Escatología profética y la doctrina tradicional de los ciclos

Geidar Dzhemal

Escatología profética y la doctrina tradicional de los ciclos

Del libro “Daud vs. Djalut” (“David contra Goliat”), Moscú, 2010

Traducido del ruso



Preámbulo

La ciencia actual, sobre todo en su parte teórica fundamental, cada vez más busca inspiración en las fuentes no científicas. La fuente más común, con la que trabajan los físicos, resulta ser el folclore sagrado, y no siempre en la versión de las civilizaciones más conocidas. Los actuales Einstein que han agotado su inspiración ahora se inspiran en los cuentos cosmogónicos de los papua o los dogón no menos que en la metafísica hindú, que, por cierto, desde hace mucho y de manera asidua se ha convertido en la víctima del plagio por parte de las comunidades científicas de Occidente.

La propia ciencia fundamental representa un iceberg, abierto a la conciencia cotidiana por su cúspide visible, que se describe como el racionalismo,  el método experimental, el camino de pruebas y errores que presuntamente lleva a descubrir la “verdad objetiva”. En la escuela a los hombres se les enseña que la ciencia es algo esencialmente opuesto a lo subjetivo, casual, irracional, y, por último, a lo filosófico abstracto que solamente se admite en la esfera que no obliga a nada de las disciplinas humanitarias, arte y cultura general.
Pero la ciencia también tiene la parte invisible del iceberg – si nos sumergimos en traje de buzo y echamos un vistazo a la ciencia desde abajo, veremos un cuadro totalmente sorprendente por lo inesperado. La ciencia fundamental se convierte en una doctrina mística sobre el universo pensante, un producto sui-generis de la larga descomposición histórica del neoplatonismo, que ha dado como resultado una especie de contra-metafísica o “teología” laico-pagana, en la que el principal objeto de culto es la independiente del hombre “mente material” o la materia pensante.

Los científicos tratan el mundo material como a un ídolo, que posee fuerza, belleza y sabiduría; es un objeto de culto, impecable en sí mismo, y cuyo favor hay que obtener a través del perseverante estudio. El científico cree en la existencia autosuficiente del “mundo objetivo”, e incluso las intromisiones tan cautas del discurso subjetivo como la teoría de la indeterminación de Heisenberg (sobre la influencia del testigo en el proceso que testimonia) fue tomada como un extravagante desafío en el límite de lo correcto, casi como una revolución espiritual.

Lo importante que es para los científicos el principio de la objetividad y la independencia del mundo noumenal con respecto a la conciencia humana se confirma también por el hecho de que filosóficamente todos los científicos son monistas, es decir que profesan el principio de la total unidad del ser y esta unidad, claro que no está en el sujeto que testimonia, sino en los propios fundamentos del ser.

Después de descubrir en la segunda mitad del siglo XX que bajo el denominador de la física fundamental tienen no una, sino dos ciencias excluyentes, basadas en los principios que no pueden coincidir – la física del micromundo y la astrofísica – los científicos se lanzaron de inmediato a buscar el punto común, a través del cual poder restablecer sin contradicciones la unidad de la realidad física. Apareció la teoría “de las cuerdas” sobre las que, presuntamente, se ensartan todos los elementos del ser desde los quark hasta los agujeros negros en una sucesión ascendente.

Por desgracia hoy “las cuerdas” están bajo duda y los científicos de nuevo tienen que ponerse a buscar la unidad que les parecía haber visto.

Mientras tanto el único “punto de ensamblaje” el único garante de la coincidencia de los diferentes campos de la realidad es el observador, quien aparece como el único hilo unificador de la infinitamente variada fenomenología de lo externo. Tan solo hay un problema y es que este observador es mortal. O, mejor dicho, que no existe accesible y abierto para nosotros un observador inmortal, que como tal permanece como una abstracción. Existe multitud de observadores empíricos de carne y huesos, cuya percepción del mundo no es idéntica y la propia existencia es efímera.

Seguramente por eso los idealistas subjetivos se vuelven locos más a menudo que los objetivos, sin hablar de los materialistas, a los que en general no afectan los desequilibrios psíquicos.

¿Para qué hemos expuesto estas consideraciones acerca de la comunidad científica? Para recordar una vez más que sus representantes poseen un tipo de conciencia muy especial que tiende a reducir, o a excluir del todo el papel del sujeto en el universo organizado. Eso por un lado.

Y por otro – los científicos han creado bajo la etiqueta de la “visión científica del mundo” la vivencia psíquica de una particular eternidad inmanente, que para ellos representa la descripción veraz y total de “lo que existe”. Dentro de esa eternidad inmanente las leyes físicas no cambian, y, por lo tanto, existen fuera del tiempo, y ni siquiera es legítimo preguntarse de dónde han aparecido esas leyes. Dentro de esa eternidad inmanente el desarrollo transcurre de manera milagrosa, porque sigue determinadas reglas de juego que están fuera del desarrollo y de los cambios. En esa extraña pseudoeternidad el tiempo se mide por el semiperíodo del carbono, en tanto que a los medidores no se les ocurre una idea tan sencilla como esta: ¡y si ellos con todo lo que les rodea, realmente acaban de aparecer en este preciso segundo, junto con su memoria y los resultados de su análisis de carbono! En resumen, en el “universo de los científicos” no estamos nosotros, mientras que hay muchos indicios de que nuestro mundo, en realidad, es una cierta consecuencia de la situación humana.



CAPÍTULO 1
Aristóteles y la creencia
en la no terminación lineal de la realidad

La creencia de los científicos estudiada de cerca resulta ser la fe de Aristóteles que ha atravesado milenios. Aristóteles llegó a la conclusión de que el mundo no puede tener ni principio, ni fin, tanto en el tiempo, como en el espacio. La idea de Aristóteles, indudablemente representó un desafío en su tiempo, pues por su estatus, como el alumno más importante de Platón, debía conocer las doctrinas iniciáticas acerca del tiempo y del origen del mundo, que tan bien conocía su maestro.

Desafiando estas doctrinas, Aristóteles sin duda adoptaba conscientemente una postura contra los sacerdotes, lo que también se confirma por los resultados de la educación que le dio a Alejandro Magno.
Pero incluso su postura en contra de los sacerdotes no explica el génesis de semejante idea que huele a la legitimación de una conciencia en exceso banal. ¡Porque el metafísico no puede poner el signo de igualdad entre el flujo de los fenómenos, incluso indeterminado en su marco, y el puro infinito, que desde el principio está vacío e inmóvil!

