Crisis de la realidad

Geidar Dzhemal
Texto incluido en el libro Daud vs. Djalut /David contra Goliat/, Moscú, 2010


CRISIS DE LA REALIDAD

¡Apocalipsis – mañana!

Los contornos de la guerra, la revolución y el mundo

 

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La crisis actual no es más que el pequeño calambre que sacude la piel del agonizante animal que se está muriendo. Ese animal es la civilización mundial. Esta civilización no está compuesta tan solo por el formato liberal de la “civilización humana”, arraigado en las megápolis de Occidente impregnadas de especulación y falsedad. El globalismo es esa quimera que, al igual que el animal mitológico, posee las alas del águila, garras de león, cabeza humana y la cola de serpiente. Es decir, que además de la megápolis occidental, forman parte del globalismo actual las junglas de África, los tugurios de Taibei industrial, las montañas del Tíbet, los desiertos, en los que, al igual que hace mil años se levantan las tiendas de los beduinos. Todo esto forma parte de la estructura global, unida por la infinita multitud de vasos capilares - ¡desde las mismas tiendas de los beduinos hasta los rascacielos de Manhattan!

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El actual mecanismo de las fuerzas productivas exige la polarización de este mundo complejo entre aquella parte en la que únicamente consumen y aquella en la que solo producen. Con la particularidad de que en el segmento del mundo que consume prácticamente desaparece o se transforma el concepto de “salario”. Desde los parados hasta los top-managers las personas allí reciben unos ingresos. Estos ingresos no son más que el crédito que los prestamistas proporcionan para que se pueda vivir sin estrecheces.
   Entre estos dos polos se encuentran las zonas “grises”: en unas solo se producen las materias primas, en otras no producen nada. También existen zonas en las que únicamente “producen” pura política. Por ejemplo, las residencias de estudiantes de las grandes universidades del Tercer mundo. O las junglas de Colombia.

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En actualidad el gobierno mundial se encuentra ante un dilema. Semejante polarización entre los que solo comen y los que solo trabajan, a pesar de su aparente carácter ultramoderno reproduce un modelo de sociedad extremadamente arcaico. Rusia vivió la misma situación en los tiempos de las “almas muertas” de Gógol. Detrás de las fachadas de los paralelepípidos de los edificios de oficinas, iluminados por las luces de neón de los principales centros mundiales aparece el grueso perfil de Oblómov o el amargado careto de Sobakévich, devorando con abnegación al esturión (personajes de terratenientes rusos, dueños de los siervos de la gleba, campesinos – N. del T.). Detrás de las multitudes de los trabajadores que desfilan disciplinadamente hacia las oficinas y las luminosas y antisépticas fábricas surcoreanas o taiwanesas trasluce la figura del siervo sujeto a la servidumbre de la gleba. En el mundo actual está madurando el conflicto que hunde sus raíces en los tiempos de la construcción de las pirámides faraónicas.

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Mientras semejantes “tijeras” socio-económicas existan y puedan de vez en cuando cerrarse, cortando el grueso cuello de los especuladores bursátiles, el gobierno mundial no puede pasar al siguiente formato de civilización, que supone el nuevo orden de posibilidades tecnológicas – la disposición de los recursos energéticos ilimitados en cualquier punto de la superficie terrestre, las posibilidades ilimitadas de la transformación de la materia, las posibilidades ilimitadas de la manipulación del flujo de la información, las posibilidades ilimitadas de la conexión simultánea entre un número ilimitado de abonados etc. Semejante nivel tecnológico supone la independencia garantizada de cualesquiera crisis y conmociones, la eliminación de raíz de la posibilidad misma de desafiar al Sistema.
   El mencionado dilema consiste en la necesidad de decidir entra la movilización total del factor humano que aún queda fuera de la megápolis occidental (¡y se trata de la mayoría de los humanos que ahora mismo habitan el planeta!), o no menos total expulsión de este factor humano fuera del marco de la historia – a la provincia mundial, al desierto, al super-gueto, donde según el plan del gobierno mundial, la mayoría de las personas necesariamente perderán el aspecto humano.

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Tenemos la prueba de que el gobierno mundial ha probado y experimentado ambos enfoques.
   La movilización del factor humano en el Tercer mundo tuvo lugar en el sureste de Asia – la aparición de los así llamados “tigres”, el presunto milagro económico de Corea del Sur, Taiwán, Singapur, el antiguo Honkong… De este milagro económico se encargó Japón, al que en los años 1960 se le encomendó llevar a cabo de una manera reducida y paródica su sueño prebélico de reunir bajo su mandato a toda Asia del Sur, “ocho esquinas bajo el mismo techo”. (Japón, derrotado en 1945, no obstante, siguió formando parte del gran Occidente, en el que después de la revolución Meiji el imperialismo británico, que protegía a Mikado, lo introdujo “de la mano”).
   En los años 1980 a los “tigres” de Asia suroriental se unió China neocomunista. Precisamente China hoy se ha convertido en el principal polígono del globalismo para movilizar el factor humano no occidental en el formato de posmodernidad. China actual se ha convertido en la práctica en el polo de la producción de los productos del consumo de la megápolis. Sin embargo ya ha quedado claro que seguir desarrollando este modelo y extenderlo sobre el resto del Tercer mundo tiene más peligros y gastos que ventajas.
   China está sentada sobre el volcán de la revuelta social que va calentándose. La activación de las masas de momento está sostenida por la experimentada burocracia del Partido Comunista Chino. Precisamente por eso el Occidente decidió conservar la burocracia comunista en China después del derrumbe del campo socialista. (Otro motivo, por el que el gobierno mundial había elegido al sureste asiático como polígono de la modernización, era la ausencia en esta región del factor islámico importante).
   En otros “tigres” industrialmente desarrollados la ausencia de la burocracia comunista se compensa con la dictadura del capital industrial, apenas camuflada con la hoja de la parra de las “democracias asiáticas”.
   Pero está claro que la experiencia de China y Corea del Sur no se puede extender sobre todo el Tercer mundo sin el riesgo de la explosión político-social generalizada.

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La experiencia de la expulsión de la humanidad al super-gueto fue adquirida por el gobierno mundial en la actual África negra. Después de un breve período de animada movilización en los años 1960, cuando bajo la influencia de la URSS gran parte del continente entró en la época de transformaciones anticoloniales, esta parte de la humanidad ha quedado prácticamente expulsada fuera del marco de la historia. Poner el punto final en su destino, en primer lugar, impide la presencia del factor islámico, que lucha activamente en el continente africano contra el tribalismo, lo arcaico y el genocidio interno.
   Sin embargo, la experiencia con la marginalización del continente entero le ha gustado al gobierno mundial como ejemplo a seguir en la neutralización de la humanidad no occidental.

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Ahora mismo el mayor peligro para el gobierno mundial está representado por el desafío lanzado por el Islam político. Este sistema teológico-político rechaza frontalmente todo el orden de los valores ideológicos occidentales tanto en su versión de la metafísica tradicional, basada en el panteísmo y el dominio de la casta clerical en la esfera espiritual, como en su versión del liberalismo y ateísmo laicos, dentro de cuyo marco el hombre es considerado como el valor supremo autosuficiente, que no tiene ningún otro objetivo que su propio bienestar.
   El Islam político rechaza la economía especulativa, la injusticia social, la usurpación de los conocimientos en manos de la clase de los gobernantes privilegiados, es decir todo lo que constituye los principales mecanismos del Sistema occidental.
   Como respuesta el Sistema elabora el plan para neutralizar el Islam político, que ya hoy se convierte en la esperanza ideológica de las masas no musulmanas del Tercer mundo y de muchos intelectuales del propio Occidente.
   Esta neutralización se lleva a cabo a través del proyecto del “Califato”. Los geopolíticos occidentales aprenden, en primer lugar, de la experiencia del último Califato – el Imperio otomano, que permitió neutralizar el Islam como la fuerza que desestabilizaba al orden mundial y convertir el Califato en el socio de hecho de Occidente para controlar la comunidad musulmana mundial.

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La expulsión de las cuatro quintas partes de la humanidad fuera del marco de la historia, la creación del super-gueto siguiendo el ejemplo de África central actual, a la que se unirán América del Sur y Asia, traerá como consecuencia que el Occidente quede sin una fuente importantísima del bienestar económico. El florecimiento de Occidente se basa en la alienación del recurso humano de la parte no occidental de la humanidad, lo que es posible en tanto que existe el sistema económico global.
   La liquidación de las ambiciones políticas del Tercer mundo, la decisión de no utilizar en su ámbito las tecnologías de movilización social inevitablemente llevará al derrumbe del bienestar económico de la mayor parte de la población del propio Occidente. El mito de los mil millones de oro (se refiere a la parte de la población mundial que, según Fukyama, podrá seguir “en el barco del progreso” – N. del T.) se esfumará desde el momento en el que la masa principal de los seres humanos será recluida en el super-gueto planetario. En este caso la mayor parte de los mil millones de oro resultará ser de plomo.
   Una vez que esto ocurra aparecerán las condiciones para la nueva explosión revolucionaria de las masas occidentales. Amenaza similar fue superada con éxito por el gobierno mundial gracias a las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la creación del “telón de acero”. Por primera vez desde la destrucción del socialismo en Occidente aparecerán las condiciones para la revuelta social masiva precisamente en el momento cuando el gobierno mundial aparentemente pueda por fin resolver el problema de la “historia sin crisis”.

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La inestabilidad en este camino se va a agudizar todavía más porque la división de la civilización mundial en la megápolis y el super-gueto exigirá suprimir los EE.UU. en su papel del líder mundial y al mismo tiempo del gendarme mundial. Los EE.UU. juegan este papel precisamente porque aparecen como cierto centro que apela a toda la humanidad, demostrando a la vez la oposición crítica al “viejo Occidente”. Después de que la mayor parte del mundo pierda, siguiendo los planes del gobierno mundial, su sentido histórico y político, los Estados Unidos serán desmontados como proyecto independiente, y su recurso tecnológico-militar pasará a ser controlado directamente por el Sistema.
   Aún más importante que la desaparición de los EE.UU. de la escena política como líder será la supresión de su función de gendarme. Desde el momento en el que el imperialismo americano dejará de exportar ideológicamente su democracia sobre las bayonetas de sus marines, surgirá la nueva oleada de activación de colosales fuerzas de protesta. Precisamente en este período podría comenzar la guerra civil mundial entre los recursos político-organizativos del Sistema y la parte más activa de la humanidad, situada ante el peligro de quedar fuera de la historia. La esperanza de la victoria en esta guerra se basa en la alianza de la humanidad no occidental con las masas de nuevo radicalizadas de la megápolis occidental – la parte perdedora de los antiguos mil millones de oro.

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Toda esta perspectiva se combina con el derrumbe general del liberalismo. No se trata de tal o cual  dirección particular de la conciencia liberal: su versión extremoderechista en forma del nazismo o su versión de extrema izquierda en forma del marxismo-leninismo.
   La bancarrota afecta a todo el club liberal en tanto que la unión de aquellas fuerzas sociales que se asientan sobre los tres pilares de la Época Moderna: el hombre es la realidad autosuficiente, además de la cual no hay nada; él mismo crea y desarrolla su razón, que lo convierte en el centro del Universo; el único objetivo de este hombre racional y autosuficiente es su bienestar y felicidad, en cuya persecución no existe ningún límite.
   El final del liberalismo como la fuerza directriz de la Época Moderna lleva a que frente a frente se posicionen los dos polos fundamentales de la humanidad: la élite gobernante tradicional, que hunde sus raíces en la autocracia faraónica, y el fondo radical, cuyo principal argumento siempre fue la teología de Dios único.
   En otras palabras, en la época posliberal lucharán entre sí los dos tipos eternos de conciencia humana: los tradicionalistas, orientados hacia su propia perpetuación, y los radicales, que se orientan hacia el final de la historia y el Reino futuro. ¡La Fuerza contra la Justicia!
   Esta polarización causará la explosión escatológica de la unidad del género humano, porque en la guerra civil mundial el enfrentamiento será mucho más radical que en la época de la lucha de clases, dictadura del proletariado o incluso los conceptos racistas del superhombre ario – todos estos enfrentamientos anteriores habían nacido de la idea liberal de la competencia dentro del Homo Sapiens.
   Mañana la cuestión será planteada de la siguiente manera: los que ganen serán propiamente los hombres de la realidad venidera; los que pierdan se salen de la esfera del significado global, y por lo tanto, dejan de ser hombres. La conciencia del día de mañana, su posesión – esta es la apuesta de la  guerra civil mundial, cuyas primeras descargas ya han sonado.

 

1. Sociedad

La crisis de la sociedad está determinada por el hecho de que la mayor parte de sus miembros tiende al bienestar, mientras que el verdadero objetivo de la sociedad es muy distinto.

Los hombres se han acostumbrado a pensar que la sociedad es la medida de todo – del sentido de la vida, bienestar, éxito… Nadie se piensa a sí mismo fuera de la sociedad; los que se atreven a hacerlo son considerados como proscritos.
   Todavía Aristóteles afirmaba: “El hombre es un animal social”. Dos mil y pico años después Lenin añadió: “No se puede vivir en sociedad y ser libre de ella”. ¡Estos dos ejemplos bastan para demostrar que nunca nadie puso en duda el propio principio de la sociedad!
   ¿Acaso nadie? ¡Lo hizo Cristo! Porque la unión de sus seguidores no es más que la alternativa directa a la sociedad de aquel momento – la hermandad de aquellos que buscan el sentido.
   Justamente la incomprensión de la naturaleza de la sociedad – incomprensión que se nos inculca desde el nacimiento, - crea falsas ilusiones en todo tipo de personas, desde los conservadores hasta los revolucionarios, de que la sociedad puede ser “buena” o “mala”, que la sociedad puede ser “corregida”, que la “mala” sociedad es la responsable de la aparición de las “malas” personas etc.
   Para la gente la sociedad de hecho se ha convertido en dios o en su efectivo sustituto, al que rezan y del que esperan la solución de todos los problemas de la existencia. Pero cual un ídolo cruel, indiferente ante la sangre que se derrama a sus pies, la sociedad ignora los deseos de aquellos que “la componen”; la sociedad existe para otros propósitos.
   A diferencia de un animal, el hombre, lanzado dentro de la naturaleza, no sobreviviría ni un día o llevaría una miserable existencia, que no envidiarían ni los animales a su alrededor. En torno suyo reina el gélido caos, el movimiento que va desde el plasma ardiente  del principio de la creación al cero absoluto en su final. Los animales sobreviven gracias al nicho ecológico que poseen. El hombre no lo tiene. Se encuentra en medio de la tierra atravesada por los vientos, al descubierto.
   La sociedad es un despiadado mecanismo para la alienación del alma humana, que extrae los jugos de la energía vital de cada uno de nosotros, convirtiéndolos en el pago por la vida, el pago al despiadado ser.
   El tiempo humano en su sentido fundamental es el pago por el Ser. La sociedad está condenada a cobrar del hombre colectivo este precio en una cantidad que no deja de crecer, por lo que se ve obligada a aumentar por todos los medios el valor de cada unidad del tiempo individual. Por esto a lo largo de toda su historia la sociedad obliga a los hombres a sacrificarle cada vez más su naturaleza humana, a movilizarse en el nombre de la fantasmal protección y confort.
   La crisis actual es tan solo un episodio dentro de la crisis total, que nace de la inevitable contradicción entre los objetivos personales del hombre y la esencia del mecanismo social completamente indiferente ante estos objetivos.

 

1.1.  El poder

La crisis del poder consiste en que se realiza a sí mismo a través de la violencia, provocación y mentira, sin tener ninguna otra motivación fundamental que esté fuera del marco de los intereses materiales del propio poder

Para los hombres el poder siempre fue la combinación del misterio, peligro y protección paterna. En distintos momentos predominaba uno u otro de estos componentes.
   La llegada del tirano acentuaba el peligro que procedía de arriba; la potencia y el esplendor del imperio despertaban en los hombres la sensación de algo inalcanzable, sensación propia de los fundamentos del poder. Pero al mismo tiempo, todos estos momentos eran atravesados por la esperanza de que el poder fuera bueno y misericordioso y no deseara el mal a estas “pobres gentes”.
   En las épocas antiguas ni siquiera se separaba el poder de la divinidad. Los problemas comenzaron a surgir cuando para oponerse al medio exterior, para compensar la supervivencia del alma desnuda en el espacio abierto la sociedad comenzó a exigir a cada ser humano concreto cada vez más y más.
  En un momento dado muchos, expulsados de sus ancestrales terruños a las urbes inhumanas, comenzaron a preguntarse: “¿Hasta qué punto se puede tomar por la bondadosa autoridad paterna a la fuerza que les obliga a renunciar a su acostumbrada naturaleza humana?”
   Los hombres se enfrentaron a lo que hoy llaman “el recurso administrativo” – empezaron las sublevaciones, ahogadas en sangre.
   Ante la desestabilización social desde abajo el poder respondió separando “lo divino” de lo “profano”: se liberó las manos para ejercer una agresión potencialmente ilimitada contra el fondo social.
   Durante milenios los hombres confundían dos cosas esencialmente distintas: por un lado las relaciones entre el esclavo y el señor, por el otro – las relaciones entre el poder y los gobernados.
   Tanto el esclavo como el amo pertenecen al espacio humano. El poder es un factor no humano. Es el órgano de la sociedad que garantiza que los jugos vitales de los hombres seguirán alienándose en cada vez mayor cantidad como pago por la existencia.
   En cierto sentido el poder pone al descubierto la verdadera naturaleza de la sociedad, su carácter inhumano mecanicista. El secreto del poder existe en la medida y hasta cuando los hombres no descubran la naturaleza de la sociedad, mientras conserven la ingenua ilusión de que la sociedad son ellos.
   La crisis del poder consiste en que a partir de un momento determinado de la movilización de la sociedad este poder ya no puede mostrar a los gobernados su verdadera naturaleza.
   Durante una cierta etapa el poder se ve obligado a crear la apariencia de autogobierno, que se convierte en el atributo de las tecnologías políticas al servicio del proceso de movilización social.
   En otras palabras, el poder se ve obligado a crear en los humanos una falsa representación de los mecanismos de su funcionamiento, es decir que a sabiendas tiene que falsificar la conciencia de las masas.
   La última fase de la crisis llega cuando ya no son los hombres “de abajo”, sino los propios portadores del poder de arriba los que vuelven a la vieja confusión con respecto a las relaciones humanas entre los señores y los esclavos: empiezan a verse en serio a sí mismos como los amos cuando siguen siendo simples ejecutores en el funcionamiento inhumano del mecanismo social.

