Manifiesto de la nueva Internacional

Este texto fue escrito por Geidar Dzhemal en 2003 con la intención de crear nuevas bases teóricas para una plataforma global común de lucha revolucionaria contra el Sistema. Pese a que ya han pasado 10 años desde entonces sigue siendo válido en cuanto al análisis de las causas y consecuencias del hundimiento de la URSS y con ella del discurso marxista, así como la dura crítica del “movimiento antiglobalización” cuyo fracaso era inevitable.

Arturo Marián Llanos


Geidar Dzhemal, 2003

Manifiesto de la nueva Internacional

Publicado de nuevo en la página web Interunion.org (28/12/2011)

 

¿Por qué somos internacionalistas?

La lucha política es en primer lugar la lucha entre las distintas formas de conciencia en el sentido más amplio de la palabra. La lucha de clases, lucha entre los partidos, lucha entre las opciones fundamentales en la elección del camino por el que debe transcurrir el desarrollo de la civilización (fe – agnosticismo) – son todos ellos los enfrentamientos que transcurren en la esfera del espíritu, donde se apuesta por la victoria de un tipo de conciencia u otro. El tipo de conciencia que salga victorioso determinará el rostro y el sentido de la historia humana.

El nacionalismo como forma de conciencia se ha formado relativamente tarde, a lo largo de la Historia Moderna. Pero paradójicamente: la ideología orientada al factor nacional se vuelve hacia atrás, buscando su justificación en el pasado histórico remoto. El factor unificador dentro de lo nacional es la unidad del pasado común. Es por lo que el grandioso pasado, los grandes personajes históricos, los héroes legendarios juegan el papel principal como agentes de movilización en la formación del espacio político del nacionalismo.

Hace mucho que esta forma de conciencia retrógrada dirigida al pasado se ha convertido en un poderoso instrumento de desinformación y manipulación en manos de las clases dirigentes supranacionales. Los enemigos de los pueblos utilizan el nacionalismo cínica y descaradamente para sus tecnologías políticas. Incluso las formas positivas de cooperación de las masas oprimidas (de carácter socialista o religioso de liberación) combinadas con el factor nacional llevan a un callejón sin salida y son incapaces de ganar a su enemigo supranacional.

Sin embargo también nos damos cuenta de que fuera de la esfera ideológica el factor nacional entendido como forma de vida, manera de pensar, idioma para expresarse, es un instrumento inevitable e imprescindible para la actividad de la mayoría de los seres humanos que pueblan  la Tierra. Idioma común, psicología común, forma de sentir y estética cotidiana comunes constituyen formas primarias de solidaridad, sin las cuales la vida cotidiana y la lucha por la supervivencia de la gente sencilla sería imposible.

Es exactamente por eso por lo que hablamos del “internacionalismo” y no del “supranacionalismo”. Este último término define la forma de ser de aquellos quienes están liberados de los problemas de este “valle de lágrimas” – pobreza, enfermedades, falta de seguridad para el día del mañana, miedo ante la violencia, falta de derechos etc. – de aquellos que viven del esfuerzo ajeno, a costa de los pueblos, cuya sangre y sudor alimentan a esos supranacionales (los oligarcas globales de las corporaciones multinacionales, la superélite financiera, la nobleza hereditaria, la alta burocracia internacional).

El internacionalismo constituye la base más amplia de nuestra plataforma ideológica, sin la cual no tendría sentido seguir concretando las opiniones políticas que siguen. Desde nuestra postura queda claro que el valor básico de la lucha universal de los explotados es la solidaridad entre todos aquellos que fueron separados de la toma de decisiones sobre su destino, de la posibilidad de expresar su propia voluntad política, de participar en el proyecto común de la historia humana. Estos “apartados” deben actuar conjuntamente en el nivel más bajo, superando las barreras de las culturas, lenguas y formas de existencia acostumbradas, que en los últimos tiempos se suelen denominar con el término de moda “civilización”.

No creemos ni en el presunto choque de las civilizaciones, ni en su diálogo. No se trata más que de las nuevas tecnologías políticas de los poderosos, dirigidas contra los desposeídos.

Cualquier tipo de solidaridad encuentra su expresión práctica en los elementos más activos de entre aquellos que tienen por lo que luchar. Son aquellas personas que están dispuestas a sacrificarlo todo, incluida su vida, para luchar contra la opresión. Como nos demuestra la historia, en los momentos de grandes cataclismos sociales la solidaridad práctica entre estas personas adquiere la forma de “comités” o “consejos”. Historia también nos ha mostrado que estas uniones de base entre los luchadores están condenadas al fracaso si se encierran dentro del factor nacional. Únicamente el internacionalismo de los órganos de autogobierno de la democracia directa garantiza la perspectiva histórica y el triunfo final del movimiento revolucionario mundial.

 

Experiencia de la realización del “proyecto soviético”

La Revolución de Octubre marcó una línea divisoria, a parir de la cual históricamente se ha alcanzado la posibilidad sin precedentes para la eliminación real de la superélite que tradicionalmente ha estado gobernando el mundo. El mayor y más duradero logro de la Revolución de Octubre, cuyas consecuencias aún siguen siendo actuales hoy en día, fue el exterminio de la familia de los Románov, derrota y expulsión fuera del territorio ruso de los supervivientes de la casa zarista y de su apoyo social cercano.

Esto fue posible gracias a la aplicación de un método político novedoso por su principio, que hunde sus raíces en la dimensión jacobina de la Revolución Francesa de 1789-93 y en la Comuna de París de 1871.  Se trata de los consejos como órganos de autogobierno armado de la parte más activa y pasional del pueblo oprimido. Precisamente gracias a los consejos se dio el paso inconformista radical para exterminar en Rusia a un segmento del clan mundial de los gobernantes, después de lo cual en el territorio de una sexta parte de la tierra surgieron unas posibilidades sin precedentes históricos.

Desde el principio el método soviético (“soviet” en ruso significa “consejo”) de la “democracia desde abajo” armada no tuvo desarrollo, y más tarde fue estrangulado, porque el partido bolchevique no logró identificarse plenamente con los consejos y tuvo que enfrentarse a ellos, recurriendo al Estado como instrumento represivo, con el fin de usurpar el poder de los consejos en los intereses del aparato del partido.

Lo cual, a su vez llevó a que el estado usurpara, y más tarde aplastara al propio partido, convirtiendo definitivamente el principio de la autogestión soviética en una ficción. Así se demostró en la práctica que el autogobierno revolucionario de los trabajadores es incompatible con el Estado, en el que los mecanismos del poder son separados de los portadores de base de la voluntad política.

Desde el principio de los años 30 el “poder soviético” en la URSS se había convertido en el poder antisoviético.

La liquidación del PCUS y el abandono del marxismo como ideología estatal no son el final de este período antisoviético, que comenzó con el triunfo político de Stalin y de su grupo. En realidad, el contenido antisoviético de la URSS gobernada por la burocracia-nomenklatura saltó a la superficie y se hizo evidente a la par con la derrota geopolítica del imperio soviético.

Hoy sigue adelante hacia su final histórico el período antisoviético del Estado burocrático de la nomenklatura, creado hace 70 años. Las fuerzas contestatarias de todo el mundo, incluidas las rusas, deben hacer lo posible para acabar definitivamente con este régimen político que representa uno de los instrumentos más peligrosos de la tiranía mundial al día de hoy. La Rusia burocrática “postsoviética” se ha pasado abiertamente al bando del imperialismo internacional en el año 1991, mientras que la URSS estalinista-brezhnevista colaboraba con el imperialismo de manera encubierta.

En los años 30 muchos comunistas honrados, que veían claramente como el régimen estalinista se estaba transformando en un régimen totalitario antipopular, pensaban, sin embargo, que había que defender la conservación de la URSS, que presuntamente seguía llevando el potencial sano original de la Revolución de Octubre. La experiencia histórica ha demostrado que este enfoque era sentimental y erróneo, porque la colaboración oculta del imperio totalitario soviético con el campo imperialista, desde los años 30 y hasta los últimos días de su existencia, destruyó a miles de luchadores, muchos partidos y organizaciones de combate de la resistencia antiimperialista, que creyeron a Moscú y se convirtieron en las víctimas de las traicioneras intrigas de la dirección “soviética”.

El factor positivo del final de la hipócrita era “del partido” en la historia de la burocracia soviético-postsoviética consiste en que el espacio político fue despejado para una nueva iniciativa de la protesta mundial, libre de cualquier fidelidad a un centro burocrático-estatal, que se pudiera proclamar  como “patria del proletariado mundial”.

