El imperio norteamericano o el gobierno mundial

Geidar Dzhemal

El imperio norteamericano o el gobierno mundial

Revista Odnako /www.odnako.org/, #09 (118), 31 de marzo de 2012

Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos



Fracaso del concepto de “Gran Oriente Medio”

Actual presidente de los Estados Unidos no quiere un enfrentamiento militar con Irán. Él es el representante de la “internacional financiera”, de la élite cosmopolita que sueña con restaurar el califato, lo que le permitiría convertir la civilización islámica en la parte integrante del “nuevo orden mundial”. Sin embargo, a Obama se le oponen los estrategas de orientación nacional-imperialista, convencidos de que la única salida del callejón para los Estados Unidos es la tercera guerra mundial, en la que la República Islámica podría ser la llave de la caja de Pandora.

   Desde los primeros años cero los estrategas occidentales están pensando cómo reformatear el espacio ocupado por el Islam. Pero hasta ahora no han logrado elaborar una estrategia nítida. Pues existen dos concepciones enfrentadas de cómo debe ser el “Gran Oriente Próximo”.


Concepto del califato

   Una de ellas pertenece al club tradicionalista, apoyado por el substrato más cosmopolita de la élite global, relacionado con el sistema financiero mundial. Gran Bretaña siempre fue el centro de este club tradicionalista, y la City el estado mayor de la internacional financiera. No es un secreto que estos círculos ven como manera óptima de estructurar el mundo islámico la restauración del califato. (Por cierto, prácticamente todas las fuerzas políticas que luchan por el proyecto del califato y que fueron expulsados del espacio islámico hacia la emigración, tienen sus cuarteles en Londres). ¿Qué tiene de bueno el califato para los tradicionalistas? En primer lugar porque, sin duda, se trata de un proyecto tradicionalista. El concepto del califato está íntimamente unido a la interpretación del Islam como una de las civilizaciones históricas, delimitadas dentro del espacio y tiempo, como ocurría, siguiendo las elaboraciones geopolíticas de Danilevski, Spengler y Toynbee, en la historia donde convivieron y sucedieron unas a otras las civilizaciones egipcia, helenística, china y otras.

   Sencillamente el califato es el gueto político-espiritual en el que los mil millones y medio de musulmanes estrían sometidos al poder sagrado del califa y los mujtahid  (autoridades espirituales) en los que éste se apoya, perdiendo de esta manera la posibilidad de interpretar y de vivir el Islam de cualquier otra manera. Convertido en “civilización” el Islam deja de ser un desafío al “orden mundial” y se convierte en su parte integrante.


El proyecto imperial
  
   Pero el califato no es la única elaboración en la que trabajan los estrategas occidentales. A él se opone otro proyecto, menos paradójico, pero mucho más sanguinario, relacionado con la élite norteamericana de orientación nacional imperialista. Para ellos tanto el club tradicionalista como la propia Gran Bretaña - el símbolo de este club – son factores inaceptables que en el caso del triunfo supondrían el desmantelamiento del imperio norteamericano. La élite norteamericana nacional convencionalmente representada por el Partido Republicano está categóricamente en contra del califato. En el siglo XIX cuando el califato Otomano representaba la evidente organización político-espiritual de la umma musulmana, en la que entraban, al menos en el sentido religioso, incluso los musulmanes que vivían bajo el dominio británico, francés o holandés, los Estados Unidos permanecían como un país marginal que no tenía posibilidades de convertirse en un jugador serio de la gran política. Esta feliz oportunidad solamente le fue ofrecida a los Estados Unidos por la guerra mundial. Los estrategas de orientación nacional-imperialista ven la tercera guerra mundial como la única posibilidad de sacar del callejón sin salida a los EE.UU. de hoy – país cuya principal industria consiste en la emisión de deuda que se impone al resto del mundo. La región donde sería más fácil desatar la guerra ahora es el Próximo Oriente.  Pero los Estados Unidos, al igual que en las anteriores guerras mundiales, de ninguna manera quieren participar directamente en las actividades bélicas, convertirse en parte del conflicto. Incluso en un país como Afganistán, cuyo potencial bélico no se puede comparar con el estadounidense, los EE.UU. procuran obtener el apoyo internacional, implican a sus aliados en las acciones de combate, se escudan en la OTAN. De modo que en una gran guerra los Estados Unidos indudablemente quisieran aprovechar  la sabiduría china acerca del mono que contempla el combate entre el tigre y el buey. (Por cierto ¡la aplicación de esta táctica se les ha dado siempre mejor que a los propios chinos!)
  
