La sociedad de la información - túnel sin ninguna luz al final

La sociedad de la información – túnel sin ninguna luz al final

Geidar Dzhemal

Fragmento del libro Daud vs. Djalut (David contra Goliat), Moscú 2010

Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos



La interesada “ingenuidad” de los apologistas de la información

Hace ya bastante tiempo que vivimos en las condiciones de la sociedad de la información, de la que por inercia siguen discutiendo los futurólogos. Los analistas y los filósofos aparentan que todavía no está todo claro en cuanto a la sociedad de la información construida como arma para gobernar. Bastantes intelectuales nos aseguran que el predominio de la información sobre todas las demás variedades de experiencia intelectual va a procurar a la humanidad un futuro feliz, desconocidos grados de libertad… Pero no se entiende en qué se basan para asegurarlo, pues los primeros, aunque ya muy serios síntomas de la crisis, que afecta a la existencia humana gracias al uso de  de los canales propios de la sociedad de la información, están a nuestro alrededor.

El problema del “alcoholismo” televisivo se discute desde hace tanto que ha dejado de impresionar. Los huraños “teleadictos”, hundidos en sus sillones, con la mirada puesta en la pantalla, no solamente están desconectados del espacio social: el hombre televisivo absorbe las imágenes de los acontecimientos, pero ya es incapaz de participar en ellos; están desconectados incluso de la vida de su propia familia que está a su lado… Las amas de casa que discuten las peripecias de los “culebrones” con mucho mayor interés que sus propios problemas, también pertenecen al ingenuo día del ayer, el primer rumor de la próxima tormenta. Hoy las almas y los corazones de las personas se están llenando poderosamente con la comunicación interactiva mediante el flujo de la información. Y si todavía los blogs y los fórums lejanamente recuerdan la tradicional correspondencia entre las personas, la inmersión en los juegos interactivos o la así llamada “internet económica” se convierten en un serio problema socio-psicológico.

Hay una buena imagen para comparar, aunque chocante para algunos, la conexión interactiva al flujo de la información recuerda a: ¡la máquina tragaperras! La persona marca el código (hace su apuesta), echando monedas en la ranura (su tiempo personal), tira de la palanca - ¡zas, ha perdido! Se puede repetir el proceso hasta el infinito. De vez en cuando la máquina devuelve la calderilla, una miserable compensación moral por la malgastada en nada, la irrecuperable existencia personal del hombre.


Información como entropía intelectual

La máquina tragaperras, accesible para el simple mozo de carga, representa la versión “torpe” de aquello en lo que está sumergido el intelectual que trabaja en la Red. La coincidencia más peligrosa aquí es la participación personal en el proceso, tanto del jugador, como del usuario. Claro que el lavado del cerebro también se puede llevar a cabo a través de las formas más conservadoras de influencia: la misma palabra impresa, por ejemplo, en su actual forma reducida y sin contenido real (el brillante Pelevin, creo que se refería precisamente a este aspecto de la influencia informacional en su “Imp V”: glamour y discurso). Sin embargo, el lector conserva una determinada independencia con respecto al texto justamente gracias a que no está introducido en la dinámica de su formación. En actualidad se extienden cada vez más los flujos de la información que prevén la participación directa del consumidor en su formación. En este caso prácticamente desaparece la diferencia entre el “mensaje” y el juego interactivo (recordemos la famosa frase de Marshall McLuhan: “la comunicación es el mensaje” – N. del T.).

Uno de los equívocos más extendidos, que impiden comprender lo específico de la influencia del flujo de la información sobre la personalidad humana, es la confusión entre los conceptos de “información” y “conocimiento”. Los hombres suelen colocar el signo de igualdad entre ambos o, al menos, considerar que la información es la manera de transmitir cierto conocimiento. Se trata de un error peligroso, porque el conocimiento y la información son dos cosas completamente distintas, que no dependen una de la otra. Por ejemplo, ama de casa mencionada recibe mucha información acerca de las creaturas virtuales, llamadas “segunda mamá” o “simplemente María”, ¿pero qué conocimiento adquiere de esta información? Aunque hay otro ejemplo, más convincente que procede del campo de la ciencia: cuanta más información poseemos sobre la localización de determinada partícula, tanto más indeterminada es esta localización. El crecimiento exponencial de los datos informativos está acompañado por la simultánea desaparición del conocimiento real. Esto sucede porque lo específico de la información consiste en su carácter de signo y su virtualidad. Responde únicamente de sí misma, y no de lo que presuntamente “comunica”. En última instancia, el único conocimiento que contiene la información son las reglas de juego con sus elementos virtuales.


