Lucha de clases en el siglo XXI (3). Gobierno mundial y el fin de la democracia electoral

Geidar Dzhemal

Lucha de clases en el siglo XXI (3)

GOBIERNO MUNDIAL Y EL FIN DE LA DEMOCRCIA ELECTORAL

7 de julio de 2012, Revista Odnako.org #22 (131)

Traducido del ruso.


A lo largo de los siglos el tema del gobierno mundial fue objeto de fantasías políticas, sueños y proyectos entre muchos pensadores preocupados por la paz mundial y el bienestar. El gobierno mundial parecía la panacea para todos los males que aquejan a la humanidad. En realidad la propia aparición del concepto del gobierno mundial centralizado rompía con la Edad Media y abría el camino a las iniciativas que más tarde fueron bautizadas como “Modernidad”.

Pero es tan solo una ilusión progresista pensar que semejantes concepciones son el producto de la mentalidad de la Época Moderna. En realidad la idea del gobierno mundial o, más exactamente, del “Rey del mundo” es una idea perfectamente tradicional oculta, propia de muchos sistemas simbólicos. De manera evidente el gobernante del mundo está presente en la metafísica budista y en la teología católica. Pax Romana – el Imperio Romano – también se fundamentaba en la idea de la unión de todos los pueblos bajo el mando de un único centro imperial. Antes de Roma el intento más significativo de crear el gobierno mundial fue realizado por Alejandro Magno – 300 años antes de Jesucristo. Más éxito en la misma dirección obtuvo Gengis Khan cuyo imperio duró más tiempo… En otras palabras, la idea de un mundo unificado gobernado por un solo hombre está presente en la conciencia religiosa desarrollada y en la práctica histórica. Por cierto, también los imperios coloniales de alguna manera formaban el gobierno mundial, sobre todo teniendo en cuenta que algunos de ellos eran gobernados por parientes.

Detrás de la idea del gobierno mundial siempre ha estado la idea monárquica, cosa natural si tenemos en cuenta su carácter simbólico-oculto. Desde el punto de vista de los portadores de la conciencia tradicionalista, la humanidad en cualquier caso está gobernada desde un centro oculto a los profanos, que de una u otra manera controla a los gobernantes y líderes de las naciones que están a la vista de todos. Aunque aquí ya entraríamos en la conspirología…

Pero sí que, indudablemente, existió la intención de los monarcas en vísperas de la Primera Guerra Mundial de aprovechar el shock y el sobresalto provocados por el enfrentamiento bélico de las naciones europeas para deshacerse de las democracias parlamentarias que coexistían con el establishment monárquico en prácticamente todo el mundo occidental. En esencia la idea era muy sencilla: la culpa por desatar la guerra era de los partidos políticos y los banqueros. En el caso del buen término de este plan, los monarcas – padres de sus respectivos pueblos – asumían el gobierno, disolviendo los parlamentos y entregando a los tribunales a los presidentes de los partidos y los diputados como enemigos de la humanidad. Ciertamente ¿acaso no votaron todos ellos por los presupuestos de defensa, no votaron por la guerra?

El plan de los monarcas en los inicios del siglo XX no funcionó. El curso de la guerra se escapó de su control y el bando ganador fueron los nacional-liberales. En algunos países el fracaso de la “conspiración monárquica” derivó incluso en el fin del Antiguo Régimen.

La idea del gobierno mundial “brilló” con nueva fuerza con la creación de la Liga de Naciones y sobre todo ya después de la Segunda Guerra Mundial con la fundación de la ONU. Pero en esta nueva etapa el tema fue acompañado de la aparición en la escena política de una nueva clase – la burocracia internacional, una realidad casi desconocida hasta la Segunda Guerra Mundial.

La aparición de la burocracia mundial representaba el final del liberalismo en sus formas clásicas, la llegada de los neoliberales a todas las estructuras de mando político y económico y el ocaso de la democracia electoral que parecía una conquista inalienable de la época moderna.