Lo primero que descubre el ser humano, contemplando el mundo que le rodea, es que su capacidad de contemplar siempre es más grande que aquello que cae dentro del campo de su contemplación. En última instancia el contemplador principiante llega a la conclusión de que su percepción es infinita, y nada – ni siquiera el universo entero – puede llenar este abismo interior que percibe.  El hombre llega a la conclusión de que en esta diferencia, este resto, que el mundo no llena en su percepción, está contenida la realidad secreta, el “mundo invisible”. El hombre comprende que es un igual de este mundo invisible o como mínimo es su espejo y que el mundo visible no es más que una pequeña parte. Esta sensación fundamental le es dada al hombre gratis y no hace falta para ello tener ningún talento especial o ser muy inteligente.

Muy buena descripción de esa intuición primordial la ha dado Dostoyevski por boca del príncipe Mishkin, cuando éste explica a las hermanas Epanchin el recuerdo de su estado de idiota, tratado en la casa de reposo en las montañas suizas. La principal sensación de Mishkin era justamente la contemplación del infinito, en el que se ahogaban sin dejar nada todas las cosas visibles. Y a continuación el príncipe descubría su propio desasosiego, su exclusión de este resplandeciente espacio.

Realmente es con lo que se encuentra el hombre el instante después, cuando el acceso de la euforia infantil tras descubrir la propia infinitud como perceptor queda atrás. El hombre descubre que es mortal y así surge para él la trágica dialéctica del límite personal interior y el infinito exterior, que coinciden en una unión excluyente en el límite de su vibrante ser. Como dijo gran Nikolai Gumilev, al expresar con inusitada fuerza el dramatismo de esta dialéctica: “Portador de la gran idea yo no puedo, no puedo morir”. De lo mismo hablaba Tiútchev en sus penetrantes estrofas: “… No es la vida que da pena, es el fuego, que brilló sobre la creación entera, y que se va hacia la noche y yendo llora”.

En esencia ese fuego que brilló sobre la creación es el sencillo don del testimonio infinito. No es más. Pero tampoco menos.
De un solo golpe Aristóteles resuelve el problema para aquella parte de la humanidad que prefiere el conocimiento racional a la poesía: declara al portador del testimonio – al sujeto, como suprimido. Mientras que la eternidad del mundo se convierte para Aristóteles en cierto seudosentido compensatorio. No hay tragedia de la desaparición en la noche, porque el universo es infinito, de modo que tú, que has vivido en él de una manera extraña también participas en lo infinito del mundo. Has aparecido fugazmente en él y te has apagado, pero fuiste su parte, y la parte (¡se trata de algo iniciático!) es igual al todo.

Justamente aquí nace aquella extraña visión del mundo, cuyos rasgos buscaban con una linterna en todas las escuelas filosóficas los seguidores del marxismo-leninismo. Llamaban esos rasgos “elementos de dialéctica materialista” y los encontraban casi que en Nicolás de Cusa. El rasgo fundamental de semejante progresismo adelantado al oscurantismo de su época consistía en la fe en la indestructibilidad de la materia y la falta del comienzo del mundo. En realidad, semejante enfoque hunde sus raíces en la intuición fundamental de Parménides “El ser existe, el no ser no existe”. Hay que pensar la ausencia del mundo de manera paradójica como el no ser presente, el vacio que existe. Para realizar semejante visión los prácticos del hinduismo y del budismo aplicaban gigantescos esfuerzos espirituales. La contemplación del vacío en los métodos de Oriente representa una de las máximas culminaciones de la práctica iniciática. Naturalmente, para el filósofo que no practica refinadas técnicas intelectuales, era más fácil acudir a la economía del pensamiento y borrar la mayor parte de la realidad de la esfera afirmativa. Decimos “la mayor parte”, porque es evidente que la posibilidad de la no manifestación es más universal y, por lo tanto, más amplia que la posibilidad de la manifestación.

Parménides y detrás de él la humanidad pensante helenizada se desquitan con facilidad: “¡No existe el no ser!” ¿Y qué hacer con el silencio – el no ser de la palabra? El silencio es la posibilidad de la realización de la no manifestación del habla. ¿Existe o no existe? Es evidente que Parménides simplemente no disponía del aparato que le hubiera permitido visualizar el no ser diferenciado. En tal caso jamás hubiera pronunciado su famosa tontería.

El secreto consiste en que el no ser incluso en el nivel preoperativo elemental puede convertirse en un objeto de afirmación. Con anterioridad hemos dicho que la diferencia, formada al restar lo percebido limitado de lo ilimitado de la propia percepción forma el supuesto mundo invisible, la esfera de lo sutil que el contemplador considera como el cielo espiritual. Esta operación es conocida por cualquier místico popular, cualquier visionario pueblerino, y a partir de ella concretamente comienza el príncipe Mishkin su camino hacia la dudosa curación.

Pero la propia vivencia de esta experiencia no es una ilusión. Ciertamente, se nos ha dado la señal acerca de la posibilidad de otro ser en forma de la clara desproporción entre aquello que nos rodea, con respecto al nivel de nuestra apertura en calidad de perceptores. Si se nos comparara en este aspecto con los espejos, descubriríamos una diferencia que choca por su evidencia: los espejos reflejan absolutamente todo, cualquier objeto que se le pone delante; todo, excepto la oscuridad. La superficie reflectante del espejo no registra la ausencia del flujo de los fotones. Mientras que nosotros percibimos la oscuridad, la oscuridad más absoluta ¡la vivimos como una experiencia visual fundamental!

Parménides decidió reducir a las personas al estatus de espejos mecánicos y Aristóteles lo ha institucionalizado, convirtiendo el mundo invisible en categorías abstractas, aplicadas al mundo visible. Precisamente esas abstracciones por muchos siglos se habían convertido en el garante de la inmortalidad inmanente del mundo. Para los profanos.

Porque los “no profanos” mantienen unas relaciones completamente diferentes con la eternidad y con el tiempo.


CAPÍTULO 2
Las leyes de los ciclos en la metafísica tradicional

Mucho antes de que el genial Lobachevski anulara el quinto postulado de Euclides, los pensadores y los visionarios sabían que en el continuum espacio-temporal el rayo de luz viaja siguiendo una trayectoria curva y las paralelas se cruzan en una lejanía indeterminada. La geometría euclidiana con su frío rigor y belleza es la “filosofía del cielo”, que únicamente puede ser contemplada por los ojos espirituales y comprendida por vía intelectiva, es decir sin estar atada a la experiencia de los sentidos, por las leyes de la razón pura. Naturalmente, en este cielo no hay nada – está vacío, aunque ya no se trata del primer espacio, porque en la primera extensión tampoco es posible la geometría dado que todos los elementos del estado inicial del espacio son idénticos entre sí.