 

1.2. Civilización

La crisis de la civilización consiste en que a partir de algún momento en su interior comienza a crecer  cantidad de “bárbaros” interiores – aquellos que no aceptan las bases de esta civilización y buscan aliados fuera de ella.

El hombre nunca se equivocaría con respecto a la “buena” naturaleza de la sociedad si después de haber nacido pudiera encontrarse con ella en alguna forma abstracta. Pero ante las personas concretas la sociedad siempre aparece de una forma totalmente concreta: como civilización, que habla un determinado lenguaje, maneja determinados símbolos, apela a determinados valores.
   La concretización de la sociedad en forma de una civilización determinada cumple un papel fundamental: le proporciona identificación al hombre lanzado al mundo.
   Por otro lado, la civilización conecta con esta identificación los conceptos universales.
   De modo que no es el hombre quien contempla el cosmos, sino el griego que contempla el universo griego, el ruso el mundo cristiano ortodoxo, el chino contempla la existencia, dividida entre el cielo y la tierra, donde él es el eje unificador de ambos.
   Precisamente la coincidencia de lo universal con la propia identificación concreta hace que el hombre acepte su sociedad como algo dado sin más.
   Sin embargo los huesos enterrados en la tumba no tienen ninguna identificación civilizatoria. Al morir el hombre deja de ser griego, ruso, chino y se convierte en el hombre en general. Es decir, en quien era al nacer.
   La naturaleza del hombre en general contradice el simbolismo y lo específico de cualquier civilización, que programa y aprisiona espiritualmente a su rebaño humano. Por eso a ninguna civilización le gusta “el hombre en general”, lo considera un bárbaro, expulsa sus señales de todos lados. “El hombre en general” penetra de contrabando en el patio de atrás de las civilizaciones en aquellas zonas donde estas chocan y se mezclan, donde queda al descubierto lo relativo de cada programa civilizatorio por separado.
   Dentro de la civilización siempre arde la revuelta de aquellos, cuya innata intuición de hombres mortales no les deja creer del todo en los categóricos dogmas de la conciencia civilizatoria.
   Entonces la civilización opta por el fraude. Se declara liberal y panhumanista. Echa a patadas todos los símbolos concretos y dice a los recién nacidos: “Como ven, ahora coincido con vuestra eterna e invariable esencia de simples hombres. Mis valores son los de todos los hombres: comer, amar, divertirse…” 
   Aquí comienza el último acto de la crisis de la civilización, pues la innata conciencia del hombre mortal no le permite aceptar tampoco esta mentira - ¡la más monstruosa de todas las habidas!
  “la civilización humana” se opone a lo verdaderamente humano con mucha mayor nitidez que la civilización de Babilonia, Egipto o la civilización Maya.
   Entonces la civilización humana universal para definir a aquellos que no están de acuerdo con ella pasa de utilizar el término “bárbaros” a usar el término “radicales”…

 

1.3.  Jerarquía. Autoridad sagrada

La crisis de la jerarquía consiste en que motiva su existencia con justificaciones tecnológicas, suprimiendo u ocultando el significado religioso inicial.

¿Por qué por su posición unos hombres están por encima de otros? ¿Por qué además de la desigualdad de bienes y posición social existe la desigualdad esencial, espiritual de los individuos? ¿Acaso los que tienen el derecho de dirigir mi destino son mejores que yo? ¿Y si es así qué criterios deciden que sean “mejores”? 
   Estas preguntas han atormentado a los hombres desde siempre. Y muy distintos pensadores desde Platón hasta Goethe y Lessing han intentado dar sus respuestas.
   La jerarquía de una sociedad dada siempre depende de la jerarquía de los objetivos humanos. En el mundo tradicional distintos objetivos en la vida no son iguales. Una cosa es aprender y conservar la “Ley suprema”, de cuya observación depende el equilibrio de todas las cosas y tendencias, otra muy distinta, por ejemplo, es dedicarse al comercio o fabricar objetos para el uso cotidiano. El estudio de la ley es cosa de la casta superior – de los sacerdotes, que por eso están hechos de un barro especial. Como reza la sabiduría tradicional, los sacerdotes están hechos de la cabeza del “gran ser”.
   La casta guerrera realiza como su objetivo supremo la pasión, que en su expresión inferior se expresa en la violencia y la destrucción, y en la superior – en el amor, que equivale al sacrificio.
   El tercer estamento – los mercaderes y los artesanos se dedican al “intercambio de productos”, su ocupación es la producción y la distribución de los bienes materiales.
   La evidente desigualdad de estos objetivos vitales justificaba la superioridad o la subordinación de aquellos que perseguían estos objetivos. Las castas y las corporaciones se formaban siguiendo rigurosamente la correspondencia con estos objetivos. Un hombre con inclinaciones criminales no podía formar parte de la casta de los sacerdotes, mientras que el hombre incapaz de sacrificarse o de por lo menos mostrar el valor guerrero, no podía acceder a la casta de los pasionarios.
   La sociedad actual en primer lugar se caracteriza porque todos los objetivos aparecen no en su aspecto íntegro natural, sino como pálidas imitaciones o parodias de lo que eran en el pasado.
   La ley hoy se ha convertido en un producto de legislación parlamentaria, motivada por los acuerdos detrás de los bastidores entre distintos grupos elitistas con sus intereses particulares.
   El amor ha degenerado hasta quedarse en la actividad de fondos humanitarios y organismos de beneficencia, el valor ha sido sustituido por la superioridad tecnológica del poder de fuego, capaz de reducir a escombros un barrio entero en un solo día.
   Y el “intercambio de substancias” con el medio material se ha sometido del todo a los juegos del azar de la economía “de aire”, llevados a cabo en los mercados bursátiles.
   El único estamento que ha sobrevivido han sido los sacerdotes, a costa de haber salido, gracias a una serie de conmociones sociales, fuera del marco de la sociedad. Ellos se han convertido en los semimitológicos “habitantes del Olimpo”, que “viven entre los humanos, pero no se mezclan con ellos”. Los sacerdotes entregaron la ley profanada a las instituciones liberales mundanas, y ahora desde el punto de vista de la sociedad encarnan los “valores eternos” convertidos en completamente abstractos.
   ¿Significa esto que con la desaparición de la jerarquía religiosa la sociedad se ha vuelto igualitaria? ¡No! La sociedad actual está jerarquizada al máximo, pero el criterio de la superioridad de unos sobre otros está determinado por la participación en el poder, desprovisto de cualquier pretensión de justificación espiritual.

 

1.4.  Estado

La crisis del Estado está en que no añade el valor a nada, producido bajo su control, sino que, al contario, aumenta el precio propio de cualquier producto.

El Estado es una de las categorías más oscuras y enredadas de la politología contemporánea. Se debe a que el Estado actual de hecho se ha identificado con el poder. Pero no siempre fue así.
   Faraón, cesar y otros tiranos que representaban al “Gran Ser” en la tierra  nunca fueron el Estado. Cuando Luis XIV – el “Rey Sol” dijo a la ligera: “El Estado soy yo”, no pensaba, como creen nuestros ingenuos contemporáneos, usurpar las prerrogativas de semejante estructura celestial despersonalizada y aumentar así su estatus real. Al contrario. El pobre rey intentaba declarar su talante democrático y decir que entre él y su pueblo, Francia, no había ninguna separación.
   La esencia original del Estado consistía en que aparecía como la barrera entre el factor no humano del poder y el factor estrictamente humano de los gobernados. El estado nació del estamento de los siervos liberados, lumpen favorecido y parientes pobres que formaron el cortejo parasitario de los grandes hombres. Su objetivo consistía en cortar el acceso a los solicitantes.
   En la sociedad donde la jerarquía aún poseía su carácter natural todos los proyectos y todas las órdenes se cumplían mediante la transmisión directa de arriba abajo. ¡Tan solo pensar qué hubiera pasado con las más grandes hazañas históricas, como, por ejemplo, las campañas de Alejandro Magno o la conquista de ambos continentes americanos, si de ello se hubiera encargado el Estado!
   El Estado existe exclusivamente como el mecanismo que corta la interconexión de los “gobernados” con los “gobernantes”. Es el aparato cuya función consiste en cortar “el acceso a la persona” (en su origen – a la realeza, N. del T.). Desde el principio el Estado aparece como una excrecencia parasitaria sobre cualquier proyecto.
   La sociedad organizada jerárquicamente en realidad no necesita al Estado. En ella las funciones de la ejecución de las órdenes, represión armada, juicio y poder ejecutivo conservan el carácter social.
   En las circunstancias actuales el factor no humano del poder se funde con el Estado como estructura parasitaria. En tanto que la naturaleza del Estado sigue siendo destructiva.
   Como consecuencia el Estado entra en contradicción no solo con los de abajo, a los que corta la conexión con los de arriba, sino que también con los de arriba, siendo en teoría su instrumento.
   El conflicto del Estado con los de arriba se convierte en una de las principales fuentes de las conmociones políticas, porque en un momento determinado queda claro que el Estado se convierte en una particular institución antieconómica. Si el objetivo de cualquier institución económica es la producción de nuevos valores, la única función del Estado pasa a ser la creación de nuevos gastos.

 

1.5. Nación

La crisis de la nación se basa en que como unión de los hombres se construye sobre  las bases que permanecen como algo externo a la verdadera esencia  humana.

En el pasado, a la hora de formar a los humanos, la civilización no necesitaba apoyarse en la idea de la “nación”. Más aún, la civilización destruía y negaba cualquier particularidad arcaica.
   El simbolismo que impregnaba la visión del mundo del hombre tradicional, desplazaba la pertenencia étnica a la periferia más lejana de la conciencia.
   La llegada de la civilización “humana universal” ha cambiado todo. Los símbolos verticales que dirigían al hombre de la Tierra al Cielo quedaron destruidos. Paralelamente con mayor fuerza surge la pregunta de la identificación particular: “¿Quién eres y parte de qué eres ante la inmensidad del mundo?”
   La “civilización humana” ha sustituido el sistema vertical de los símbolos por otro horizontal. Mejor dicho, ya no se trata de símbolos, porque no contienen ninguna analogía con la realidad superior.
   La nación actual no es un fenómeno étnico. Se trata de una unión artificial de los hombres  construida por el Estado, que invierte en esta construcción y en el mantenimiento de la conciencia nacional gigantescos recursos. Somos testigos de la farsa de una presunta tensión dramática entre dos “polos”: por un lado está la falsa unión, basada en los mitos construidos y los emblemas robados o inventados, por otro lado – “lo universal”, que apela a lo más banal y bajo de la naturaleza humana. El hombre-masa se desdobla entre la fidelidad a su nación y la lealtad a la universal “Ciudad de no-Dios”.
   Tanto la nación, como la civilización representan las fuerzas antiespirituales. Externas con respecto a la conciencia innata del hombre mortal. No forman parte de su subcorteza, de su interior más profundo.
   La nación y la civilización estampan su sello desde dos lados distintos sobre el hombre que entra en el mundo como “tabula rasa”.
   La diferencia está en que la nación reúne a las gentes, apelando al pasado, a algún acontecimiento traumático, del que presuntamente nace su actual unidad. Así la nación francesa nace del trauma de la revolución de 1789, la estadounidense – de la guerra de las colonias por la independencia, corregida más tarde con el trauma añadido de la Guerra Civil, la nación británica surge de la guerra entre el rey y el parlamento etc. 
   El problema de esta falsa conciencia está en que inevitablemente tiene que estar atada al trauma que origina todo el sistema situado en el pasado y que, por un lado todo el tiempo se desdibuja en la percepción de las sucesivas generaciones y exige gastar más esfuerzos en su mantenimiento, y en segundo lugar entra en contradicción con las nuevas técnicas de movilización de la civilización global.
   Pero la civilización pretende abrir la perspectiva hacia el futuro. Es evidente que, siendo ambas pretensiones falsas, aquella que atrae con una promesa, tácticamente resulta más fuerte que la que se basa en el mitificado día del ayer.

 

1.6.  Terreno militar

La crisis de la fuerza armada está en que la violencia es una operación tecnológica que no se corresponde con la naturaleza humana de aquellos que se ven obligados a dedicarse a ella.

La violencia y el derramamiento de sangre atraviesa toda la historia humana. La historia humana se realiza a través de la violencia que el espíritu ejerce sobre el cuerpo. Se trata de un hecho religioso, confirmado por todas las tradiciones.
   Como acción del espíritu la violencia siempre fue cosa de personas espirituales. Únicamente los adeptos del Amor, entendido como sacrificio propio, tenían el derecho de ejercerla.
   La violencia siempre había representado la parte exterior negativa del sacrificio apasionado.
   Así era cuando constituía la función de la tradicional corporación de los guerreros, que reunía en sus manos toda la esfera que tenía que ver con el castigo, la recompensa y la destrucción. En la sociedad tradicional los guerreros servían precisamente al espíritu, entendido como la ley invariable.
   Después de que el Cielo se alejara mucho de la “Tierra” y la santidad hubiera abandonado radicalmente la institución del poder, para la cúpula de la sociedad la casta de los pasionarios se había convertido en un estorbo.
   Ahora la violencia para el poder no es el método para escribir la historia. La violencia se convierte, en primer lugar, en la técnica la extracción de recursos vitales suplementarios de la biomasa humana.
   Todavía durante el paso de las soberanías feudales a las monarquías absolutistas burocráticas quedó claro que los hombres de honor y de la espada no tenían sitio en el nuevo orden.
   El Estado-monstruo necesitaba la fuerza de la coacción, organizada como mecanismo, como algo que refleja la naturaleza no humana del propio poder. La disciplina de palo, las columnas desfilando, el movimiento de las masas humanas, asemejando el movimiento de las partes del mecanismo infernal bien engrasado, - es lo que aseguró a los nuevos imperios coloniales la victoria militar sobre el valor individual y las artes bélicas de los guerreros de las sociedades tradicionales. 
   El ejército moderno no tiene nada que ver con el espíritu del heroísmo viril y el severo sacrificio. (Allí donde estos momentos aún existen, el ejército no es moderno.) 
   Se trata de la organización burocrática que se mide por la relación de la cantidad de la destrucción que puede causar con respecto a la cantidad del dinero que hay que gastar para llevar a cabo esta destrucción. Se trata de una cuestión tecnológica, resuelta por los tecnócratas de uniforme, totalmente protegidos ante el riesgo de una respuesta.
   Sin embargo la falsificación de los aspectos fundamentales de la vida humana no puede sustituir del todo la verdadera realidad. La violencia falsificada, realizada por el lumpen mercenario, se rompe los dientes, al tropezar con la violenta respuesta de los nuevos guerreros, que cortan el paso a la mentira universal.
   Ante nuestros propios ojos las unidades guerrilleras del TSAHAL, que se enfrentaron con éxito al ejército británico profesional, se convirtieron en el bien entrenado agregado burocrático de exterminio al servicio del estado sionista. Cuando parecía que nada podía oponérsele, este Goliat fue puesto en entredicho por la sacrificada lucha de Hezbollah – la organización armada del pueblo.

 

2. Conciencia

La crisis de la conciencia se debe a su carácter secundario con respecto al simple hecho de la existencia, por lo que se hace necesario revisar una y otra vez su contenido.

