La doctrina del finalismo

La doctrina del finalismo

Geidar Dzhemal

Boletín de la sociedad filosófica de Kíev, agosto de 2010
www.intelros.ru
Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos


Teleología de la tradición

Finalismo es la doctrina sobre lo finito o el límite. Su sinónimo es el concepto de teleología, ya que telos en griego significa “fin”, final”. Finalismo está relacionado con la idea de la orientación desde el principio hacia una finalidad, hacia un objetivo.

Si estudiamos la historia de la filosofía veremos que esta doctrina no es nueva. Ya Aristóteles se había ocupado de las cuestiones del objetivo y del contenido interior del sistema, de la estructura y del organismo. Él creía que el organismo no puede existir sin un objetivo, que el objetivo es lo fundamental, lo que forma el organismo como una mónada unitaria. Seguramente, la doctrina clásica más nítida acerca de la finalidad, de la teleología del ser encontró su expresión en la filosofía de Hegel. Se podrían mencionar también ramificaciones de esta doctrina como el poshegelianismo, el neohegelianismo o el marxismo. Pero lo más importante es que prácticamente toda la filosofía clásica alemana después de Kant está de acuerdo en que la teleología atraviesa el ser y constituye su esencia interior, su nervio interno, su movimiento interior. Los filósofos van de lo general a lo concreto, de la idea absoluta, en la que coinciden el ser puro y la nada pura, al ser humano concreto.

Pero todas estas doctrinas filosóficas dan por supuesto lo inmanente del objetivo, suponen que el objetivo se encuentra dentro de la propia estructura de la realidad, que el ser está predeterminado por esa direccionalidad que le es orgánicamente propia. Como si la finalidad y el movimiento hacia ella, fuera el movimiento de la corriente eléctrica, movimiento de impulsos energéticos, que pasan del potencial positivo al negativo. Todo ello dentro de un cable infinito que es la realidad.

Evidentemente, tal interpretación es propia de la visión del mundo tradicional, aunque sea expresada en los términos de la filosofía racional y no de la metafísica. Porque Hegel, indudablemente, es el continuador y el heredero de Platón, es Platón, contado con un lenguaje actual, total, universal.
Pero ha llegado el momento de ofrecer la doctrina del finalismo que sea la expresión de la conciencia radical y no de la tradicional, como la doctrina de la conciencia radical sobre sí misma, sobre cómo se entiende a sí misma, y sobre sus orígenes.


El espejo de cogito

En este contexto el finalismo supone que hay extrapolación fuera de los límites de la estructura del ser, que existe algo que se opone a todo. No se puede decir que se trate de un enfoque desconocido. En este dualismo es fácil distinguir los esquemas de la visión cartesiana: la oposición de la substancia exterior, de la extensión, de la realidad divisible y de la substancia del pensamiento, indivisible, que se opone a la extensión. Este esquematismo cartesiano nos proporciona los instrumentos, para proseguir por esta vía para llegar a importantes conclusiones que ofrecen amplias perspectivas.

La substancia del pensamiento es el punto indivisible de cogito, que se opone a la extensión. Esta oposición es absoluta e incondicionada, como la oposición del espejo a todas las cosas que en él se reflejan. Existen las cosas objetivas, la fenomenología de los cuerpos sólidos tridimensionales, y hay un plano reflector, que proporciona un espacio y una dimensión completamente diferentes. La conciencia existe como la oposición a todo, que da como resultado el fenómeno de las concentraciones de la realidad, realidad construida alrededor del punto que representa la conciencia. De este modo la conciencia se convierte en el límite para la infinita extensión.

Nosotros suponemos que el infinito precede a todo, porque representa el todo, y el todo precede a las partes. El infinito, tal y como han subrayado muchas mentes destacadas (el último en confirmarlo fue Heidegger), intuitivamente se percibe como algo que precede a todo. Existe simplemente porque existe, ya que en su calidad del infinito no necesita ni la causa, ni la justificación. Pero entonces surge un problema. ¿cómo es que existe algo que se diferencia del infinito y qué es ese algo que se diferencia del infinito?

