Lucha de clases en el siglo XXI (1). Época actual como campo de batalla entre los clanes burocráticos mundiales

Geidar Dzhemal

Lucha de clases en el siglo XXI (1)

ÉPOCA ACTUAL COMO CAMPO DE BATALLA ENTRE LOS CLANES BUROCRÁTICOS MUNDIALES

26 de junio de 2012, Revista Odnako.org #20 (129)

Se trata del primer artículo del ciclo “Lucha de clases en el siglo XXI”. En los próximos artículos hablaremos de los dueños de estos clanes, del proyecto del gobierno mundial y del trasfondo teológico de la lucha de clases.

Traducido del ruso.


Indudablemente el mayor mérito del marxismo consistía en que utilizaba el “enfoque de clase”. Esa específica expresión define a la vez varias posturas intelectuales. En primer lugar se trata de la doctrina de la lucha de clases. Representa el fundamento y el nervio del marxismo. Según esta doctrina la humanidad cuya principal ocupación consiste en el intercambio de substancias con el medio que la rodea, se divide en grupos que juegan distintos papeles dentro de este intercambio. Se diferencian por su relación con el proceso de producción y el consumo de los bienes. En el marxismo las clases se definen estrictamente desde el punto de vista de la economía, de manera “materialista”. Sin embargo hay que señalar que el marxismo no puede mantener la pureza de su enfoque materialista y se tiñe de entusiasmo irracional cuando habla del papel mesiánico liberador de la misión del proletariado. Segundo momento importante del enfoque de clase, aparte de la propia doctrina, es el análisis de clase. Lo que significa que detrás de lo que ocurre en la escena política el marxismo busca la lucha de grupos que persiguen sus intereses de grupo concretos. Si se trata de la historia, tan solo hay que determinar en qué época qué clases están actuando. Por ejemplo, sería extraño intentar comprender a través de las realidades de la “Situación de la clase obrera en Inglaterra” (trabajo de Engels) la situación en Florencia del siglo XIV: ¡se trata de clases distintas! Pero si los actores de cada época están determinados, la comprensión de cualquier acontecimiento se convierte en algo fácil y entretenido…

Después del derrumbe del sistema socialista el marxismo quedó desacreditado tanto como ideología política como método científico. Su deconstrucción comenzó al menos treinta años antes del final formal de la partocracia soviética. Por un lado surgió el fenómeno del eurocomunismo que desafió la visión dogmática, oficial de Marx en la URSS. En Europa comenzaron a añadir al materialismo histórico el psicoanálisis, existencialismo e, incluso, nietzscheanismo, preparando así los cocteles ideológicos difícilmente digeribles para Moscú. Pero también el propio Moscú era “bueno”: después de desembarazarse de Kruchev, los enfermos y deseosos de encontrar la tranquilidad “ancianos del Kremlin” idearon la convergencia con el capitalismo y mataron la más viva célula del marxismo-leninismo – renunciaron públicamente la tesis de la dictadura del proletariado.

El Kremlin soviético anunció que la lucha de clases en la URSS había terminado, el proletariado se había convertido en la clase obrera, que aún ocupando el privilegiado lugar central, se ha vuelto muy buena a lo largo del medio siglo del poder soviético y ya no quería dictar. Como que se había construido un estado popular para todos, en el que lógicamente existían diferencias entre distintos grupos (por ejemplo, entre los profesores y las vaqueras), pero que no eran tan fundamentales.

La sociedad global actual consume la experiencia de la historia soviética a cucharadas como una medicina milagrosa. Uno de los momentos más importantes de esta experiencia es la comprensión de que el enfoque de clase conlleva un colosal peligro para el orden mundial. Precisamente por eso todos los recursos de la mediocracia actual están movilizados para el lavado de cerebro del hombre-masa mundial para convencerle del mito de una sociedad común, de la causa común, de la solidaridad liberal de Strauss Kahn con la chacha de Guinea y del pintor muerto de hambre con el príncipe de Mónaco. Todos viven para la felicidad y el bienestar en el paraíso liberal, donde el uno por ciento de los pudientes posee el 90% de las riquezas de la Tierra.

Hablar de otra manera, señalar cualquier tipo de desigualdad político-social en esta sociedad políticamente correcta significa el extremismo y hate speech. Te meten en la cárcel. La desigualdad solo existe en la horizontal y no en la vertical: lamentable desigualdad de algunas minorías. Los gays aún no son del todo iguales a los heterosexuales, las mujeres aún no han neutralizado del todo el factor masculino, las minorías nacionales en algún lugar aún no dominan sobre la mayoría étnica, pero se lucha contra ello. Cualquier intento de señalar que en la sociedad actual los poderosos no solo no desean el bien a todo lo vivo, sino que convencidos tienden al mal, se encontrará con tales medidas de fuerza y persecución jurídica, que los totalitarios tiempos soviéticos en comparación con los actuales parecen de color rosa.