“La existencia determina la conciencia” – esto lo sabe cualquiera. No solamente los ciudadanos ex-soviéticos, sino todo el mundo occidental se fundamenta en que lo importante es la realidad objetiva. La conciencia no es más que el buen espejo que refleja el mundo. Es a lo que han acostumbrado a la humanidad occidental los tres siglos de la ilustración y el racionalismo.
   Por otro lado, esta representación existe en nuestra cabeza. Ahí en nuestra cabeza también “vive” la presunta realidad objetiva. El hombre no puede salirse de su conciencia con la misma facilidad con que sale de sus pantalones.
   Como resultado los hombres se encuentran con una irresoluble contradicción. Están encerrados dentro de la conciencia como en una cárcel de la que no hay escapatoria. Cualquier manifestación de su actividad – desde el descubrimiento de un teorema hasta los vuelos a Marte – es una actuación de su conciencia. Al mismo tiempo ellos suponen que la conciencia (¡de la que no hay manera de salir!) – es un reflejo pasivo de “algo” verdadero, que existe fuera de ellos.
   Para salir de esta contradicción los hombres inventaron la “ciencia”. Gracias a la “ciencia” podemos considerar que lo que está en nuestra cabeza es “lo que hay en realidad”. “Ciencia” es un truco psicológico gracias al cual podemos establecer el signo de igualdad entre la conciencia y la realidad.
   No obstante, la conciencia es incapaz de alcanzar la realidad. Sea lo que sea esta realidad “de verdad”, introduce la conciencia en trampas nuevas cada vez. Por eso hace falta adaptar continuamente el contenido de nuestra cabeza a la existencia que cambia continuamente. Hace tan solo 200 años el fuego en la chimenea ardía gracias a la específica substancia combustible que presuntamente contenía la materia, - flogisto. Más tarde, como por cien años esta idea se convirtió en una curiosidad de la historia de la ciencia. Hoy algunos científicos de nuevo comienzan a hablar del flogisto.
   La conciencia humana recuerda al cachorro que intenta agarrar a sí mismo por la cola. Los hombres continuamente superan su propia conciencia, en referencia a lo desconocido con el que vuelven a encontrarse.
   La esencia de cualquier crisis consiste exactamente en eso: en el conflicto interior que vive la conciencia humana. Dando un paso más, podemos afirmar que la crisis, que atraviesa todas las épocas y civilizaciones, se debe a que la conciencia sigue sin poder pronunciar la última palabra sobre su verdadera naturaleza.

 

2.1. Tradición

La crisis de la tradición está en que en apariencia ha quedado atrás, pero en realidad sigue gobernando el mundo. En apariencia el hombre actual está libre de la tradición pero en la práctica es su esclavo absoluto, además desprovisto del impulso hacia la libertad. La crisis de la tradición se expresa en que para su conservación y continuidad dentro de la sociedad humana tiene que expulsar de su seno a la mayoría de los humanos, convirtiéndolos en profanos.

El mundo contemporáneo se suele contraponer a la tradición. En el mundo tradicional cada movimiento del ser humano, cada objeto que utiliza, tiene el significado que remite a la realidad superior. Lo que está abajo refleja lo que está arriba.
   La esencia de la actualidad es precisamente la rotura con semejante visión de la vida. Todo es racional, cada paso del hombre da el resultado en esta vida. Para darnos cuenta del abismo que nos separa de la tradición es suficiente con comparar dos enfoques tan excluyentes como el arte religioso y el diseño industrial.
   Pero además tenemos la posmodernidad.  En su perspectiva se desintegra la propia racionalidad, pierden significado incluso los objetivos muy claros. La posmodernidad descubre incoherencias en los objetivos que la humanidad se proponía no hace mucho. La felicidad universal, la civilización de las máquinas, la conquista de la naturaleza etc. Resulta que para conseguir todos estos bienes hay que destruir todo lo específicamente humano.
   El hombre posmoderno está desengañado con respecto al sentido. Se encuentra sumergido en el caótico mar de la información, cuyo mosaico no forma un cuadro coherente. Como resultado es mucho más obediente de lo que ayer y anteayer eran sus padres y abuelos: ellos perseguían determinados fines, aunque fueran falsos, y medían su vida en relación con estos fines.
   Todavía más obediente es el hombre posmoderno en comparación con los hombres de la tradición. Por lo general se les suele presentar como totalmente determinados por la rutina. Dogmas estrictos, ideas escasas y ridículas sobre el universo, el cielo bajo y ahumado de la “Edad Oscura” – es como nos lo presenta el manual de historia… ¡Otra falsa estampa!
   Precisamente los hombres de la tradición crearon aquel gran universo, en el que el hombre posmoderno se siente como un minúsculo insecto perdido. Los hombres de la tradición no solo aceptaban los significados que les bajaban “desde arriba”. También se rebelaban contra estos significados. El hombre posmoderno parpadea asustado cuando le preguntan por el significado.
   La tradición hoy vive en los clubs de las élites. En ellos los dueños de la vida tienen suficiente valor como para proponerse los objetivos que sobresalen bastante del campo de la visión de las masas. Ellos no creen en aquello que obligan creer a los demás con ayuda de los medios de comunicación.
   El hombre posmoderno, expulsado de la tradición, se ha convertido en cera en manos del poder que ha conservado el secreto vínculo con la tradición. Es incapaz de lanzar su reto a ningún dogma – porque para él los dogmas ya no existen. No se puede retar a algo indeterminado. Únicamente queda confiar en la decisión de la voluntad ajena.

 

2.2. Filosofía

La crisis de la filosofía se debe a que es incapaz de superar la hipnosis de la idea del positivo en cualquier forma y empieza a destruirse en el instante en que pone lo positivo bajo duda.


Para el hombre corriente la filosofía es la sabiduría sobrante que no tiene nada que ver con sus necesidades. Ni siquiera sospecha que todo él, desde la suela de sus zapatillas chinas hasta la lata de cerveza en su mano son un subproducto de la filosofía.
   Si la ciencia pretende resolver la “ecuación con dos incógnitas” – la conciencia y el mundo exterior, la filosofía además organiza a la ciencia.
   Los filósofos destacaron como la oposición a los sabios religiosos que pretendían conocer los últimos secretos. El filósofo procura presentar lo universal en una forma de lo más concreta e inmediata. Por lo tanto su punto de partida siempre es el objeto presente, que se pueda tocar con las manos.
   Incluso para Platón, considerado el más espiritual de todos los filósofos, también es así. Por eso la principal idea de Platón era el propio Ser, también definido como el Bien supremo.
   Los filósofos siempre se orientan hacia el positivo concreto. La medida de este positivo es la experiencia humana. El ser como deleite, la sensación del jardín paradisíaco – es el criterio no pronunciado de cualquier reflexión filosófica.
   Es por lo que no hay tanta diferencia entre los profundos místicos y los liberales superficiales. El filósofo es incapaz de imaginarse otro punto de partida que no sea la vivencia positiva personal.
   Desgraciadamente, en última instancia semejante enfoque no resulta perfecto. Al principio la filosofía criticaba con éxito a la religión, y por algún tiempo incluso parecía, que había ganado. Pero últimamente la religión ha pasado a la contraofensiva. El principio del positivo no basta para contestar a la pregunta sobre el sentido. La religión, ocupándose del sentido, de una u otra manera señala lo limitado de la propia idea del ser. Los filósofos al fin y al cabo son incapaces de explicar el hecho de la muerte, y todavía menos de superarla.

    Una vez que las autoridades religiosas se retiraron de la vida cotidiana al empíreo celestial, el poder encargó a los filósofos la organización de la sociedad laica. Los filósofos no lograron cumplir este objetivo, de lo que nos da testimonio la crisis de la filosofía en forma del posmodernismo. Como última palabra de la filosofía contemporánea tenemos a Francis Fukuyama, quien insinúa que la absoluta mayoría de los humanos que viven ahora estorban en la buena organización de la sociedad del futuro. No estaría demás deshacerse de ellos de algún modo.

 

2.3. Ciencia

La crisis de la ciencia se debe a que como método no puede existir sin el culto de lo objetivo, lo cual la lleva a crear cada vez más mitos nuevos acerca de la realidad exterior.

Muchas personas, sin excluir a los científicos actuales, creen que la ciencia es el sinónimo del materialismo. Como que el método científico se basa en el experimento y la interpretación práctica de los resultados de este experimento.
   La ciencia avanza a tientas, pasito a pasito, moviendo la mano con los dedos extendidos en la oscuridad y arrancando a lo desconocido partícula tras partícula de verdadero conocimiento.
   Semejante enfoque recuerda vivamente el relato de cómo cinco ciegos palpaban al elefante. Uno de ellos, al agarrar la trompa, decía que el elefante es un ágil y elástico tubo. Otro, agarrado a la pata, aseguraba que es una poderosa columna que se eleva etc.
   Claro está que la ciencia comienza por una representación abstracta general de lo que es el mundo (o debe ser). A continuación se pone a demostrarlo. Si la demostración no resulta, la ciencia a regañadientes corrige un poco la idea original y sigue demostrando.
   Así la representación del universo que existe miles de millones de años de hecho surgió en el siglo XIX y no por la vía experimental, porque por la vía experimental es indemostrable. Esta idea pasó a la razón científica de los mitos hinduistas mal comprendidos, y después comenzaron  a demostrarla con la ayuda de radiotelescopios y sincrofasotrones. La teoría de Darwin de la descendencia del hombre del mono también desciende de un mito chamánico. Diferentes conceptos totémicos de la descendencia del hombre de diferentes animales son populares entre distintos pueblos primitivos. Aunque Darwin para fundamentar este mito chamánico elaboró la teoría entera de la selección natural. Cuando en el siglo XX en esta teoría fueron descubiertos fallos, la sustituyeron con la teoría de los saltos y  mutaciones etc.
   La ciencia en su sentido actual fue creada por los talentosos idealistas-paganos, como Copérnico o Giordano Bruno, en el nombre de la lucha política contra la iglesia. Hoy se ha convertido en un instituto mitológico independiente – el poderoso medio de control de la conciencia de las masas. Porque el hombre corriente cree que los “milagros” tecnológicos que le rodean están creados por la ciencia. Ni siquiera sospecha que el desarrollo de las tecnologías no solo no se apoya en la visión científica, sino que a menudo la contradice.

2.4. Ideología

La crisis de la ideología se debe a que está completamente alienada de las necesidades espirituales y existenciales de aquellas personas a las que apela y que deberían de ser sus portadores.

   La ideología aparece por primera vez en su significado actual de partido con la Revolución Francesa de 1789. Entonces los franceses se dividieron entre los “realistas” (partidarios del rey) y los republicanos. Los republicanos y los monárquicos ya habían existido antes en la propia Inglaterra de los tiempos de Cromwell o en la antigua Roma. Pero por entonces no se trataba de una ideología. Las divisiones políticas se apoyaban en los motivos religiosos.
   En nuestros tiempos la ideología no necesita ninguna justificación superior que salga fuera del marco de la vida cotidiana. La discusión acerca de la construcción de las viviendas o sobre los impuestos se convierte en parte de ideología. La izquierda de ahora demuestra su izquierdismo exigiendo cobrar el impuesto progresivo a los ricos. Otras ideas no les hacen falta.
   Los programas ideológicos de los partidos prácticamente no se diferencian entre ellos. El acuerdo muy estricto en la sociedad actual sobre lo que se puede decir y lo que no les impide diferenciarse. El 99% de los temas tratados por la gran cultura en nuestros tiempos no se pueden introducir en el diálogo político: ¡sería retar lo políticamente correcto!
   Pasaron aquellos tiempos en los que se hablaba de la ideología proletaria o burguesa. Entonces se creía que la ideología se dirige a los grupos humanos reales, que no se parecen a otros, y que expresa sus intereses particulares. Hoy se da por sentado que todas las ideologías se dirigen a las mismas personas y son el motivo para la competencia entre las marcas de los partidos. El electorado se divide entre los partidos siguiendo el mismo principio que los fanáticos de los clubs de fútbol. Con el mismo éxito se puede hablar de las ideologías de “Spartak” o de “Chelsea”.
   Claro está que esto no significa que la sociedad actual se compone de las mismas bolas de billar con las caras humanas pintarrajeadas  encima. Lo mismo que en el pasado distintos e incluso incompatibles grupos humanos se oponen entre sí. Si pudieran hablar en su propio nombre, el mundo tendría distintas versiones del futuro. Tendría las perspectivas alternativas, relacionadas con estos distintos tipos humanos.
   Justamente por este motivo el poder impide hablar a los portadores de la diferencia, tapándoles la boca con las ideologías aceptadas y bendecidas. Es una forma de terapia psiquiátrica que el poder aplica a la población como al paciente del hospital psiquiátrico.

 

2.5. Cultura

La crisis de la cultura se debe a que para poder funcionar tiene que jugar rebajando el significado de los símbolos que maneja, pasando de lo posreligioso (humano universal) al “pop” y más abajo.

   El principal problema de la cultura es el mismo que el del dinero – siempre falta y siempre permanece en estado de inflación.
   Cualquiera entiende qué es la inflación del dinero. Significa que hoy por un rublo se puede comprar menos que ayer. ¿Pero qué significa la inflación de la cultura?
   Pongamos un ejemplo alto de esta inflación. Por un lado tenemos el famoso cuadro de Da Vinci, y – por otro, el libro de Dan Brown “Código Da Vinci”.
   En un extremo una carga colosal de suposiciones, maestría sin parangón, que da como resultado una obra maestra. Alrededor de esta obra maestra se discute a lo largo de los siglos, nacen las controversias…
   En otro extremo tenemos una falsificación pop que leen en el metro para matar el tiempo. Es el ejemplo de “alta” inflación, porque “baja” es la sonrisa de Gioconda en la bolsa de plástico del supermercado.
   La cultura nace de los símbolos religiosos repensados en clave humana. El pintor pinta por encargo de la iglesia a la Virgen María, escogiendo como modelo a una simple muchacha. Luego viene el crítico y explica que la Virgen María no es más que un pretexto para elevar la sencilla feminidad humana. Así es como comienza. Termina con la cultura de masas, en la que los símbolos originales terminan por descomponerse.
   Desde el momento de su aparición la cultura se convierte en el instrumento para expulsar a las personas corrientes de la esfera de los significados religiosos superiores. Si para el hombre común la religión está relacionada con la ética, con lo que se debe hacer, la cultura concentra su atención sobre la estética, sobre lo que es bello. Es una estratagema para obligar al hombre a amarse a sí mismo en vez de amar a Dios.
   La cultura libera de la ética porque acostumbra a pensar que “el hombre es concepto amplio”. Que el hombre lo contiene todo. Y, en última instancia, todo le está permitido. De modo que si hay un lugar en la cultura para Plácido Domingo porque no va a haberlo para Sukachev (cantante pop ruso – N. del T.)
   Desde el principio la cultura imitó a la religión. Solo que como su principal justificación introdujo la idea del “valor”. Es un concepto mercantil, del dinero, que de nuevo relaciona la cultura con la baja esfera de las finanzas. Y a medida de que el contenido de la cultura sufre la inflación, los precios de la cultura van subiendo. Aumenta cada vez más el atractivo de invertir en ella.
   Mientras tanto las masas pierden su último contacto con “lo alto”…

2.6. Información

La crisis de la información se refleja en que el signo (a diferencia del símbolo) no tiene ninguna relación con la comprensión, de modo que el aumento del flujo de la información lleva a la disminución de la suma general de los conocimientos.

   El error más extendido (que ni siquiera Sócrates pudo evitar) consiste en pensar que el “conocimiento” necesariamente es el “conocimiento de la verdad”, es decir de aquello que hay en realidad. Sócrates chocó a sus contemporáneos y obligó a citarle a las interminables generaciones de los filósofos que vivieron después de él, afirmando que lo único que sabía ¡es que no sabía nada!
   Sin embargo no es así. Sócrates, al contrario, sabía muchas cosas lo que le había permitido, por ejemplo, hacer su famosa declaración. Al menos sabía qué era aquel conocimiento que él consideraba que le faltaba. En otras palabras, Sócrates tenía cierto cuadro del mundo que comprendía.
   Es lo más importante. El conocimiento no es el reflejo exacto de aquello “que hay de verdad”. La realidad fuera de nosotros es problemática. Tal vez ni siquiera exista, tal y como sospechaba Kant. Lo que sí seguro que existe es el conocimiento. ¿Y qué es? En esencia es lo mismo a lo que se refería Sócrates, aunque un poco distinto. El conocimiento es cuando sabemos que sabemos. Es simplemente la comprensión.
   La comprensión es contraria a la diferenciación. El ordenador no comprende lo que está haciendo. Dentro de él transcurren las operaciones de distinción, que no se diferencian en nada de los procesos químicos o físicos. “El estado” del ordenador es el mismo que el de cualquier objeto inanimado.
   La comprensión, en primer lugar, es la correspondencia con uno mismo como el que  comprende. El hombre que en una fotografía reconoce un paisaje o la escena de su propia vida atraviesa en este reconocimiento por dos fases. Primero distingue, es decir reacciona ante una señal, a continuación entiende qué está mirando. Esta comprensión necesariamente incluye la presencia de uno mismo en este acto de reconocimiento. En realidad la comprensión es exactamente el auténtico conocimiento. Todo lo demás puede ser falsificado.
   La información no tiene nada que ver con este estado de la comprensión. Se reduce, en última instancia, a la diferenciación de las señales. La letra “a” simplemente es esta letra y ninguna otra. Las pinceladas de colores de un cuadro fuera de la comprensión no forman una imagen inteligible, sino que siguen siendo un conjunto de manchas. Los programas para los ordenadores se escriben en base a los principios de esta distinción, la comprensión la añade el usuario. Es justamente lo que convierte en absurda la idea del intelecto artificial. Por muy rápido que semejante “intelecto” pueda realizar las operaciones de distinción, en realidad no se va a diferenciar de una piedra. Únicamente el hombre vivo posee esta comprensión, porque sabe que está separado de aquello que está percibiendo. El problema de la información está en que al expulsar el conocimiento de la esfera espiritual, mata en el hombre su específico estatus de “conocedor”. Hoy el flujo de la información reduce cualquier comunicación separada al nivel de la mancha de color. Y el caos no se transforma en un cuadro. Hasta hace poco todavía todos los datos que recibía el hombre formaban para él parte de su cuadro del mundo. Hoy el hombre se ahoga en el mar de la información, que para él permanece completamente ajena y, en última instancia, desprovista de cualquier significado.

