Lucha de clases en el siglo XXI (2). Los dueños de los clanes burocráticos mundiales

Geidar Dzhemal

Lucha de clases en el siglo XXI (2)

LOS DUEÑOS DE LOS CLANES BUROCRÁTICOS

30 de junio de 2012,  Revista Odnako.org #21 (130)

Traducido del ruso.


Por su composición humana y de cuadros la burocracia internacional se diferencia fundamentalmente de las burocracias nacionales. Estas dos corporaciones se diferencian no solo por su ideología, objetivos históricos, métodos de gobierno y fuentes de financiación. Se oponen también por su base antropológica: poseen distinta antropología social.

Antes hemos dicho que existen tres tipos fundamentales de burocracia internacional: supraestatal, interestatal y no estatal. Las fuentes para el suministro de los cuadros de estos tres contingentes también son distintas.

La más democrática es la génesis de los burócratas interestatales. Por lo general, se trata de personas procedentes de pequeños partidos marginales, que en sus estados han obtenido el estatus de parlamentarios, pero que no tienen perspectivas de entrar en la tendencia mayoritaria. Normalmente se trata de los partidos próximos a los social-demócratas de izquierda o a los “verdes”. Por supuesto, que los funcionarios que llegan a las estructuras de Bruselas a través de este canal, representan un tipo especial de personas que quieren hacer carrera, para quienes las organizaciones políticas nacionales son un estorbo en la lucha por el estatus burocrático internacional.

Los funcionarios que entran en las estructuras supraestatales, como regla, poseen la experiencia de trabajo en los organismos gubernamentales de tal o cual estado y en sus puestos han demostrado ser los promotores del “gobierno mundial” (en fase de formación). Se trata de los funcionarios que hace tiempo han traicionado a sus corporaciones burocráticas nacionales, que han demostrado su lealtad al establishment cosmopolita y que han sido solicitados a nivel de la ONU o de las estructuras interestatales. A veces se les abre la posibilidad de volver al formato de la dirección nacional – lógicamente, para ocupar los máximos puestos. Semejante rotación no diluye la frontera entre la burocracia nacional y sus colegas-oponentes cosmopolitas. Se trata más bien de la rotura de una burocracia nacional concreta, de su sumisión total al “gobierno mundial”. Es lo que nos señalan en particular las nominaciones de Amr Musa (ex-secretario de la Liga de los Estado Árabes) y de Muhhamad Baradei (ex-dirigente del Organismo Internacional de la Energía Atómica) al puesto de presidente de Egipto. La claridad del caso se potencia todavía más si pensamos que con Mubárak Egipto representaba el ejemplo de la burocracia nacional clásica, estrechamente ligada a los republicanos de los EE.UU. La burocracia internacional, apoyada por los demócratas de izquierda con Obama a la cabeza ha intentado aprovechar el movimiento antiautoritario masivo en Egipto para colar a sus candidatos. Cuando quedó claro que los personajes tan odiosos desde el punto de vista de la corporación nacional-burocrática como A.Musa y M. Baradei no tienen posibilidades, el establishment cosmopolita y la Casa Blanca de Obama estaban dispuestos a aceptar incluso al candidato de los Hermanos Musulmanes que les conviene más que cualquier burócrata nacional del aparato de Mubarak. Como resultado, Egipto se encuentra al borde de la guerra civil, que en nuestros días es la forma más frecuente de la lucha entre la burocracia internacional y el funcionariado nacional en cada país concreto.

La más elitista dentro de la corporación de la burocracia internacional es la clase del funcionariado no estatal. Sus estructuras, por un lado están estrechamente relacionadas con los clubs conceptuales que representan las estructuras creativas reales del poder mundial. Por otro lado, precisamente las organizaciones internacionales no gubernamentales tienen las posibilidades de colaborar con el crimen organizado internacional. A través de ellas pasa el dinero de la mafia que debe ser lavado. Con frecuencia justamente en esas “organizaciones no gubernamentales” – en su dirección, entre sus fundadores – descubrimos a los representantes de la vieja nobleza hereditaria, que tiene relación directa con el sistema del poder a través de los clubs.

