Cómo funciona la "Mátrix"

Arturo Marián Llanos

¿Cómo funciona la “Mátrix”?

Este artículo fue publicado en lengua rusa en www.poistine.com
18-05-2012 




Estamos acostumbrados a vivir inmersos en la realidad. Estamos rodeados de realidad, la realidad nos persigue. Real, realidad, vivimos en ella, gracias a que en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino ganó el famoso concurso de la Iglesia a la mejor explicación de cómo está hecho el mundo y cómo funciona nuestra percepción del mismo. “Realidad” viene de “res” – “cosa” en latín. “La cosa en sí” – concepto básico para entender la explicación escolástica del mecanismo de la percepción, o  la visión del mundo aristotélica (platónica), recogida, precisamente por Santo Tomás de Aquino y que sigue siendo la que aplicamos de manera cotidiana.

Claro está que también existe la visión científica de la realidad, “la correcta”, pero en la vida cotidiana poco nos afecta. La “visión del mundo científica” sirve para rellenar en nuestra cabeza la brecha existente entre la realidad exterior y nuestra conciencia individual real. Su función es convencernos de que la “realidad objetiva” exterior es exactamente idéntica a nuestra realidad interior íntima, reflejada en nuestra conciencia. Pero a la postre esta “verdad científica” no hace más que darle a nuestra percepción un ligero toque esquizofrénico. Es decir, que alrededor nuestro vemos la tierra plana, pero nos dicen que es redonda, observamos como el sol traza su trayectoria alrededor de la tierra, pero nos explican que en realidad, sucede justamente al revés, que es la tierra la que gira alrededor del sol. Cuando contemplamos las estrellas en el cielo nocturno sabemos que llevan millones de años muertas y apagadas.

Existen además dos teorías físicas que dan las explicaciones contrarias acerca del funcionamiento del continuum espacio-temporal. Curiosamente los científicos se despreocuparon durante un siglo de semejante incongruencia (con el mismo problema de la explicación del Todo se encontraban los grandes sacerdotes hace miles de años) y tan solo ahora (¡el tiempo apremia, señores!) se han puesto nerviosos intentando unificar lo que jamás podrá unirse, pues el único punto donde tal unión es posible es nuestra propia cabeza. La “teoría de las supercuerdas”, mucho nos tememos, tampoco se sostiene ya.

El único filósofo occidental que dio en el clavo en cuanto a qué es lo que realmente hay de verdad, ha sido Descartes. Fue por pura intuición. Dijo: pero si en realidad lo que hay soy “Yo” y luego está el resto – la extensión, el “no-Yo”. Es decir: está mi conciencia, mi “Yo” y está lo que me rodea, el “no-Yo”. Todos los demás filósofos-sacerdotes se le echaron encima -  ¡imposible! ¡Aquí falta el tercer elemento! Y es que la doctrina sacerdotal, la de Platón, es trinitaria. Viene de la Tradición Primordial y es el eje mismo de la explicación clerical de la estructura del Ser. Sometido a tamaña presión, Descartes se echó atrás, procurando convencerse de que en efecto, faltaba el tercer elemento en la ecuación. Este breve episodio de suprema claridad mental, fue definitivamente olvidado, gracias a la labor de Hegel y su dialéctica (dialéctica, por cierto, era utilizada por los filósofos griegos como método de discusión, para organizar el discurso, no para describir la realidad), recogida por Marx y por cuya culpa, generaciones de radicales quedaron atrapadas en la barrosa ciénaga del paradigma platónico.

La verdadera explicación de cómo somos y en qué mundo vivimos nos la ha proporcionado el nominalismo de Ockham, una nueva teoría filosófica, completamente desconocida en Occidente y que, según los historiadores se  debía a la influencia del Islam. El nominalismo también se presentaba a aquel concurso del siglo XIII, convocado por la Iglesia, pero como era de esperar perdió la batalla, pues la casta clerical (y en actualidad vivimos sometidos a la criptohierocracia) sabía lo que quería y qué visión del mundo había que imponer a la sufrida humanidad.

Nuestra conciencia nos proporciona esta sensación de centralidad, de ser el “ombligo del mundo”, alrededor del cual se dispone todo lo demás. Es nuestro “Yo”, lo más sagrado que tenemos, el garante de nuestra libertad interior y esta libertad es la que nos quita la sociedad de la información. Nuestra conciencia funcionaba como el reverso de la cinta que nos aislaba del exterior, de la sociedad, protegiendo nuestro espacio interior de la permanente agresión del medio exterior. En la sociedad de la información por primera vez en la historia humana desaparece la frontera nítida entre el espacio interior del individuo humano y  el mundo exterior, que para el hombre actual está representado por el flujo de la información. Nuestra última defensa desaparece y se convierte en la cinta de Moebius. A partir del triunfo de la sociedad de la información ya no habrá diferencia entre el exterior y el interior.