 

2.7. Educación

La crisis de la educación consiste en que su objetivo es convertir a los hombres en un elemento funcional de la sociedad, robándoles la posibilidad de realizar su verdadera naturaleza.

   Cuando explicamos la necesidad de la educación, normalmente decimos: “Sin ella no se puede ser un hombre completo”.  A nuestro modo de ver la educación  es el camino para descubrir y realizar el potencial humano, para convertir al recién nacido como “tabula rasa” no en un Mowgly, niño de la selva, sino en el representante completo de su civilización.
   Aquí es donde se encuentra la piedra de toque. Qué es lo que se reproduce mediante la educación - ¿persona o sistema? Por lo general pensamos que persona, que solo puede descubrirse después de haber asimilado el cuadro del mundo y el conjunto de conocimientos profesionales alcanzados por nuestra sociedad. Pero no menos fundamentada es la posición del sistema que necesita reproducirse, formando a los correspondientes miembros de la sociedad a partir del material humano en bruto.
   El que el segundo punto de vista está más cerca de la verdad lo confirma la rebelión de cada nueva generación joven contra el estrecho marco de la matriz en la que la están metiendo. En el hombre desde el principio hay algo que se resiste a aceptar la visión del mundo, la forma de pensar, que su medio social le impone desde el momento de su nacimiento. Claro que las fuerzas para rebelarse solo bastan durante los años jóvenes, cuando el proceso de la formación y de la “congelación” del producto final aún no se ha completado.
   Sin embrago el sistema no quiere tolerar ni siquiera esta protesta limitada por la edad y las posibilidades. Por lo que la educación actual representa una trampa para la rebelión adolescente.
   La educación actual ya no ofrece de manera autoritaria el cuadro rígido del mundo, cuando los errores en su asimilación se castigan golpeando las manos con la regla. Ahora la educación ofrece para elegir varios variantes de respuesta, uno de los cuales es el correcto. La asimilación del cuadro del mundo se desarrolla en forma del juego, en el que la joven criatura debe adivinar la respuesta correcta, como el número premiado en la lotería. En  este formato de educación desaparece la imagen del mundo, pero también se disipa la protesta contra ella – no hay nada contra lo que protestar. En realidad, tampoco surgen conocimientos profesionales: pues si los conocimientos sobre el mundo circundante se adivinan como en el juego del casino, como resultado no puede surgir un hombre que realmente sepa algo.
   Mediante semejante educación el sistema consigue un resultado específico: por un  lado, en la vida entran hiperconformistas, desprovistos de cualquier estímulo para tener una posición propia y que perciben todo lo que ocurre como el movimiento de la rueda de la fortuna – habrá suerte/no habrá suerte. ¡Esta nueva generación vería los manuales de colegio de sus padres y abuelos como la más enloquecida conspirología! Por otro lado, el sistema recibe como nuevos miembros de la sociedad a no profesionales. No pueden realizar ningún trabajo productivo o creación organizada. La única esfera en la que pueden encontrar aplicación es el consumo y las relaciones sociales caóticas basadas en él. Debido a semejante enfoque la mayoría de estas personas están condenadas a ser fracasados profesionales y a depender del crédito para su consumo. Por lo que el sistema obtiene en ellos el “fondo social” perfecto: parásitos que dependen del crédito. Pero, por otro lado, con la ayuda de semejante material humano el sistema no puede resolver ningún proyecto serio, no puede emprender ninguna innovación fundamental.
   De esta manera la nueva educación posmoderna inevitablemente lleva el sistema al estancamiento civilizacional. Y es por eso que los centros científicos adelantados de Occidente confían cada vez más en la exportación de los cerebros del Tercer mundo, donde la transmisión de los conocimientos aún no ha sufrido la descomposición posmodernista.

 

2.8.  Ética

La crisis de la ética está en que ya no forma parte de ella la idea del deber, sustituida por la moral, entendida como observación del código de conducta en el medio dado.

La fase más temprana en la formación del miembro de la sociedad es cuando le dicen que debe hacer algo. Todos debemos hacer algo. Pero lo más interesante es el contenido de este principio. ¿Qué es lo que debemos hacer? Por regla general el hombre-masa confunde la ética con la moral. A nivel popular se cree que la ética es el nombre científico rebuscado para referirse a la moral.
   ¿Y qué es la moral? Es lo que más o menos todo el mundo entiende. La moral es el conjunto de las reglas de conducta aceptadas. Sencillamente es “la costumbre”.
   Pero la moral cambia de una época a otra, de una sociedad a otra. Todos los críticos de la moral siempre han señalado su carácter relativo. La ética, por su parte no es un conjunto de reglas acostumbradas, que son obligatorias porque todos las siguen. Es lo que el hombre debe de hacer sólo, sin nadie más, porque responde ante su propia alma y ante Dios.
    La sociedad siempre ha intentado someter la ETICA (como el deber y la responsabilidad del hombre ante el sentido supremo de la vida) a la MORAL (como conjunto de reglas aceptadas por todos). La ética fue puesta al servicio de la moral: tienes que cumplir con las reglas comunes… porque respondes ante los demás que también las observan. No ante ti, ni ante Dios – sino ante los que ya están jugando siguiendo estas reglas… La sociedad siempre ha temido a la ética como al fuego, porque el hombre que responde ante su propia conciencia resulta que a lo mejor no le debe nada a la sociedad. Más aún, la ética puede obligar a un hombre (¡y a más de uno!) a enfrentarse a los mismos fundamentos de la moral aceptada y  a aquellos para los que esta moral es útil. Por eso desde los tiempos más antiguos las escuelas éticas incomodaron a las élites, por eso en el Imperio Romano  se perseguía a los cristianos, que habían puesto la ética sobre la moral.
   Las sociedades de hoy están impregnadas de la idea de los valores. Los valores se anteponen al precio como algo espiritual. Sin embargo, el valor y el precio son dos conceptos que se sitúan sobre el mismo eje. Cuando la civilización se convierte en global y los códigos morales regionales se funden en un solo conjunto liberal políticamente correcto, se le proclama como poseedor de un determinado valor espiritual – el valor eterno. La lealtad con respecto a esta nueva moral humana universal se convierte en el contenido de la ética contemporánea. Así la civilización global piensa superar el reto, lanzado por el “hombre ético” – el habitante más inquieto del espacio actual, que de vez en cuando tiene la costumbre de convertirse en revolucionario.

 

3. Hombre. Crisis del estatus ontológico

La crisis del hombre consiste en que el hombre mismo únicamente es posible como el instrumento al servicio de un superobjetivo, que se sale del marco de su existencia individual, mientras que su estatus en la sociedad contemporánea se reduce al individuo “atascado” en su “yo”.


En las dimensiones de la gran historia la crisis del hombre se puede observar por cómo iba cambiando a lo largo de los siglos la interpretación del aforismo griego “El hombre es la medida de todas las cosas”. Cuando estas palabras fueron pronunciadas se suponía que el hombre representaba una especie de “llavecita de oro” que abría la infinita caja del Universo. El hombre es el que lleva en sí todos los nombres y significados de todo lo que es, en él está escondida la comprensión, sin la cual todo el variado contenido del mundo es lo mismo que nada, una casa sin dueño. El hombre es aquel espejo en el que el Universo se mira para reconocer a sí mismo. Y con ello – o gracias a ello – el hombre siempre ha permanecido como la cosa menos definida del mundo. En la misma época en la que apareció el primer aforismo los griegos crearon el segundo: “el hombre es un bípedo sin plumas”. Lo que quiere decir que el hombre se opone al mundo sin formar parte del mismo. Es como si tuviera que definir a sí mismo siguiendo el argumento de la obra que representa, donde el argumento lo tiene que descubrir acto tras acto. De ahí nace el gran drama de la indeterminación del estado humano, que los sabios sintetizaron en las tres preguntas sacramentales: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?
   No es que para el hombre actual estas preguntas hayan perdido el significado, - ¡es que ya ni siquiera se plantean! Su horizonte, su realidad total es la sociedad global, que contiene todo y fuera de la cual no hay nada. Además el hombre actual no se opone a la sociedad como hacían los revolucionarios en el pasado. Menos aún se opone al “Cosmos” en el sentido mitológico, porque para el habitante liberal de las megapolis actuales este cosmos ya simplemente no existe. La moral actual enseña al individuo que “oponerse a la sociedad no es productivo”. Con ello se entiende que si transgredes la moral del conformismo absoluto, puedes ser excomulgado del consumo o pasar a un novel mucho más bajo de participación en el mismo.
   En realidad la definición del hombre hoy se reduce a su estatus dentro del consumo. El hombre que consume los bienes materiales más elementales, que se pueden comer o con los que se puede arroparse, se encuentra en la escala más baja de la jerarquía. El hombre que consume las marcas que indican los tipos glamurosos de comida y vestimenta, se encuentra sustancialmente más arriba etc.
   El hombre ha quedado disuelto en el caldo social. Ya no es una sólida partícula ante el viento del tiempo. Es más bien la molécula del tibio caldo que solo se identifica a sí misma a través del medio. Es la etapa más dura de la crisis del hombre, porque dentro de él sigue viva la partícula dormida de su verdadera esencia humana – la princesa dormida en el bosque encantado de la megapolis.

 

3.1 Crisis de identidad: misión en la tierra

La crisis de identidad se expresa en que el hombre solo se encuentra en relación con los signos externos y ya es incapaz de concentrarse en aquello que expresa su esencia profunda.

   Para muchas personas la pregunta “¿por qué?” ni siquiera se plantea. Son como los nadadores que tienen como objetivo llegar hasta la meta final. Están introducidos en el medio concreto y resuelven un número interminable de pequeños problemas que ni siquiera les dejan la posibilidad de plantear la pregunta sobre el sentido global.
   Y si de vez en cuando logran abstraerse del ajetreo cotidiano tomando una jarra de cerveza con un amigo del alma, entonces la pregunta “¿por qué? que sigue flotando en el aire encuentra su respuesta en los clichés acostumbrados: los hijos, la familia suelen ser las más fáciles y evidentes. Para personas más complicadas a la enésima jarra pueden surgir también “los intereses nacionales”. Por lo común los contertulios procuran no hacer caso a la inconsciente sensación de que todas estas respuestas fáciles, banalizadas – no son más que la imitación de la respuesta a la pregunta, en última instancia – son una soberana estupidez.
   Intuitivamente el hombre desea estar en la Tierra “para algo”. En otras palabras, necesita una misión. Por mucho que esté aturdido por la vida cotidiana sigue viva en él la necesidad de que su vida “no sea sin más”. Es lo que los hombres precisamente intentan expresar cuando comienzan a hablar del patriotismo y los intereses nacionales: de esta manera intentan apelar a la historia.
   Uno de los crímenes más serios de la sociedad contemporánea contra los hombres que viven en ella – es su exclusión de la historia. Las reflexiones sobre el fin de la historia es la pedantería de altura de un profesor destinada a las élites. Para ellos la historia “ya ha terminado” o “todavía no ha terminado” en el sentido de que la pregunta sigue: ¿han logrado ya los poderosos someter a toda la humanidad o todavía no?
   Mientras que el resto de la humanidad está al borde de caerse de la historia en el sentido literal de la palabra – de convertirse en “nadie”, en los que “viven sin más”. Y tan solo en los límites de la nebulosa humana se enciende la desesperada lucha por permanecer en la esfera del sentido, de poseer una misión, de participar en la historia.
   Una de las formas de la compensación humana por el sinsentido es la proliferación de las sectas neoespiritualistas, a las que se suele denominar conjuntamente con el término “New Age” (“Nueva Época”). El rasgo característico de todas estas sectas consiste en la unión del “misionismo” (todas estas sectas tienen cierta gran misión conspirológica que cumplir en la Tierra) con la falta de sentido y la precariedad infantil del contenido de su doctrina. Las sectas surgen alrededor de una frase arbitrariamente interpretada de las Sagradas Escrituras, de algún ritual absurdo, inventado a saber por quién o simplemente en torno a algún hombre que se ha proclamado salvador…
   La sociedad apenas lucha con estas sectas, dado que la falsificación del sentido y de la misión que practican satisfacen plenamente a las élites actuales.

 

3.2. Pérdida de la soberanía de la personalidad. Crisis del ego

La crisis de la personalidad consiste en que para su afirmación necesita la sanción por parte de la sociedad/Estado, cuya legitimidad es a su vez ficticia.

   En el maravilloso poema de Pushkin “Anchar” el señor envía al esclavo para que le traiga los frutos de un árbol venenoso. Después de cumplir la misión, el esclavo envenenado se arrastra hasta su choza. Es un momento muy importante: el esclavo tiene un lugar donde morir. Cada noche los seres agotados por la explotación social volvían a su miserable camastro, y volvían a su interior, a los escondites de su corazón, para poder permanecer ahí por un breve momento a solas consigo mismo.
   Este retorno al refugio espiritual del propio corazón es una condición indispensable para renacer ante las nuevas pruebas, para reunir las fuerzas y poder aguantar los sufrimientos y las humillaciones de la vida real.
   Al hombre actual le quitan este refugio espiritual. No le dejan la posibilidad de refugiarse en sí mismo, realizando la inmigración interior para huir del mundo del absurdo y del gasto inútil del tiempo y de los esfuerzos. El espacio mediático, publicidad, Internet, relaciones profesionales y sociales llenan cada vez más ese espacio dentro del hombre, donde en teoría no debería de haber nada más que silencio, nada, excepto el misterio de su incognoscible Yo. El hombre se convierte en la cinta de Moebius: lo exterior en él suavemente se convierte en lo interior. Tiene miedo de quedarse a solas consigo mismo, porque el encuentro con su yo no le resucita, no le da nuevas fuerzas. El viaje hacia dentro de uno mismo envenena al hombre actual, como el viaje en busca de  los frutos del árbol anchar había envenenado al esclavo del poema de Pushkin.
   Hay que reconocer algo asombroso – el árbol de la vida en los corazones de los hombres se convirtió para ellos en anchar, y sus frutos se convirtieron en venenosos.
   Aterrorizados los hombres corren al exterior, al socium, a la publicidad y las diversiones, a las reuniones del partido y las movidas de los clubs, ellos piden a todo este ruido exterior la defensa ente los frutos venenosos de su propio Yo.
   El psicoanálisis les ayuda activamente. Freud sugirió a las élites, - y lo han aprovechado, - que hay que condenar la verdadera esencia del hombre y mantenerla encadenada y detrás de las rejas, como a un maníaco furioso. Lo que en realidad constituye la conciencia innata, que impide aceptar la dictadura del mundo – ¡dictadura condenada por todos los profetas, incluyendo a Jesucristo, como la mentira total! – se convierte en el psicoanálisis en el inconsciente agresor interior, llamado “Ello”.
   Los psicoanalíticos – herederos profanos de los clericales – no enseñan la sumisión; dentro del sistema del absurdo controlado que ellos ofrecen a los hombres actuales, la sumisión representa un lujo excesivo.

 

3.3. La crisis del estatus (crisis del ego social)

La crisis del estatus significa que el hombre no puede ver a sí mismo como un ser completo fuera de su función social o profesional.

   ¿Soy una criatura temblorosa o tengo derechos? – se preguntaba Rodión Raskólnikov, paseando con los andares inciertos por las calles de San Petersburgo. La única manera de saberlo era matando a la vieja prestamista. Porque la alternativa en su interrogación se componía de dos posiciones autoexcluyentes. Hoy Rodión Románovich aparece como un extraño. Desde el punto de vista actual claro que tiene derechos, más aún –tiene todos los derechos. Y justamente por eso es una criatura temblorosa. Entre lo uno y lo otro no debe haber ninguna contradicción.
   Para Raskólnikov “tener derecho” significaba equipararse a Napoleón, que se colocó por encima de todos. Para el hombre actual “tener derecho” significa justo lo contrario. Significa la imposibilidad de la aparición misma de Napoleón bajo aspecto humano. Para la sociedad actual “Napoleón” es Hitler que quemó en los hornos a 6 millones de judíos. El hombre actual, que naturalmente no puede ser nadie más que la “criatura temblorosa” y lleva este estatus con dignidad, hay multitud de derechos de todo tipo. Pero todos estos derechos adquieren tanto más volumen, brillo y profundidad, cuanto menos empeño se pone en su realización.
   Existen los derechos, y existe la regla no escrita de que su excesiva realización balancea en exceso el barco social. Y en general lleva a un desbalance peligroso. Porque qué es el derecho para un liberal – intenten decirle a Napoleón la frase preferida de los actuales defensores de los derechos, que “¡tu derecho de agitar los puños se acaba donde empieza la nariz de otro!”
   Pero si todos los derechos se limitan mutuamente de esta manera, se convierten en ya ni siquiera virtuales, sino en una particular renuncia a sí mismo, en una especie de tentación pseudorreligiosa, un particular monasterio de altruismo social.
   Claro está que el estatus del tembloroso poseedor de derechos está destinado a las masas. Pues en su sentido original tener derecho significaba algo muy próximo a “poder” (en el lenguaje corriente también ahora significa lo mismo: “tengo derecho” – significa “puedo”).
   Pero la palabra “poder” es la raíz que en muchos idiomas coincide con el término que designa “el poder”: “power”, “puissance”. Los poseedores del poder son aquellos que pueden hacer algo; aquellos que pueden.
   Sin embargo los poseedores de los derechos en la sociedad actual no pueden hacer nada.
   El poder por definición se ha salido hoy fuera del marco del derecho, dejando todos estos maravillosos derechos a los arrepentidos raskólnikov, que de rodillas piden perdón a todos los que habían ofendido a lo largo de los últimos mil años.
   La obligación del hombre-masa consiste en su voluntaria renuncia del derecho que se le reconoce. Si sigue persistiendo en ejercer sus derechos, la conciencia social, por boca de los medios de comunicación, en el mejor de los casos lo sitúa como un neurasténico poseso, como un patético payaso. De manera que la educación del ego socialmente responsable de las nuevas generaciones de ciudadanos corrientes consiste en la aceptación consciente de la falta de derechos real combinada con la hipócrita afirmación del dominio absoluto de la libertad social.