La eliminación de la élite tradicional, que gobernó a Rusia a lo largo de 300 años (1613 – 1917), obligó al imperialismo mundial a aplicar con respecto a Rusia el régimen de gobierno desde el exterior, apoyado en los arribistas casuales y en los nuevos ricos procedentes de la nomenklatura burocrática  así como elementos criminales. El régimen oligárquico actual, siendo en su esencia un sucedáneo de clase política, poco influyente y limitado en cuanto a sus posibilidades en la escena internacional, convierte la situación política actual en Rusia en impredecible.     

Este carácter impredecible es la característica política más valiosa de Rusia ante los ojos de las fuerzas contestatarias mundiales, que se encuentran en estado de desunión y abatimiento ante el claro triunfo de la tiranía mundial unida. El carácter impredecible permite considerar a Rusia – igual que ya había ocurrido en el año 1917, - como el eslabón más débil en el sistema de opresión global, que puede ser roto con las fuerzas unidas de la internacional revolucionaria. Es la herencia histórica que nos ha dejado la Revolución de Octubre, y que nos ha llegado a través de todos los vaivenes de la idea de la izquierda en nuestro país.

 

Peligros que acechan hoy a la oposición mundial

Después de quince años de letargo, en el que han caído las fuerzas mundiales contestatarias desde el ascenso al poder en la URSS de Gorbachev, en la mayoría de los países se ha disparado la actividad en la calle – mítines y manifestaciones. Las fuerzas de la protesta salen del estupor causado por el derrumbe del sistema soviético. Tenemos ante nosotros al enemigo muy claro – los Estados Unidos de América con su descarada agresividad de superpotencia imperial – lo que en gran medida facilita nuestra labor de consolidación. Además, la oposición pública –moral a la superpotencia que desafía el derecho internacional tradicional, no exige ninguna ideología, que es lo que precisamente nos falta.

En el otoño de 2003 en Europa se celebraron algunas importantes asambleas y fórums, promovidos por distintas fuerzas políticas, pero que se parecían sospechosamente unos  a otros. A principios de diciembre en Grecia en la isla de Rodos a iniciativa del capital oligárquico ruso, estrechamente ligado al poder, se celebró la conferencia internacional, dedicada al “diálogo de las civilizaciones”. El elemento dominante estuvo constituido por todo tipo de representantes espirituales, popes de todos los colores, que hablaron de la “paz y la bondad humana”. Los discursos clericales como siempre fueron bienintencionados y desprovistos de contenido. Poco después, a principios de octubre en Italia tuvo lugar la quinta asamblea de la así llamada “ONU de los pueblos”. Los demócratas de izquierda italianos (centristas) se empeñan en presentar a Italia como país que origina serias iniciativas geopolíticas, reuniendo a algunos centenares de huéspedes extranjeros para hablar de la lucha por la paz. La única diferencia entre los dos eventos de Rodos y de Perugia consistió en la calidad de los hoteles: para los popes invitados la oligarquía reservó hoteles de cinco estrellas, mientras que el elemento democrático anticlerical, convocado en los Apeninos se apañó con los hoteles de tres estrellas. En cuanto a la falta de contenido y la invocación de fórmulas vacías el segundo “foro” no iba a la zaga del primero.

Constatamos que para el otoño de 2003 la “lucha por la paz en todo el mundo” ha alcanzado importantes cotas. Desde arriba la llevan a cabo los miembros del establishment clerical y “desde abajo” – las organizaciones antiglobalistas de masas con el fondo de la agresión perfectamente real que los Estados Unidos han desatado y piensan seguir intensificando. Es muy significativo que en la asamblea de la “ONU popular” en Italia nadie mencionó las amenazas de los EE.UU. a Cuba (y hoy es el problema más serio), se evitó por todos los medios mencionar a la OTAN y en general no se plantearon ideas concretas.

Todas las reuniones en “favor de la paz” destacan por su carácter casual y la falta de sistematización en cuanto a la selección de personas y organizaciones convocadas. Esta falta de sistematización camufla en realidad el verdadero curso estratégico del antiglobalismo que se les escapa a los participantes. Ante nuestros ojos bajo la cobertura del movimiento antimilitarista masivo se está creando una nueva pseudo religión política, en cuyo centro está colocada la “paz” y “los derechos humanos”. Con la particularidad de que antes los “derechos humanos” constituían más bien la fe sectaria de los intelectuales liberales, pero ahora con el añadido de la “paz” el movimiento ha adquirido un carácter monumental carnavalesco-religioso, nítidamente conectado con la atmósfera de New Age.

Este elemento New Age de abajo se corresponde con la beatitud oficial de los clérigos de “arriba”, solo que sus discursos se separan de la siguiente manera: el establishment se reserva el tema “de altura” del diálogo de las civilizaciones, mientras que los estadistas democráticos de las “asambleas populares” forman con música coros y bailes, al grito de “¡Viva la paz!” Está claro que la intención es llevar el potencial contestatario de “los de abajo” del planeta al pantano del marasmo total.

¿Qué parámetros caracterizan hoy el “antiglobalismo”, puesto bajo el férreo control de las corporaciones multinacionales?

Lo primero que salta a la vista es el predominio del elemento feminista. Las famosas feministas están al mando de las iniciativas antiglobalistas. Entre las columnas de los manifestantes flota el espíritu de la “sagrada primavera” y el de la “gran madre”. En su conjunto todo está dirigido a la caotización y a la carnavalización de la protesta colectiva, su sometimiento al “principio dionisíaco”.

Otro momento aun más serio lo constituye la llamada peace education – educación por la paz. Existen importantes estructuras no gubernamentales, en primer lugar en los Estados Unidos, que luchan en todo el Tercer mundo contra la ideología de la dignidad y de autodefensa, el culto masculino de la defensa armada y la responsabilidad personal por la defensa de la propia casa, exportando modelos de conciencia derrotistas y desmovilizadoras. En una de estas iniciativas para darle más popularidad participa el conocido actor Michael Duglas. Mientras que el gobierno norteamericano bombardea el mundo, las feministas norteamericanas, sin olvidar distanciarse muy bien de la Casa Blanca, enseñan a los niños del planeta a no resistirse.

En términos exactos, difícilmente se puede definir el antiglobalismo en su forma actual como políticamente “de izquierdas”, aunque de alguna manera está relacionado con la herencia histórica de la izquierda. Naturalmente tampoco es “de derechas”. Aunque, sumando todos los datos el trasfondo del antiglobalismo es más bien “de derechas” en el sentido neoliberal. De ahí viene la desideologización y el caos organizativo, proyectados a posta, y en el que están inmersos los opositores al Sistema, por lo que este movimiento en su forma actual ya está condenado al fracaso.

Debemos construir la Internacional real no sobre la plataforma del antiglobalismo de hoy, sino a partir de una hoja política en blanco, atrayendo hacia la Internacional a los elementos sanos de todo el espectro político posible, a condición de que estos elementos estén dispuestos a luchar contra el Sistema.

 

Problemas metodológicos de la Internacional

¿Qué ocurre habitualmente con el activista contestatario en la Europa actual? Le caracteriza la ausencia total del engineering filosófico, es decir la construcción de un cuadro del mundo unitario conceptualmente coherente. Hace tan solo veinte años la base de este engineering estaba constituida por el marxismo. Hoy, procurando no patear al “león muerto”, se suele evitar por todos los medios el uso de la terminología marxista. Tras ella, como la sombra del padre de Hamlet, se esconde amenazante la lucha de clases, que reta a la interminable letanía de la paz, con la que el Sistema ha logrado sustituir a cualquier otro discurso.

Pero la lucha de clases entendida a la manera marxista presenta en las condiciones actuales un cuadro poco coherente, poco apropiado para echar el vino nuevo en estas viejas barricas. El caso es que las clases que según Marx debían luchar entre ellas – burguesía y proletariado – en primer lugar ya no existen y, en segundo lugar, incluso cuando existían en un período histórico detrminado no eran más que substitutos de los auténticos enemigos históricos que se escondían detrás de sus máscaras. El principal problema de las clases marxistas es que su contenido está predeterminado por su relación con respecto a los medios de producción y la distribución de la plusvalía.

En realidad los enemigos que se enfrentan en la esfera de la actividad humana son sujetos permanentes que pasan de siglo en siglo, que representan dos polos de la eterna dicotomía humana y que no dependen del cambio de los medios de producción y del crecimiento de las fuerzas productivas.