Metafísica, a diferencia de lo que muchos piensan de ella, es concreta y tiene en cuenta el estado real de las cosas. No vivimos en el Empíreo, sino en los bajos ctónicos, donde Euclides “no funciona”.
El que los antiguos conocían la curvatura del rayo, se demuestra perfectamente con la mitología tradicional acerca de la serpiente, que lenta, pero inexorablemente, está estrangulando al universo. Esa curvatura no solo existe como algo dado, sino que además aumenta progresivamente. Aunque, si el rayo no sigue la línea recta, queda claro que su curvatura no puede ser un valor permanente. Curvatura es un estado inestable y los valores permanentes en el mundo de las formas relativas son un absurdo.

El mundo se mueve en espiral que se comprime hacia el centro, y cuando la serpiente aplaste al universo hasta el final, desaparecerán juntos; pero en cuanto la serpiente desaparezca el universo se liberará, volviendo al estado del espacio primordial, ya mencionado antes, en el que los cuerpos y las formas no existen, y el tiempo representa la cuarta dimensión de la extensión.

En este momento, técnicamente hablando, llega una especie de eternidad inmanente, porque durante el instante inicial sin duración no hay tiempo, sino la cuarta dimensión del espacio. No ocurre nada, nada perturba la simple y limpia homogeneidad de la hoja de papel en blanco, de la que comienza el universo renacido. Pero ese instante “que no dura” de todas maneras se acaba. Un paso más y el péndulo comienza a oscilar, el tiempo empieza a correr, ha nacido la serpiente, y la nueva soga de la espiral distorsiona y arruga – al principio casi imperceptiblemente – el espacio ideal.

En su trabajo fundamental “Signo de los tiempos y ciclos cósmicos” René Guénon ha descrito detalladamente la problemática de los ciclos cósmicos, con los cuales existe, desaparece y renace el universo, o más exactamente el “paquete” de los mundos que conforman el gran Universo. (Según los datos tradicionales, nuestro continuum espacio-temporal , que nos parece tan grandioso, inabarcable y único, con todas sus galaxias y nebulosas – no es más que una delgada hoja de papel dentro del gigantesco montón, que sube desde nuestro “cielo” hacia arriba y desciende hacia abajo desde nuestra “tierra”. Los mundos son un abanico o un acordeón de las manifestaciones ilimitadas en cuanto a su modalidad, desplegadas entre el gran cielo y la gran tierra. Pero para la comodidad de la exposición sacaremos este concepto entre paréntesis y vamos a hablar del mundo como de una realidad única y total, que coincide con nuestra experiencia.

La metafísica hindú es la que posee la teoría de los ciclos más elaborada. Aunque, por supuesto, la sabiduría de Egipto, Babilonia, de los aztecas o los chinos contiene la misma información que coincide hasta en los más mínimos detalles. Sencillamente la sociedad occidental ha conocido la filosofía hindú más de cerca que la azteca o la babilonia, debido a los orientalistas británicos, que en su mayoría pertenecían al estamento de los pastores protestantes, que después de la ocupación colonial del subcontinente se lanzaron con avidez sobre los textos sánscritos. Por cierto eso mismo sirvió para la aparición de nuevas representaciones científicas, surgidas justamente durante esa etapa de la conquista de la India ¡tremendas ideas de que el mundo existe desde hace miles de millones de años! Resultó muy convincente después de que a lo largo de los siglos a todos se les había explicado que el mundo fue creado hace tan solo siete mil años. El hombre cristiano de Europa en este plano representaba a la más desgraciada de las creaturas. Por un lado, estaba obligado a creer que todo lo existente había surgido de entre el vacío “budista” hace tan solo pocos milenios antes de él (¡es decir el tiempo de vida de dos-tres generaciones de secoyas o baobab!), y por el otro, tenía grabado en su subcorteza cerebral a Aristóteles y a los optimistas griegos, que le estaban susurrando que el mundo no tenía un comienzo, sino que había existido desde siempre. Y a nivel inconsciente Aristóteles resultó ser más poderoso que la Iglesia, porque cuando los masones-pastores trajeron de la India la increíble noticia de que la Tierra y el Sistema solar existen desde hace siete mil millones de años y no siete mil, el hombre occidental se agarró a esta muleta como a su ancla de salvación. En este caso resulta que el mundo sí había surgido (es decir que no se trataba del simple materialismo), pero hace tanto que casi era eterno (de acuerdo con Aristóteles).

Desde entonces – los finales del siglo XVIII-  la convicción de los miles de millones de años se ha convertido en el principal dogma de la conciencia científica occidental, imposible de desbancar. Todo lo demás: radionucleidos, luminiscencia roja de las galaxias que se alejan y demás “demostraciones”, - se ajustaban a esas cifras que de hecho habían adquirido el estatus de ídolos intelectuales. Lo más sorprendente es que el científico corriente, al parecer, conserva la fe en la unicidad de este mundo, es decir que de todas maneras reconoce que éste ha surgido en un momento “x” del vacío budista (o del superátomo, siguiendo la teoría del big bang ¿pero de dónde ha surgido el superátomo?)

En realidad dichas cifras fueron la desinformación consciente de los científicos por parte de los brahmanes, que encriptaban las cifras reales de la duración de los ciclos, para que los profanos no pudieran tenerlas. Los datos auténticos son los siguientes.

La principal unidad para medir el tiempo cíclico es el así llamado “gran año”, que en la tradición occidental también recibe el nombre de “caldeo”. Es el tiempo del giro de la Osa Mayor alrededor de la estrella Polar, cuando la constelación describe en el cielo la swástika completa. La duración de este giro es de 25.960 años. A lo largo de este año el Sol sucesivamente permanece en los 12 signos zodiacales – constelaciones – 2.160 años en cada uno.

El tiempo de la humanidad manifestada (ciclo humano) es de 2,5 años caldeos o 64.800 años. Este período se compone de cuatro épocas, que los griegos y los hindúes llamaban de distinta manera, refiriéndose a lo mismo: la Edad de Oro, o Satya-yuga, que dura 4/10 de la duración total del ciclo, es decir un año caldeo, o 25.960 años nuestros; la Edad de Plata o Dvipa-yuga – 19.440 años (3/10 del ciclo); a continuación la Edad de Bronce, o Treta-yuga – 12.980 años, o 2/10 del ciclo; y, por fin, la última, Edad de Hierro, o Kali-yuga, que dura tan solo 1/10 del ciclo, o 6.480 años.