 

3.4. La crisis de la casta

La crisis de la casta consiste en que, siendo una realidad, deja de tener la relación directa con la organización funcional de la sociedad.

   Cuántas veces habremos escuchado la pregunta dirigida a nosotros: “¿Es que estás hecho de la harina de otro costal?” O, al contrario, la afirmación sobre aquellos, cuyas hazañas en actuales circunstancias parecen sorprendentes e imposibles: “Sí, aquellos hombres estaban hechos de otra madera”.
   Las Sagradas Escrituras nos enseñan, que el hombre está hecho de barro, entendido el barro no de manera literal, sino como cierta substancia, de la que en realidad está hecho todo lo demás. Solo que hay “barro” de distintas clases, cosa que las Sagradas Escrituras no se olvidan de mencionar. Hay barro húmedo, grueso, el limo del fondo del río; hay barro seco, sonoro, del que se hacen nobles productos de cerámica, que suenan cuando se tocan. El barro, o la harina, de la que están hechos los hombres tiene muy distinta calidad. Pero no se diferencia al azar, sino siguiendo cierto orden cósmico. Algunos hombres están hechos de barro de tal tipo, que solo pueden trabajar con el sudor de su frente. El barro de otros los predestina, por ejemplo, para el comercio o para la minuciosa fabricación de refinadas joyas.
   En la sociedad clásica se consideraba que los representantes espirituales, los sacerdotes, están hechos de barro de máxima calidad celestial (“los brahmanes están hechos de la cabeza de Brahma”). El destino de estos hombres era llevar en sí el sentido de la Ley eterna, que gobierna el universo y en observar que el mundo de los hombres no se desviara de este camino. A los guerreros se les reservaba la función del ejercicio de la violencia, porque la violencia es la manifestación de la pasión. Los guerreros están hechos de barro ignífugo. El fuego está desatado en su interior, sin romperlo y sin salirse al exterior si no es con el permiso del poder supremo.
   Y nosotros – sin duda, hechos de barro - ¿tenemos algo que ver con esta ordenada clasificación? ¿O tal vez todas esas diferencias fueron inventadas por los antiguos llenos de prejuicios e ignorancia, y todos los hombres en realidad son iguales? Pongamos que uno es más cobarde, otro más avaro o más generoso, el tercero es un introvertido que tiende a pensar en las cosas que no interesan a nadie más… Pero todas estas diferencias son como el distinto color de los ojos o la estatura: no ejercen ninguna influencia sobre la vida real.
   La verdad está ahí y ahí. Sí, seguimos naciendo como guerreros, mercaderes y visionarios espirituales. Y, por desgracia, - esas diferencias ya no tienen nada que ver con lo que la sociedad nos obliga a hacer en la vida. El hombre actual no tiene casta – o, como se suele decir usando la jerga sociológica, - está desclasado – no porque de repente todos han empezado a nacer “de la misma harina”, sino porque las funciones sociales están construidas de tal modo que no coinciden con la naturaleza humana.
   El actual burócrata de uniforme – en lugar del guerrero, el actual especulador – en lugar del comerciante, el actual tecnócrata –en lugar del maestro gremial, el artista actual, que con orgullo ofrece al público un urinario, - en lugar de un clarividente y creador de obras maestras…
   La casta ha sido desechada de la sociedad, pero su realidad sigue viviendo ilegítimamente en clandestinidad.

 

3.5. La crisis de la libido (ocaso del amor)

La crisis de la atracción sexual está relacionada con la pérdida de la experiencia intuitiva de la unidad del eros y de la muerte y la desaparición en el hombre actual de la experimentación trágica del orgasmo como la rotura con la existencia cotidiana.

   Para el hombre común la atracción sexual representa la única manera de contactar con algo sobrehumano e incluso sobrenatural. Los hombres siempre han divinizado la energía erótica y la trataron con miedo, porque esta fuerza, por un lado vive en ellos y, por otro lado, se escapa de su control.
   A menudo la libido (atracción sexual) se confunde con el amor. La esencia del amor está en el autosacrificio. La predisposición de sacrificarse por una causa noble, por los seres queridos, por aquellos a los que se refería Cristo cuando dijo “sacrificar el alma por los amigos”… Ello tiene que ver con la voluntad espiritual, que hunde sus raíces en el corazón humano.
   A diferencia de la noble pasión por el sacrificio propio, la atracción sexual se asemeja a la electricidad, que actúa independientemente de si conocemos o no su existencia. Es una fuerza más bien no humana que sobrehumana. No en vano hemos utilizado la palabra electricidad: lo mismo que existe el más y el menos, que crean la diferencia de potencia, en la esfera biológica también existen cátodo y ánodo en forma de los principios masculino y femenino.
   En la sociedad en la que predomina el “tercer  sexo”, es imposible imaginarse el drama del sentimiento erótico, que constituía uno de los ejes de la cultura clásica. Para el hombre actual, que desde el punto de vista, por ejemplo, de un oficial de las guerras napoleónicas sería un degenerado biológico, la problemática de las obras amorosas de Shakespeare es incomprensible. Justamente por eso la cultura liberal posmoderna aprecia tanto a Chéjov, quien muestra muy bien el derrumbe de la polarización y la crisis de la virilidad en el intelectual (“intelligentsia”) del cambio de siglo.
   La oposición de los sexos tal vez sea la cosa más cósmica que se manifiesta de manera evidente en el hombre. Aquello que más le permite acercarse al hombre al elemento cósmico. Lo masculino y lo femenino en su aspecto simbólico atraviesan a toda la realidad: la tierra y el cielo, forma y materia, punto y extensión…
   Estamos rodeados por los ejemplos de esta oposición binaria y la llevamos en nuestro interior.
   La energía del sexo en su manifestación práctica rompe la experiencia de la existencia cotidiana banal, que para la mayoría de los hombres equivale a soñar despierto. La unión del hombre y la mujer lleva a un fogonazo, que les expulsa de la realidad profana y los introduce, aunque sea por un instante, en una experiencia paradójica y amenazante.
   Justamente por eso la sociedad actual tiende a banalizar el sexo al máximo, a convertirlo en un artículo de consumo sin peligro. La principal tecnología del liberalismo triunfador es el ataque a la oposición de los sexos, a la identidad de género. En primer lugar hay que desposeer al hombre de su cualidad específica, tras lo cual también la naturaleza femenina se deforma sin esfuerzo. El unisexo, que crea el liberalismo, lleva a que la energética sexual abandona el espacio humano y los hombres pierden la última oportunidad de contacto con algo que supera su cotidianidad sin sentido.

 

3.6. La crisis de los sexos

La crisis de las relaciones entre los sexos consiste en que en el espacio social deja de actuar abiertamente la fuerza sobrehumana que regula la inevitable y natural “guerra de los sexos”.

   Todas las religiones constatan que entre el hombre y la mujer hay una guerra permanente que no ha cesado nunca. Cuando Dios expulsaba a Adán y Eva del Paraíso por desobediencia, les había advertido: “Y sembraré la discordia entre vosotros”.
   En el paraíso en hombre y la mujer se encuentran sumidos en el sueño de la felicidad primordial. El medio no se les opone, y ellos tampoco sufren el trauma de su fundamental diferencia con respecto a él. Por eso antes del pecado original andan desnudos, sin conocer la vergüenza, porque no representan un secreto el uno para la otra.
   La humanidad, lanzada al  crudo mundo, en seguida sufre lo despiadado del medio. En estas condiciones de inmediato se manifiesta la oposición diametral de los significados, propios de lo masculino y lo femenino. Ambos interpretan de manera distinta el mundo circundante, tienen diferente escala de valores, objetivos que a menudo no coinciden. El principal objetivo de la mujer es la seguridad, para el hombre es el reto, el constante enfrentamiento con el medio.
   El armisticio entre los sexos únicamente es posible cuando existe un superobjetivo, determinado por la perspectiva religiosa. La religión ofrece al hombre y a la mujer la posibilidad de coincidir sobre una plataforma común, de regular la irreconciliable oposición de los sexos. Claro está, que no se trata solo de la familia y de los hijos. Más bien, la familia se hace posible después de que se firma el armisticio.
   Aquello para lo que el hombre y la mujer hacen las paces, y posiblemente, incluso una alianza, es la comprensión que les proporciona la religión de que todas las formas y valores de la existencia cotidiana son ilusorias y tienen un fin, que la muerte reina sobre todo. Y que únicamente la salida fuera de este marco finito puede justificar los duros sufrimientos de la vida cotidiana.
   La sociedad liberal es única en el sentido de que por primera vez en la historia no apuesta por la pacificación de los sexos a través del principio superior, sino que, al contrario, apuesta por encender la confrontación entre los sexos. Claro está que esto se hace con el acompañamiento de las lamentaciones políticamente correctas, con la sugestión desde las edades más tiernas para provocar el asco ante el “sexismo”, a través de la vacunación de la tolerancia, que lleva tan lejos, que a los niños desde el jardín de infancia les enseñan a hacer el pis como a las niñas.
   Como resultado cualquier oficina de la megápolis occidental se parece a un tarro con escorpiones, donde los hombres y las mujeres viven en permanente tensión de mutua desconfianza, de sospechas e intrigas, en base justamente a la diferencia de sexo. Entre ellos continuamente se interponen denuncias judiciales acerca de las miradas mal lanzadas, acusaciones de chantajes sexuales y demás delirios paranoidales, que el liberalismo contagia a sus seguidores que han perdido toda naturalidad.
   Al mismo tiempo, ni en el Cáucaso, ni en la India, ni en Iraq tomarían por hombres y mujeres a estos representantes del “plancton de oficina”: tan lejos se han distanciado de la imagen de sus  antepasados Adán y Eva.
   El unisex liberal no resuelve el problema de la guerra entre los sexos a través de la dichosa tolerancia, al contrario, convierte la paz entre el hombre y la mujer en prácticamente imposible.

 

3.7. Crisis de la generación. Crisis de la estirpe

La crisis de las relaciones entre las generaciones se debe a la pérdida de la sucesión histórica de “padres” e “hijos” experimentada de manera inmediata, lo que provoca la coexistencia de distintas edades dentro del mismo movimiento browniano sobre el mismo plano temporal.

   La joven generación debe retar a sus progenitores. Sin lo cual los jovenzuelos que entran en la vida no podrán convertirse en verdaderos hombres. Al fin y al cabo en los padres es en quienes se sintetiza la imagen de la mentira, que intuitivamente perciben las almas todavía no estropeadas por el medio social.
   Para poder lanzar el reto a los padres, hace falta que la generación de los mayores tenga la apariencia de una fuerza independiente, que posee su propio rostro. Hace falta que la generación de los mayores sea vista por sus hijos como los amos de la vida, responsables de lo que ocurre.
   Cuando Ulrike Meinhof y Andreas Baader actuaron de una forma extremadamente dura contra la sociedad alemana de los años 1960-a en la que vivían, les motivaba la lucha contra sus padres, responsables de la Segunda Guerra  Mundial, que llevó a la derrota y la esclavización de Alemania. Para los movimientos radicales de izquierda de las dos generaciones de posguerra el problema de los padres era casi el dominante, que desplazaba al segundo plano las cuestiones de clase y económicas.
   Hoy algo así sería difícilmente repetible. ¡No hay padres! La confrontación entre las generaciones se ha diluido hasta hacer desaparecer los límites nítidos entre “los mayores” y sus descendientes que entran en la vida.
   Además la actual generación que crece no tiene la sensación de que la imagen de sus padres tiene que ver con los “amos de la vida” que responden por algo. Más bien, al contrario, las personas mayores son vistas como marginales con opiniones ridículas, y si responden por algo, es únicamente por la inutilidad de las vidas que han vivido.
   La mentira, contra la que hay que actuar, hoy ha perdido la tradicional asociación con la gerontocracia que no deja respirar. En los tiempos soviéticos la dictadura de los ancianos nítidamente se oponía a las ansiosas esperanzas de la juventud. Hacía falta la presencia del instituto político del komsomol, para aprovechar la conflictiva energía de la joven generación.
   En nuestros días todo lo “juvenil” tiene un insoportable sabor de falsedad y de “programación”, impensables en el pasado, cuando la juventud era el sinónimo de la autenticidad.
   Dentro del movimiento browniano de la megápolis los padres y los hijos, la juventud, las personas de mediana edad y los pensionistas componen la misma mezcla agitada regularmente: todos por igual están desprovistos de las orientaciones, todos se encuentran en las mismas condiciones existenciales del lumpen marginalizado. Las generaciones no solo han perdido la cara, ni siquiera logran elaborar las máscaras simbólicas que hace poco aún funcionaban (la dichosa “generación de los sesenta” en la URSS, etc.).
   La sociedad liberal les ha quitado a los hombres otra orientación, les ha quitado la posibilidad tanto de protestar, como “de tomar el ejemplo”, basándose en la herencia histórica. ¡Otra posibilidad menos de comprender algo! Otra puerta hacia la libertad tapiada…

 

4. Política

La crisis de la política consiste en que la lucha entre los intereses de grupo sustituye el enfrentamiento entre los principales tipos de conciencia.

 

 

 

La esfera de la política es la esfera del enfrentamiento entre los distintos tipos de conciencia, que tienen sus representantes, o sujetos de la política, representados por “clubs políticos”. Hasta el comienzo de la Época Moderna los principales sujetos enfrentados, que representaban distintos tipos de conciencia, eran, por un lado, los clericales, por el otro – el poder real, que se apoyaba sobre la tradicional casta militar. Desde el inicio de la Época Moderna los clericales y la nobleza se fundieron en un solo club tradicionalista, al que comenzó a oponerse el club liberal – la bohemia y las personas de profesiones liberales, que a partir de un cierto momento se manifestaron como al factor social independiente. La casta militar, al abandonar la organización jerárquica, se transformó en la autorreproducible comunidad de los radicales, y con el transcurso del tiempo también el lumpen de las megápolis – la mayoría silenciosa se había convertido en el factor político. Los liberales prácticamente llenaron toda la tabla periódica de los elementos de la política actual – desde los marxistas hasta los fascistas. Sin embargo sus desesperados intentos de influir sobre las viejas élites, mantener el control sobre el lumpen y utilizar a los radicales como instrumento tropiezan con la diplomacia secreta de la clase dirigente tradicional, que fácilmente gana a los partidos políticos con sus ambiciones. En los últimos tiempos, además, como otro reto a los liberales la religión ha vuelto al escenario de la lucha política, y lo ha hecho no desde arriba, sino desde abajo, como ocurría en Europa en los tiempos de los anabaptistas. La crisis de la política proviene de su doble naturaleza: por un lado, el aspecto escénico, relacionado con las figuras públicas; por el otro lado, los pasillos de la burocracia anónima, que llevan a los despachos de los clubs de los verdaderos amos de la vida.

 

4.1 Crisis de la autoridad

La crisis de la autoridad consiste en que su propia naturaleza exige apelar a lo sobrehumano, mientras que en la organización de la sociedad actual es un tabú.

La autoridad tradicional se basa en la presunción de la conexión directa entre el orden clerical y el Ser Divino. Esa autoridad hoy se ha escondido en la sombra. Al primer plano ha pasado la restitución demagógica del antiguo lema romano: “Voz popular – voz de Dios”. Al “pueblo” se le cuelan figuras e instituciones, presuntamente legitimados por su propia elección. Pero en cuanto este pueblo “divinizado” pone en duda el hecho de que presuntamente ha legitimado el sistema que le oprime, en seguida recibe los porrazos y hasta balazos de los burócratas de uniforme, las fuerzas de seguridad del estado, que protegen el “acceso a la persona” (en el origen, el acceso a la “persona real” – N. del T.). Hoy la “autoridad” de los regímenes se basa en el miedo colectivo, el espantajo del terrorismo, el fantasma de la guerra civil y no tiene ningún contenido independiente crítico. Mientras que la autoridad de la Iglesia se mantiene gracias a su aparente permanencia fuera del marco de los asuntos mundanos.