   Irán representa la llave evidente de la caja de Pandora en la región. El conflicto armado con la República Islámica significaría una gran guerra. En primer lugar porque Irán tiene las posibilidades, los medios y la voluntad de sumir el mundo en crisis. Con el paso a la fase activa de la crisis el precio de los seguros para los riesgos en el mercado norteamericano aumentaría de inmediato tanto que causaría el pánico y el colapso. Y es solo una de las puertas por las que el caos irrumpiría en la cacharrería de la economía mundial…


La lucha entre las élites
  
   El problema (ni mucho menos único) del juego occidental consiste en que la lucha entre los diferentes grupos de “estrategas” no es abstracta: atraviesa a todos los países que participan en la toma de decisiones empezando por los propios EE.UU.
  
   El presidente negro de la última superpotencia  se sitúa en la opción cosmopolita y es de manera evidente el representante de las fuerzas tradicionalistas que se apoyan en la internacional financiera. ¡Obama no quiere la guerra contra Irán! Existen varias razones: no quiere la guerra en vísperas de las elecciones – pues la guerra de inmediato complicaría la situación económica y después política interna, sin duda frustrando su reelección. Además: Obama parte de muy distinta idea de qué tipo de conflicto hace falta en Oriente Medio. Para los tradicionalistas, a cuyo proyecto sirve el actual inquilino de la Casa Blanca, debe ser un gran conflicto entre los chiitas y los sunitas, donde el papel del centro sunita, supuestamente será desempeñado por el renovado Egipto, que contará con el apoyo turco.

   Por último, el objetivo final de Obama no es la destrucción de Oriente Próximo, sino la neutralización política de Israel y China, o más exactamente, la necesidad de evitar la creación perfectamente factible del triángulo entre China, Israel y Rusia. (Justamente este triángulo podría lanzar un desafío y suponer un estorbo a la ilimitada revancha a gran escala del establishment  tradicionalista, que lleva esperando su hora ya casi un siglo, después de que la guerra de 1914-1914 “hubiera terminado como no debía”, frustrando los planes de la cúpula monárquica europea de crear el gobierno mundial de manera abierta.)

   Mientras que la comunidad internacional está concentrada en la creciente cantidad de sanciones y amenazas contra la República Islámica de Irán, alrededor de la Casa Blanca se está desarrollando una lucha sin precedentes. Hillary Clinton, al mando del departamento de estado, no abandona sus intentos de implicar a Obama en una aventura contra Irán, al menos a través de Siria. Está claro que la agresión abierta contra Siria enfrentaría al agresor con las fuerzas armadas de Irán, que ha anunciado su apoyo a Asad sin compromisos.

   Paralelamente los republicanos proponen el proyecto de ley del impeachment  contra el presidente si este comienza las acciones armadas en el extranjero sin la sanción  del Congreso. No hay nada extraño: Hillary Clinton es la “quinta columna” de los republicanos en el bando demócrata. Si pudieran involucrar a Obama, utilizando todos los recursos del lobby proisraelí, en el enfrentamiento con Damasco y Teherán, el impeachment  seguiría adelante con toda seguridad, lo cual dejaría en la presidencia hasta el final de mandato a Bayden – figura ideal que en todos los parámetros coincide con la orden del día imperialista.

   Lo más probable es que este plan fracase. No en vano Obama neutralizó políticamente a todos los militares norteamericanos más o menos destacados a los que se les podría pasar por la cabeza jugar a bonapartismo. Obama también logró neutralizar de momento el movimiento “Occupy Wall Street”, claramente creado para tener un probable motivo para proclamar el “estado de sitio”. De modo que ni la histeria de Tel Aviv acerca del programa nuclear iraní, ni la desenfrenada campaña de los media globales de que “Asad está exterminando al pueblo sirio” han logrado  desviar  de su curso al presidente de los EE.UU. Sin embargo estos esfuerzos muestran el verdadero orden de causas y consecuencias en el mapa mundial: la presión sobre Irán ahora no se lleva a cabo tanto para cambiar el régimen en Teherán, como con el objetivo más lejano de cambiar el espacio político en los Estados Unidos. Y claro que no se trata de la simple sucesión de los demócratas y los republicanos en la Casa Blanca.


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