Se debe devolver a la politología actual el análisis de clase como un método impecable. El problema consiste en que, en primer lugar, ya no hay clases que había en los tiempos de Marx o, incluso, de Stalin maduro. Y en segundo lugar: también en los tiempos de Marx la verdadera naturaleza de las clases de diferenciaba de la que figuraba en su doctrina.

Es inútil agarrarse al materialismo histórico. No aguanta la crítica lógica, porque los impulsos materialistas no forman historia. Historia es un motivo dramático que tiene sentido y que presupone que dentro del Gran Tiempo humano se esconde una intención. Historia es el conflicto entre los tipos de conciencia, tan solo velado por los intereses egoístas. En realidad, todavía Hegel señalaba que el Espíritu universal utiliza a los hombres como instrumentos, implicándolos en la acción a través de sus pasiones, deseos e intereses. Los hombres piensan que están resolviendo los asuntos de su éxito personal y en realidad se convierten en las marionetas del Espíritu universal (Idea).

El hombre actual del socium liberal global está desclasado desde el principio, independientemente de su fortuna y estatus social (la única excepción son el clero y la aristocracia hereditaria, pero de ellos hablaremos más tarde). Está desclasado, ante todo, porque está desprovisto de estamento. En otras palabras, no posee la moral estamental, ideología, orientaciones que nítidamente determinaban unos u otros grupos funcionales en una sociedad jerárquica vertical. Pero esto no quiere decir que el socium de hoy, el espacio político de las megapolis esté desprovisto de la vertical. La principal división que salta a la vista incluso con un análisis superficial es la división entre el elemento desclasado, que no está organizado, pero sufre la organización y control y otro elemento, aparentemente también desclasado que está organizado y que organiza y controla a los demás. En un lenguaje llano se trata de la polarización social entre la población y los funcionarios. 

El secreto de esta polarización consiste en que desde el punto de vista antropológico-social tanto el burócrata como el hombre de la calle pertenecen exactamente al mismo tipo. Se trata del desprovisto de raíces habitante de la ciudad medio instruido que en la época posburguesa (después de 1945) ha adquirido nuevos derechos, posibilidades y libertades. Para semejante lumpen de nuevo tipo -  a diferencia del viejo lumpen que eran proletarios desempleados criminalizados – la desaparición en el mundo occidental de la posguerra de una nítida estructura estamental, al mismo tiempo representa la desaparición de la disciplina real. Los padres y abuelos del plancton de la megapolis anterior a la guerra recibían palizas en casa, las tundas de los maestros en el colegio y conocían su lugar social. Aquellos de entre ellos que lograban alcanzar el puesto de algún “maestro de postas” se respetaban enormemente a sí mismos y al sistema que les proporcionaba el estatuto de “tornillo” para convertirlos en “personas”.

Las generaciones de posguerra recuerdan a las partículas del movimiento browniano: están atomizadas, únicamente se someten a la presión de la ley policial, son oportunistas al máximo y se orientan en mayor o menor grado hacia el parasitismo social. Por eso la frontera entre aquellos que se quedan en la calle – o en el mejor de los casos – en las insignificantes oficinas, y aquellos que acceden a los Despachos, se determina tan solo por la capacidad de disciplina y la disposición de mantener  las relaciones corporativas de mando y obediencia. Por fuera de estos despachos queda el lumpen desorganizado. En su interior penetra el lumpen organizado. Como regla, este tipo de burocracia estatal se forma a partir del elemento desclasado al que menos generaciones separan de la “tierra”. En otras palabras, el burócrata nacional aún recuerda al abuelo campesino.

La burocracia nacional se afianza sobre los tres pilares, orgánicamente relacionadas con la mentalidad campesina, que en las condiciones urbanas o se descompone o se convierte en las virtudes del aparato: anonimato, procedimiento y disciplina. El procedimiento es aquello gracias a lo cual el burócrata tiene el poder. Es la barrera guardacruce y por traspasarla la burocracia estatal cobra el tributo a la sociedad. La mercancía que produce la burocracia es la firma de autorización en el documento. El procedimiento solo funciona en las condiciones de la disciplina más estricta, cuando todos los engranajes de la máquina están perfectamente engarzados unos con otros. En el trabajo del aparato no hay lugar para la iniciativa, arranques personales, quedan excluidos los altibajos psicológicos. Por eso para la corporación burocrática la presencia de una personalidad mínimamente destacada es un pecado imperdonable. El mundo de los despachos es una estructura de red, en la que están sentados los ceros humanos que se comunican telepáticamente unos con otros.