La extensión decartiana no contiene ningún límite dentro de sí. Pero existe una segunda substancia – la del pensamiento, el punto indivisible de cogito, que asemeja un agujero hecho en una hoja de papel infinitamente grande. Este agujero inmediatamente crea el efecto del centro, y al mismo tiempo es una rugosidad, un fallo, una limitación, es decir que elimina el infinito.

Se entiende fácilmente que el fenómeno de la percepción, el fenómeno de cogito existe justamente gracias a tal oposición. Si nosotros fuéramos un fenómeno entre otros fenómenos, si nuestro yo fuera una especie de intelecto artificial, un programa, un determinado aparato, lo más probable, es que no percibiéramos nada y fuéramos como una piedra entre otras piedras. Al igual que un ordenador que no sabe que está funcionando, porque los procesos que transcurren dentro del ordenador no se diferencian en nada de los procesos químicos que ocurren en un vaso de agua. Pero precisamente gracias a que existe el punto de la diferencia absoluta con respecto a todo, existe el fenómeno único de la percepción, percepción unida a la idea del sentido.


El reverso de la nada

El tema del sentido aparece, únicamente, gracias a la limitación del infinito. El infinito por sí mismo no tiene ningún sentido. ¿Por qué, metafóricamente, es falsa la visión de cierto sabio chino, quien se imaginaba que era una mariposa que soñaba que era el sabio chino, es decir que  actuaba como una interconexión en forma del ocho que le conectaba a la mariposa? ¿Por qué tal concepción es esencialmente falsa? Porque únicamente uno de ellos, o la mariposa, o el sabio chino, sabía que iba a morir.

En realidad, el momento del punto de detención del infinito tiene que ver directamente con el hecho de que la conciencia, como oposición al infinito no yo está indisolublemente unida el fenómeno de la muerte. La muerte, como el reverso y el contenido interior de la conciencia, no es lo mismo que la desaparición del fenómeno, su final y eliminación. Muchos fenómenos orgánicos e inorgánicos están condenados a desaparecer, pero únicamente hablamos de la muerte al referirnos al estado interior, central, propio de cada acto de conciencia. Cada percepción tiene el sabor de que podría no existir, tiene que ver con la comprensión de que antes o después la conciencia se aplastará, que esta conciencia existe como el reverso de su ausencia, el reverso de la nada. Más aún, se podría decir que la conciencia existe como una tensa oposición a la nada, que es el punto concentrado de la oposición a todo.

Es importante señalar que existe diferencia entre la muerte y el perecimiento. El perecimiento alcanza a cualquier objeto o ser que no posee esta llama sagrada, la chispa divina de la oposición. Rompemos un vaso – el vaso ha perecido, ha llegado la ola de frío, el gorrión se ha congelado también ha perecido. (Descartes, por cierto, consideraba que los animales no tienen alma y son simples autómatas, mecanismos). El hombre sin embargo muere, porque dentro de él está presente cierta cinta de Moebius, en la que la muerte se contempla a sí misma, se encuentra consigo misma. De este hecho de la contemplación de sí misma como su negación surge el propio fenómeno de la conciencia como luz, como la oposición a todo lo que la rodea. Este fenómeno es único del hombre. Ahora bien, aquí abandonamos el discurso filosófico para entrar en el teológico.

De modo que la conciencia, que es el centro de la percepción, es el limitador de la realidad infinita, es la oposición a esa realidad infinita. Como paso siguiente debemos reconocer que el punto de la oposición está fuera, que no solamente se opone, sino que es algo impropio, contrario y situado más allá con respecto a lo que está centrando y a lo que se opone. En otras palabras, la conciencia del hombre que se encuentra aquí y ahora en medio de este mundo, es trascendente con respecto a lo que percibe, de lo que da testimonio. Es transcendente no solamente como declaración, por cómo se proyecta o por su posicionamiento, es trascendente de manera esencial, independientemente de nuestra voluntad, porque limita y estructura todo lo que nos rodea. El propio hecho de la limitación del infinito flujo fenomenológico universal representa la construcción del templo, la construcción de los elementos concéntricos, que se sitúan alrededor del punto de perforación, del punto de diferenciación.