La sociedad siempre fue, es y será la enemiga del hombre y lo peor es que representa el polo fuerte en esta relación. La sociedad estampa su sello sobre nuestro barro individual. Nuestra conciencia en realidad siempre es virtual. Únicamente se activa a través del lenguaje. Los estudios de los casos reales de los “niños de la selva”, es decir aquellos seres humanos que por distintos motivos fueron criados en la naturaleza por los animales, han demostrado que estos seres humanos no lograron desarrollar el lenguaje por sí mismos. O lo que es lo mismo, que aunque juntáramos  a cien o doscientos de estos Mowglis, “niños de la selva”, todos juntos tampoco lograrían hablar. Su conciencia, su “Yo”, seguiría presente en ellos, pero de una manera latente, virtual.

Vemos lo que vemos no porqué este allí (tal y como afirman los realistas escolásticos) porque sea “la cosa en sí”, sino porque el lenguaje nos dice que, en efecto, es lo que hay. Y lo que en realidad  hay es un conjunto de “manchas de Rorschach”, sonidos, formas y colores inconexos. Lo único que cohesiona este caos y nos ofrece un cuadro homogéneo de “la realidad” es el lenguaje que la sociedad nos ha proporcionado, la “mátrix” en la que vivimos inmersos. Si por unos momentos lográramos sustraer esta matriz-lenguaje como ocurre, por ejemplo, al recibir un fuerte golpe en la cabeza,  tras sufrir una caída, un accidente, notaríamos que a nuestro alrededor hay el movimiento de formas y sonidos inconexos, y, de nuevo, volveríamos a ver y oír con nitidez, una vez que nos recuperamos es decir cuando de nuevo recordamos el lenguaje. Esta desconexión momentánea a veces se produce cuando, por ejemplo, el sonido del despertador, nos saca de golpe del estado de sueño. En un primer instante no reconocemos los objetos familiares a nuestro alrededor, nos parecen manchas amenazantes, hasta que ¡despertamos! Y recuperamos el lenguaje. A lo mismo se deben los miedos infantiles – la matriz aún no se ha solidificado y vemos “incorrectamente”. De pequeños, tenemos aún casi intacta la capacidad de abrirnos al mundo. Por eso al corretear por el campo, entre las plantas e insectos, podemos aún llenarnos de todo lo que nos rodea, de absorber incluso el cielo entero. Poco a poco esta capacidad se va mermando, porque la sociedad nos va programando, nos va absorbiendo en su “mátrix”, nos estampa su sello. Ya en el jardín de infancia los niños quieren ser alguien de mayores, y es que está en marcha el proceso de la programación social.

En sus “Cuadernos de París” de 1844, joven Marx dijo que la sociedad era la causante de la alienación, y que por lo tanto todos los humanos eran sus víctimas por igual, no solamente el proletariado. Para desarrollar la tesis le faltaba una herramienta intelectual, la que apareció cien años más tarde en forma de la filosofía existencialista. Por entonces tuvo que cambiar de táctica por motivos prácticos. Marx también había previsto como la peor de las pesadillas la posibilidad, ahora cumplida, de que en el caso del “triunfo real del capital” (cuando él lo escribía, aún se trataba de su “triunfo formal”) los seres humanos llegarían a tal grado de alienación que identificarían por completo a sí mismos con su estatus social. Es decir, que el triunfo del Sistema sería total: la proyección de la falsa conciencia suprimiría cualquier posibilidad de protesta.

Por seguir experimentando con el lenguaje. Podemos ver incluso el reverso de nuestra conciencia - lo que realmente hay de verdad. Probablemente todos o casi todos hemos tenido una experiencia similar. En un cuarto desconocido y en la más completa oscuridad, buscamos a ciegas el interruptor de la luz, cuando ¡de repente! alguien nos agarra del brazo. El susto es con mayúsculas. Todavía un buen rato permanecemos con los tembleques en las manos, hasta que decimos: “Vaya, vaya susto…” Si el susto durara una centésima de segundo más, supondría tal descarga de adrenalina que sería como si nos golpearan con un hacha en todo el manojo de nervios. Moriríamos al instante. En este preciso momento hemos tocado el reverso de nuestra conciencia – LA NADA, hemos contactado con nuestra propia muerte que está dentro de nosotros y que mientras nuestra conciencia no ha cesado, constituye precisamente el núcleo secreto de nuestro ser, lo que nos convierte en testigos de lo que nos rodea y lo que nos da las energías para vivir. Se trata de esta amalgama negra que está detrás del cristal pulido de nuestra mente. Sin ella seríamos como un cristal transparente, cosa entre las cosas, un ordenador encendido, un simple animal. Los humanos somos los únicos seres vivos conscientes de nuestra propia muerte, de nuestro final. Y cada uno llevamos dentro una “barra de uranio” -  exactamente aquella fuerza que puede abrir los mares y mover las  montañas.