Por cierto, las organizaciones internacionales no gubernamentales son las menos transparentes y menos controlables ante los organismos de control, máxime teniendo en cuenta que estos organismos de control a su vez pertenecen a las estructuras corporativas internacionales. Cualquier intento por parte de las burocracias nacionales de desafiar la autonomía de las organizaciones no gubernamentales provoca, como regla, un escándalo político.

Burocracia como corporación es un “animal” que siempre necesita  tener dueño. Tanto los burócratas nacionales como los internacionales tienen sus dueños. Naturalmente no solo son distintos, sino que están enfrentados.

Los dueños de la burocracia nacional son los buenos viejos liberales de formación clásica. Es justamente aquella clase política que ascendió para tener vida propia en el siglo XVIII, preparó y llevó a cabo la Gran Revolución Francesa y que, creando al socio político de esta revolución, preparó y llevó a cabo la liberación de las colonias americanas de la metrópoli real británica. El liberalismo clásico que se apoya en los tres pilares de la nueva mentalidad occidental – el protestantismo en cualquiera de sus formas, el préstamo bancario y “el imperio de la ley”, es decir la “jurocracia” (el predominio de los juristas) – es en el plano humano un grupo de personas de profesiones liberales (abogados, especuladores, bohemia artística etc.) que están unidos, por un lado, por su rechazo del régimen feudal-monárquico, por otro – en no menor medida – por su oposición interior a la burguesía industrial.

Cuando hablamos del “protestantismo en cualquiera de sus formas”, no se trata únicamente del luteranismo, calvinismo y demás sectas moralizadoras, sino también de las nuevas formas de “religiosidad laica”, inspiradas por el cristianismo entendido a través del humanismo. Las versiones laico-filosóficas del cristianismo, repensado fuera del contexto eclesiástico, pueden tener un marco teórico muy amplio, hasta la filosofía de la Ilustración, cuya conexión con los hugonotes aplastados en Francia fue perfectamente real. (Estrictamente hablando, el propio marxismo, siendo la versión más izquierdista del liberalismo clásico, también hunde sus raíces en el protestantismo y se inspira en su pathos, sin hablar de que en perfecta correspondencia con la lógica social de la clase liberal, se dirige en primer lugar contra el capital industrial. La misma idea socialista es, ante todo, la subordinación del capital industrial al financiero que, a su vez se subordina a la corporación burocrática del Estado).

El desarrollo de la clase liberal en su sentido clásico llevó a la creación y afianzamiento del sujeto de derecho e ideológico llamado “estado-nación”. El liberalismo logró someter a su juego no solo a la burguesía industrial, que en todos los países adquirió la característica de “nacional” – los liberales impusieron la segmentación en estados nacionales incluso al establishment monárquico. Como resultado ya en la segunda mitad del siglo XIX las monarquías perdieron su rasgo importantísimo: el aspecto sagrado sobrehumano, que convertía a las monarquías en un fenómeno por principio supranacional. Poco antes de la Primera Guerra Mundial las monarquías se habían convertido en liberales, “domesticadas”, en gran medida dependientes de los partidos parlamentarios. Los observadores de aquel tiempo llamaban a estos partidos “burgueses”; en realidad  los verdaderos jugadores en el campo público no eran los capitalistas clásicos, sino la gente de profesiones liberales: abogados, médicos, corredores de bolsa, que se habían transformado en los demagogos profesionales. Precisamente esta clase de personas que vivía no tanto a costa de la economía real del “intercambio de los elementos”, como a costa de la economía de los servicios, es decir a costa de la naciente sociedad civil con sus nuevas necesidades – es la que se convirtió en el dueño real (mucho más que las dinastías y las cortes) de la corporación nacional-burocrática que se acababa de crear. En el período de preguerra los burócratas de Europa monárquica eran en mucha mayor medida controlados por los parlamentos que por las cancillerías de sus majestades.

En el siglo XIX el liberalismo se dividió en el campo de la izquierda y de la derecha. El liberalismo de derecha ganó la guerra civil en los EE.UU., afianzándose en forma del estado burocrático republicano. El liberalismo de izquierda venció en la guerra civil en Rusia de 1918 – 1921 creando en ella la burocracia socialista del partido (nomenklatura). Con ella la cosa tampoco es tan fácil, porque protegiéndose durante mucho tiempo detrás de las tesis de la dictadura del proletariado y, después, de la hegemonía de la clase obrera, la nomenklatura del partido en gran medida dependía de la así llamada “capa intermedia” – intelligentsia soviética.