La conciencia como árbitro

Y al mismo tiempo se nos dice que la conciencia tal vez se equivoque con respecto a su naturaleza. Por ejemplo, Marx clamaba por cesar el proceso de la alienación, que ocurre en el fenómeno de la conciencia, por  liquidar esta posición trascendental de la conciencia e introducir la conciencia aquí, adentro, al nivel de la realidad. Pero la cuestión se plantea drásticamente: todo lo que podemos decir sobre la naturaleza de la conciencia y del ser, lo decimos desde dentro de nuestra conciencia. Nuestra conciencia es la única plataforma sobre cuya base podemos dictar sentencias para nosotros mismos y para el mundo que nos rodea. ¿Cómo podemos decir que nuestra conciencia es la consecuencia de alguna causa, que está determinada, y debemos liberarla, que es una superestructura, si lo decimos dentro de nuestra conciencia, a través de la conciencia y apelando a la conciencia?

Nuestra conciencia también es nuestro árbitro. ¿Acaso no es más fácil reconocer la conciencia como la última instancia que posibilita la propia aparición de la verdad, que sitúa el propio hecho de la posibilidad de la verdad?

Descartes fue el primero en plantear la ontología del error. Antes de Descartes, la filosofía en su reflexión acerca de la realidad tendía a obtener un cuadro de la realidad sin errores, pretendía acercarse a lo auténtico. Pero – lanzó su tesis Descartes – si nuestra conciencia está formada por las circunstancias, entonces cuanto más periféricas y marginales sean estas circunstancias, tanto más errónea y endeble será nuestra conciencia. ¿Si la conciencia no fue creada por Dios, sino por una cadena causal, como consecuencia de algún proceso químico, a qué puede aspirar? Se trata de una pregunta muy interesante: cómo puede la conciencia estar creada por algo secundario, si esta conciencia representa el punto que no pertenece a nada de lo que la rodea y que se opone a todo, es decir que es el punto de oposición a todo. El hecho de que se trata del sujeto de la percepción, incondicionalmente, convierte a la conciencia en algo central y elimina las preguntas acerca de su origen y de su causa.

En la Edad Media estaba extendida la representación esquemática del hombre – una imagen abstracta inscrita dentro del pentagrama. A lo largo de su cuerpo había flechas dirigidas hacia arriba y hacia abajo: solve et coagula, disuelve y solidifica. La solidificación son los mundos inferiores, la materia. La disolución son los mundos superiores, los planos sutiles, lo que está relacionado con el alma. Mientras que el espíritu es la oposición a todos los estados, tanto de disolución, como de solidificación. El espíritu es lo otro absoluto. Y esto otro absoluto coincide con el punto de nuestra conciencia, que es nuestro verdadero sujeto interior. Si hablamos en términos teológicos, se trata de la partícula del espíritu de Dios, de su campo energético, introducida en Adán cuando fue creado.


¡La aporía tiene solución!

De modo que existe un determinado punto en el que todo se refleja. El instinto espiritual señala que al principio hay cierto infinito inquebrantable, pero el hecho de que dentro del infinito aparece el punto que limita este infinito, muestra que hay un desfase, un error. ¡No debería de existir! Debe existir la homogénea neblina gris del ser total o la nada, como señalaba Heidegger. ¿Pero por qué hay algo y no la nada? ¿Por qué de repente surge algo? La conciencia, como el punto que interrumpe la totalidad de la nada completa que lo abarca todo, es un desajuste, un error. Y este error se concentra en el fenómeno de la conciencia, que por su naturaleza exige la verdad, se considera como la verdad, busca la verdad. Es el error que se replica a sí mismo. Indudablemente se trata de una aporía en estado puro. Es sencillamente incomparable con la clásica aporía de Aquiles y la tortuga, porque la dinámica de esta aporía se lleva a todo por delante.

Debería de existir el infinito completo, no interrumpido por nada, pero en su lugar el infinito entero se concentra en el punto de oposición, que manifiesta este infinito como algo. Lo infinito completo se interrumpe y se trata de un error, pero la propia interrupción se convierte en el criterio de la verdad. Más aún es el instrumento para establecer la verdad. La esencia del punto de oposición es que se opone a la totalidad, es su antítesis. Pero cuando el portador de la conciencia muere, la conciencia se vuelve aquello que debía ser la totalidad, si no existiera el error – es decir la muerte, la ausencia, la noche abismal sin ninguna luz. La perspectiva interior de la conciencia es la muerte. Y no es otra cosa que la fotografía de la realidad que existiría si no existiéramos nosotros.