La enajenación de la existencia personal: el modelo de ayer y el de mañana

Todo lo dicho hasta ahora podría tratarse como un problema cultural o teórico, que de momento se refiere a un segmento relativamente pequeño de la población. ¿Pero qué ocurre cuando la información se convierte en el factor de la formación estructural de la economía? ¿Qué ocurre cuando se convierte en el criterio sistémico de la organización de las relaciones sociales? Su absorbente virtualidad, la independencia del mundo objetivo real, dureza a la hora de imponer las reglas de interacción con el flujo de signos se convierten en una poderosísima presión, cuyo resultado es la conversión del usuario en una terminal pasiva dentro de todo el proceso.

En la sociedad anterior a la de la información el hombre se veía obligado a entregar parte de su tiempo físico exterior al mercado laboral, para poder mantener a sí mismo y a su familia. Esta sociedad del pasado, cuyos horrores dickensianos van a parecer un idilio patriarcal, comparados con lo que nos depara el futuro, no atentaba contra el tiempo interior del hombre. Ni el contramaestre-vigilante, ni el capitalista se interesaban por saber que pasaba por la cabeza del proletario, que estaba trabajando en su turno delante de la máquina o la cadena de producción. Tampoco les preocupaba a los capitalistas y sus servidores lo que el explotado experimentaba en las profundidades de su propia alma. Tuvo que surgir la sociedad totalitaria (léase “Nosotros” de Zamiatin, “1984” de Orwell), para poner bajo seria duda el derecho del hombre de controlar el contenido de su propio “yo”. El totalitarismo justificaba la penetración en el alma – la remodelación de la personalidad mediante la información, realizada todavía con los métodos arcaicos directos, con la apelación al interés común, la necesidad de cumplir con la obligación en el nombre de la causa común. Sin duda, se trataba ya de una clara tiranía. Pues la esencia fundamental de la tiranía consiste en que al hombre le obligan a abandonar sus asuntos y a dedicarse a realizar el trabajo ajeno. Lo cual puede llevarse a cabo a través de la obligación directa, como, por ejemplo, ocurría en el feudalismo (servidumbre de la gleba), o cuando la no menos feudal por su esencia alienación a favor del “Sistema” se motivaba ideológicamente. Los hombres traían al altar de la enajenación a favor del “Sistema” a toda su vida, sinceramente olvidando su interés particular. Pero semejante tiranía con su soporte informativo y la intromisión en el alma no es todavía más que su variante “suave”. La verdadera opresión comienza en el momento cuando el “Sistema” ya no necesita a la ideología, para psicológicamente motivar la enajenación en el nombre del “bien común”. Le basta con la fuerza de la sola información, no relacionada con ningún estimulo existencial, ninguna ética, para obligar al hombre a entregarle ambos tipos del tiempo del que dispone. El hombre informatizado sacrifica al “Sistema” no solamente el tiempo exterior, vital que, por supuesto, es finito e irrecuperable; también entrega el tiempo interior dedicando su dimensión más íntima, del alma al espacio virtual absolutamente extraño. Y además ni siquiera recibe la miserable recompensa que obtenían sus abuelos en forma de la interpretación ideológica, que al menos era suficiente para consolar el superyó. No, el hombre-terminal totalmente pasivo pierde el superyó y a cambio recibe el derecho de sublimar su inconsciente en los derrames del juego virtual. Desocializado y atomizado, se convierte en un envoltorio vacío, cuyo contenido fue absorbido por el flujo de la información.

Por cierto, ya en la actualidad muchas empresas portainsignias de la así llamada economía intelectual, atraen a sus páginas web a multitud de usuarios, a los cuales se les propone resolver tal o cual problema científico o tecnológico. Aunque parezca extraño, la gente malgasta gratis millones de horas en internet para resolver estos caros rompecabezas y a menudo obtiene el éxito. ¡Los investigadores señalan que semejante industria, que recuerda mucho el timo, al día de hoy mueve el volumen financiero comparable con la rentabilidad económica de grandes centros de investigación!


Exhibicionismo ante el rostro de satán 

La otra cara de la sociedad de la información es la transparencia total de la vida privada y la intromisión del “gran hermano” en prácticamente cualquier actuación del ciudadano de a pie. Todo ello en gran medida se motiva con el argumento de la seguridad, con la demostración de vez en cuando de las actuaciones del “terrorismo internacional”; pero seamos honrados hasta el final, el hombre actual está psicológicamente hasta tal modo reestructurado para el formato informacional, que se ha convertido en el portador del sorprendente  complejo de “exhibicionismo social”: siente la felicidad masoquista al pensar que el gobierno y los servicios secretos saben sobre él más que él mismo. Lo malo de las descripciones informacionales de una persona consiste en que, debido a la desunión entre la información y el conocimiento no se entiende qué conclusiones pueden sacar los órganos competentes de tales o cuales datos. Porque la gente sencilla no tiene la comunicación inversa con el sistema y no puede influir sobre cómo van a valorar su descripción codificada aquellos quienes deciden su destino.

