas lámparas (en particular, los viejos aparatos de radio de lámparas) pueden seguir funcionando en las condiciones de radiación electromagnética. Uno de los planes soviéticos del inicio de la Guerra Mundial contra los EE.UU. preveía hacer explotar una carga termonuclear a 500 km de altura sobre su territorio. A esa distancia no funciona la onda expansiva y el efecto de luz, pero la irradiación electromagnética inutiliza instantáneamente todos los medios de comunicación, así como los sistemas de transporte y armas que dependen de la electrónica. La Unión Soviética, por cierto, en este sentido estaba mucho mejor preparada para la guerra termonuclear: debido a su orientación hacia la generación tecnológica anterior, todos sus sistemas eran menos vulnerables ante la radiación electromagnética.

El tema de la fragilidad, vulnerabilidad de la red informática, que integra todos los sistemas en un único intelecto artificial planetario hace tiempo que persigue a escritores y directores de cine. Existen muchas variaciones: desde un error en la Red, por el que una víctima inocente comienza a ser perseguida, hasta la emancipación del intelecto artificial del control humano y su paso a la planificación estratégica propia. Aunque el problema más evidente no está tanto en los robots, rebelados contra el hombre, como en el colapso de toda la tecnología, sobre la que Occidente basa su dominio sobre el mundo.

Lo más interesante es que la civilización global no tiene canales de reserva para asegurar esta superestructura. Mejor dicho, estos canales existían hasta hace relativamente poco, pero se fueron desmontando a toda prisa. Trabajo de oficina en papel  fue sustituido por los archivos de ordenador. Lo mismo ha ocurrido con la conservación de los medios informativos en papel de las épocas pasadas. Todos fueron pasados al formato digital y los originales se destruyen.

Lo mismo curre no solo en la esfera civil, sino también en la militar: los ejércitos de los EE.UU. y sus aliados están totalmente ligados al chip de silicio. Únicamente dos países en el mundo producen esta cosita, sobre la que está basada toda la compleja maquinaria de la civilización actual desde el movimiento de los satélites hasta el horario de los trenes, desde el vuelo del caza  hasta el vuelo del proyectil “inteligente” hacia su objetivo. Esos países son los Estados Unidos y Japón. Todos los demás deben comprarles esos chips a ellos o en el mercado libre. Pero fabricar, por ejemplo, la cabeza autoguiada de un misil de defensa antiaérea de la materia prima de silicio, comprada al proveedor desconocido, entraña muchos riesgos. En primer lugar, no hay garantías de calidad y es suficiente con un microscópico fallo en uno de los chips para que un caro y complejo producto, del que puede depender la victoria o la derrota desde el principio se convierta en un montón de chatarra inútil. Y si esos chips se adquieren a los EE.UU. o Japón, no se sabe qué virus o programas de desconexión pueden contener. Vale la pena recordar como la Defensa Antiaérea de Saddam, equipada con los sistemas de misiles franceses, se desconectó al comienzo de la operación “Tormenta del desierto”.

Casos curiosos en la misma clave ocurren con los propios dueños de las tecnologías: (http://www.designet.ru/context/interview/?id=18578):

“Una vez, cuando los norteamericanos luchaban en Afganistán, un soldado estadounidense programaba en el sistema de GPS las coordenadas del blanco, para apuntar los misiles, y ya las había metido, pero entonces al GPS se le habían acabado las pilas. El soldado cambió las pilas, la maquinita se puso en marcha y él lanzó los misiles. Y los misiles se dispararon contra él, porque cuando el GPS se recarga, automáticamente da sus propias coordenadas, mejor dicho, las coordenadas del soldado que sujeta el GPS en sus manos”.