Se trata de una construcción compleja, pero intuitivamente se capta. Es evidente que la conciencia está estrechamente ligada al concepto del error, a la intuición del error. Nuestra propia existencia como sujetos que perciben, introducidos en este mundo y que dan testimonio de él, es la consecuencia de la trasgresión de un principio lógico muy importante, fundamental de la inalterabilidad del infinito. Existimos, y con nuestra presencia damos el testimonio sobre la alteración dentro de este infinito.

Pero continuemos. Dado que la conciencia es la luz que se opone a la infinita oscuridad de nuestro alrededor, representa el instrumento para la superación del error, para el restablecimiento de una determinada verdad que se encuentra fuera de los límites de esta aporía. Es cuando en realidad llegamos a la nueva definición de la finalidad, fundamentalmente distinta de la de Hegel. Para Hegel dentro de la idea absoluta existe determinada perspectiva, de lo general a lo concreto, del ser en su totalidad a su plasmación en el ser humano. Pero en la conciencia radical se da otra perspectiva: la alteración del infinito en forma de la conciencia individual (que está testimoniado) es la garantía de que, en primer lugar, si este infinito es interrumpido, entonces es relativo y, por lo tanto, falso, y, en segundo lugar, en que en la propia alteración está la garantía de aquel infinito futuro, cuya restauración nos dará la auténtica plenitud, sin error, es decir, la superación de la aporía. Se puede decir, utilizando la imagen medieval, que será creada la piedra tan pesada que el Señor no la puede levantar, pero a la que crea y levanta al mismo tiempo (aporía escolástica: ¿Sería Dios capaz de crear una piedra tan pesada que no pueda levantar? – N. del T.). Y la garantía se encuentra en nuestra conciencia –  una chispa fundamental de oposición a todo lo demás.


Interpretación del caos

Intelecto (en el sentido de logos, nous, esfera de los arquetipos, formas e ideas) no es conciencia; es la organización primaria del medio externo a nosotros, dispuesto como cierta fenomenología. Con respecto a ella somos como peregrinos.

El mundo circundante se compone de manchas y borrones: son las manchas de Rorschach, que al principio, cuando nacemos, no sabemos cómo interpretar. Se puede decir que es el caos, la nada, porque las manchas en movimiento equivalen a la nada. Sin embargo, también las manchas poseen forma, están estructuradas de alguna manera; pueden ser negras o rojas… La estructuración fenomenológica del mundo de Rorschach es el logos o nous, la primera organización elemental del ser, y se le opone el punto de oposición, nuestra conciencia. Es evidente que a nivel humano este intelecto primario crea la fenomenología del logos, la sabiduría, que no necesita de las palabras, de los conceptos, del discurso, que tan solo necesita símbolos, comprensiones, armonías. Pondré un ejemplo. La música es el caos ordenado, logos, movimiento de los sonidos de distinta tonalidad, de diferente calidad. Se pueden descifrar, explicar, intentar comprender qué es lo que uno siente al escucharlos. Pero no será más que una tontería, porque la música representa otra dimensión, otra organización del ser. En cambio, la literatura  representa exactamente la manifestación de la conciencia, la presencia de la oposición del Yo. El contacto de la conciencia con el mundo únicamente se manifiesta a través de la presencia del lenguaje.

Cada uno de nosotros al nacer ya posee el centro perceptivo. Es un don divino. Pero si Mowgli cae en la compañía de los lobos y pasa con ellos dos o tres años, pierde la posibilidad de aprender el lenguaje y (como una mosca atrapada en el ámbar) para siempre queda sumergido en el mundo de los autómatas de Descartes, es decir, de los lobos, los monos, el tigre Shere Khan. Otra cosa sucede cuando el hombre vive su niñez en el espacio humano. Todavía estando en la cuna, la madre le enseña al bebé la lengua, y esta lengua le ayuda a organizar las manchas de Rorschach en un sistema reconocible, comprensible. Pero si en un momento dado de un capirotazo o un golpe en la cabeza lográramos sustraer el lenguaje a alguien, el mundo a su alrededor se descompondría en seguida en el sinsentido de machas, volúmenes y sonidos, que constituyen la espantosa salida al vacío cósmico. Seguramente, todos recuerdan algún momento, cuando al despertar en su cuarto, antes todavía de recordar el lenguaje, sienten encontrarse de repente dentro de un horrible espacio amenazador, en el que todo está al revés. Después - ¡clic! – el hombre recuerda el lenguaje, y todo vuelve a su sitio; porque el lenguaje actúa como el organizador del caos. Aquí no se trata solamente de la lengua, sino también de otros sistemas de signos, que pueden complementar la lengua o sustituirla, como en los casos de las personas ciegas o ciegas y sordomudas. En cualquier caso el fundamento siempre es algún sistema de lenguaje, del que parten versiones reducidas.