Hoy vivimos hacia el final de Kali-yuga – Edad de Hierro, pero es imposible calcular cuán cerca del final, porque se desconoce el punto de partida de la cuenta y es imposible calcular a partir de qué signo zodiacal el Sol comienza su movimiento dentro del ciclo. Se trata de uno de los secretos más protegidos del estamento sacerdotal, porque quien conoce las fechas, puede influir en los acontecimientos.

En la tradición hindú el ciclo humano compuesto de cuatro yugas, recibe el nombre de “Manvantara”. 14 manvantaras forman Kalpa – el gran ciclo.El movimiento de los manvantaras comienza arriba desde el “polo norte” del círculo de las kalpas y sigue en la dirección contraria a las agujas del reloj; siete manvantaras hacia abajo, siete ascendentes. Ahora nos encontramos en el “polo sur” de la rueda de las kalpas, al final del séptimo manvantara. Por eso, consideran los brahmanes, la Osa Mayor, que describe la swástika alrededor del eje del mundo, se compone de siete estrellas y se llama Septarishi. En el siguiente ciclo humano ya estará compuesta por ocho estrellas.

El concepto de la infinita cadena de los ciclos, en la que cada eslabón está representado por la nueva humanidad, encontró su fórmula perfecta en la metafísica hindú: “días y noches de Brahma (Brahman)”. El ritmo de renacimientos-desapariciones se compara con la aspiración y la expiración que, presuntamente, realiza un fundamento infinito e insondable, gracias al cual aparecen todas las manifestaciones del ser. La misma doctrina en el zoroastrismo dio lugar a la visión, que tanto impresionó a Nietzsche – del girar del Gran Cielo como la “rueda del destino”, que trae y quita en el mismo punto espacio-temporal a la misma realidad, similar a cómo en el carrousel de feria la misma figura con la gente sentada encima, pasa por el mismo punto y se aleja. “El eterno retorno de lo mismo” – así llamó esa visión Friedrich Nietzsche y enloqueció de terror. La versión clásica hinduista no es tan desesperada: prevé la espiral y no la rueda y el giro de las manifestaciones sin fin transcurre a través de los puntos que se encuentran cerca, pero no coinciden del todo.

“La posibilidad es infinita, - afirmaba R.Guénon, el principal exponente de las doctrinas tradicionalistas en Occidente, - por eso la realización de esa posibilidad no conoce la repetición de lo mismo, como no puede aparecer dos veces el mismo número en la fila numérica, lo cual señalaría de inmediato el carácter finito de la manifestación, lo cual es imposible”.

Como podemos observar, René Guénon también insiste en el carácter ilimitado del aspecto substancial de la realidad, pero al menos, a diferencia de Aristóteles, no se trata de un solo mundo.
La doctrina de los ciclos resuelve puchos problemas y dudas intelectuales. El vacío o la nada, que precedían a la manifestación, se reducen tan solo a la pausa entre los mundos. El ser manifestado se convierte en una cualidad permanente de la realidad, siempre existe, lo cual nos libra de la duda, porque de repente tiene que surgir de la eternidad, de golpe. En esta doctrina se reproduce y desaparece porque se gasta el potencial inicial de la Edad de Oro. Podemos comprender el cuadro, porque se corresponde con nuestra experiencia de la entropía.

Según la doctrina de los ciclos, en cada manvantara madura la semilla del siguiente manvantara, como configuración o paradigma de lo que se va a manifestar en el futuro. Siempre existen los portadores de esta semilla, el grupo de los elegidos (“ciento cuarenta y cuatro mil justos vestidos con ropas blancas”), que son capaces de pasar del ciclo anterior al siguiente atravesando la zona del eclipse o disolución. Por cierto, el vacío entre la aspiración y expiración de la realidad es “pralaya” (sánscrito), la disolución del ser. Mientras que kalpas están separadas unas de otras por “mahapralaya”, cuando el nivel de disolución alcanza no solo al gran cosmos, sino también al Logos que piensa este cosmos.

Para los habitantes centrales del ciclo (que en la óptica tradicionalista no son precisamente los hombres-adamitas) “pralaya” significa el final de su existencia divina, “ragnarök” (noruego antiguo), el ocaso de los dioses.

Así describe el funcionamiento del reloj del ser, desprovisto del verdadero sujeto, la conciencia, que para los seguidores de los profetas del monoteísmo es inequívocamente pagana.


CAPÍTULO 3
Aparición de los profetas: comienzo del drama global

Hace tiempo que los historiadores de las religiones han señalado que en las doctrinas monoteístas el tiempo no transcurre en círculo, sino en línea recta. En este sentido, posiblemente, para la desgracia de las manifestaciones históricas del monoteísmo, la comprensión del tiempo de los judíos, cristianos y musulmanes tuvo mucho en común con la linealidad aristotélica, por lo que el aristotelismo penetró de contrabando en las doctrinas, inspiradas por la Revelación.

Ciertamente, ni el judaísmo, ni el cristianismo, ni el Islam nos dicen nada sobre la cadena de las manifestaciones, ciclos, desaparecidos antes de nuestra humanidad. Existen sordos rumores acerca de los preadamitas, Idumeo, Lilith, que estuvo antes que Eva, pero todos esos rumores tienen su origen en los gnósticos, que están atados a los cabalistas, maniqueos y ¡vete a saber quién demonios más! Así que no vamos a considerar semejantes rumores oscuros.

Lo que no quiere decir en absoluto que la doctrina monoteísta no sabe nada de los ciclos, tiene una visión unitaria del ser que solo se da una vez, y que ha surgido de la nada anterior cuya “duración” se desconoce (aunque dado que en la nada no existe el tiempo, se podría afirmar que nuestro único mundo no tuvo prefacio; pero entonces resulta que toda la duración que es posible en la realidad, - es la duración de nuestro mundo, la que ha tenido lugar hasta ahora. Semejante cuadro recordaría demasiado el pensamiento científico actual para ser verdad).