A pesar de todos los temores y riesgos el Occidente está condenado a depender de la creciente computerización de la vida. Y no solamente por las ganancias inmediatas, por el despegue que permite con respecto al nivel de cualquier enemigo existente al día de hoy…

El caso es que la computerización del planeta se tiene que convertir en la base del siguiente modelo tecnológico, de la nueva formación político-económica de la sociedad mundial. Sobre la base de la red existente vendrá la sociedad interactiva, que realmente aparecerá como el intelecto artificial global, apoyado sobre las “muletas” de los intelectos perfectamente orgánicos; se aprovecharán como muletas los usuarios interactivos, encerrados en la Red mundial, y que fabricarán el producto intelectual, que será el producto principal de la economía del futuro. En realidad, la fase final de la relación económico-política de la humanidad con el medio y consigo misma consiste en la virtualización de la mercancía, cuando se pierden las propiedades propiamente mercantiles. El futuro modelo de economía política por su fundamento es justo contrario al modelo global posindustrial que de momento está triunfando. El rasgo característico del futuro será la sociedad posconsumista. El mundo del posconsumismo será al mismo tiempo el mundo del nuevo entusiasmo, en el que los infantiles cerebros jóvenes se sumergirán en los interminables laberintos del interactivo (como hoy se sumergen en los juegos de ordenador), resolviendo uno tras otro los problemas propuestos, y recibiendo a cambio los puntos, que se podrán cambiar por los medios mínimos para mantener la vida, que se encargarán en las internet-tiendas. El dinero desaparecerá. La “fuerza de trabajo” intelectual no costará nada. Atados a las terminales los usuarios internet-dependientes completarán los potentes superprogramas, que resolverán todos los problemas materiales a través de los sistemas robotizados de producción. Toda esta red infernal integrará tan solo a un pequeño porcentaje de la humanidad, la masa humana restante, desconectada de esa red, quedará desprovista de las tecnologías, conocimientos, capacidad de influir de alguna manera en el curso de los acontecimientos. Será castigada con los distintos ataques biológicos de virus para causar las epidemias, con el hambre, déficit de agua potable y la violencia puntual allí donde haga falta reprimir las sublevaciones. Los beneficiados por esta división entre el microsocium y el macrooutside serán unos círculos muy estrechos de las élites, directamente orientadas hacia la llegada de Anticristo y el amanecer de la nueva Edad de Oro.

Por muy de locura que les parezcan a los ciudadanos corrientes estos pronósticos, reflejan exactamente la visión del mundo del ala más derechista del establishment occidental, y muchos de esos elementos empiezan a funcionar ya hoy. Particularmente, existen compañías cuyo negocio consiste en la utilización interactiva de los usuarios voluntarios para solucionar determinados problemas. Son personas que están concentradas sobre un tema determinado dentro de un circuito, llevan a cabo la tormenta de ideas y solucionan cuestiones que parecían irresolubles o para cuya solución harían falta gigantescas inversiones y trabajo de empresas especializadas. Estos usuarios trabajan por puro entusiasmo, y el volumen de los negocios de las compañías por su explotación supone hoy centenares de millones de dólares.

La idea de que el 90% de la humanidad representa un lastre biológico, y que para que el hombre realice su función en la tierra es suficiente con quinientos millones de individuos, atraviesa los trabajos de muchos futurólogos liberales del ala derecha. Francis Fukuyama también tocó este tema implícitamente.

Desde el punto de vista de la pura maquinaria, de la lógica del ajedrez, liberada de la influencia de la ética humana, Occidente no tiene otra salida que imponer este nuevo orden. La sociedad posconsumista estará libre del dinero, que es el medio empleado para medir el recurso vital alienado a los hombres, para convertirlo en capital. El problema del dinero está en que, a su vez, tiende a alienarse de los dueños que lo ponen en circulación, a favor de la base social inferior.

En su tiempo el dinero era acuñado por la autoridad clerical: pontífice-emperador, que a su vez era el sumo sacerdote, o en la Edad Media por la Iglesia. Más tarde de la edición del dinero se apropiaron los reyes… Hoy el dólar lo imprime un fondo privado – la Reserva Federal.