La conciencia que percibe con toda nitidez la propia muerte y que estructura su vida sobre esta certeza de su propia e inevitable finalidad es la conciencia radical. Los poseedores de este tipo de conciencia a lo largo de la historia han formado una hermandad. Hermandad basada en la conciencia nítida y clara de su destino de seres mortales. Esta hermandad con el tiempo se convirtió en el partido de los revolucionarios profesionales, el partido de los “héroes solitarios”, aquellos humanos que tienen su “Yo” bien marcado, que no forman parte de la matriz social y que saben que la sociedad es su enemiga a muerte y que la tienen que destruir porque ella no se detendrá hasta destruirlos. El tipo antropológico de ”héroe solitario” desciende de la nobleza de la espada, de la casta de los guerreros que hacia los finales de la Edad Media fue sacrificada, desechada al “basurero de la historia” por la alta cúpula de la pirámide social. Ante la crisis de aquel momento la monarquía aliada con el establishment clerical y el capital prestamista, decide pasar al nuevo tipo de gobierno – el absolutismo monárquico. Los guerreros, los Cid campeadores, los Quijotes son despedidos y sustituidos por los ejércitos modernos – soldados profesionales, mercenarios, funcionarios con uniforme. La nobleza se convierte en los cortesanos de la corte del rey-emperador y aparece la burocracia imperial, siguiendo el modelo del imperio romano. Precisamente en la antigua Roma  tuvo lugar un hecho sin precedentes: la aparición del primer ejército internacionalista de la historia – el ejército de los esclavos de Espartaco. Este ejército fue organizado y llevado a la batalla por los guerreros, que una vez hechos prisioneros por los romanos, fueron convertidos en gladiadores. Espartaco fue un guerrero tracio. Cuando a finales de la Edad Media en Europa central se sublevaron contra el Sistema los campesinos anabaptistas, gracias a que algunos nobles – portadores de la espada, guerreros, como Florian Geyer se unieron a ellos y los organizaron, estos ejércitos más numerosos que los ejércitos profesionales de los príncipes, pero mal armados y con menos valor, pudieron obtener algunas victorias. El mismo proceso tuvo lugar en todo el planeta en distintos períodos históricos. El tipo antropológico de los poseedores de la conciencia radical es un genotipo que no ha desaparecido, sino que sigue existiendo y reproduciéndose. En todo el mundo constituyó en los períodos sucesivos el fermento universal de la protesta radical, es el fondo genético que nutre al movimiento revolucionario mundial, de él procedía Che Guevara, todos los comandantes guerrilleros de los cuatro continentes, personajes clave como August Blanqui, Lenin, o más recientemente Chávez y  Ahmadinejad.

En las grandes megápolis de hoy hay un elemento disuelto entre el underground artístico-musical que pertenece al mismo tipo antropológico. Son aquellos marginales que lanzan su reto a la sociedad. Los ejemplos clásicos podrían ser John Lennon, Jim Morrison, Syd Vicious, Egor Létov (indiscutible paradigma del punk ruso, muerto en 2008). Suelen quedar atrapados en el programa social de la droga, especialmente diseñado por el Sistema para anular cualquier potencial revolucionario de respuesta social. A diferencia de la Superélite (que forma el núcleo del actual gobierno mundial), basada en la idea de la continuidad y la transmisión hereditaria del rango, la Contraélite revolucionaria que reta a la Superélite y lucha por arrancarle el poder, es siempre un conglomerado inestable de elementos variopintos, según cada lugar y situación histórica concreta.  Su único componente que permanece fijo a través de la historia es el grupo de los poseedores de conciencia radical.

Frente al tipo de conciencia radical tenemos la llamada conciencia banal. Cito a Gueidar Dzhemal, Banalidad como tecnología política rusa:

“Todo el mundo conoce el síndrome del viejo álbum de fotos: la dueña, para entretener al huésped, coloca ante él un manojo de fotos, en las cuales aparecen los parientes, amigos, personajes casuales en situaciones caóticas, no relacionadas entre sí. A menudo, quien enseña las fotos no recuerda ni los nombres. En este montón de instantáneas está reflejada la vida, tal y como la entienden las gentes, incapaces de reflexionar: el caos de los momentos espontáneos, no relacionados por ninguna lógica interna.

En realidad la conciencia banal es el método que la persona corriente utiliza para protegerse ante el miedo a la muerte. El caos de las imágenes sin relación, ni jerarquía interior crea la ilusión de continuidad. La permanencia, la conservación del status quo, la esperanza de futuro – son las claves psicológicas que abren los depósitos de confianza de los de abajo y de los de arriba. Para abrirse a estas claves, la conciencia además de ser caótica, tiene que convertir su falta de conexión en el método de interpretación de la realidad.

La conciencia banal es una percepción rota de la realidad, que proclama su falta de conexión fundamental como la auténtica verdad de la vida. Es fácil de deducir que la conciencia banal está perfectamente adaptada para la futura sociedad de la información, cuya premonitoria descripción podemos encontrar en la genial antiutopía de George Orwell “1984”.

El secreto del gobierno de las personas está en su incomparablemente mayor con respecto al pasado dependencia de la información. Información que se descompone en signos, se cuantifica, se vuelve a barajar, se limpia…”


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