De modo que la práctica no confirma la tesis de Platón, de que las cosas son reflejos de ideas, sino el puro nominalismo. Las cosas existen en tanto que son nombradas. De creer a Platón, resulta que una mesa también en el cielo es una mesa; cuando la contempla un ángel desde los inconmensurables mundos situados por encima del nuestro, resulta que también ve una mesa. ¡Pero esto es imposible! Para cualquiera que no sepa que es una mesa, se trata  simplemente de una mancha de Rorschach. El nominalismo está en lo cierto.


El pensamiento es un proceso teológico

El lenguaje actúa como el espejo. Nuestro punto perceptivo, que se encuentra en oposición al infinito, limitándolo, no puede conectar directamente con el mundo de los fenómenos, sin la intermediación del lenguaje. Mowgli no puede anteponer su punto de percepción al mundo real, no tiene esta posibilidad. ¿Por qué podemos nosotros? Porque existe el espejo en el que se mira nuestra conciencia, que es el lenguaje.

Este lenguaje existe como un sistema de nombres que, partiendo de nuestra posición, conceptualmente proporciona el significado convencional a todas las manchas de Rorschach. El sistema de los nombres pone en marcha su interrelación: los nombres son como el vocabulario, una simple lista de 50 o 60 mil. Y empiezan a relacionarse entre sí porque existe un mediador – el punto de oposición a todo. A través de él las 50 o 60 mil palabras comienzan a relacionarse, construyendo mundos enteros. Ustedes replicarán – mundos ficticios, porque no se trata más que de la creación de un escritor, o las elucubraciones de un intelectual, de un fantasioso. ¡Pero es que no hay nada más! El problema consiste en que la conciencia no puede equivocarse, porque no hay nada que le pueda decir: “Soy más verdadera”.

Contra la conciencia únicamente puede argumentar otra conciencia, o sea otra modalidad de conciencia. Y pueden estar demostrando la autenticidad o las ventajas de la una o de la otra, sin apelar a algo externo a la conciencia misma (porque fuera de la conciencia no hay nada), sino partiendo de las cualidades interiores del proceso de la combinación de los nombres. Estrictamente, el pensamiento es el proceso de la combinación de los nombres. El pensamiento es un determinado misterio de la operación con los significados, y se opone a la sabiduría instintiva, relacionada con el logos. La sabiduría instintiva puede ser telepática, basada en la transmisión de la impresión sin palabras y el intercambio entre los campos psíquicos.

El pensamiento es exactamente aquel instrumento, dentro del cual y a través del cual, la conciencia puede proponer el superobjetivo teológico global: siendo la consecuencia del error y al mismo tiempo la única garantía de la verdad, la conciencia puede colocarse en la perspectiva en la que el error se resuelve a través de la renovación del ser, como la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo, como la salida a aquella realidad en la el agua fluye hacia arriba y las piedras florecen con rosas. Es la realidad que promete la religión, la teología. Se pone en práctica, extrañamente, no a través de desconocidas fuentes de sabiduría, no a través de la conexión con los mundos sutiles platónicos en los que residen las ideas. Esta realidad se plasma a través del pensamiento, que es la tecnología operativa de la política, la tecnología operativa del poder y al mismo tiempo es un proceso teológico.