La base común que atraviesa a estas tres posiciones – anonimato, procedimiento y disciplina – es el ansia de seguridad, de lo predecible arraigada en los genes campesinos. La seguridad como garantía estatal del presente, como la pensión por los años servidos, como lo inevitable de la existencia de un mismo sistema estatal mañana y pasado mañana, gracias a los cuales el lumpen organizado se libra del terror existencial ante el medio natural, que para él como el nuevo habitante de la ciudad se convierte en el impredecible medio de la megapolis.

La sociedad urbana, el lumpen desorganizado del gran mundo fuera del despacho – es el enemigo del funcionario del aparato, pero desde hace algún tiempo tiene a un enemigo mucho más terrible y real.
Nuestra época de la transición crítica se caracteriza por una cruel lucha entre dos macrocorporaciones burocráticas. Por un lado, ya descrita burocracia nacional: ejército de parásitos sin rostro, con raíces campesinas  y las tecnologías de procedimiento. Ellos actúan en un medio que comprenden, que habla su idioma, viven de los medios asignados por los presupuestos, que se forman de los bolsillos de sus conciudadanos, tratan con el sistema político que entienden de los partidos y movimientos detrás de los cuales está “el electorado”. Sus competencias permanecen dentro de unos determinados límites y las relaciones con las corporaciones de los funcionarios de estado de otras naciones se reglamentan según los procedimientos específicos internacionales que ellos entienden.

Por otro lado, a lo largo de los últimos decenios se ha formado una nueva corporación de burócratas internacionales. En los años de posguerra varias superpotencias y grandes potencias, que dividieron el mundo entre sí, crearon para gobernarlo las uniones supraestatales de tipo civil y militar, la primera de las cuales fue, por supuesto, la ONU. En un principio los aparatos de los funcionarios de estas organizaciones supraestatales dependían totalmente de las capitales imperiales que asignaban los medios para su funcionamiento. Pero poco a poco esas estructuras se complicaron, crecieron y se independizaron prácticamente del todo de sus sponsors iniciales, convirtiéndose en las estructuras burocráticas independientes. La complejidad y el carácter multiaspectual de la burocracia internacional, el entrelazamiento de sus distintas subsecciones fueron creciendo en avalancha a lo largo de los últimos decenios. Hoy podemos hablar de al menos tres tipos principales de la burocracia internacional.

El primer tipo es la burocracia supraestatal, en la que entra en primer lugar el complejísimo aparato de la ONU y de su filial humanitario – UNESCO. Son los interminables comités y comisiones, es – no olvidemos – la dimensión militar (“misiones de paz”), la educación, beneficencia y la defensa de los derechos. La burocracia supraestatal es la que más cerca se ha acercado al ambicioso proyecto de la formación del gobierno mundial. El segundo tipo de la burocracia internacional es su sección interestatal. A él pertenecen  los aparatos de las formaciones supranacionales regionales como la Unión Europea, la Liga de los Estados Árabes, Organización de los Estados Americanos, etc. Paradójicamente esas estructuras tienen más libertad burocrática que las formaciones globales que teóricamente están por encima y pertenecen a la ONU: así, por ejemplo, en la Unión Europea los estados miembros no tienen derecho al veto. No olvidemos tampoco una sección especial de la burocracia interestatal – la burocracia de uniforme que manda los bloques militares. Pese a la desaparición del campo socialista ahora hay tantos como hace medio siglo.

Y, por último, la burocracia no estatal. Son los aparatos de los fondos internacionales, de las organizaciones benéficas como la Amnistía Internacional  o Greenpeace, así como las asociaciones deportivas internacionales.

Estas tres secciones principales forman una fuerza que no tiene las limitaciones de las burocracias nacionales. Para ellos no existen los electorados, presupuestos, políticos nacionales como los factores con los que hay que contar. Por eso la burocracia internacional y la nacional están separadas por la indudable incompatibilidad de los intereses tanto económicos como políticos. Tienen diferentes dueños, distintas fuentes de financiación, diferentes métodos de control. Y lo más importante – tienen distintos conceptos de cómo mantener su propia seguridad. Hoy son como dos dragones que luchan entrelazados en un abrazo mortal. Libia, Egipto, Túnez que se han transformado ante nuestros ojos son en realidad son los campos de batalla en los que la burocracia internacional ha vencido a los aparatos de las soberanías nacionales.


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