 

4.2. Crisis del objetivo político y del proyecto político

La crisis del objetivo político (excepto el proyecto revolucionario) se debe a que su estrategia va dirigida a limitar las posibilidades del hombre, de la absoluta mayoría de los hombres, dentro del marco del “contrato social” (espacio social).

La típica característica de los programas electorales y los discursos de los políticos es su indudable falta de conexión con los problemas cotidianos reales y de las preguntas esenciales, relacionadas con aquellas modalidades de la conciencia que se reflejan en los clubs políticos. En otras palabras, dentro del discurso político – de derechas y de izquierdas – la espesa niebla de la mentira oculta tanto la alta filosofía, como la concreta verdad y los detalles de lo que ocurre en la calle. Los políticos, apoyándose en los medios de comunicación, juegan con la sociedad como con un niño difícil de manejar: le plantean falsos problemas, amenazas imaginarias, y si hace falta lo acompañan con las puestas en escena para el consumo de los medios como ilustraciones – crímenes, explosiones terroristas etc. Hoy todo se ha convertido en político – desde un escándalo familiar hasta los éxitos deportivos. De esta manera la política está felizmente divorciada de su principal contenido, y como proyecto político figura la promesa del partido, comprensible únicamente para los especialistas y que no interesa a nadie. Así el partido puede prometer como su gran objetivo global la rebaja de los tipos de la hipoteca, en las proporciones, además, que son importantes para la estadística, pero no para las personas reales.

 

4.3. Crisis de la protesta

La crisis de la protesta se refleja en que se reduce al descontento con lo particular y casual, en lugar de oponerse al orden de las cosas.

El carácter dual innato de la naturaleza humana siempre ha generado la protesta. Por un lado, el hombre está programado por la matriz de la conciencia de la civilización, dentro de la cual se convierte en el hombre, por el otro está su conciencia noumenal, que apela a lo incondicionado, protesta contra la mentira, sobre la que a priori se basa cualquier civilización. A lo largo de los milenios la protesta se expresó con un carácter religioso.
   Los liberales sometieron la poderosa energía del desacuerdo espiritual y a través de la doctrina de Hegel-Marx sobre la enajenación y deshumanización ofrecieron a las fuerzas contestatarias la versión seudorreligiosa de la visión del mundo global, en la que los objetivos globales fueron cambiados, y los acentos deformados. Esto inevitablemente llevó al derrumbe de la ideología de la izquierda liberal, de la que el marxismo formaba parte como un sistema organizado. Pero bien o mal el último al menos proporcionaba la posibilidad de ponerse de acuerdo dentro de su marco a las fuerzas muy distintas, sin exceptuar a los radicales, obligados a utilizar este lenguaje. Hoy el potencial energético de la protesta mundial no posee un lenguaje unitario y un sistema de referencia ideológica unido, que haría posible coordinar los esfuerzos de las distintas fuerzas contestatarias a lo largo del mundo. Lo cual coincide con la crisis general del liberalismo que da como resultado que al primer plano dentro del establishment oficial salga su flanco de extrema derecha, que a veces apela al populismo fascista… Por otro lado, los radicales, dejando de lado los movimientos subculturales del alterglobalsimo, tienden cada vez más volver a la plataforma religiosa de la crítica del orden establecido.

 

4.4. Crisis de la jerarquía territorial,

de las soberanías y vasallajes

La crisis de las soberanías territoriales se debe a su carácter casual, históricamente determinado y de hecho pueden dividirse y recomponerse siguiendo la voluntad de las fuerzas extraterritoriales, por ejemplo, corporaciones multinacionales.

Soberanía – es la heredera jurídica de la época feudal. Los estados nacionales, formados en los siglos XVIII-XIX, salvo raras excepciones, eran gobernados por los monarcas. Hacia los comienzos del siglo XVIII toda Europa estaba gobernada por el mismo clan familiar de los príncipes germanos, y la gran Eurasia por el clan familiar alternativo de los Timúridos (los kanes turcómanos – herederos de Tamerlán), emparentados además con los Gengisidas. De modo que detrás del mosaico de las soberanías feudales se ocultaba un particular globalismo “de tipo familiar”. Tampoco fue una excepción el Imperio Ruso, donde bajo la apariencia de la familia boyarda rusa de los Románov gobernaban los mismos príncipes germanos. El resultado de la Primera Guerra Mundial puso fin a este idilio. Los príncipes se escondieron detrás de los decorados de la democracia con sus parlamentos y partidos. Tras lo cual las soberanías habían perdido su función: proteger los derechos feudales de sus dinastías – y se convirtieron en una excusa para los nacional-demagogos para obtener los estatus políticos internacionales para sus pueblos, o mejor, sus marcas representativas. Los amos de la vida no lo pueden tolerar de ninguna manera. Por eso hoy se plantea el fin del estado nacional. Algunos podrían pensar que esta jugada nos introduce en la era posestatal. ¡Pero nada de eso! El estado, como recordamos, es el instituto parasitario que rompe la intercomunicación entre los gobernados y los gobernantes. El principio territorial al menos deja una sombra de posibilidad para los electorados limitados por una ubicación concreta de exigirles las cuentas a los políticos elegidos territorialmente. Pero la eliminación de las fronteras le quita el sentido al sistema electoral. El nuevo nomadismo, la globalización de los flujos migratorios mata al municipio y el gobierno local. Pero el estado se queda en forma de la burocracia internacional, que no responde ante la población y solo obedece al club político, que une a las élites tradicionales.

 

4.5. La crisis de la participación en el diálogo

(fin de la ilusión de la sociedad unida)

La crisis de la interrelación entre el arriba y el abajo en la sociedad se ve en la creciente incomunicación de los de abajo, a los que se les corta la posibilidad de formular su mensaje a los de arriba, es decir la expulsión de los de abajo del sistema de comunicaciones.

En los tiempos de los faraones la civilización proporcionaba el concepto de la unidad humana dentro del marco de la civilización. El último agricultor tenía relación con el faraón aunque fuera como una minúscula parte derivada de él. El discurso liberal de izquierda, basado en el concepto del proletariado y que había apostado por la lucha de clases, hizo mella en la ilusión de la sociedad común, que tiene un objetivo común. Los actuales tecnólogos políticos activamente intentan presentar el mundo posmarxista y postsocialista también como posclasista. Pero cada vez quedan menos argumentos para ello. En la mayor parte del mundo rápidamente se desacredita el nacionalismo como punto de unión. El nacionalismo es retado por las hermandades y diásporas de los emigrantes, por los viejos separatismos locales (irlandeses, vascos, albaneses, kurdos etc.). Por último, el enfrentamiento social entre los de abajo y los de arriba está creciendo. La segunda respuesta al reto de la lucha de clases, después del nacionalismo, fue la teoría de la “sociedad abierta” de la democracia liberal. Pero a medida de que la globalización avanza se reduce drásticamente la necesidad de la demagogia democrática y del proceso electoral, sustituidos por la administración directa y la presión de la fuerza bruta.
   En la situación en la que Fukyama habla de que la mayor parte de la población de la Tierra sobra,  Popper se convierte en algo anticuado y ridículo. De momento el hombre corriente de la megápolis, obnubilado por el entretenimiento deportivo y el Superego que aún funciona, no está preparado para aceptar la segunda edición de la lucha de clases en su versión posmarxista neorreligiosa. En cualquier caso la ilusión de la sociedad unida con un único objetivo humano universal de que “todos vivan bien” está agotando sus últimos días.

 

4.6. La crisis de la representación de los significados

por parte de los partidos políticos

La crisis del partido político hoy consiste en que se ha convertido en un pilar tecnológico del proceso electoral, que a su vez está controlado por la cima de la sociedad que está por encima de los partidos.

El partido parlamentario de hoy es el instrumento del club liberal, a través del cual los liberales alargan sus tentáculos o hacia los cerebros de las élites tradicionales, intentando venderse caros como sus aliados, o hacia los cerebros de la mayoría silenciosa, ofreciéndose como guías en medio de un mundo hostil. Las plataformas de estos partidos se definen, más bien, por los psicólogos sociales y se corroboran desde el punto de vista de las idiosincrasias electorales, mientras que sus líderes no se diferencian en nada de las estrellas del show-business. Los partidos políticos actuales chocan con las crecientes ambiciones de la burocracia internacional, que crea un espacio de dirección en el que las organizaciones del partido no tienen nada que hacer. Es por eso que los liberales de derecha de orientación nacionalista se convierten en el bastión de resistencia ante todas las unificaciones supranacionales regionales como la Comunidad Europea.

 

4.7. Fracaso de la ideología de la derecha

La crisis de la ideología de derechas se debe a que destacaba al grupo de los beneficiarios dentro de la perspectiva histórica basándose en los criterios casuales y discutibles (raza, nación, riqueza, herencia).

La ideología de la derecha liberal en cierto momento alcanzó dimensiones populistas e intentó apelar a la gran industria nacional, amenazada por el desarrollo del capital especulativo, la creciente influencia de los mercados bursátiles. En realidad, los liberales de derecha se basaban en la idea perfectamente marxista, que oponía el trabajo productivo a todas las demás actividades  pagadas. En un momento dado las élites tradicionalistas del clásico viejo Occidente barajaron la idea: “¿Y si apostamos a  los populistas de extrema derecha?”, - sin embargo, la desagradable experiencia de la Primera Guerra Mundial hizo que este club se volviera muy precavido, y decidieron apostar por la alianza con las democracias financieras (lo más gracioso es que como sistema la totalitaria URSS estalinista ¡era tan democracia financiera como los Estados Unidos!). Como resultado los populistas de derecha fueron derrotados militarmente, lo que redujo la plataforma de derecha hasta el formato del individualismo conservador liberal-derechista, que en resumidas cuentas tiene pocas posibilidades de triunfar e incluso en los EE.UU. necesita ser estimulado con la inyección del fundamentalismo baptista.

 

4.8. El fracaso de la ideología de izquierdas

La crisis de la ideología de izquierda está en que antes o después se ve obligada a delegar la preocupación por la distribución igualitaria de los bienes en el Estado, que es en sí un parásito social.

El liberalismo de extrema izquierda, que partía de una bella, casi de Zenón, aporía, de que el trabajo productivo siempre produce más mercancías de las que se pueda consumir, construyó sobre ella el proyecto comunista de la superación de la “alienación”. En realidad había surgido una democracia financiera de tipo burocrático de partido, en la que únicamente la abundancia de los elementos folclórico-exóticos impide ver la profunda identidad entre los EE.UU. y la URSS. La economía de la URSS en esencia no era más que especulación con el dinero no líquido, por la que había que pagar con los jugos vitales reales de los recursos del trabajo. De hecho el problema económico de la URSS reproducía a menor escala la colisión de la crisis actual: por un lado, la economía especulativa del consumo, donde el estado burocrático aparecía como el sujeto unido, por otro lado – el polo económico del trabajo productivo, que simplemente no podía seguir los experimentos especulativos del Gosplán. La URSS aparecía como China y los EE.UU. en un solo sujeto.
   Precisamente la combinación de la idea comunista de la superproducción de los bienes materiales con el enfoque financiero-especulativo para el crédito de esta producción llevó a la inevitable deconstrucción de todo el esquema, porque como beneficiario real en el polo del consumo se encontraba la burocracia responsable del proyecto de la izquierda ¡y que en algún momento necesitaba salir de esta contradicción! 

 

5. Economía

La crisis de la economía está en que su verdadero objetivo no consiste en crear los  bienes y servicios materiales en beneficio de los hombres, sino en la utilización de los hombres en contra de sus intereses tanto materiales como espirituales.

Economía es una de las esferas más polarizadas y contradictorias de la actividad humana. Sus polos principales son, por un lado, el “intercambio de los elementos” entre el hombre y el medio material, y por otro – los procesos de las relaciones entre los hombres medidos cuantitativamente. Pongamos que la producción de los bienes materiales necesarios para mantener la vida física, pertenece al primer polo, mientras que el management de la producción, ciencia, servicios, cultura, ocio etc. pertenece al segundo polo. A lo largo de todos los tiempos ha existido el problema de cómo equilibrar esos polos, de su oposición y correlación nació “la tercera esquina” – la esfera de papel, o de aire, dentro de la cual se lleva a cabo el juego con los valores de un polo y del otro. La tendencia general del juego ha consistido en la relativa rebaja del valor del segmento material (“intercambio de elementos”) con el crecimiento del valor del polo humano de la economía. Como resultado había nacido la economía del puro consumo, estrechamente relacionada con las operaciones especulativas de las burbujas de aire.

 

5.1 La mentira global de la ciencia económica

         La crisis de la ciencia económica se debe a que se empeña en convertir en su  principal objeto de estudio la ley de la demanda y la oferta, mientras que lo más importante en la comprensión de la economía es la posibilidad de dirigir los recursos humanos.

Marx se equivocaba, al decir que antes de hacer cualquier cosa, el hombre debe comer, vestirse y tener un techo sobre la cabeza. La cosa está en que estas necesidades básicas fundamentales son la condición previa para la existencia de cualquier tipo de sociedad, incluso de la más arcaica y poco desarrollada. Si existe la sociedad, el hombre ya tiene comida y defensa ante el medio. Otra cosa es ver qué peso cuantitativo en la balanza general de los esfuerzos ocupa el cumplimiento de estas condiciones. Sin embargo la sociedad no se desarrolla paulatinamente de la no-sociedad a través del trabajo y la autoorganización que evoluciona. La sociedad le es dada al hombre desde el exterior (por el “héroe cultural”) y como resultado se hace posible el trabajo, la autoorganización y la comida con el techo, así como todo lo demás. La economía en todas las etapas tuvo un sentido político y metafísico y nunca ha existido como un medio pragmático para satisfacer las necesidades (en este sentido la “economía” aparece únicamente en la fase presocial entre las tribus degradadas, que dependen completamente del nicho ecológico en el que viven). El principal motivo de la crisis económica es la contradicción entre las posibilidades de la economía (en un sentido amplio) y los imperativos de la política. Así, para asegurar la supervivencia de la sociedad humana, hace falta movilizar todos los recursos humanos existentes al nivel más alto de la organización de la megápolis, lo que debido a una serie de factores geopolíticos y sociales es imposible (Fukuyama).

 

5.2. La crisis del capital humano

La crisis del capital humano está determinada por el hecho de que cuanto más caro es el tiempo del trabajador, tanto más relativa y periférica es su participación en el proceso creador.

¿Cuál es la esencia del proceso de movilización, que se suele denominar el “progreso histórico”? Es la relación entre el tiempo de las personas y los criterios aplicados a esta relación. Por ejemplo, en la antigüedad el tiempo vital del faraón valía lo mismo que el tiempo vital de su pueblo: él “costaba” tanto, como todos sus súbditos juntos (50/50). En los tiempos sucesivos la dinámica social llevó a la posibilidad de que distintas figuras sin estatus pudieran jugar con el precio del tiempo individual, y el equilibrio monarca/los demás quedó roto. El valor del tiempo vital del monarca, y más tarde también de las élites que le rodeaban comenzó a bajar con respecto al valor del tiempo del conjunto de la población. ¿Cómo fue creciendo el valor del tiempo de estas personas particulares de ahí abajo?  También se determinaba en relación al tiempo del habitante concreto con respecto a la cantidad de las personas ocupadas en mantenerle.
   Por ejemplo, un agricultor en la Antigua Roma costaba como cinco esclavos suyos más equis cantidad de los libertos más el trabajo de aquellos que recogían su cosecha, los que la llevaban al mercado etc. Para asegurar la vida de un representante actual de la clase media que vive en la megápolis trabajan directa o indirectamente varias miles de personas: desde la lejana Yakarta, donde fabrican para él las zapatillas, hasta Holywood, donde hacen para él las películas, desde los peluqueros y fontaneros hasta sus subordinados en la empresa. Naturalmente, que cada uno en esta multitud de “nuevos esclavos” y “nuevos libertos” a su vez se apoya en el sinnúmero de hombres semejantes, sin los cuales no podría subsistir. Sin embargo queda claro que detrás del obrero de la fábrica de zapatos en Yakarta hay mucha menos gente y de peso mucho menor, que detrás de un manager de París. El estatus del parado hoy también constituye una forma de trabajo, porque en asegurar la subsistencia de cada parado está ocupada multitud de personas – en particular, los funcionarios de seguridad social.
   El precio del tiempo vital a la hora de valorar el capital humano varía con gran desigualdad. Lo óptimo para la economía global (¡pero absolutamente utópico!) sería que la vida de cada uno de los 6 mil millones de seres humanos estuviera asegurada por el resto de los demás 6 mil millones. Sería la capitalización absoluta del recurso humano. Como es imposible, la sociedad de la información representa un paliativo: cada uno de los incluidos en la red, está asegurado por todo el resto de los usuarios. De esta manera, el tiempo que cada uno permanece en estado interactivo, se capitaliza prácticamente sin límite según el número de las terminales – el estatus al que se reduce al participante humano de la red. Pero está claro que la absoluta mayoría de las personas necesariamente quedan fuera del marco de la sociedad de la información. En este caso su misma existencia funciona destructivamente sobre el sistema de la capitalización virtual y surge la cuestión de cómo resolver el problema con este lastre humano. 

 

5.3. Contradicción entre el trabajo materializado y el trabajo vivo

La crisis del trabajo vivo consiste en que su peso específico dentro del valor general del tiempo vital del individuo baja precipitadamente a medida que se va pasando a las formas “progresivas” e innovadoras de la economía.