Para empezar detengámonos en aquello que parece común tanto para la metafísica tradicional (pagana) como para la teología, basada en la Revelación. Ambas coinciden en afirmar que este mundo concreto en el que nos encontramos es finito. Partiendo de este punto en común, los tradicionalistas insisten en que todo el conocimiento sagrado tiene su fuente común en la Tradición primordial y habla de lo mismo. Intentan demostrar que la finitud en el modelo pagano (ciclos que se suceden) y la finitud en el modelo monoteísta (escatología, resurrección de los muertos, Juicio Final y la supresión del tiempo) – son dos versiones o dos puntos de vista que revelan una misma verdad.

Guénon quien se había convertido al Islam, pero dedicado el 99% de sus textos al análisis del hinduismo, taoísmo y en parte de la masonería occidental, incluso afirmaba que la cadena abrahámica de los profetas con su mensaje sobre el Sujeto Uno e inaprehensible, libre de cualquier identificación y similitud con algo distinto a Sí Mismo, - no es más que una versión exótica de la misma Tradición global de coincidencia universal, aunque surgida fuera de la corriente general y adaptada a la mentalidad de los hombres de finales de Kali-yuga, incapaces de mirar la luz cegadora de la verdad original.
Tenemos una opinión radicalmente distinta al respecto.

Por supuesto, la pulsación cíclica de las manifestaciones cósmicas es perfectamente compatible con el aparato intelectual de la tradición monoteísta. El asunto no está en que el monoteísmo trascendental de la Revelación ignore las apariciones y desapariciones de las humanidades en la interminable espiral de los ciclos. Al contrario el monoteísmo lo sabe muy bien. Solo que la Revelación se dirige a la humanidad concreta de nuestro ciclo llamándoles a resolver el problema fundamental que se refiere precisamente a los hombres actuales, al sentido de su existencia, al problema de su tiempo.

La Revelación se dirige a los hombres como si fueran los únicos – una creación única y unitaria, completamente exclusiva de Dios (lo que realmente son mientras existen en la actualidad).

Sin embargo, en la Revelación – y, lo que es más importante, en el texto coránico – hay alusiones y menciones que se refieren a la alternativa, que puede ser presentada ante esta humanidad en forma de castigo, si aquellos a los que se dirige el Mensaje, no resultan ser dignos de él. 

“Podemos llevarnos esta creación y traer otra”, “Antes de vosotros hubo generaciones…”, “Podemos sustituiros por otro pueblo, mejor que vosotros”, - estas y otras alusiones, que aparecen en el Sagrado Corán, no dejan duda de que la perspectiva espiritual del Islam tiene idea de la posible multiplicidad de las humanidades.
Más aún, si sumamos todas las menciones y alusiones, diseminados por todo el cuerpo de las escrituras monoteístas – desde el Corán hasta Tora, los evangelios y la revelación de Juan el Teólogo, - resultará que el monoteísmo como misión activa se dirige a los hombres con el llamamiento de realizar un esfuerzo para convertirse no en una más, sino efectivamente en la única humanidad. La única que importa. La única en la que todo ha terminado, en la que todo se ha realizado.

Monoteísmo es la doctrina que formula ante la parte elegida de la humanidad el objetivo de acabar con la “mala eternidad” de los ciclos ¡de convertir nuestro ciclo en el último!

“Y juró el ángel que el tiempo ya no existiría”, - se trata de que ya no habrá repeticiones de la manifestación, en las que existe la duración. Habrá un nuevo cielo y una nueva tierra – una realidad alternativa; realidad alternativa a toda la que ha existido hasta entonces…

Los tradicionalistas dicen que la “nueva tierra” y el “nuevo cielo” son simplemente la tierra y el cielo del siguiente ciclo, y que el Paraíso de los justos es la siguiente Edad de Oro… (Aunque no explican qué se corresponde con el Infierno en el próximo ciclo). Sin embargo incluso con un análisis bastante superficial es suficiente para comprender la incompatibilidad de la eternidad que se abre después de los últimos tiempos y el Juicio Final, con lo que se entiende por el siguiente ciclo – perfectamente inmanente, análogo al anterior. En el contexto de los ciclos no tiene sentido hablar de la escatología, la doctrina del final, porque en la doctrina tradicionalista nuestro ciclo no es el último. Además, de ninguna manera cabe en el concepto de la interpretación cíclica la promesa de la resurrección en propio cuerpo y el Juicio Final.

Probablemente, una de las causas de por qué Guénon escribió tan poco sobre el Islam, era la necesidad de pasar por alto estos problemas, que están en la superficie y arrojan la sombra de una seria duda sobre la identidad interior propia de la tradición universal. Queda demasiado evidente que el monoteísmo de los profetas representa una lucha sin compromisos contra la visión del mundo cíclica, y no en el sentido de demostrar su falsedad ¡sino como la revolución contra la propia realidad cíclica!

Antes hemos mencionado la expresión “días y noches de Brahma”, aplicada a la sucesión de las manifestaciones de la realidad y las pausas entre ellas. El caso es que en el Corán encontramos la expresión “el día de Allah” que sorprendentemente sintoniza con la imagen citada. Los tradicionalistas no perderían la ocasión (y seguramente lo hacen) de agarrarse a esta coincidencia como otra demostración de la unidad de los conceptos en las doctrinas aparentemente excluyentes. Pero estamos decididos a demostrar que justamente en esta aparente coincidencia se oculta la diametral diferencia de los significados, y que a ambos conceptos los separa un abismo. Corán dice: “El día de Allah – cincuenta mil años”. A primera vista realmente se trata de la duración del ciclo, teniendo además en cuenta que el lapso señalado recuerda los datos señalados por las fuentes hinduistas acerca de la duración del manvantara (64 800 años). Pero sabiendo que la información coránica – como fue demostrado en más de una ocasión por los investigadores posteriores – posee un carácter exacto y literal, salvo los casos específicamente señalados como parábolas y metáforas, tomamos la diferencia entre la información coránica y védica no como la expresión del parecido de la conciencia metafísica, sino al contrario, como la demostración de que se trata de cosas diferentes.
¿Qué significa “el día de Brahma”? Aquí no caben dudas: el consenso de una enorme cantidad de comentaristas coincide en que se trata de la aparición y existencia del universo.

¿Qué es “el día de Allah”? Sin duda hay autores de comentarios-tafsir que también apoyan la idea de que se trata de la creación realizada. Otros – son la mayoría – consideran que se trata de una metáfora, que se refiere a cómo el Altísimo “vive” la duración: lo que para nosotros, seres creados, son cincuenta mil años, para el Creador es un día.