El mismo concepto de la democracia fue cambiando radicalmente a lo largo de los últimos doscientos años. En el siglo XIX sobresaltado por las guerras napoleónicas y el posterior crecimiento del movimiento revolucionario en Europa los monarcas se vieron obligados a cambiar su posicionamiento en la conciencia de las masas. El liberalismo y la difusión de las ideas de la Ilustración francesa entre los de abajo obligaron a la Iglesia a distanciarse de asumir directamente las decisiones políticas del establishment monárquico. El rey seguía siendo el ungido por Dios, pero aparecía cada vez más no como una figura metafísica, sino como un líder nacional. La figura coronada se convertía en el símbolo del alma colectiva de la nación. La nación a su vez adquiría los rasgos de una unión mística, convirtiéndose en una especie de “iglesia civil” alternativa. En otras palabras, en el siglo XIX vuelve a la historia el fenómeno del paganismo político, característico del mundo precristiano, en primer lugar greco-latino. El paganismo político, relacionado con la unión nacional mistificada (en la que los límites entre los conceptos de “nación” y “pueblo” se van borrando hasta su práctica fusión) exige la democracia como la expresión ritual de la mística de la tierra. Vox populi – vox dei  – el inconsciente colectivo se convierte en un valor político y recibe voz propia.

En esta circunstancia las monarquías son repensadas como la legitimación desde arriba de aquello que representa la verdadera fuente de derecho desde abajo. Es exactamente lo que comienza a ser llamado “la monarquía burguesa”. En su espacio social transcurre una rápida marginalización de la tradicional clase feudal de los propietarios  hereditarios de la tierra-guerreros (nobleza meritoria). Al primer plano pasa la aristocracia de la corte, que no tiene ninguna conexión con el recién aparecido electorado y que representa el contrapeso cosmopolita al omnipresente tercer estamento “que piensa en términos nacionales”. El monarca se convierte en un mediador dentro del triángulo “Iglesia – aristocracia – pueblo”.

“Iglesia civil”, que nace del paganismo político de las capas bajas rápidamente se transforma en el así llamado “cuerpo social”, que ya en el último cuarto del siglo XIX se convierte en un serio estorbo para el viejo establishment. El “cuerpo social” genera la “opinión pública”, crea precedentes para el desarrollo de la mentalidad agresiva liberal, y a partir de un cierto momento la iniciativa política abandona el palacio, trasladándose a los parlamentos, tribunales de los jurados, redacciones de los grandes periódicos etc. Se trata del estadio temprano de la democracia moderna.

La segunda etapa de la idea democrática comienza cuando la anterior llega a su culminación lógica. Sobre la ola del afianzamiento de la identidad nacional nace el nacional-liberalismo de extrema derecha, que lleva a la aparición de figuras carismáticas – líderes alternativos a los monarcas. La figura clásica de este tipo fue Mussolini, quien a lo largo de toda su carrera política posó como la alternativa nacional a Víctor Manuel. Mussolini no tenía fuerzas para librarse del rey y de la Iglesia y por eso tuvo que aceptar el Concordato – el acuerdo político entre el Vaticano, la monarquía y la burocracia del partido fascista. Otros tuvieron una situación más ventajosa. Hitler accedió al poder después de haber ganado las elecciones. Era lógico que mantuviera al antiguo káiser en el exilio holandés, eliminado para el Reich cualquier insinuación del retorno al régimen monárquico. En los nuevos estados nacionales, surgidos tras la desintegración de Austro-Hungría, los líderes carismáticos lo tuvieron todavía más fácil, pues detrás de las naciones burguesas de las nuevas formaciones prácticamente no existía ninguna clara tradición monárquica.