Todo lo que nos rodea es el trabajo materializado o, en otras palabras, trabajo muerto, producido por las generaciones pasadas. Pero no solo son los martillos y las casas, sino también las estrellas, mar, playas etc. Es decir, aparentemente la naturaleza. Lo cual no debe extrañarnos, si comprendemos que no podemos ver la ola o la piedra sino es a través del prisma de la civilización o la cultura. No contemplamos las estrellas de la misma manera que lo hacía un romano hace dos mil años. Para nosotros son objetos energéticos con los que podemos establecer relación de alta tecnología. El océano representa ilimitadas fuentes de las proteínas que contiene a toda la tabla periódica de los elementos de Mendeléev etc. (sin mencionar la infinita cantidad de las vías marítimas que ofrece). El trabajo materializado incluye también la manera de percibir cualquier fenómeno, que permite utilizar este fenómeno (pongamos, la franja de arena de la playa en una isla para sacar ganancias del turismo). De modo, que vemos como la conciencia social dominante en este momento incluye como componente el trabajo materializado, y por lo tanto la manera de valorar todo lo que son los recursos productivos. Es decir que en cierto sentido el trabajo muerto se valora a sí mismo, porque una de sus dimensiones es la conciencia social elaborada para este momento. Pero para que todo eso se ponga en movimiento (el martillo golpee el clavo, los surfistas lleguen a la playa de arena etc.) hay que aplicar a este trabajo muerto el trabajo vivo de las personas que existen en este momento. Dado que en cada momento concreto existe el desfase entre el individuo y su conciencia social, también se produce el conflicto ideológico y tecnológico entre cómo los protagonistas del trabajo vivo valoran su propio tiempo y cómo valora su tiempo la conciencia social. Y no se trata tan solo de la cuestión del “salario digno” por el trabajo realizado.

 

5.4. Crisis del dinero

La crisis del dinero consiste en que como sistema cuantitativo tiene la tendencia  propia hacia el crecimiento, no relacionada con la subida de precio real del valor  conjunto de las fuerzas productivas.

El dinero representa la forma más abstracta de la cantidad, porque la unidad monetaria posee un contenido cuantitativo variable, que aumenta y disminuye dependiendo de los factores poco predecibles y en un período del tiempo muy corto. Además, el contenido cuantitativo de la unidad monetaria no solo se ajusta al valor de los bienes consumidos, sino al precio de otras unidades monetarias que existen paralelamente. Y el juego con estas relaciones crea un recurso cuantitativo que puede ser invertido en los bienes reales. La esencia del dinero está en que es la forma de contar el valor social del tiempo vital alienado. Pero debido a que los sistemas monetarios desconectados del mundo material tienden al crecimiento ilimitado de las cantidades que mueven, como resultado el valor conjunto de todo el dinero comienza a superar el precio social tanto del trabajo muerto, como vivo de toda la humanidad para este momento concreto. En otras palabras, si contamos el precio de subasta de cada palacio, cada chabola, cada pala, satélite etc., que hay sobre la tierra, y si calculamos el valor social del tiempo vital de todos los habitantes de la megapolis mundial movilizados en la economía global, tendremos una determinada cifra. Y si contamos toda la masa monetaria, incluyendo el precio de los papeles de valores, letras de cambio, acciones sobre las acciones etc., su valor superará en muchas veces el valor conjunto de todas las fuerzas productivas.  La salida de la situación consiste en que el colosal sobrante tiene que ser redistribuido a favor de un pequeño grupo de personas, que utilizará este sobrante de dinero no en el consumo, que llevaría a la total devaluación, sino para financiar los superobjetivos políticos globales, como, por ejemplo, el cambio de la conciencia social, la creación de la sociedad de la información y, por supuesto, la guerra, que es el proyecto de civilización que más dinero mueve.

 

5.5. Crédito y usura

La crisis del crédito consiste en que “el progreso” exige conceder los créditos al consumo en vez de a la producción.

Está claro que el crecimiento de la base material de la economía, su llamada parte “real”, está limitado por los factores a menudo insuperables. No se puede convertir a Albania o Rumanía en Francia, a pesar de todas las inversiones financieras, porque el dinero entrará en contradicción con la conciencia social de estos lugares (fuerzas productivas regionales), así como con las condiciones específicas del trabajo vivo allí. Si nos imaginamos el mismo objetivo irreal con respecto a todo el mundo (pongamos que el mundo es “Albania” virtual, y tenemos que convertirlo en “Francia” también virtual), nos encontraremos con el mismo problema: el mundo no puede pasar de un peldaño a otro en el plano material, a pesar de todo el sobrante del potencial de la inversión que el gobierno mundial tenga en sus manos. De esta manera, la necesidad del crecimiento económico, que compensa “el pago de alquiler por el Ser”, es imposible por motivos objetivos.
   Entonces los gobernantes hacen la jugada contraria: sustituyen el crecimiento real por el virtual. La economía especulativa, que crea el exceso de la masa monetaria, es uno de los medios de aumentar la ficticia capitalización del valor de la civilización global. Otro medio, más efectivo, consiste en crear la sociedad de la información, donde el tiempo de cada uno a través de la red interactiva se encierra en el tiempo de todos, lo que permite un juego sin límites con su valor, que se convierte así en totalmente virtual. La sociedad de la información representa la última fase del desarrollo de la usura.

 

5.6. La crisis del trabajo productivo

La crisis del trabajo productivo (no confundirlo con el “vivo”) consiste en que únicamente es rentable en las zonas de próxima catástrofe humanitaria y, en última instancia en las condiciones del retorno a la abierta esclavitud.

La crisis del trabajo productivo consiste, en primer lugar, en que su valor – su parte en el precio global del tiempo humano – se va reduciendo sin remedio sobre el fondo del crecimiento de los precios en el sector del consumo. De tal manera que para ser rentable, el trabajo productivo debe concentrarse en las regiones con la infraestructura muy primitiva, que permite al productor sobrevivir con una escala de valoración de su tiempo, que es imposible en los lugares avanzados de la megápolis mundial. En otras palabras, un desempleado de Nueva York gasta para vivir bastante más que un ingeniero en Sudán o incluso en Bielorrusia.
   Sin embargo la expulsión del trabajo productivo a la periferia de la civilización debido al interés de los organizadores de la economía en rebajar el coste del tiempo de aquellos empleados en este trabajo, entra en contradicción con el rumbo general hacia el aumento de la movilización de los recursos humanos incluidos en la nueva economía. De modo que en última instancia la economía “intelectual” prevé la supresión del trabajo productivo, lo cual por motivos evidentes es imposible hacer del todo. Probablemente, el desfase entre lo posible y lo deseable se llenará con el retorno a la esclavitud en la nueva fase del desarrollo de la alta tecnología.

 

5.7. Crisis de las relaciones entre el propietario y el beneficiario

La crisis de la propiedad privada está en que hoy no tiene ningún contenido político y social, mientras que la relación del propietario con su propiedad tiene cada vez más un carácter casual (a través de las acciones)

Una pregunta muy seria con respecto a la sociedad global es la de quién en ella es el beneficiario. Observamos como la rueda de la fortuna sube arriba a casuales arribistas del movimiento browniano, a algunos representantes del lumpen que se hacen con miles de millones. Pero en su destino personal no hay nada fijo. Después de haber permanecido en la cumbre, pueden terminar en la cárcel o ser puestos en busca y captura internacional. El dinero, a pesar de las ilusiones de los analíticos pobres, no tiene ningún poder político. Más aún, en la sociedad actual ha cambiado el principio de la propiedad, la forma de la relación con la producción. Se puede ser accionista de una gran y próspera empresa, pero no recibir los dividendos durante años por decisión del consejo directivo, que quiere, por ejemplo, destinar todas las ganancias al desarrollo. Las nuevas reglas de juego le quitan al propietario conjunto las posibilidades de defender seriamente su propia actuación económica. Al mismo tiempo, los círculos que no tienen los derechos jurídicos sobre las propiedades serias, tienen la capacidad de movilizar para sus proyectos unos recursos inagotables. De modo que en el mundo actual prácticamente no funciona el oficialmente proclamado principio de la propiedad privada, y los múltiples leyes sobre los impuestos, herencia, etc. no son más que una cortina, que tapa el estatus de los que están por encima de la ley, quienes poseen el secreto de permanecer siempre arriba, - se trata del club tradicional, que después de una serie de graves sobresaltos se ha retirado fuera del marco de la sociedad abierta y transparente.

 

5.8. Crisis del consumo y de los bienes materiales

La crisis del consumo consiste en que el propio consumo hoy representa mucho más un instituto de cultura, que la satisfacción de las necesidades vitales.

El occidental de ahora mismo consume mucho más de lo que le permite su porcentaje en la producción de los bienes reales, entendido a la manera marxista. En primer lugar, vive a crédito, que compensa gracias a la creciente capitalización de su tiempo vital, que se consigue gracias a que cada vez más personas participan en su mantenimiento. En otras palabras, todos en la megápolis, a pesar de su voluntad, se convierten en parásitos sociales. Sin embargo el hombre no puede ocupar más de un determinado número de metros cuadrados de vivienda (sin tener en cuenta a los millonarios-arribistas) y no puede consumir más de un número determinado de calorías. Una de las vías para aumentar los gastos con los créditos son los lujos excesivos: lanchas, coches, vacaciones etc. Pero esta vía tiene muchos gastos para la producción. Ofrece muchas más perspectivas el consumo de los mitos, conceptos, marcas. Si antes (en el siglo XIX) el nombre de la empresa se asociaba con determinadas mercancías (por ejemplo, al decir “Zauer”, Ud. se refería a un rifle de caza de calidad), hoy el logotipo de la empresa se convierte en el símbolo del estilo, separado de la clasificación de la mercancía. La DAWEOO coreana fabrica no solo automóviles, sino también los ordenadores, tanques, pistolas etc., convirtiéndose en perspectiva en un símbolo del genio técnico coreano. Las compañías de show-business dan su nombre a perfumes y chaquetas, “Krupp” puede convertirse en un estilo de moda masculina. Si miramos la distribución de los gastos del dinero prestado en los gastos vitales de un yuppy actual, veremos que el valor de los filetes que se come es de 1%, fitnes y solario – 10%, vacaciones de lujo – 30%, y el resto de los gastos se destina al pago de aquellas marcas de las chaquetas, restaurantes y agencias de turismo, con las que trata. En la práctica, al aprovechar el tiempo del hombre-masa, la conciencia social entrega los créditos para pagar a sí misma, teniendo cada vez menos contenido desde el punto de vista del significado real.

 

6. Tiempo

La crisis del tiempo consiste en que es, por un lado, la única propiedad real de las personas, y por el otro – el objeto de usurpación por parte de la sociedad.

¡El tiempo no existe! Al menos esta fue la intuición de algunos místicos, visionarios, que alcanzaron a comprender la naturaleza absolutamente subjetiva del tiempo. ¿En efecto, qué es el tiempo? ¿La erosión de las piedras, el nacimiento de las nuevas islas, que emergen de debajo de las aguas, encendido y desaparición de las estrellas en el insondable espacio cósmico? ¿Quién ha demostrado que este movimiento caótico de la materia tiene algún contenido temporal?
   El tiempo existe porque existe la muerte como el final de la vida humana individual. Desde el nacimiento y hasta el último suspiro – tantos millones de golpes del corazón. Cada golpe de corazón es un grano de arena que cae al fondo del reloj de arena.
        En la antigua Babilonia inventaron el segundo. Cogieron a mil jóvenes sanos, midieron su pulso en estado de reposo. El tiempo medio, durante el cual se producen 60 pulsaciones del corazón, se convirtió en un minuto. De los segundos humanos se forman los miles de millones de años de la existencia del cosmos. El corazón vivo es el medidor del tiempo del Universo. ¡El tiempo únicamente está en nosotros, no está en la piedra, no está en el éter sin estrellas!
   En realidad, la sensación del tiempo es la presencia directa del fin dentro del movimiento que aún no ha cesado. La muerte dentro de la vida. Es justamente lo que convierte a nuestra existencia en grandiosa, es lo que compone la base de la comprensión humana, que, a su vez, se convierte en la llave del sentido universal.
   El oro es el presunto equivalente del verdadero valor, el dinero auténtico. ¿Pero qué costaría el oro sino estuviera directamente relacionado en la conciencia humana con la idea de la muerte pospuesta, con la idea de la vida eterna? El oro solo define el hecho más importante de la realidad social – nuestro tiempo que no tiene precio.
   Los irrepetibles segundos, gracias a la sociedad, tienen un precio. El verdadero oro es el tiempo – la principal substancia inapreciable que está en la base de todo lo creado por el hombre.
   Por todo lo que tenemos en esta vida, - desde las grandes ideas hasta el bienestar material, - pagamos con nuestro propio tiempo, que existe únicamente porque es finito. ¡El tiempo infinito es imposible!
   ¡Y ese tiempo a los hombres se lo roban! Lo roban los especuladores, políticos, policías, lo roba el sistema, que transforma la energía vital de millones de corazones en el “recurso” de la civilización.
   El secreto del progreso consiste en que la sociedad juega con la valoración del tiempo humano. El tiempo de unos vale una miseria, el tiempo de otros, que no son mejores, al parecer vale una fortuna. Pero tanto los unos, como los otros, de todos modos deben pagar al inhumano Moloch, al sistema, que tiene sus propios objetivos, que de ninguna manera coinciden con los objetivos humanos.
   La crisis del tiempo se descubre en que cada vez más humanos deben pagar cada vez más por poder llevar una existencia humana normal.

 

6.1. El tiempo como método para medir lo indeterminado con lo finito

La crisis de la idea del tiempo consiste en que no hay otras demostraciones de su existencia, salvo la experiencia subjetiva biológica del individuo.

En verdad el tiempo solo es real en el teatro. Ahí hay el primer acto, segundo y así sucesivamente, hay el paso de una situación a otra. Y además cada escena sucesiva nace de la anterior.
   El rey Lear se agita entre sus hijas, porque al principio del drama renunció al poder y dividió su reino entre las herederas. Los problemas de Lear no hubieran surgido, sino fuera por ese primer paso.
   Intuitivamente la conciencia del hombre tiende a adscribir a la naturaleza inanimada lo específico de la acción teatral, extendida a una duración de incontables años en el tiempo. Así nacen todo tipo de “historias de la Tierra”, “historias de las galaxias” e incluso la “historia” del propio tiempo. Naturalmente por historia siempre se entiende el relato con argumento, en el que se suceden los episodios.
   Pero no puede haber ninguna demostración real de que cualquier estado del cosmos es la consecuencia del estado anterior. Así es como lo vemos nosotros. Nosotros somos los que superponemos sobre “la sucesión de fotogramas” la red de causa-efecto, lo que nos permite hablar del drama de la existencia del Universo y, propiamente, del tiempo universal.
   Pero todas estas imágenes se pueden “numerar” en otro orden muy distinto e inventar para ellas otra motivación de causa-efecto, o prescindir de ella: verlas simplemente como un conjunto de los estados de la existencia sin relación. 
   El tiempo solo existe dentro de nosotros. ¿De dónde proviene pues esta necesidad de imponer la experiencia del tiempo al medio, en el que claramente no existe nada parecido a nuestra intuición subjetiva de lo finito?
   Para la humanidad, dado que ella existe no como una caótica masa de individuos, sino como la sociedad estructurada, la diferencia entre el cosmos y el medio social no existe. La así llamada naturaleza solo puede ser percibida a través del prisma de la conciencia social. No nos damos cuenta de que incluso los fenómenos, que parecen alejados de nuestra vida como el mar, el éter, las estrellas son concentraciones de las elaboraciones filosóficas, fuera de las cuales los fenómenos para nosotros simplemente no existen. Por lo tanto todo lo que cae en nuestro campo de visión, forma parte del Universo antropogénico, sencillamente del mundo, creado por la vista humana. Y si es así – semejante mundo existe mientras tiene un Testigo. El finalismo del hombre – finalismo de la humanidad - … finalismo de todo el ser.
   ¿De dónde viene la idea del comienzo y del final? Está claro que de la reflexión sobre el nacimiento y la muerte. Pero captar lo indeterminado a través del prisma del organismo finito no es suficiente. Todavía hay que medir esta indeterminación. La duración indeterminada se compone de los humanamente determinados “cuantos” del tiempo, pulsaciones del corazón.
   Pero este cuanto únicamente se convierte en la unidad contable de la concepción del tiempo gracias a que la muerte particular se pone en relación con un una determinada cantidad de las pulsaciones del corazón, pongamos, algunas millones.
   En la pausa de cada doble golpe del pulso está presente el límite pospuesto, pero inevitable de la existencia. Justamente este límite se convierte en la medida para contar lo indeterminado, que se transforma en las épocas que suceden unas a otras.
   La crisis del tiempo se descubre al mismo tiempo que el problema de la periodización de esta indeterminación. El pasar de contar la vida del Universo de miles de años a miles de millones da testimonio de la inflación del factor humano en el tiempo, porque en el enfoque científico contemporáneo ya no existe la relación de la vida humana con la “vida” de la Tierra, Sol etc. Dentro de los millones de años la medida como la pulsación del corazón se convierte en algo así como el céntimo turco.
                                             

6.2. El olvido de la muerte personal

La crisis del tiempo vital consiste en que la omnipresente socialización expulsa de la conciencia del hombre lo más importante para él: la certeza de que inevitablemente morirá.