Para poder definir a los sujetos que se enfrentan dentro del espacio macrohistórico hoy hace falta reorganizar la conciencia ideológica operativa, conciencia capaz de  ver el mundo y la Historia en su integridad apartándose de las condiciones temporales efímeras. Esta conciencia debe ser a la vez digamos que metafísica y además actual y política, es decir que debe saber ver en la esfera de la política concreta el espacio abierto para la realización de un proyecto metafísico.

Claro que la expresión “proyecto metafísico” asustará a los típicos izquierdistas, criados en el agnosticismo, anticlericalismo, el terror ante cualquier “fideísmo” y cualquier “mística”, acostumbrados a guardar fidelidad al rastrero empirismo y al sentido común. Marx, sin embargo, no tenía miedo al proyecto metafísico, porque su superobjetivo del salto del “reino de la necesidad al reino de la libertad” es un proyecto puramente metafísico. Y, al mismo tiempo, es absolutamente concreto. El problema está en que este proyecto metafísico no fue abiertamente descifrado en el marxismo como el significado actual de la lucha aquí y ahora, sino que fue colocado a lo lejos como la línea de horizonte.

Para no tener miedo ante la metafísica en esta nueva etapa de la lucha política por el poder supremo, la oposición debe desechar la división tradicional entre la “izquierda” y la “derecha”. Ambas vías desembocan en la marginación, da igual de qué color: liberal-desarraigado o nacional-enraizado. Debemos romper sin miramientos con el lastre conceptual de las premisas anticuadas de la conciencia, atrapada en los laberintos de los complejos significados sin ningún sentido real.

Para superar la marginalidad hay que enfrentarse al Sistema, definido y comprendido objetivamente. Hasta hace poco el Sistema tenía un carácter virtual. Los escalones superiores de la élite mundial trabajaban para convertirlo en real y para ponerlo a funcionar de manera efectiva, y en este camino el poder mundial ha atravesado distintas crisis y sobresaltos, que incluso pusieron en duda su supervivencia. Sin embargo, las fuerzas de la oposición siempre tenían algún lastre intelectual (el obligatorio materialismo, economicismo etc.), que en última instancia predeterminaba su derrota en cada momento histórico concreto. Si bien hoy el Sistema aún no se ha realizado definitivamente (en cuyo caso sería ya prácticamente imposible luchar contra él), está, en cualquier caso a punto de lograr el paso definitivo de la virtualidad a la realidad.

En la base del Sistema actual se encuentra el sujeto del poder, constituido por el altamente organizado conglomerado de poderosos clanes. Estos clanes se basan en la tradición y la transmisión de la herencia por un lado, y en la predisposición a la modernización prácticamente ilimitada, por el otro. Debemos comprender que la agilidad para la modernización de la superélite está alimentada por su voluntad de perpetuar la transmisión hereditaria, que llega en la práctica al ansia de imponer una eternidad inmanente y controlada. Se trata de un proyecto perfectamente metafísico, inseparable del estatus carismático de las superélites. Por lo que técnicamente sería perfectamente justificado definir al sujeto del poder como una corporación futurocrática.

 

Los polos de la “riqueza” y de la “pobreza” en el mundo actual

¿Qué significa futurocracia? Significa tal organización de la pirámide social, en la que los de abajo nunca podrán retar a los de arriba (es decir que los de arriba siempre tendrán el futuro asegurado). Y para que este reto no se pueda producir, hace falta impedir que en el intercambio de los elementos y de las energías de la humanidad con la naturaleza se pueda producir alguna crisis, que les pudiera proporcionar a los de abajo una oportunidad para la revuelta. Semejante economía metafísica sin crisis es únicamente posible si se la convierte en un aspecto del campo informativo global, en el que toda la realidad está codificada como cantidad intelectual. “Cantidad intelectual” es la esencia de la información, del flujo informativo. Sociedad de la información representa el predominio de la cantidad intelectual sobre la conciencia personal, sobre el factor existencial personal.

Los tiempos actuales se diferencian no solamente del tiempo arcaico, sino de las épocas relativamente recientes por el increíble crecimiento del papel desempeñado por el factor cuantitativo. En nuestros días son interpretadas en clave cuantitativa las realidades que hasta hace poco eran difícilmente compatibles con el concepto mismo de la cantidad. Al principio este proceso se manifestó como la tendencia de convertir las ciencias humanitarias en ciencias “exactas”. A continuación fueron codificados cuantitativamente los fenómenos relacionados con la vida mental y psíquica. Hoy prácticamente toda la realidad vista y percibida está codificada en forma de señales informativas, que tienen naturaleza cuantitativa.

Por otro lado, en el mundo humano la forma más común de la cantidad está representada por el dinero. De modo que en la etapa actual de la civilización se abre la posibilidad de la conversión directa de la realidad, interpretada como flujo de información, en dinero, es decir en el flujo financiero y  viceversa. En la sociedad de la información el mundo material ya no aparece como mercancía real o posible, sino como el reverso de puro dinero, que a su vez es la expresión de la descripción informativo-cuantitativa de todo lo existente.

Es lo que convierte la diferencia entre la riqueza y la pobreza en la oposición de dos polos absolutamente enfrentados. Si antes tanto la persona enraizada en las capas sociales, para las que lo característico era manipular el recurso material, como en el lado opuesto un representante del pueblo, obligado a trabajar duro para ganarse unas migajas para poder comer, de todas maneras se situaban en el mismo plano común del factor humano, y con una base compartida para dialogar sobre los problemas comunes, ahora mismo tal situación ya pertenece al pasado. El hombre que pertenece al polo de la “riqueza absoluta” en el mundo actual, no es que simplemente posea el dinero – sino que está incluido dentro del rayo que marca el sentido de la Historia, es copartícipe del proyecto histórico, determina el contenido y el sentido de la vida humana. En cambio aquel que, aparentemente también humano, pertenece al polo de la “pobreza”, no solamente tiene sus medios limitados, sino que es desposeído de su sentido como ser humano y no tiene parte en la Historia. Todavía ayer esta separación constituía un secreto, camuflado detrás de la corrección política, siempre dispuesta a remitirse a las instituciones democráticas, el proceso electoral etc.

Hoy, aunque formalmente el arsenal de la democracia clásica aún no ha sido echado al basurero, ya no tiene alma y no puede engañar a nadie.

A la vista de la llegada de la época de  la “férrea garra”, con la que la oligarquía global piensa aplastar a la humanidad mortal, en algunos círculos se convierte en moneda corriente buscar argumentos para justificar tal situación, basados en el reconocimiento de la desigualdad ontológica entre los hombres. La nueva visión del mundo de las superélites, que ya está arrancando hoy, ya no ve necesario camuflarse con el taparrabos cristiano o humanista-ilustrado de la naturaleza humana común, con independencia del origen social.  Ya no se trata ni siquiera de una visión nietzscheana o fascista, que aún siendo antidemocrática, no dejaba de ser racional en cuanto a su justificación de la desigualdad. El discurso antidemocrático de hoy vuelve a las raíces mucho más arcaicas y adquiere el carácter de una metafísica muy específica.

En esta metafísica la “riqueza” y la “pobreza” no son simplemente los polos opuestos del éxito o fracaso material, sino que se convierten en la definición-sello para aquellos que son elegidos como invitados a  participar en el banquete mundial, aquellos que son admitidos en el paraíso de Mammón, y el resto - la absoluta mayoría de la humanidad, que va al infierno de la insignificancia material.

 

Génesis del sujeto de la tiranía

La superélite actual se formó definitivamente hacia finales del siglo XIX, integrando en su visión del mundo tanto las representaciones arcaicas y tradicionales, relacionadas con la mentalidad de la realeza hereditaria, como las representaciones modernistas de la historia vista como proyecto, que aparecen en la filosofía política con el comienzo de la Edad Moderna. Esta síntesis del tradicionalismo y del modernismo representa la base ideológica, sobre la que se apoya el carisma y la “legitimidad” de los que desempeñan el poder. Estas personas creen que la humanidad entendida como proyecto cósmico global tiene unos objetivos que únicamente los elegidos  pueden lograr, que pueden ser cumplidos exclusivamente  bajo su dirección. De vez en cuando estos objetivos se anuncian en público: la defensa de la ecología mundial, la superación de la crisis energética mundial, la victoria sobre la pobreza, la prolongación ilimitada de la vida, la revolución genética, que permitirá, entre otras cosas, vencer a las enfermedades, la exploración del espacio cósmico, etc. El carácter específico de estos problemas consiste en una fusión muy particular del utopismo religioso-cosmista, emparentado con el simbolismo sagrado de las antiguas  tradiciones, con un enfoque tecnocrático progresista de la historia, de la humanidad y del cosmos, que lleva la inconfundible marca de la New Age. Precisamente su conexión con esta problemática por un lado y los ilimitados  recursos que para solucionar estos problemas  la superélite saca de la esfera económica real,  la convierte en invulnerable ante los problemas políticos corrientes. La estructura burocrática y de seguridad de los estados, la burocracia internacional, amplio espectro de servicios de inteligencia estatales y privados (incluidos los que trabajan para las multinacionales), las mass-media – todo este gigantesco aparato defiende el derecho del nuevo “faraón corporativo multinacional” de proyectar y plasmar el destino de toda la humanidad como su propio destino de “faraón”.