Pese al respeto por la corporación de los comentaristas coránicos, no podemos estar de acuerdo con ninguna de las dos interpretaciones por los siguientes motivos. En el primer caso está claro que para el panteísmo pagano, que afirma la identificación final de todo con el todo, es algo natural considerar la existencia del universo como el estado manifestado del fundamento despersonalizado, es decir relacionar el hecho de la manifestación directamente con el Absoluto (Brahma). Pero es totalmente ilícito establecer una relación entre la realidad relativa de la creación existente (“día”) y el inaprehensible, incondicionado, independiente de esta creación Creador. En otras palabras, presencia o ausencia de la creación no puede representar para Allah la oposición diferenciada de sus propios estados. En cuanto al segundo caso, su solución por parte de los comentaristas es todavía menos satisfactoria. Allah no experimenta la duración dentro de Sí, y sea lo que sea propio de Él, no puede compararse en términos cuantitativos con la experiencia de la creatura, aunque la proporción sea tan grande como la de un día con respecto a los cincuenta mil años. Sencillamente entre el verdadero Sujeto y los seres creados por él no existe una medida común. Esta consideración pone fin a cualquier dudoso procedimiento comparativo, que siempre surge motivado por el instinto clerical del antropomorfismo.

Suponemos que la expresión “día de Allah” tiene relación con cierto aspecto de Su pensamiento providencial, exactamente en aquella parte que sea accesible a la conciencia de la humanidad. En otras palabras, “día”, es decir el estado de claridad se refiere directamente al período de la existencia del mundo durante el cual la Revelación se manifiesta activamente.

Si entendemos los cincuenta mil años de esta manera, se trata del tiempo que transcurre entre el comienzo de la misión del primer profeta – Adán y la finalización de la misión del último profeta  - Muhammad (saws). Es evidente que este tiempo será más corto que la duración de la maifestación cíclica de la humanidad, aunque solo sea porque vivimos 14 siglos después de la aparición del Islam.

También consideramos que todos los datos que nos ofrece la Revelación coránica indican que Adán no fue el primer hombre en general, procreador del género humano, como considera la opinión corriente filoclerical, sino el progenitor de la cadena profética, el antepasado común de todos los profetas del Monoteísmo, que actuaron en la historia de esta humanidad concreta con la misión de formar el pueblo elegido o comunidad con la finalidad de cambiar la situación espiritual global, en relación con toda la realidad en su conjunto. (Es lo que constituye el significado del proyecto que procede del Sujeto trascendente, que no tiene ninguna relación con el programa metafísico de la última identificación con el absoluto).
Tanto los judíos como los musulmanes tienen la fábula en la que se narra como Dios, después de crear a Adán del barro, antes de insuflarle “de Su espíritu”, en ese estado de coma metafísico le enseñó a todos sus descendientes. ¡Tan solo se trataba de los profetas!

En el Corán Dios se dirige a los descendientes de Adán, salidos “de su semilla”, y les interroga: “¿Acaso no soy vuestro Señor?” – para que el día del Juicio Final no pudieran alegar la ignorancia. En este caso también se trata de los profetas, porque esta pregunta del Altísimo y la respuesta de los “adamitas” son consideradas como el establecimiento de la alianza. El intento de interpretar a los “descendientes de Adán” como si fueran todas las almas humanas, aparecidas en nuestra realidad, contradice el que Allah únicamente concluye la alianza con los elegidos, y que no a todos permite seguir Su camino. (Es perfectamente posible que el texto coránico sobre la pregunta a los descendientes de Adán esté relacionado con la historia en la que se muestran estos descendientes a Adán todavía inanimado).


CAPÍTULO 4
La duración del ciclo y la prohibición coránica
de “preguntar por la Hora”

Si Adán es el primer profeta – y del árabe “rasul” (profeta) se traduce como “enviado” - ¿a quién es enviado? Es de suponer que a la humanidad primordial, los hombres de la Edad de Oro, cuyo estado supone el desconocimiento total del Sujeto y la completa ausencia de aquel trágico conocimiento que Adán había adquirido como resultado de desobediencia, “al tropezar con el árbol”. Justamente este específico conocimiento sobre la desobediencia y el arrepentimiento con respecto a Aquel, la partícula de cuyo espíritu de verdad anima al muñeco de barro humano, debe ser transmitido a los hombres que de momento no poseen esa trágica reflexión.

Según la visión metafísica, los hombres de la Edad de Oro viven en absoluta armonía con el medio, sin conocer la enfermedad y el cansancio, contemplando la plenitud de lo que tienen ante sí como realidad sin conocer la duda y los conflictos. En otras palabras, permanecían fuera de la historia – en pura presencia, con la que luego soñaron como el estado superior del espíritu los pensadores de muy distinta orientación. Las reminiscencias de esta imagen, seguramente, tienen su expresión en la visión nietzscheana de la “bestia rubia”. En realidad, la filosofía de Nietzsche fue la culminación de todos los intentos espirituales por curarse del trauma de la profecía, que viene desde fuera y revienta el equilibrio perfecto, propio de los hombres de la Edad de Oro.

De modo que Adán, expulsado del Paraíso (que, según las indicaciones del Corán, no podía estar situado sobre la tierra) desciende hasta una cierta protohumanidad, que permanece en el estado “bestial” de felicidad y equilibrio. Aquellos que aún están preocupados por las imágenes míticas creadas por la ciencia, podrían decir que Adán celestial llega a los cromagnones – envoltorios corporales perfectos, que poseen el oído, la vista, la imaginación e incluso la capacidad de dibujar muy bien en las paredes de las cuevas a la luz de las antorchas, pero que, por desgracia, están desprovistos del dolor espiritual y el ansia de lo “otro”…
Desde el momento de la llegada de Adán a los hombres de la Edad de Oro se acaba su estado inmanente-paradisíaco de la inagotable duración sin medida y comienza la historia. La cuestión es ¿en qué momento llega el primer profeta a esos prototipos de la futura humanidad sufriente? ¿Tal vez a principios del manvantara?

Guiados por la lógica que hemos decidido seguir en este estudio y que se basa en la confianza hacia los datos metafísicos que proporciona la Tradición, debemos rechazar dicha suposición. Si Adán apareciera ante los hombres a principios del ciclo que dura 64800 años, mientras que la distancia en el tiempo entre él y nuestro Profeta (saws) es de 50000 años ¡eso significaría que aún vivimos en el yuga anterior! Mientras que todos los sistemas metafísicos de la gran tradición insisten en que vivimos al final de Kali-yuga, que recordemos, dura tan solo 6480 años.