El establishment ha recorrido un largo camino para quitar el dinero a la población, convirtiéndolo en electrónico, para además virtualizarlo a través del crédito. Pero como consecuencia ha aparecido la clase de los especuladores, que comenzaron a almacenar en sus manos la cantidad sobrante de ese dinero electrónico virtual, que se ha convertido en una enorme carga para el sector material de la economía. Por toda la masa de dinero que nada en el “agujero negro” de internet se podría comprar a precios actuales varias veces a nuestro planeta con todo lo que contiene. De modo que dentro del espacio especulativo financiero el dinero pierde su sentido como medio para dirigir la producción y el consumo y se convierte en el instrumento de la destrucción del espacio económico a través de la crisis de la desproporción entre el sector material de la economía y la masa del dinero inflada de manera monstruosa. Hay que tener en cuenta, que en la actual economía especulativa mundial funcionan como “dinero” los instrumentos financieros de distinto género abstraídos ya en segundo y tercer grado del producto real.

Los círculos dirigentes, que en realidad siempre han permanecido por encima del dinero, y cuyas relaciones con el mundo se basaban en otros principios que los del mercado, piensan desembarazarse de ese instrumento, que se ha convertido en una carga, una fuente de peligro y no puede ser del todo controlado (por cierto, uno de los primeros intentos de deshacerse del dinero fue el comunismo soviético, que se había convertido en un laboratorio sui generis para el futuro neoimperialismo tanto en este caso como en muchos otros aspectos).

Por eso el Occidente se ve obligado a desechar el ”martillo” y la “llave inglesa” figurados y pasar a las cosas que surgen del reino del electrón.  Sin embargo, en ese camino el principal peligro es que se desencadene una guerra termonuclear, que llevaría a la imposibilidad física del funcionamiento para todos los sistemas basados en ese mismo electrón. Con la explosión de varias bombas relativamente pequeñas las destrucciones no serían tan grandiosas, ni tampoco moriría mucha gente si nos atenemos a los actuales estándares de la deshumanización. La cuestión es otra. Los satélites, que vigilan la superficie del planeta, se convertirían en pedazos de metal inútiles. Los aviones sin piloto se caerían al suelo. Los cazas no podrían volar para realizar sus misiones, las naves aéreas no podrían transportar a los pasajeros entre las ciudades. Sería imposible poner en marcha el automóvil producido después del año 1985. Desaparecería internet. Se apagarían las pantallas de los televisores. En los aparatos de radio no se oiría nada. El mundo occidental organizado se sumergiría en el caos. Claro que los Kaláshnikov y M-16 seguirán disparando, pero hay que tener claro que en este caso los dueños del planeta serán los partisanos de Afganistán, Somalia, Iraq, Colombia. Porque incluso el cañón del tanque Abrahams no podrá disparar, porque tiene el gatillo electrónico. En eso consiste el principal supuesto del acuerdo de la no proliferación del armamento nuclear, es por lo que tanta histeria provoca en Occidente la misma idea de la posibilidad de la existencia de las tecnologías nucleares fuera del marco de un club muy restringido. El propio hecho de que a este club se uniera la URSS y más tarde China, ya causó un duro trauma en el Occidente elitista. Ni Rusia, ni China forman parte del proyecto de la economía política del futuro. De todas formas el establishment ruso actual hace lo posible para corregir “el error” de Stalin y Beria para desmontar cuanto antes el potencial nuclear de la ex-URSS. De China están a punto de ocuparse en serio, para cerrar también esta incómoda cuestión.

El futuro de la “Edad de Oro” occidental, basada en el intelecto artificial global, que se come los cerebros de los “redadictos”, pende de un hilo. Porque tanto India como Paquistán tienen armas nucleares, siendo la primera enemiga de China y el segundo, al contrario, su aliado. El intento de resolver la cuestión china con ayuda de sus vecinos podría resultar contraproducente, lo que se dice “para luchar contra la caspa utilizaron la guillotina”.
La fragilidad de cristal del “electrón económico-político” mundial inspira cierta esperanza de que este infierno no será realizado, incluso si para frustrar los vertiginosos planes del “Florecer Dorado” se pague con algunos desagradables excesos. Al fin llegará el tiempo en el que en el cielo no habrá más que pájaros.


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