Pero tan solo con el ejercicio de la violencia, con la propaganda directa y las jugadas de la  tecnología política no hubiera sido suficiente para ejercer el poder. Por desgracia ese “faraón sintético”  posee además el estatus de privilegiado en las mentes y los  corazones de gentes sencillas. Es lo que explica el fenómeno único de la “obediencia ante la ley” del hombre-masa: éste permanece de rodillas  ante la pirámide social no porque  tenga miedo de ir a la cárcel o, como mínimo, de perder el trabajo por su falta de lealtad al poder. ¡La cosa es mucho más grave! El hombre-masa colectivo mundial está sinceramente convencido de que su naturaleza humana ideal está plenamente encarnada en la superélite como clan de seres efectivamente perfectos, que poseen un estatus socio-moral especial.

En eso está basado el efecto de la “crónica de alta sociedad”, no en su aspecto periodístico inmediato, sino en el sentido más amplio. La gente experimenta estremecimiento y respeto sagrado ante  los poderosos de este mundo a la vez como ante unos seres que pertenecen a una especie superior y como ante la proyección ideal de ellos mismos.

Usando el lenguaje del psicoanálisis, la superélite es para las masas el “superego” en vivo y en directo. Por lo tanto el poder de la superélite como corporación social  situada en el polo de la  “riqueza absoluta” posee por su naturaleza un carácter claramente clerical.

Esa es la ´”máscara de oro de Bafomet”, insinuada en el llamamiento que hace Lenin de arrancar al enemigo “todas las máscaras hasta la última”.

 

Tiranía mundial – factor permanente de la historia

La visión fundamental de nuestra Internacional en cuanto a la sociedad humana es la convicción de que  en todos los momentos históricos y con respecto a todos los pueblos de la tierra siempre ha existido el mismo sujeto tiránico – el organizador de la macropirámide social. Es el  mismo dueño del proceso histórico, quien a través de las formas económicas  cambiantes, diferentes  tipos de civilización, modificaciones estamentales, siempre y en cada momento  histórico reproduce la misma falta de libertad. Este sujeto tiránico es la corporación de los que sustentan el poder hereditario dentro de lo ontológico.

En esa oposición fundamental entre los poderosos y los oprimidos está contenida la colisión dramática primordial de la  historia humana. Tenemos la visión global de la metahistoria, en la que observamos la unidad y la integridad del género humano, o más concretamente: por un lado, entendemos que hay un sujeto de la opresión (la cúspide de la pirámide social, que desde los tiempos remotos llega a nuestros días), por otro, tenemos una nítida conciencia de la unidad del objeto de la opresión (humanidad natural como víctima de las circunstancias sociales, políticas, económicas y naturales) que igualmente atraviesa todas las épocas desde el comienzo de la Historia y hasta nuestros días. En otras palabras, la multinacional de la superélite, que gobierna a la humanidad de hoy, no solamente es la heredera ontológica, histórica y política de la clásica tiranía de la antigüedad representada por los faraones, cesares y otras encarnaciones personales de la opresión, sino que es directamente idéntica a la misma. Al mismo tiempo, el hombre actual como objeto de la explotación, que vive la falta de libertad fundamental, es igualmente no solo un heredero, sino la continuación directa del esclavo egipcio o romano. El que este esclavo posea atributos de la civilización actual, que proporcionan la ilusión de autosuficiencia individual (coche, piso, oficina, etc.), no cambia nada en su estatus ontológico de alienado.

Al mismo tiempo (y aunque ontológicamente permanezca idéntica a través de la Historia), la tiranía cambia las formas de su aplicación al objeto de la explotación. Y a la par se modifica el ropaje civilizatorio con el que aparece la clase dominante. A lo largo de la Historia la clase dominante se enfrentó al supremo reto de conseguir tal organización de la sociedad, que lograra excluir para siempre la posibilidad de que se produjeran crisis y sobresaltos, que pudieran poner en peligro la hegemonía de la superélite hereditaria. Semejante objetivo supera el marco de las tecnologías políticas habituales y es incluso algo más que la simple estrategia política en la lucha de clases. La solución del problema del ejercicio del poder que no sea afectado por ninguna crisis, liberado para siempre de la amenaza del reto por parte de los oprimidos – es de hecho un macroobjetivo religioso. Precisamente la conciencia del propio poder por parte de los círculos superiores de la metapirámide social siempre ha tenido - ¡y tiene! – un carácter religioso y metafísico.

A lo largo de los últimos cuatrocientos años en el mundo occidental comenzó la formación de la corporación superelitista definitiva, llamada a resolver la principal contradicción de la historia humana entre los tiranos y los oprimidos a través de la organización de un sistema socio-político global. El núcleo de esta corporación fue constituido por una parte de la realeza hereditaria, que decidió modernizarse y abandonar el orden feudal tradicionalista con el fin de lograr en perspectiva establecer la tiranía “sin límites” y no sometida a ninguna futura crisis. Este núcleo ha integrado en sus “filas” a la élite financiera mundial, a las grandes familias del comercio, que supieron demostrar su capacidad de transmisión de la herencia y del crecimiento en el marco histórico global. Como resultado ha nacido un sistema muy unido de clanes superelitistas, que hunde sus raíces en la capa elitista tradicional de la historia occidental y que, al mismo tiempo, es la iniciadora global del proceso de modernización permanente.

En su última etapa de formación esta corporación de clanes se extendió fuera del marco de “Occidente”, integrando en su cúspide a las élites rusas y asiáticas, gracias a las transformaciones modernizadoras que se llevaron a cabo en el siglo XIX en todo el mundo: revolución Meiji en Japón, supresión de la  servidumbre de la gleba en Rusia, integración de la aristocracia de la India en la cúpula gobernante británica después del aplastamiento de la rebelión de los cipayos etc.

La característica principal de la superélite, que hoy gobierna a la humanidad igual que hace miles de años la gobernaban los faraones, consiste en que se encuentra al otro lado de los sobresaltos sociales y económicos, no depende de los cambios en las formas políticas del gobierno, ni tampoco de los de la propiedad. Monarquía constitucional puede dar el paso a la república parlamentaria, o a la dictadura nacional-totalitaria, el capitalismo salvaje puede ser sustituido por el “estado de bienestar social”, que a su vez deja paso al dictado de los especuladores de la bolsa – nada de todo esto tiene consecuencias para el principal sujeto del dominio, que en cualquieras circunstancias será el fundamental y definitivo beneficiario de todos los procesos políticos y financieros de la sociedad.

Con la desaparición del mapa político de los países socialistas el carácter intocable metahistórico de la corporación de la nobleza contemporánea ha pasado a una nueva fase triunfal, en la que desaparece la necesidad de utilizar múltiples mecanismos intermedios de influencia y manipulación de los de abajo. Uno de estos mecanismos que se desecha es la institución de la democracia representativa, tras la cual se derrumban los “valores” relacionados con ella: los derechos humanos, la soberanía nacional, la igualdad de las oportunidades etc. El mundo está entrando en la etapa de abierta dictadura oligárquica global, caracterizada ya no simplemente por la filosofía del social-darwinismo, como en los tiempos del capitalismo “presocialista”, sino por la metafísica de la desigualdad sin tapujos, que nos devuelve al sistema de valores del pasado más arcaico.

Es con las nuevas necesidades de la dictadura directa en primer lugar (y no con el desarrollo de las fuerzas productivas) con las que está relacionada la formación de la sociedad posindustrial de la información y de la así llamada economía intelectual que le acompaña. La sociedad de la información es la última fase de la tiranía, cuando el sujeto del dominio atenta contra la libertad interior de las masas dependientes y oprimidas, insatisfecho con su explotación únicamente externa. En esta etapa dentro de la esfera de la alienación cae el recurso más íntimo e interior del ser humano – su existencia estrictamente personal. En la sociedad de la información por primera vez en la historia humana desaparece la frontera nítida entre el espacio interior del individuo humano y  el mundo exterior, que para el hombre actual está representado por el flujo de la información. La relación entre la persona y el medio exterior pasa de la clásica cinta cerrada, donde el reverso interior de la cinta constituye la frontera de la defensa del yo contra la presión del mundo exterior, a la cinta de Moebius, en la que no hay ni exterior, ni interior. El hombre se convierte en la “terminal” de la corriente de la información, que examinada más de cerca resulta ser el flujo de la cantidad dirigida.