El problema podría convertirse en irresoluble, si no recurriéramos al método de analogía asociativa, partiendo de los datos más o menos postulados por la Tradición.

Desde el punto de vista de varios investigadores existen serias razones para pensar que el profeta Noé (paz sea con él) actuó en el continente Atlántida cuyo esplendor y destrucción fueron elocuentemente descritos por Platón, quien recibió este conocimiento de los sacerdotes egipcios. En muchos aspectos la descripción de la civilización pagana inmersa en la arrogancia y autocomplacencia a la que sin éxito se había dirigido Noé (pbd) coincide con la imagen de Atlántida conservada en las tradicionales leyendas sacerdotales. Por cierto, es en ellas donde se subraya la génesis atlántica de la línea monoteísta profética, que se opone a la Tradición “panteísta”, que proviene de las regiones polares de Hiperbórea. 

El caso es que el diluvio de Noé (pbd), ocurrido aproximadamente hace 13 mil años, fue precisamente el diluvio que destruyó a Atlántida. Según los datos astronómico-sacrales de los babilonios y egipcios , este diluvio, como una acontecimiento-catástrofe fundamental divide por la mitad Treta-yuga, el penúltimo ciclo humano.

Por analogía nos atrevemos a suponer que la misión de Adán ante la humanidad representó la misma catástrofe para la Edad de Oro, como lo fue la misión de Noé (pbd) ante la civilización de los atlantes, que debió de ser el fenómeno metafísico principal de la Edad de Bronce (Treta-yuga). En otras palabras, el profeta Adán (pbd) apareció ante los antepasados de la humanidad actual justo a la mitad de la Edad de Oro, es decir 12980 años después del comienzo del ciclo. En seguida debemos puntualizar que los cálculos de este tipo solo pueden poseer un carácter relativo, permaneciendo entre una suposición informada y la lógica comparativa interpretada creativamente. En cualquier caso, el interés limitado que representa el análisis de este tipo sin embargo justifica nuestras investigaciones.

De modo que si tomamos como base la precedente suposición, la misión del último profeta de la humanidad Muhammad (saws) termina 1820 años antes del final del ciclo (64800-50000-12980=1820). De este tiempo, siguiendo el calendario solar, ya hemos vivido poco más de 1380 años. Un cálculo elemental demuestra que en este caso hasta el final de Kali-yuga quedan aproximadamente 440 años. (Aquí hay que señalar que, al menos 10 años podrían ser objeto de discusión, porque el calendario musulmán comienza en el año 622 de la nueva era a partir del momento de la Hégira, mientras que el profeta Muhammad, quien poco antes de su muerte proclamó la finalización del Islam”, murió 10 años después – en 632. Además el cálculo de los años en el mundo islámico puede seguir tanto el calendario lunar, como solar (por ejemplo, en Irán). ¡Lo cual para el día de hoy da una diferencia de 40 años!)

Todos estos cálculos, no obstante, no transgreden la prescripción coránica sobre lo desconocido de la “Hora”, es decir el momento en el que realmente se acabará el tiempo humano. En primer lugar, para nosotros no está en absoluto predeterminado que precisamente nuestro ciclo sea aquel en el que se va a acabar la interminable sucesión de los anteriores. ¡Porque a cada humanidad, desaparecida en el abismo, se proponía el mismo objetivo que a nosotros: ser los últimos! El mismo hecho de nuestra existencia actual demuestra que aquellas interminables humanidades no habían resuelto el problema planteado, cosa que inequívocamente confirma el sagrado Corán: “Antes de vosotros hubo generaciones más poderosas que vosotros y que habían excavado la tierra más profundo, pero acaso tú (oh Muhammad) oyes de ellos aunque sea un susurro”. No sigamos a aquellos pedantes que consideran que se trata de las etapas anteriores de nuestra única historia: aquellas generaciones no eran más poderosas que nosotros y podemos oír su “susurro” aunque sea arqueológico. En segundo lugar, en la Sunna del profeta (saws) hay hadices que dicen que el Altísimo ha prometido convertir la última hora y el último día de nuestro tiempo en indeterminadamente largo, si hiciera falta para que se cumpla la promesa de la llegada de Mahdi – el esperado caudillo de los fieles monoteístas. Así que, la cuestión de las fechas no se puede reducir al mecanismo de relojería, puesto en marcha como la máquina de la manifestación cósmica. Dentro de él existe el factor de la voluntad trascendente, que misteriosamente se interrelaciona con la realización de nuestra misión humana sobre la tierra. ¡Es lo que se llama la Divina Providencia!


CAPÍTULO 5
Los que siguen a Allah y los que siguen a satán

De modo, que ante la humanidad de hoy se abren, posiblemente, unos pocos siglos, a lo largo de los cuales debe decidir su propio destino metafísico: unirse a los predecesores del abismo desconocido de otros tiempos y otras manifestaciones ontológicas, irremediablemente desaparecidos, o convertirse en la última humanidad ante la cual se abrirá la perspectiva del Juicio.

Pues es evidente que la misma posibilidad de tal alternativa y del resultado que depende de nuestros esfuerzos y nuestra calidad espiritual constituyen la esencia de esta prueba o examen, el que se nos recuerda continuamente: “¡vuestra vida aquí es tan solo una prueba que deben superar!”Pero la prueba también se puede suspender y, a juzgar por todo, la oportunidad de superarla con éxito es infinitamente pequeña – tan pequeña, que la coincidencia de nosotros con aquellos últimos, con los que la “mala eternidad” se acaba, sería, realmente un milagro.

En este caso excepcional el Juicio Final se convertirá en la fase que cierra el examen, en el que se valorará cada esfuerzo personal dentro de este ciclo, que haya servido para la victoria, la realización de la misión anunciada a la humanidad por Adán. Al presentarnos al Juicio ya nos convertimos en vencedores, incluso los que sean condenados como pecadores, porque en este caso -  tanto los justos como los pecadores – de la humanidad virtual nos convertimos en la humanidad adamita real.