El principio del Fuhrer que triunfó tanto en el ala radical-derechista de Europa, como en su flanco radical de izquierda fue la consecuencia lógica de la primera etapa emocional-nacionalista de la democracia europea, por eso el contenido del segundo período que comenzó en seguida después de 1945 está determinado por la principal preocupación del establishment de no permitir en el futuro la aparición de los Hitler, Mussolini, Antonescu, Horthy ¡y tampoco de Stalin! En realidad el fenómeno del “deshielo de Krushev” se enmarcaba dentro de la reacción de las clases dominantes occidentales ante la amenaza de la nueva personificación del alma colectiva popular en la persona del héroe histórico de turno. En este período llaman “democracia” la sucesión de partidos tan parecidos como gemelos, todas ellos encabezadas por las insignificantes figuras grises, incapaces de emprender ninguna aventura desestabilizadora. La interminable sucesión de los primeros ministros en Francia antes de De Gaulle es el ejemplo clásico y más evidente de lo que ocurría en la escena política mundial. Tanto Churchill como De Gaulle son vistos como figuras carismáticas, peligrosas para la democracia y se las expulsa al fuera de juego. En los Estados Unidos se suprime la posibilidad de tercer mandato para el presidente, en la URSS se condena primero el voluntarismo de Stalin y luego el de Krushev y se impone el estilo de “dirección colegiada”. En este período del desarrollo de la democracia la nación tiene derecho de expresarse a través de cautelosas nulidades que mastican los estereotipos liberales políticamente correctos. El “alma popular” se deconstruye, la idea de la “nación” se racionaliza y se reduce al conjunto de personas que poseen la misma ciudadanía.

El verdadero triunfo de la democracia comienza con la llegada de los neoliberales y la emancipación de la burocracia internacional del dictado imperial de las grandes potencias que habían fundado la ONU. En estas condiciones se lleva a cabo una drástica separación de las esferas de la legitimidad y plenos poderes. Por un lado está el estado nacional – no es tan fácil quitarlo de en medio, por dentro tiene la corporación bastante poderosa de burocracia propia, así como a la “opinión pública” bastante activa. Por el otro lado están la legitimidad y los poderes de los acuerdos internacionales, convenios y convenciones.

La mayoría de los países firma todo tipo de convenios, en los que en el primer punto consta su prioridad con respecto a las leyes nacionales. Todos los acuerdos – tanto si tratan de los derechos humanos como de la expulsión de humos tóxicos a la atmósfera – poseen la hegemonía jurídica y triunfan sobre la legislación nacional. Cuando el fiscal ruso toma el cargo pronuncia el juramento en el que promete cumplir las obligaciones internacionales que tienen la fuerza de ley en el territorio de la Federación Rusa.

Lo cual significa que la burocracia internacional que está directamente relacionada con la aplicación práctica de todos estos acuerdos está más legitimada que sus colegas de la corporación de las burocracias nacionales.

¿Qué es la democracia en esta tercera etapa, la misma en la que la ONU, UE y la OTAN llevan a toda la humanidad sobre las alas de sus bombarderos? La democracia actual significa la máxima transparencia de cada país concreto para el gobierno mundial. Lo llaman transparencia informativa, transparencia, derechos del hombre, etc., pero la esencia es la misma: el territorio ocupado por una determinada comunidad no debe representar un obstáculo para la voluntad política de las estructuras corporativas internacionales.

Para asegurarlo hace falta que esta comunidad deje de existir como tal y se convierta en el movimiento browniano de los individuos atomizados. Hace falta eliminar toda mística que trate del “alma colectiva”, “sangre y suelo” y demás “mitología fascistoide”.

Los instrumentos óptimos para la deconstrucción de esta solidaridad étnica son el feminismo, el movimiento gay, la contraposición de todo tipo de minorías a la mayoría, etc. De manera que si en los comienzos de su manifestación histórica la democracia era el sinónimo de la voluntad de la mayoría, ahora la democracia es directamente lo contrario: el desmembramiento de la mayoría y su sustitución por la arbitrariedad de los marginales y los outsider.

Lógicamente se trata tan solo de un período de transición. En una determinada etapa, cuando la mayoría deja de serlo, porque los mecanismos de su solidaridad están rotos, desaparece la necesidad de las minorías. Ya ahora podemos observar las primeras manifestaciones de la más férrea dictadura que trae consigo el triunfo definitivo del gobierno mundial. La falta de derechos de los padres con respecto a sus propios hijos, la falta de derechos de los ciudadanos frente a las fuerzas de seguridad… Los derechos del hombre se transforman en la falta de derechos que se va multiplicando y ya no encuentra oposición por parte de la protesta ideológica (que prácticamente no existe) o por parte de la nación organizada (está puesta de rodillas). Queda muy poco – acabar con unos cuantos últimos enclaves grandes de las burocracias nacionales, que tienen el acceso a las tecnologías modernas de defensa y el gobierno mundial se podrá dar por un hecho consumado.


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