La cinta de Moebius como nuevo modelo de las relaciones del hombre con el medio es el paradigma, que arranca de raíz la posibilidad misma de cualquier oposición y protesta, convirtiendo a la tiranía – el reino de la esclavitud – en un reino infinito.

 

Fin del discurso marxista

En los años 40 del siglo XIX las jóvenes fuerzas intelectuales de Europa, que odiaban el entorno monárquico-terrateniente, el establishment feudal-capitalista, se cansaron del inútil intelectualismo de las cátedras universitarias. Les parecía que la filosofía, que para entonces contaba ya con veinte y tres siglos de existencia, tan solo había preparado el terreno, pero que era incapaz de realizar con su recurso puramente intelectual el salto definitivo para cambiar la historia humana, porque la filosofía tenía un defecto de partida: el idealismo.

Para aquellos luchadores contra el mundo antiguo el “idealismo” significaba permanencia en lo virtual, escolástica sin consecuencia prácticas. “Filósofos explicaban el mundo de distintas maneras”,- decía Marx, - “cuando la cosa consiste en cambiarlo”. Desde el punto de vista marxista, era imposible cambiar el mundo a través de la comprensión de su esencia, cuando la comprensión intelectual domina sobre la experiencia. Parecía que la respuesta a la “principal pregunta de la filosofía” a favor de la materia proporcionaba la posibilidad de escapar del discurso virtual y abrirse el camino hasta la vasta llanura del trabajo con la “materia”, humana, económica o social.

El materialismo adoptado como arma por las fuerzas principales de la oposición de entonces estaba determinado por el hecho de que en el primer plano se colocaba la necesidad de organización, o más concretamente de las formas organizativas. Justamente el trabajo con las estructuras del mundo empírico por primera vez había permitido a las fuerzas de la contraélite a preparar el salto hacia el dominio político.

El estado actual de la civilización tiene los acentos repartidos del modo totalmente contrario. La prioridad en los métodos de la vanguardia intelectual ha pasado de la “organización” al “sentido”: hoy lo importante es el trabajo con los significados, la comprensión de los significados, la visión de los significados como la realidad dominante, que nos es dada en la experiencia inmediata. La actuación actual en el mundo – da igual si revolucionaria o conservadora – considera el plano “material” como virtual, y el plano del “significado” como real. 

El marxismo como lenguaje universal de la oposición al establishment burgués se basaba en que el objeto de la alienación durante el proceso de la explotación de la clase obrera era el recurso material concreto, redistribuido a favor de los explotadores. Pero precisamente lo limitado de esta posición llevó a la derrota estratégica de la protesta, basada en los postulados marxistas. Ya hemos señalado que el verdadero sujeto de dominio está por encima de las relaciones puramente económicas y no depende de la redistribución del recurso material en el marco de la organización inmediata tanto del proceso de la producción, como del mercado. Más aun, la propia corporación superelitista global utiliza a la clase propietaria y organizadora de la producción como intermediario que le pueda ofrecer el recurso material que se le pida. El capitalista actual es tan objeto de la extorsión política por parte de los verdaderos amos, como lo era en los tiempos feudales. Para comprobarlo es suficiente con estudiar el papel de los consejos directivos de las compañías multinacionales, en los que están reunidos personajes con arcaicos títulos y apellidos históricos bastante sonoros.

Hoy queda claro - y solo falta su confirmación formal-  el hecho de que el método marxista ya no sirve para describir la realidad existente en sus proporciones globales. Todavía más: ni siquiera dentro del marco de las relaciones socio-económicas existen ya las realidades que parecían evidentes e inamovibles hace tan solo cincuenta años. Hoy no queda ya ni la burguesía, ni el proletariado. Fuera de los polos extremos, como la superélite, situada por encima de la humanidad, y el Harlem mundial con su eterna miseria, que se encuentra en lo más bajo de la pirámide social, todo lo demás situado en medio representa permanente movimiento molecular browniano del elemento desclasado, cuyo destino económico y social depende de la suerte. Las mismas gentes que aparecen con el estatus de vagabundos y deshechos de la sociedad, pueden convertirse de golpe en nuevos ricos, llenando páginas de crónica social…Los nuevos ricos, a su vez, se convierten en perseguidos apátridas, puestos en busca y captura internacional etc. La vida social se convierte en una gigantesca ruleta, en la que miles de millones pierden debido a la cruel estadística y las leyes matemáticas de la teoría del juego. Por lo que no tiene sentido describir los parámetros de la lucha social y revolución, partiendo de la idea de las clases económicas como categorías estables, que poseen paradigmas constantes de conciencia de clase. Las fuerzas de la protesta, para estar a la altura del enemigo ante el que se encuentran, y los objetivos revolucionarios que deben resolver, tienen que volverse hacia las categorías fundamentales de la gran Historia, las únicas que permiten describir el sentido del drama humano en la Tierra precisamente como el drama del destino metafísico del hombre.

En realidad, a esto se refería Marx cuando hablaba de la superación de la alienación y el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad. Marx manejaba categorías religiosas. Sin embargo este nivel metafísico de la visión de la historia marxista no encontraba el apoyo filosófico, ni metodológico. La Internacional del siglo XXI tiene como objetivo restablecer la dimensión providencial de su misión liberadora, sin la cual es imposible derrotar a la corporación tiránica, que indudablemente tiene la visión y la comprensión metafísica de su estatus y de sus objetivos con respecto a la humanidad y al universo.

Por eso el materialismo de Marx y de Engels forma parte de la mentalidad del pasado, de una época ya desaparecida y representa un estorbo doctrinal. Lo cual no significa que las pretensiones que los “clásicos” plantearon a la vieja filosofía deberían de suprimirse. Al igual que antes debemos cambiar el mundo en vez de explicarlo; solo que ahora esta transformación voluntarista se realiza no en la esfera de la organización y estructuras, sino en la del sentido.

Con este nuevo objetivo únicamente se corresponde el nuevo método de pensamiento – la teología política. Se trata de una forma de posidealismo sin precedentes en la historia del pensamiento, basada en la paradoja de la Revelación.

 

Los polos de la “libertad” y de la “tiranía” en el mundo actual

Las categorías fundamentales sobre las que debe construirse la visión del mundo de las fuerzas contestatarias actuales son, sin duda las categorías de “libertad” y de “tiranía”. En los tiempos anteriores se había hecho mucho para oscurecer su significado, banalizarlos y darles una explicación estrecha, en función de las circunstancias particulares. “Libertad” entendida como libertad de elección, de posibilidades económicas, recursos políticos etc. es indudablemente la profanación de esta categoría, cuya esencia está representada por la independencia ontológica interior de la conciencia individual. Esta definición de la libertad garantiza su autenticidad y establece una nítida frontera entre el hombre, entendido como objeto de las circunstancias, y el hombre, que es un sujeto que crea significados. Ciertamente, la libertad, interpretada de un modo mecánico o cuantitativo, no le concede, ni a su portador, ni al que esté desprovisto de ella ningún significado ontológico.

Así que, precisamente la conciencia personal, entendida como el centro íntimo existencial del ser vivo que percibe el mundo, es la única fuente de la voluntad política y de la libertad real. Se trata de la “libertad” entendida no de una manera mecánica, como la “libertad de elección”, sino como la diferenciación absoluta entre “lo único interior”, que a la vez es la garantía de la conciencia individual, y “lo externo general”, que puede ser la naturaleza, la sociedad o el flujo de la información. Libertad entendida como la diferenciación firme entre el “punto de la existencia interior” y la “extensión exterior” – es en lo que consiste el auténtico ser del hombre mortal concreto, el ser que significa su existencia separada, la no identificación con el todo.

Para nosotros, no obstante, la libertad, que representa la diferencia fundamental y la independencia de la existencia interior con respecto al medio exterior, se convierte al mismo tiempo en un concepto teológico y político. A través de la recuperación del verdadero contenido de la idea de la libertad creamos el espacio de la teología política, en el que es posible la integración de las fuerzas que hasta ahora se consideraban de distinta naturaleza: las fuerzas del inconformismo religioso y de la protesta estrictamente política.