En el Juicio esta humanidad que ha vencido en su conjunto será juzgada y valorada según el ejemplo – la comunidad de los elegidos, que a través de su voluntad teológico-política ha estado realizando la misión de la superación del barro por aquella minúscula partícula del Espíritu de Dios, que fue introducida en Adán. La propia comunidad será valorada en función de su grado de aproximación al ejemplo, representado por el que termina el “día de Allah” el último Profeta de la humanidad (saws). Y aquellos de la comunidad, gracias a cuya voluntad y sacrificio fueron creadas las condiciones para que Allah mostrara Su benevolencia justamente a esta humanidad y reconociera como cumplido el objetivo para el que había creado todo lo que existe – aquellos de verdad pertenecen al partido de Allah, son sus muridas, porque esta palabra árabe tiene como raíz “deseo” y designa a aquellos que “desean”. (Que desean únicamente a Allah en este caso.)

¿Pero qué pasará si esta humanidad no supera la prueba y queda condenada al olvido?

Al respecto hay algunas observaciones.

En los datos que describen el reino de la justicia que antes del fin del tiempo establezca Mahdi, y el paso al Juicio, se dice que toda la humanidad que exista entonces morirá al primer sonido de la trompeta del arcángel, y al segundo toque resucitará junto con los representantes anteriores de nuestro propio ciclo. La muerte total de todos significa el eclipse completo del universo testimoniado – al menos de aquel que había sido creado para el hombre. La tradición islámica subraya que la muerte afectará a todos los hombres, incluyendo Mahdi, y que tampoco podrá evitarla el propio Mesías Isa ibn Maryam (pbd), quien , no obstante sigue vivo ahora en el “alto lugar” al que fue elevado por Allah.

Así que todos morirán. A continuación todos resucitarán. No está previsto que ningún “grupo de los justos”, 144 mil u otro número, puedan conservar la conciencia en el momento de la pausa entre la realidad anterior y la nueva.

De modo que el fin del ciclo dentro del proyecto monoteísta entendido como la detención de todos los ciclos de una vez y para siempre, presupone cierto equivalente de “Mahapralaya” – disolución que llega hasta el propio Logos. En otras palabras, en el momento de la muerte de la humanidad (y por analogía, probablemente, de los habitantes de todos los mundos, dado que dentro de la perspectiva monoteísta nuestro mundo es clave dado el carácter único de Adán que nos fue enviado) se borran las bases de la ontología. La realidad en la que resucitan después del segundo toque de trompeta es totalmente distinta, y se define con la palabra “Mahshar”, que aproximadamente se podría traducir como “reunión de muchos en un lugar”. (Por cierto, probablemente en relación a este concepto los escolastas  medievales de la Europa cristiana discutían acerca de ¡cuántos ángeles podrían caber en la punta de una aguja!) Porque en el “Mahshar” los resucitados serán reunidos con sus cuerpos reales, pero, evidentemente sin los problemas que hoy plantea el viejo espacio que se encoge.
El criterio fundamental de la escatología monoteísta es la rotura total con la sucesión, la desaparición  de la vieja realidad de tal manera que parece  “que no ha existido nunca”. (Al no ser que su recuerdo se conserve en forma del infierno eterno, pero se trata de una forma tan específica del ser que no se puede hablar de ella sin un estudio específico.)

En la doctrina tradicional de la sucesión de los ciclos encontramos algo completamente distinto, donde especial importancia adquiere cierto núcleo formador que traspasa de ciclo a ciclo. En el momento de la pausa entre las manifestaciones, en el momento de la disolución y el eclipse existe cierto grupo de humanos separado de la humanidad anterior, que conservan su conciencia a través de esta pausa, convirtiéndose en aquel centro en torno al cual se organiza la extensión aparecida de nuevo. Esos seres, surgidos en el ciclo anterior, son precisamente los garantes de que lo “nuevo” será la repetición perfecta de lo viejo. No en el sentido de la repetición exacta de lo mismo, lo que es imposible debido a lo inagotable de la “escala numérica”, sino en el sentido de la equivalencia metafísica. El mundo que se extiende a nuestro alrededor es algo organizado cuya “llave” fue entregada a nuestra conciencia. El hombre a quien a través de sus enviados se dirige el Sujeto incognoscible y no percibido por nosotros – es el “punto crítico”, gracias al cual el caos de alrededor se convierte en una estructura con sentido. Este “punto crítico” – el hombre – posee dos estados globales: el primero anterior a la recepción del mensaje enviado por el Sujeto, segundo posterior a la llegada de este mensaje.

Esos dos estados se diferencian como los dos estados del molusco, en uno de los cuales en sus tejidos aun no ha penetrado el granito de arena que causa la aparición de la perla, mientras que en el otro este granito tortura su delicada substancia, obligándola a producir la valiosa secreción, destinada a convertirse en perla. En el primer estado el hombre no es más que un calco de la primera creación o de aquel ser con el que se abre la gran jerarquía del universo. Ese ser – arquetipo, que en distintas culturas religiosas recibe el nombre de Lucifer, Ahura Mazda, Apolo, los monoteístas conocen como Iblís o Satán. En los medios teológicos no hay opinión unánime acerca de si Iblís pertenecía al conjunto de los ángeles, o – lo que es más probable – era un genio. No obstante, todo indica a que este gran ser fue creado como la imagen arquetípica de todos los demás seres que pueblan los mundos, incluyendo a nosotros mismos. Los paganos lo han adorado siempre y hasta el día de hoy, considerándolo dios, a cuya imagen y semejanza fueron creados, y llamándolo “Señor” (“Baal” en hebreo, “Ishvara” en sánscrito.)

Aquel grupo de seres que atravesará el abismo que separa los ciclos hacia la nueva Edad de Oro, indudablemente está formado a imagen y semejanza de su señor, el Príncipe de este mundo, así que el cielo y la tierra que verán les serán entregados “bajo la llave” de su conciencia.

Se convertirán en los guardianes de la ley cósmica y justamente para anular esta ley cósmica, a su Edad de Oro llegará el nuevo Adán para iniciar de nuevo el intento de arrancar la partícula de la luz del abrazo de las tinieblas. Al respecto Mohieddin Ibn al-Arabí cita un hadiz, aunque discutido, en su libro “Revelaciones de La Meca”: “¿Creéis que hubo un Adán? ¡Ha habido cien mil Adán!”

Allah cambia Su creación con su propia voluntad y cuando quiere que alguna cosa aparezca dice “¡hágase!”, y la cosa aparece.

Satán para influir en la creación, actúa sobre la naturaleza de la conciencia humana. Lo hace eliminando unos elementos dentro de la humanidad, añadiendo otros mediante la intervención, a través de las guerras y los genocidios. Lo más sorprendente sin embargo – cosa ya apuntada por Mefistófeles de Goethe – es que todas las intrigas de satán resultan instrumentales dentro del proyecto providencial del Altísimo.


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