Teología política del finalismo

De modo que la gnoseología como fenómeno de la conciencia (aquello que se opone a la infinita realidad) al mismo tiempo constituye la base del proceso histórico muy concreto, que nos lleva a la finalización del tiempo y la salida hacia la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo, es decir a la superación del ser en su calidad substancial inerte, “de barro”. Y al tratarse de un proceso teológico es también un proceso providencial, y no, como en Hegel, la dinámica que va de lo general a lo concreto; es decir que se trata de la realización de un propósito providencial, del pensamiento del sujeto divino, que se encuentra fuera del todo. La conciencia, que se encuentra en oposición a todo, y al mismo tiempo dentro como su limitadora, señala hacia este sujeto.
Se podría decir, que la conciencia dentro de nosotros es como el agujero hecho en la puerta, que interrumpe su homogeneidad. Pero se trata del agujero abierto para que la llave entre en él, la llave que aparecerá, que será introducida. Para que esta llave sea introducida, hace falta un proceso, que se corresponderá con la calidad de esta conciencia, la calidad de su naturaleza. El objetivo es crear el espejo en el que podrá reflejarse el propósito providencial. Sería comparable con el trabajo creativo del director teatral. La historia sería como el argumento de una obra de Shakespeare. “Hamlet” hace tiempo que fue escrito y tan solo puede ser representado. Diferentes directores seleccionan a actores, realizan el casting, al principio no sale, hacen ensayos, ensayos que fracasan… Y así hasta que, antes o después, aparezca el director correcto, que lea bien a “Hamlet”, que seleccione a los actores apropiados. Entonces por fin se hará la representación que sea la victoria absoluta, el triunfo absoluto, es decir telos – el fin, la finalización y la catarsis del significado de la realidad, cuyo testimonio por nuestra parte habla de su carácter erróneo y de la necesidad de corregir el error.
Tenemos a tres jugadores en el escenario de la realidad actual global: el club tradicionalista, el club liberal y el club radical. El club tradicionalista, que estuvo gobernando hasta el año 1914, y que debido a los episodios geopolíticos y sociales se retiró abandonando el primer plano, ve el mundo como la sombra de los mundos superiores. Se trata del escalón más alto de la pirámide clerical y de aquellos que están detrás – los stárets (maestro espiritual, sabio, ermitaño equivalente, por ejemplo a sheij en la cadena iniciática sufí  – N. del T.) y sus análogos en todas las confesiones. El club liberal (que integra a la izquierda, a los social-demócratas con el marxismo incluido, y a la derecha, hasta los fascistas) estuvo recopilando fuerzas a lo largo de los últimos 200 años y después de 1945 había ganado. La plataforma ideológica de la conciencia liberal es la afirmación de lo positivo de aquí -presencia. Los liberales tienden a parasitar y a imitar, pero una vez que han ocupado el proscenio ya no queda nada que se pueda imitar, y ya se ha consumido todo sobre lo que se podía parasitar.

La actual lucha entre los tres clubes tiene como objetivo la victoria, pero para vencer hay que atraerse a la mayoría silenciosa. Esta mayoría está representada por el polvo de las megápolis, desprovisto de raíces, cuyo estado interior dominante es la incomprensión total de lo que ocurre y la reacción negativa que esta incomprensión provoca. Para estas personas el club radical propone tres consignas: el sentido, la libertad y la justicia. Acerca del sentido ya hemos hablado. La libertad se entiende como la no obediencia al arquetipo, es decir a satán. La justicia es cuando la libertad y el sentido se unen de tal manera que la vida vivida no sea la existencia del polvo en el viento; la vida se convierte en algo que posee el significado para toda la historia de la humanidad.

Así es cómo trabaja la conciencia radical, así es cómo se ve. Para la conciencia tradicional el mundo es la armonía, en cuyo centro está situado el criterio del bien, que gobierna el todo, y el único objetivo posible es el movimiento en dirección a este bien. Para la conciencia radical el Universo representa un reto y la consecuencia de un error. Porque nuestra conciencia es la limitadora del infinito, lo cual nos lo muestra nuestra propia experiencia ¡pero al mismo tiempo esto no puede ser! Este “error” es la aporía que actúa tanto dentro de nosotros, como dentro de la historia, y dentro de los mecanismos del gran socium, como el reactor nuclear del Espíritu.


Fuente: http://www.intelros.ru/intelros/reiting/reyting_09/material_sofiy/8810-doktrina-finalizma.html


Interunion

2017 - Península Ibérica Interunión