Para la nueva Internacional la “libertad” no es el objeto de especulaciones éticas y filosóficas, ni tampoco la moneda de cambio en las tecnologías políticas inmediatas. Es la base ontológica que permite la posibilidad misma de manifestar la voluntad política e histórica, la capacidad para la proyección global, la apertura del hombre como fenómeno universal a las posibilidades, que superan infinitamente el marco de la limitada experiencia vital de individuos concretos. “Libertad” en su máxima expresión es aquel estado de conciencia, que caracteriza a un determinado tipo de hombres, capaces de sacrificarse  y de comportarse  heroicamente, y que deberá triunfar una vez que sea derrotado el enemigo ontológico de la libertad así entendida – la superélite global, que corporativamente representa el proyecto diametralmente opuesto. Lo que se opone a la libertad es el humanismo cosmista para los elegidos, el antropocentrismo religioso, en el que una y otra vez el faraón, el césar, y hoy la nueva encarnación de estos gobernantes se ven a sí mismos como la encarnación de Dios sobre la tierra.

De lo que se deduce que el objetivo principal de los futurócratas consiste en suprimir esta libertad, eliminar la diferencia entre “lo interior” y “lo exterior”, convertir al ser humano en una terminal del flujo de la información, suprimiendo así la base ontológica de la voluntad de resistencia al poder, que viene de abajo, de la persona oprimida.

 

Finalismo – teología de la nueva Internacional

A la mayoría de las personas que se educaron en la cultura judeocristiana, pero que son agnósticas, la “revelación” les parece un término banal sin contenido, que no esconde nada más que los cuentos de los curas. Es su problema. El propio término “revelación” representa una paradoja gnoseológica: no se trata de la intuición, de la experiencia, ni de la contemplación – es decir, de ninguna de las formas del conocimiento basadas en la relación habitual entre el objeto y el sujeto. Pero tampoco se trata del solipsismo de tipo neokantiano, pues la fuente de la “revelación” se encuentra fuera del sujeto receptor. Desde el punto de vista de la gnoseología normal – ya sea griega o china -  la “revelación” es técnicamente imposible. En eso consiste su absoluta fuerza innovadora.

El centro de la teología, basada en la revelación, - es el finalismo, que lanza un reto a la indeterminación y la homogeneidad de la experiencia común. Todo lo existente en el sistema “normal” de las relaciones sujeto-objeto – es la interminable cinta del ser donde todo se trasvasa de aquí para allá ad infinitum, cuando siguiendo la antigua sabiduría “lo que es arriba, es abajo”. En el sentimiento panteísta innato para el hombre no existe ninguna diferencia entre el pasado y el futuro (el tiempo es cíclico), entre el interior y el exterior, entre la vida y la muerte. Es lo que los marxistas llamaban “dialéctica”.

El finalismo supone una clara rotura. Es como una brecha abierta en la interminable sustancia homogénea, que produce el efecto del incurable “agujero negro”. Lo esencial de la teología es que esta rotura del tejido universal le da el sentido al todo precisamente porque se convierte en el final del todo. La oposición a la simple identificación del ser consigo mismo representa el salto revolucionario hacia el sentido. El panteísmo no tiene sentido, en los sistemas metafísicos universales el sentido no existe. Ahí hay sabiduría, hay comprensión del todo. ¡Lo que no hay es el sentido! El sentido es aquello “para qué”. Dentro de la conciencia panteísta, donde el absoluto discurre desde el sí mismo hacia el sí mismo, como en la cinta de Moebius, falta el “para qué”.

El hombre es el portador central del finalismo porque tiene conciencia de su propia muerte. La muerte representa su final absoluto como persona concreta y a la vez es la señal de que “el tiempo ya no existirá”. Finalismo es la revelación de la finalidad de la Historia, de que el mundo material también es finito, revelación basada en el indiscutible hecho de la muerte individual de cada uno de nosotros. En el panteísmo al hombre no le dejan tener conciencia de este final. Le enseñan que su final como individuo que vive aquí y ahora significa su futura metamorfosis en el otro mundo, o, en el caso del “panteísmo” materialista, su inmortalidad en lo social, a través de sus descendientes, de sus obras, su buen nombre etc.

Está claro que el finalismo asesta un durísimo golpe al concepto de la realidad continua, atravesada por analogías, sobre el que se sustenta la disciplina social y, en última instancia, el predominio del objeto sobre sujeto.

Para la teología política el hombre mortal es el representante de Dios, que encarna la antítesis absoluta y el final absoluto para cualquier duración, cualquier continuidad, final y supresión de cualquier afirmación del objeto. Este es en realidad el principio monoteísta: “todo lo que hay, todo lo pensado – no es Dios”. Los hombres actuales son incapaces de comprender claramente la diferencia entre la monolatría (adoración del uno) y monoteísmo (adoración de aquello que representa la oposición categórica al todo, final del todo). Por ejemplo, el culto del “becerro de oro”,  la religión del dinero es una forma de monolatría. Dentro de la esfera puramente confesional los clericales luchan para interpretar el monoteísmo como monolatría: de todos los posibles conceptos y nombres de la “divinidad” se elige uno, en el que coincide el consenso de la civilización. En realidad, el monoteísmo es una profunda reestructuración voluntarista de la conciencia que sale de lo más profundo de lo subjetivo, cuando se elige como centro prioritario – eje del sentido – la oposición a cualquier ser posible. Es alfa y omega del nuevo nacimiento hacia aquel paradójico sentido que el ser no posee dentro de sí.

El pensamiento organizativo de la teología que, recordemos representa la expresión fundamental del posidealimo, es el siguiente: el carácter finito del hombre es la piedra angular de todo el universo, lo que da como resultado lo finito del propio ser. El hombre fue colocado por Dios en calidad de Su representante en el centro de las cosas no como “análogo” de Dios, semejante a Él en los atributos de “grandeza” e “infinitud”; no, él es el representante del Sujeto trascendente precisamente en el papel del final de todas las cosas, en cuyo centro está colocado. Pero este mismo pensamiento constituye la idea historiosófica principal del Islam político.

 

Islam político

El Islam histórico, sin duda, aparece como la última manifestación de la conciencia monoteísta.

El Islam es odiado desde arriba y desde abajo. Los poderosos lo tachan como la civilización de la agresión y del terror. Le tienen miedo y lo critican los “de izquierdas”, acusándolo de violar los derechos humanos, del trato patriarcal a la mujer, de las pretensiones clericales sobre el control de la vida política y económica etc.

No es difícil demostrar que los hechos desmienten semejantes acusaciones. La “agresividad” del Islam se convierte en una pesada broma, si observamos la historia de Occidente de los últimos siglos: la guerra de los cien, de los treinta, de los siete años y otras, las dos guerras mundiales etc. Pero los ideólogos occidentales, cuando acusan al Islam de la agresión, no se refieren a que había derramado más sangre que los europeos (lo que sería claramente estúpido), sino que se refieren a una cosa muy real: el Islam representa la organización estratégicamente intachable de la resistencia interior contra el dominio del objeto sobre el factor humano. Dado que la civilización occidental actual se solidariza con el polo objetual del ser, la exitosa oposición a él debe interpretarse como agresión.

La crítica del Islam se basa en dos malentendidos corrientes, o, mejor dicho, una doble incomprensión de lo que es la religión. El primer aspecto de esta incomprensión está relacionado con la visión de la religión por parte de los occidentales, que hunde sus raíces en Sócrates y los estoicos. Según esta visión, la religión es la moral individual, el código ético individual, por el que el hombre solitario se rige en este mundo tan simple y cruel. Otro malentendido, característico de la “izquierda”, se reduce a la idea de que la religión es una función específica de la casta sacerdotal, que debe sacarse fuera del marco social. Quien introduce la religión en la política, presuntamente reestructura el contrato social para que en él estén organizativamente presentes los popes.

Islam no tiene nada que ver con estas absurdas opiniones. El proyecto que aparece en el mundo con el comienzo de la actividad del Profeta Muhammad (continuador de la misión de toda la cadena de los profetas desde Abrahán), no es ni más, ni menos que la ofensiva total espiritual y político-económica contra el poder mundial absoluto de la casta sacerdotal y la superélite que estos sacerdotes han promovido como la instancia ejecutiva suprema. En este sentido hay que interpretar literalmente las palabras de Jomeini: “Nuestra religión  es nuestra política”.

Islam es categóricamente anticlerical y no es un código de conducta individual. Es la estrategia del hombre interior, que de alguna manera debe ganar a los carceleros y tomar la cárcel. Huir de la cárcel es inútil, hay que vencer dentro para destruirla. Lo cual se puede hacer únicamente juntando las fuerzas de todos los presos. En ello radica la principal diferencia socio-política entre el Islam y otras tradiciones religiosas: otras proponen huir, y lo mejor es huir en solitario. ¡Pero a los fugados los capturan!