La sociedad como el mecanismo inhumano lucha a muerte con la misma fuente de la que proviene la idea del tiempo. La idea del tiempo nace de lo limitado de la existencia humana del individuo. Cada hombre en su inmediata experiencia de vivir a través de cada golpe de su corazón sabe que este corazón se parará antes o después. Precisamente la aparente indeterminación del número de esas pulsaciones a lo largo de la vida humana se diferencia de la indeterminación de la serie natural de números. La serie natural de números no tiene el último número, pero la vida del hombre se mide, en realidad, con el número finito de las pulsaciones del corazón, y existe “la última pulsación”. Esta última pulsación tiñe a todas las precedentes.
   El objetivo de la sociedad consiste en eliminar de la psique humana esta diferencia, fundir la sensación del final personal, convertir las pulsaciones del corazón en aritméticamente indeterminadas como el número en la serie natural de números.
   La sociedad debido a su esencia mecanicista tiende al sucedáneo de la inmortalidad, que la razón social entiende como duración indeterminada. A ello se debe que para la sociedad no existe nada fuera de su marco, nada excepto la propia sociedad. El hombre es religioso en tanto que conoce su limitación. La sociedad no quiere saber nada de su limitación. La religión para ella también es una función de la sociedad.
   Por eso la sociedad procura eliminar el sentido del tiempo de la conciencia individual de sus miembros.
   El ingenio de los ideólogos actuales va dirigido, en primer lugar, a desmontar el concepto del tiempo como la dinámica del movimiento que va de un comienzo a un final. Intuitivamente ellos saben que la duración sin argumento pierde la cualidad del tiempo. De ahí el discurso sobre la post-historia.
   El habitante de la megápolis se convierte en parte del medio, en una función de la sociedad. Además de no oponerse al mundo que le rodea, también en su interior deja de percibir la diferencia entre  los otros hombres y el espacio funcional inanimado. Cada uno se convierte en el cuanto de la sociedad, que participa en multitud de conexiones, perdiendo la sensación del centro interior, del punto de toque interior, relacionado con la experiencia del carácter propio irrepetible, de la propia finitud, que asegura la voluntad hacia la libertad y el sentido. Y sin esta voluntad es imposible la fe como la expresión más espiritual y subjetiva de la personalidad.
   La idea de muerte personal se diluye en el aplastamiento del testigo interior, de la conciencia, que se arrincona en el estatus de “Ello”, y la conciencia social inunda los islotes que aún se mantenían secos en la vivencia interior del hombre. La situación extrema es la cinta de Moebius – cuando la frontera entre lo exterior y lo interior desaparece.
   Dentro del ritmo televisivo la memoria histórica cabe en el formato que no supera una semana de duración. Gracias a los medios de comunicación la sociedad actual vive sumergida en el estado de “hoy permanente”. El tiempo no existe. Ha sido suprimido de la vida de la sociedad y de la persona.
   Nada le recuerda al hombre su muerte personal. La muerte del otro (“no tú”) ayer hoy para ti ya no existe.

 

6.3. Historia mundial como argumento dramático

La crisis de la historia se debe a que es diluida la realidad de los personajes que actúan en ella. Son sustituidos por la realidad de los procesos, tendencias etc. Lo cual lleva a la entropía del argumento como eje del drama histórico mundial.

El principal drama de la existencia política de la persona dentro del tiempo es la correlación – inestable y bastante problemática – entre la biografía y la historia.
   La biografía del individuo puede representarse como la duración biológica vacía desprovista de sentido de la cuna a la tumba, un conjunto de clichés: ha nacido, se ha casado, ha tenido hijos, se ha jubilado, ha muerto.
   Pero esta biografía puede ser transformada en un argumento dramático.
   El argumento de la vida personal es imposible sin su inclusión en el argumento de la historia y la proyección en ella del argumento histórico.
   El destino de Hamlet y del rey Lear, incluso el drama amoroso de Romeo y Julieta solo pueden ser narrados dramáticamente si se apela al pathos global del meta-argumento detrás de escena, gracias al cual cobran sentido las grandes preguntas, planteadas por estos personajes.
   Historia, a su vez, existe sobre distintos niveles argumentales.
   El primer nivel – la transformación de un número limitado de hombres, que viven en un espacio aislado. El segundo nivel – la historia de la tribu, en la que pueden inscribirse o no las biografías individuales de los miembros de la tribu.
   Pero cuando esta tribu se sale fuera del marco de su cronotopo y se convierte en el denominador de la historia mundial, cambia bruscamente la valoración histórica del tiempo de todos los que han participado en este salto.
   La última vez esto ocurrió con los árabes después de Muhammad.
   Los amos de la vida luchan en dos direcciones.
   El primer frente – la lucha por cambiar el argumento.
   El segundo frente – la lucha por expulsar de la historia (argumento) al mayor número posible de gente y pueblos: si en el argumento entran demasiados “ajenos”, el liderazgo del dramaturgo y del director -  papeles usurpados por las élites, se pone en cuestión.
   Un sencillo ejemplo. En el año 1918 en Rusia el movimiento blanco luchaba para que el jefe del ejército Sorokin, el anarquista Majnó, el ex-bandido Kotovski (en la Guerra Civil encabezó el 2 Ejército de Caballería Roja, - N. del T.) se quedaran como figuras no-históricas junto con los millones de otros anónimos grises. En correspondencia, la lucha de los rojos era para que la vida de los hombres, cuya existencia histórica no significaba más que la vida del erizo en el bosque, se convirtiera en una narración legendaria y educativa en los manuales de historia para las futuras generaciones.
   Entonces ganaron los rojos.
   Ahora los blancos han cambiado el argumento y han tomado la revancha: están borrando la narración legendaria, expulsando a sus héroes de la historia. Las élites por todos los medios tienden a recuperar el papel del dramaturgo, de usurparlo y de deshacerse de los argumentos sobrantes.

 

6.4. La crisis del pasado

La crisis del pasado consiste en que deja de tener relación personal con el miembro vivo de la sociedad y se convierte en un mitologema que no obliga a nada.

Historia religiosa en cualquiera de sus variantes convierte los orígenes de la humanidad en algo espiritualmente próximo y conectado a la vida cotidiana de los contemporáneos.
   Es tan cierto para el concepto bíblico de Adán, como para el mito griego. Otra cosa ocurre cuando la historia se convierte en el patrimonio de los científicos liberales.
   Gracias a sus esfuerzos el génesis de la estirpe humana se separa del hombre concreto de hoy.
   Dentro del contexto de la historia científica liberal se puede hablar con el mismo éxito del paleolítico que de si hay vida en Marte.
   El hombre pierde la relación referencial con el gran pasado.
   La presencia del pasado en forma de argumento y concepto caracteriza a la conciencia monoteísta. La presencia del pasado en forma de una interminable fila de antepasados (¡que, sin embargo, son tus antepasados!) es la característica de la conciencia pagana.
   La conciencia profana del hombre actual está desprovista de la idea de que el pasado tiene un sentido que se refiere personalmente “a ti” – al hombre en medio de la actualidad.
   Para la mayoría silenciosa en aquella parte del mundo, controlada por los liberales, no hay ni el Primer Hombre (Adán)  como el antepasado espiritual de los que viven actualmente, ni la sucesión de los antepasado que se pierde en la lejanía y que protegen los altares del hogar (el paganismo romano en este aspecto no se diferenciaba en nada del chino).
   Para los hombres que componen esa mayoría silenciosa el pasado en general no existe.
   Semejante estado del fondo social lumpenizado satisface al club liberal.
   Porque pone el énfasis en el aumento del precio del presente. Pero dentro del contexto del eje del tiempo este precio también es relativo.
   Cuánto más alta es la capitalización del pasado tanto más problemático es realizar las ambiciones parasitarias de los liberales.
   Los historiadores liberales destruyen la historia del pueblo, del país, de la persona. Ponen en duda las fechas, nombres, acontecimientos, su orden sucesivo y su importancia.
   Bajo la apariencia del escepticismo irónico están minando el pasado y lo sagrado – como la base y el sentido.
   Y el sentido es aquello que los hombres buscan agitadamente en vísperas de los grandes cataclismos.
   A menudo revisten estas búsquedas de formas inapropiadas, convierten el pasado en estampas edulcoradas. Algo que para los liberales es aún más fácil de destruir, pues no se trata más que de cuadros bonitos, en los que ni el propio profano cree hasta el final, aunque con gusto los cuelga en la pared.

 

6.5. Entropía de la esperanza. Renuncia a invertir en la descendencia

La crisis del futuro se refleja en que la esperanza como forma de valorar el tiempo vital para la mayoría de los representantes del fondo social comienza a tener cada vez menor perspectiva temporal, reduciéndose de la esperanza del futuro para los nietos hasta la esperanza en el propio día del mañana.

Los liberales de izquierda, al igual que sus compañeros de otros sectores del “frente”, también han estado parasitando sobre la dinámica de movilización del medio social.
   Ellos eligieron para apelar a la mayoría silenciosa otra estrategia, cambiando bruscamente la idea religiosa pagana del culto a los antepasados del “ayer” al “mañana”, introduciendo el culto de las futuras generaciones.
   En realidad, se trataba de una estrategia a corto plazo, pues los sociopsicólogos han demostrado que el interés del hombre común por su descendencia solo se mantiene hasta la segunda generación.
   La conexión psicológica de los tiempos, dirigida al futuro, se pierde con mucha mayor facilidad y rapidez que si se dirige hacia el pasado.
   Realmente la base de la inversión en la descendencia tiene su origen en la religiosidad pagana clásica.
   El chino está interesado en la descendencia, para que le rece y le alimente con su energía, una vez que se convierta en espíritu. Una vez convertido en el antepasado muerto, el chino se convierte en una especie de “interfaz” de la humanidad viva hacia el Gran Ser.
   Los chinos, por ejemplo, compraban con el dinero real (monedas) el dinero especial de papel, que quemaban durante las fiestas, dedicadas a los muertos, para hacer un regalo financiero a sus antepasados.
   Sin embargo los liberales de izquierda naturalmente, no podían tolerar el trasfondo religioso en el concepto de la apelación a los descendientes (aunque, por ejemplo, durante la revolución rusa era evidente) y trabajaban incansablemente para la profanación y la banalización de la misma idea del proyecto dirigido al futuro.
   Con Kruchev la banalización del tema de la inversión en el futuro alcanzó su cumbre.
   La mayoría silenciosa en todas partes era receptiva al discurso socialista de las futuras generaciones: los emigrantes en América se desplazaban hasta allí para realizar un trabajo imposible y vivir en unas condiciones tremendas también por sus hijos y sus nietos.
   El caso es que para el lumpen desclasado, excluido del programa mitológico, más que sus descendientes le importa otra cosa psicológicamente mucho más operativa – la esperanza.
   Los hijos no son más que el eufemismo técnico de la esperanza, como un clavo, sobre el que poder colgarla materialmente.
   La mayoría silenciosa ha sido expulsada de un medio estable, que siempre se reproduce en las mismas condiciones. Está desprovista de los valores estamentales y del lenguaje estamental.
   El primer elemento importantísimo para conservar la conexión con el mundo, el criterio de reconocimiento para la mayoría silenciosa es el nacional-patriotismo.
   Pero si además le obligan a abandonar la patria (como en el caso de la emigración) o aceptar el sistema de opiniones internacionalista (como ocurría en las condiciones del socialismo soviético), como segunda línea de defensa queda la esperanza.
   La esperanza en el día del mañana, mejor que el de hoy – es el producto psicoideológico de mayor éxito, que no está utilizado ni por los tradicionalistas (tienen la eternidad), ni por los liberales (tienen el presente), ni por los radicales (no creas, no temas, no pidas).

 

6.6. La bancarrota del futuro

La crisis del contenido de la civilización mundial consiste en que el conjunto de los hombres que viven ahora mismo ya no tiene “bolsillos” para pagarla: la superestructura especulativa a través del instrumento de los créditos “se ha comido” el patrimonio de la humanidad  con una generación por delante.

A medida que por múltiples canales se lleva el cierre del circuito de todos con todos en el proceso económico global, desaparece la diferencia entre lo exterior y lo interior en el plano existencial y se realiza la devaluación del material humano.
   El tiempo del manager vale miles de veces más que el tiempo del antiguo esclavo, porque sobre el manager se cierran miles de personas, que aseguran su funcionamiento, mientras que el esclavo mantenía su existencia sólo, y además transformaba su tiempo en el precio del tiempo de otro.
   Pero como figura existencial el manager comparado con aquel esclavo es como una pompa de jabón al lado de una bola de hierro.
   Dentro del manager no hay contenido auténticamente humano.
   Y por lo tanto se encuentra muy alejado de cualquier posible analogía con el macrocosmos arquetípico – el Gran Ser.
   Mientras que el objetivo de la metahistoria, desde el punto de vista del club de los señores, - es la aproximación y la identificación con el Gran Ser, en la que de una u otra manera, tienen que participar todos los seres humanos, incluidos en este megaproyecto llamado el fenómeno humano.
   ¿Pero acaso se puede comparar la realidad metafísica del interactivo de las pompas de jabón, por muchas que sean y por muy alto precio virtual que se les adscriba, con una sola bola de hierro, no digamos con una pirámide entera de esas bolas?  
   Las pompas de jabón son más móviles y vistosas, pero la humanidad como proyecto, a pesar del aumento de su precio colectivo, no se acerca, sino que se aleja de su arquetipo.
   Y por lo tanto, con el aumento de la protección tecnológica la sociedad se debilita mucho más en su conjunto.
   La humanidad se convierte en un enorme tronco podrido o, si se quiere, gólem, al que su creador de un momento a otro va a quitar el papelito con la inscripción mágica – su programa – de la boca, después de lo cual este monstruo se desintegrará en un montón de barro inútil.
   La última contradicción de la historia humana resulta ser la inflación metafísica de la substancia humana: el valor del tiempo enajenado en los números absolutos puede ser enorme, pero no cubre el valor de la conservación de la humanidad como colectivo organizado.

 

6.7. El ansia del final y el “reino milenario”

La crisis colectiva de la humanidad consiste en que su existencia física no tiene sentido fuera del proyecto religiosos de la salida de la historia hacia una nueva realidad con otras leyes fundamentales.


Los estudiosos de la masonería de vez en cuando encuentran la mención de los misteriosos ciento cuarenta y cuatro mil justos vestidos con ropas blancas, que según la tradición masónica (¡y no solo esta tradición!), se salvarán de la destrucción de la humanidad y entrarán en la siguiente Edad de Oro. Sobre esta cifra no se puede decir nada, excepto que es el número sacramental de doce, multiplicado por doce. Pero los “justos vestidos con ropas blancas” es una idea más definida. Bajo este término se esconden las élites religiosas superiores (representantes espirituales de todas las confesiones en el nivel más esotérico), que se sacudirán el polvo de la vieja humanidad de sus pies, para atravesar la pausa del eclipse del mundo y pasar al siguiente eón. Ahí se convertirán en la semilla de la nueva humanidad, de la nueva realidad.
   Así es la versión cíclica de las muertes y renacimientos en la conciencia religiosa pagana. Cuando los problemas, creados por la crisis interna de lo “humano, demasiado humano”, impiden la futura existencia no solamente de una civilización concreta, sino del todo el género humano, los popes de todas las tradiciones mundiales deciden la cuestión de cómo ahogar a los problemáticos humanos como molestos cachorros y abren otro capítulo con las pesadillas aún por venir, que esperan a las generaciones todavía no nacidas.
   ¿Para qué rebuscar en los archivos masónicos? Los filósofos y sociólogos actuales, que no pecan de inclinaciones ocultistas, reflexionan en voz alta sobre que el noventa por ciento de la humanidad ha dejado de ser útil y debe ser eliminado. Claro está que los diez por ciento que quedan no son los ciento cuarenta y cuatro mil justos. A juzgar por los hechos, Fukuyama y los filósofos-caníbales similares solo están iniciados en la primera etapa del plan…
   Existen dos mitos sobre el final, dos conceptos de la transfiguración. Uno de ellos es el elitista que acabamos de mencionar. Es el mito que pertenece a los partidarios de anticristo, que confían en su victoria. Ciento cuarenta y cuatro mil – es el número de los correligionarios de satán, el ejército del reino subterráneo escondido de Agharta, cuyo monarca oculto a los ojos humanos saldrá a la superficie antes de la llegada del caos.
   Existe otra versión: el anticristo será derrotado. Derrotado por aquellos quienes guardan fidelidad al Dios Único, aquellos para los que la permanente crisis de lo humano no es el signo de su imperfección, sino la indicación de la actuación de Dios entre los hombres.
   No habrá “justos”. Habrá segunda venida de Mesías-Cristo junto con el esperado Mahdi, quienes encabezarán el ejército de los creyentes dispuestos al sacrificio y destruirán el subterráneo de Agharta… El Universo se inundará con los torrentes de luz, las aguas de Jordán fluirán atrás y por los mil años hasta el Juicio Final la realidad física se convertirá en la flor más bella del ser – por primera y última vez, antes de desaparecer y dejar el paso a la Eternidad…


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