Jacques Attali en su ya antiguo libro “Horizontes del 2000”, al describir el bastante terrible paisaje social del futuro espacio humano, de repente reconoció al final del libro, que a él personalmente las perspectivas trazadas más bien le asustaban que alegraban. Pero, añadía a continuación, aquí no hay nada que hacer, porque este horrible destino de la humanidad posee un significado religioso y hacia él lleva un determinado imperativo superior. Aunque, ciertamente Attali no insistía que en este caso la palabra “religioso” sea sinónima de “divino”. Más bien al contrario: tanto él, como muchos analistas del otro campo – Wallerstein, Chomsky y otros – tienen claro que detrás de la sociedad de la información se esconde la “iglesia de satán”, aquel club de las élites que ya hace mucho que se han emancipado de los destinos de la simple humanidad “mortal”, utilizada como donante y el animal de carga para la tan esperada realización del proyecto “Superhombre”, a la vez tan antiguo como el mundo.


¿Quién manda en “Casa”?

A lo largo de los últimos 300 años en la historia de Occidente se estaba formando intensamente el nuevo cuerpo de las superélites, en el que encontró su realización el concepto fundamentalmente distinto, no tradicional de la nobleza. La visión anterior de la clase dirigente se basaba, por usar el lenguaje científico actual, en los conceptos analógico-simbólicos. El orden terrenal reflejaba el celestial. Los señores eran los garantes del aspecto ético de la sociedad, responsables del Bien.

La nueva visión de la casta de los “elegidos” supone que las superélites no dependen de ninguna perturbación, ni crisis, que afectan a la sociedad, permanecen inalcanzables para el mar de la vida y las tormentas históricas. Según este modelo, ninguna guerra, ni revolución deben amenazar la posición de los gobernantes, que mantendrán la transmisión estable del poder a sus herederos para todos los tiempos venideros. Por otro lado, esos gobernantes no pueden tener ninguna responsabilidad por los problemas que sean, que vayan surgiendo en el mundo de los “mortales”. Para resolver este difícil problema de la “deshistorización” de los señores hace falta crear el “Sistema” en su aspecto actual desarrollado. Se trata de crear tal organización del gobierno de todos los macroprocesos dentro del espacio humano, que permita, en primer lugar, el crecimiento continuo y estable de todos los indicadores y, en segundo lugar, que permita neutralizar todas las crisis que acompañan al crecimiento. Únicamente es posible cumplir esta condición si la sociedad global es sometida a las leyes del espacio informacional cuantitativo, que está liberado de la conexión con el mundo objetivo de los hechos. De la resolución de este objetivo teórico en la segunda mitad del siglo XVII se había encargado Gottfried Wilhelm Leibniz, filósofo de origen alemán, quien sin exagerar se convirtió en el manager político y el organizador corporativo de la cúspide monárquica paneuropea.

Precisamente Leibniz en su filosofía formuló las premisas de la teoría de la información, creando la doctrina sobre las dos verdades: la lógica, que es incondicionada y necesaria, y la fáctica que está desprovista del valor de conocimiento y del valor ético. Según Leibniz, Dios es un árbitro-informacionista, que escoge la solución lógica óptima de entre todos los variantes posibles. El mal pertenece a la esfera empírica “no obligatoria”, de la que el “Ser supremo” no tiene ninguna responsabilidad. La monadología de Leibniz y su teoría del conocimiento sentaron las bases de las actuales teorías liberal-conservadoras de la sociedad, que en realidad aseguran el poder incontrolado de la superélite, que se ha identificado con el árbitro de Leibniz que no se responsabiliza de nada y cuyo poder asegura la mejor configuración del mundo de todas las posibles.

Casi al mismo tiempo con la muerte de Leibniz al poder en Inglaterra había accedido la dinastía Hanover, que todavía durante su período continental veía en el filósofo a su “gurú” del palacio. Un par de años después – en 1717 – fue fundada la Gran Logia masónica de Inglaterra, que desde entonces comenzó a supervisar todos los procesos que transcurrían en la esfera de la “alta” ciencia teórica y, consecuentemente, en la esfera de la preparación de la capa superior de los expertos e intelectuales del Imperio Británico. Precisamente la dinastía Hanover con su visión globalista del orden mundial y la nueva metodología en cuanto a la proyección civilizatoria se puso a construir de manera directa el orden mundial, cuyos contornos se perfilan hoy con toda claridad.

 

  Fuente: http://www.kontrudar.com/?p=303


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