Como resultado concreto de la actividad histórica del Islam hoy en el mundo ha aparecido un nuevo tipo de comunidad, que debemos llamar con el conocido término “diáspora”. Antes con este término se designaba a la unidad étnica que se encontraba fuera de su patria histórica y dispersada entre otros pueblos. En actualidad se debe darle a esta palabra otro contenido. Se trata de la comunidad que, dispersa entre otros pueblos, está unida no por los lazos étnicos, sino ideológicos e histórico-providenciales. “Diáspora” es lo opuesto al paisanaje y debe actuar en calidad de nueva fuerza organizadora de la próxima revolución mundial.

 

Sujeto de la resistencia frente al Sistema

Lógicamente para lograr este objetivo no contamos con el proletariado como la mesiánica “clase-liberadora”. El problema del proletariado desde el principio consistía en que por su función no era  una corporación política. El proletariado es la parte económicamente explotada de la sociedad, que, en primer lugar, sueña con mejorar su situación. El proletariado solo puede realizar su dichosa dictadura, delegando su “hegemonía” a la orden de los portadores de la espada – los revolucionarios profesionales. ¿A quién le hace falta semejante mesías social, que “manda” sin salir de las minas y de las fábricas, mientras que en su nombre gobiernan hombres espabilados de diversa procedencia social?

El sujeto de la oposición revolucionaria ya por su propia naturaleza, por su ser social tiene que estar orgánicamente metido exactamente en la política y no, por ejemplo, en la cadena de producción. Hoy únicamente la diáspora constituye tal sujeto – unión de muchas personas desplazadas con las relaciones de arraigo, étnicas, de clan e incluso familiares quebrantadas, que debido a las circunstancias objetivas, por un lado, están enfrentadas al medio, y, por otro lado, no están aisladas del mismo, están obligadas a interactuar y a competir con este medio hostil.

La diáspora actual es un conglomerado de personas dispersas, que por su forma de vida y su mentalidad se oponen a los grupos de paisanaje étnico. Más aun, la emigración debida a las circunstancias estrictamente económicas no crea por sí misma diásporas, crea minorías que viven en un territorio extraño, aglutinadas por las mismas tradiciones de solidaridad de terruño, que existía en sus patrias históricas. La diáspora comienza después de la destrucción de estos guetos étnicos, después de que la parte más activa, pasional de estas minorías se da cuenta de que están encerrados en el callejón sin salida de la cerrazón del paisanaje y de que están condenados a la degeneración marginal en un medio hostil y mucho más poderoso.

Pero, una vez que logran salir de los límites del círculo cerrado étnico, del clan, estos elementos activos deben interactuar entre sí sobre una nueva base, necesitan buscar los cimientos de la nueva solidaridad. En el pasado estos cimientos estaban representados por la solidaridad obrera, la solidaridad marxista de izquierdas de los desposeídos. Sin embargo en las condiciones de la lumpenización global de las masas – tanto dentro del espectro social de la llamada “clase media”, como en el fondo social, este proyecto de izquierdas de solidaridad de clase se convierte en algo cada vez más quimérico.

Por eso dentro del espacio en el que se desenvuelven las personas atomizadas y desprovistas de nítidas conexiones estamentales, de las que se compone la población de las megápolis, el único principio, que garantiza la solidaridad como base de la lucha por la supervivencia, es el principio teológico.

Por este principio teológico entendemos en primer lugar la participación en el gran proyecto de la justicia universal, que no gravita sobre las condiciones sociales, colocado en el nivel de lo humano inmediato, sino que se sale fuera del marco de lo cotidiano. Es la participación en el metaproyecto, que se ha convertido en el eje providencial de la historia humana, en su sentido. El hombre de la diáspora que ha llegado a tener esta conciencia de sí mismo vuelve a esa especie de “marxismo” metafísico a través de la teología, del sentimiento de la oposición trascendente al ser injusto y absurdo. A parir de aquí, de esta teología ese hombre vuelve a nacer de nuevo para experimentar una nueva sensación de la hermandad, que le era desconocido dentro de la solidaridad étnico-mafiosa del tradicional apoyo mutuo entre los compatriotas.

La diáspora teológica lleva en sí ese principio liberador de la “hermandad a través de la muerte” – la conciencia de que eres hermano de otros hombres que son como tú, porque todos os encontráis ante la presencia de la muerte. Pero si para la masa de la humanidad no incluida en la diáspora este fin común es la oscuridad de la fosa común, la disolución en las tinieblas exteriores, para la hermandad de la diáspora la muerte representa un principio interior, principio liberador asumido desde dentro.

En el seno del paisanaje estas gentes eran “hermanos” en la madre-Tierra, unidos por su tierra. En cuanto tales eran personas corrientes, que simplemente quedaron colocadas en unas circunstancias desfavorables. Personas corrientes son hermanas porque han nacido del mismo vientre. Personas de la diáspora son hermanas porque han convertido en su enseña la muerte  repensada teológicamente.

Este paradigma ideal es lo que libera por completo el potencial interior de los hombres de la diáspora, moviliza su inconsciente, los convierte en la fuerza política principal de la actualidad, enfrentada a la carismática superélite, que se apoya en su propio proyecto metafísico.

Diáspora se convierte (como la única clase social mundial con misión liberadora en las condiciones actuales) en la base para la formación de la contraélite, que surgiendo de sus profundidades, toma forma de la vanguardia revolucionaria – una fuerza política organizada, que formula con la máxima claridad las tesis de su visión del mundo, de su ideología política y de su programa histórico-político. Esta contraélite es el partido mundial de la Internacional del nuevo tipo, que lanza su reto a los futurócratas.

¿Cómo lanza su reto la contraélite? En primer lugar, apoyándose en la específica autoconciencia teológica de la diáspora mundial, hace explotar a la totalidad del control, establecido sobre la humanidad mediante los medios de la información. Los hombres que han roto las conexiones basadas en las raíces de la sangre y tierra natal y que se han convertido en hermanos a través de la solidaridad en la muerte, ya no pueden ser dirigidos por las tecnologías políticas, aplicadas por los actuales magnates de los media, ni tampoco pueden ser manipulados a través de las psicotécnicas de sugestión, basadas en el conocimiento del funcionamiento del inconsciente de las personas corrientes. Allá donde esté el hombre de la diáspora, la niebla de la información queda rota y el diluvio universal deja paso a tierra firme.

A continuación, gracias a su liberación del tóxico flujo de la información, la contraélite ya no se pierde entre las definiciones ideológicas y las viejas tradiciones políticas poco efectivas, se sitúa más allá de la “izquierda” y la “derecha”, no juega según los esquemas trazados por los tecnólogos políticos y los juristas integrados en el aparato administrativo del Sistema. Más aun, la contraélite ve al Sistema en su esencia objetiva, el enemigo se vuelve transparente y fácil de entender, las máscaras están arrancadas, el Sistema ya no podrá utilizar ningún truco para sustituir los objetivos políticos globales de la auténtica oposición por los objetivos políticos y económicos que no llevan a ninguna parte y que caracterizan a la pseudooposición.

Está claro que la ideología de la contraélite, que nace de las profundidades de la diáspora con su conciencia teológica, no puede ser “materialista” ni “científica”, o sea que no puede ser controlada por los mitos característicos de la forma de conciencia que ha perdido la batalla  y que ha quedado relegada al pasado.  

Los organizadores de la diáspora son personas, que debido a su naturaleza existencial innata son apasionados inconformistas, dispuestos al autosacrificio para defender el espacio existencial interior de la agresión del medio. Se trata del tipo de “héroes solitarios”, que ya desde el comienzo de la Edad Moderna se había convertido en la casta de revolucionarios profesionales, fermento y organizador del desorden social a gran escala. Con este tipo humano contaba August Blanquí. Ellos constituían la columna vertebral del movimiento populista ruso, más tarde socialista-revolucionario, y más tarde – bolchevique. A ellos se refería Lenin, cuando hablaba del partido de los revolucionarios profesionales.

Nuestra nueva comprensión de la esencia de las personas de esta categoría consiste en que no les contemplamos como un instrumento funcional, que realiza el trabajo de liberación para los intereses de algún otro “auténtico” sujeto del proceso revolucionario. No los consideramos los “managers” de la revolución.