La parte más influyente, más “del club” de esta intelligentsia  soviética eran los ponentes (“referentura” en ruso, encargados de escribir los discursos y textos programáticos)  de los órganos del partido-gobierno, los “cuellos blancos”. Sobre ellos se orientaban y de ellos dependían las capas superiores de la intelectualidad creativa y científico-técnica. Fue esa “referentura” junto con las “personas de profesiones liberales” la que llevó el régimen al desastre, ya que se había convertido en un obstáculo para sus instintos depredadores corporativos.
Hoy los enclaves más fuertes de la burocracia nacional en el mundo son el Partido Republicano de los EE.UU.y el Partido Comunista de China, los polos derecho e izquierdo de la corporación mundial nacional-burocrática.

De manera que todas las burocracias nacionales que aún no han sido arrolladas por el rodillo del funcionariado cosmopolita tienen que orientarse hacia uno de ellos. La mayoría de los burócratas nacionales por el momento están mayoritariamente relacionados con los republicanos norteamericanos, pero ante nuestros ojos crece el campo de aquellos que ven el salvavidas en la alianza  de la República Popular China con los burócratas estatales rusos, representantes de las estructuras de fuerza (“cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado” – N. del T.).

No en última instancia semejante reorientación se debe a que los republicanos estadounidenses, como resultado de las acciones aventureras de los neoconservadores con Bush a la cabeza, han perdido la iniciativa política en los propios Estados Unidos, por lo que difícilmente pueden en las actuales circunstancias de crisis salvar a sus creaturas, que caen una tras otra bajo el rodillo de los cosmopolitas que han logrado dominar  la ola de la cólera de la “calle mundial”.

La burocracia internacional como sistema expresa la voluntad política de las viejas élites, a las que las revoluciones, guerras mundiales y demás conmociones del siglo pasado han obligado a retroceder temporalmente a la sombra.

El club tradicionalista que reúne en sus filas las capas superiores del clericalismo multiconfesional – desde el Papa de Roma hasta Dalai-lama y los sheij sufís – con las casas aristocráticas, algunas de las cuales siguen siendo dinastías reinantes, - es la base humana de la dimensión significativa del tiempo, en el que la historia aparece como un guión religioso. Claro que este club es tan solo uno de los principales protagonistas del megadrama histórico, pero pretende usurpar por completo el control sobre el curso de la historia y convertirse en el único beneficiario del proceso histórico.

Los monarcas ya habían planeado algún tiempo atrás crear el gobierno mundial. Para ello necesitaban liberarse de los nacional-liberales y de los parlamentos creados por ellos, acusar a los partidos políticos de los sanguinarios crímenes cometidos con sus propios pueblos y conseguir que las masas movilizadas obedecieran completamente a la dimensión sagrada del poder. Cosa que debía ocurrir en el transcurso de una rápida guerra mundial, iniciada por los parlamentos y detenida por los monarcas reinantes. En este caso los lazos de parentesco entre los monarcas debían transformarse en la garantía de la paz eterna y aquel mismo gobierno mundial benefactor, sobre el que a lo largo de todo el siglo XIX posnapoleónico han estado susurrando los clericales de extrema derecha…

¡No ha podido ser! Los nacional-liberales ganaron a los monarcas, prolongando la guerra y convirtiendo al establishment aristocrático en odioso ante los ojos de millones que durante los cuatro años han estado muriendo en las trincheras.

Pero para este círculo de personas que vive y piensa por muchas generaciones y tiene las premisas antropológicas constantes, un retroceso temporal no es más que una pequeña interrupción, un estímulo para la revancha. La época de Lutero, las Guerras Campesinas representaron un desafío mucho más serio para la jerarquía sagrada, pero en aquella etapa todo terminó con la Contrarreforma. En la segunda mitad del siglo XX el Club Tradicionalista ha logrado organizar a la burocracia internacional, que ya hoy representa el borrador del futuro gobierno mundial.


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