Para la nueva Internacional los pasionarios que se enfrentan al Sistema, son los legítimos herederos de un específico tipo de hombres, que en la sociedad tradicional constituían la casta de los guerreros. Esta casta no poseía su ser orgánico propio y era utilizada por el poder como fuerza estabilizadora de la sociedad, fuerza de defensa a las órdenes de la autoridad espiritual. Cuando la superélite decidió enfrentarse a la crisis social planetaria, que llegó con el final de la Edad Media, y crear la nueva corporación sintética del poder – el faraón colectivo de nuestros días, la casta de los guerreros fue sacrificada como parte independiente de la macropirámide social. No es ningún secreto que el régimen tiránico de hoy ejerce la aplicación de la fuerza militar a través de los burócratas de uniforme y desalmados funcionarios-mercenarios, que no tienen ninguna relación con el misterio de la vida y de la muerte, que forma parte del espacio existencial de la tradición guerrera. Hace tiempo que el valor guerrero fue desplazado al terreno de la oposición social, y de hecho los herederos de la casta guerrera son los grupos de resistencia clandestinos y los comandantes revolucionarios, que luchan contra el Sistema por todo el mundo.

Precisamente los “héroes solitarios” – herederos de la casta guerrera, los revolucionarios profesionales, inconformistas-pasionarios tanto de la mente, como del cuerpo – constituyen hoy no simplemente el management de la revolución, sino su eje, su sujeto que puede y debe ser apoyado por el acompañamiento social masivo por parte de todos los descontentos y los humillados por el sistema. Los de abajo desposeídos componen la masa de la acción revolucionaria, que será organizada y guiada por la corporación socio-política de los pasionarios contestatarios. Este grupo deberá componer la base de la autogestión armada desde abajo, que vendrá a sustituir el Superestado oligárquico global, al servicio del “faraón colectivo” de la actualidad.

Para poder ser capaces de realizar este objetivo, los pasionarios del mundo deben unirse sobre la plataforma del discurso teológico-político unitario, que se convertirá en el nuevo método de investigación y comprensión de la realidad circundante y en el camino para crear la red mundial de Consejos, que a su vez constituyen el partido del nuevo tipo – el partido mundial internacional de la democracia popular armada de acción directa.

Los objetivos que se abren ante esta oposición mundial, tan solo podrán resolverse sobre la plataforma de la redacción política del monoteísmo.

 

Los retos planteados ante la Internacional del nuevo tipo

El objetivo prioritario de la Internacional de nuevo tipo es la formación del núcleo intelectual, capaz de comprender a la Internacional como el proyecto metafísico en toda su amplitud.

A continuación, en base a este proyecto debe ser desplegada una amplia plataforma ideológica, que reunirá el máximo espectro posible de las fuerzas opuestas al Sistema. En tal caso, esta ideología obtendrá el éxito seguro, convirtiéndose en la forma política dominante de la autoconciencia de la diáspora mundial. Pero, a su vez, la diáspora se convertirá en el líder, en la vanguardia de los explotados y los desposeídos, expresando los intereses no solamente de las personas desplazadas, sino también de los autóctonos, oprimidos en su propia tierra.

La estructuración de la diáspora como la vanguardia de los explotados y los oprimidos debe transcurrir como la creación por todo el mundo de la red de los consejos, semillas de la fuente alternativa del poder. Estos consejos absorberán el elemento más activo de las diásporas, cuando inevitablemente también los elementos antisistema autóctonos formarán parte de la diáspora. En otras palabras, para formar parte de la diáspora, los hombres no tienen por qué ser necesariamente personas desplazadas, extranjeros. Un hombre habiendo nacido y vivido siempre en la misma ciudad, puede asimilar la conciencia de la diáspora a propósito como método de entrar en la vanguardia política mundial, que se enfrenta al Sistema.

Los consejos, desplegados por todo el mundo como red de centros autónomos de autogobierno, a la vez se coordinarán a nivel básico por una plataforma ideológica unitaria y por los objetivos comunes. Sin embargo hace falta también la práctica de la delegación de los representantes de los consejos  a un nivel más alto, para que la coordinación práctica cotidiana se pueda realizar a escala de países, regiones y, en última instancia, de todo el mundo. Únicamente con esta organización la diáspora podrá comenzar las actividades para el bloqueo (aislamiento) de la burocracia internacional, control sobre los eslabones más débiles de las burocracias nacionales locales, lo que a su vez, debe llevar al aislamiento de los clanes del poder de la superélite, que lleva a cabo sus proyectos siguiendo el método de la “influencia del club”. Clubs y consejos de observadores de las corporaciones multinacionales son los centros, a través de los cuales se coordina la influencia de la superélite sobre el management político de la gran sociedad.

Por eso la siguiente etapa tras el bloqueo de las estructuras burocráticas tiene que ser la creación de las condiciones antagónicas para la actividad de las corporaciones multinacionales en diferentes lugares del mundo.

La resolución de estos problemas abre la posibilidad de alcanzar los objetivos, que el proyecto metafísico plantea ante la oposición mundial.

 

Objetivos de la Internacional del nuevo tipo

La organización rígida y transparente de la sociedad antigua en forma de la pirámide clásica, como era la hierocracia (poder de los sacerdotes) abierta, ha dado paso a una organización social mucho más refinada y ágil, lo que le proporciona a la clase dirigente mucho mayores posibilidades e incomparablemente mayor nivel para la alienación de los recursos materiales y sutiles de las masas oprimidas. El paso al movimiento molecular browniano del gigantesco hormiguero humano, encerrado entre los dos polos de la superriqueza y superpobreza, no significa que ahora la figura geométrica ha cambiado. Sigue siendo la misma, solo que todos los pisos intermedios de la pirámide se han convertido en su base inferior, y se ha producido la rotura total de la solidaridad social entre la cúspide y el aparato político a su servicio, la parte privilegiada de la clase media, los nuevos ricos, que entregan a la superélite parte de sus capitales conseguidos mediante el robo ocasional etc. La superélite se antepone con éxito a todas las capas de la sociedad, que están incluidas en el rayo de la ausencia de la libertad. De esta manera la metapirámide se vuelve aun más estable.

Ante el sujeto de la tiranía – siempre el mismo a través de los milenios de la Historia y las formas cambiantes de civilización – las fuerzas de la protesta mundial siempre han tenido hasta ahora un carácter amorfo y contradictorio. Marx sentía con agudeza la necesidad de fijar a nivel subjetivo ese pathos de enfrentamiento social, que está disuelto en el seno de la humanidad y que se extiende sobre prácticamente todos los niveles de la población (es bien sabido que muchos líderes de la protesta social descienden de las capas pudientes y educadas de la sociedad).

Sin embargo la definición de este sujeto de resistencia en la figura del proletariado si bien no era un completo error, en cualquiera de los casos, constituía una medida provisional, un sucedáneo. No hubo ni una sola revolución social exitosa, en la que el proletariado hubiera desempeñado el papel preponderante. Y cuando sí lo desempeñó ¡las revoluciones acabaron en la derrota!

Las revoluciones con éxito se llevan a cabo por los cuadros más o menos estructurados de la contraélite, que tiene nítida comprensión en un momento concreto y en un lugar concreto de su propia conciencia de sujeto y la vocación de luchar contra el Sistema. El objetivo consiste hoy en que la contraélite sea consciente de sí misma como sujeto global de la oposición al Sistema, que genere la voluntad política del enfrentamiento con el carismático clan de los gobernantes (“faraón sintético”) y que sea capaz de deslegitimizarlo en la conciencia y los corazones de la absoluta mayoría de las personas sencillas.

La Internacional constituye el primer paso para darle forma organizativa al sujeto mundial del enfrentamiento con el Sistema, y que plantea en primer lugar no la cuestión del reparto de los bienes materiales, por muy injustamente que estén distribuidos, sino la necesidad de tomar el poder político supremo en beneficio del tipo de conciencia de la contraélite, que debe decidir la futura historia de la humanidad.

Está claro que para formular los objetivos de la nueva Internacional, debemos partir de las posibilidades de tipo mínimo, medio y máximo. La realización del nivel mínimo presupone que la Internacional del nuevo tipo consigue el nivel de influencia, comparable con el que tenía la Komintern a mediados de los años 20 del siglo pasado. En aquel tiempo la Komintern se apoyaba en el recurso proporcionado por la Rusia Soviética, que aun no se había convertido en estalinista, es decir que todavía no había convertido a la Komintern en el arma al servicio de sus ambiciones imperiales, sino que, al contrario, trabajaba para la Komintern convertida en el estado mayor de la revolución mundial. La Internacional del nuevo tipo ya no tiene a esa Rusia Soviética y no la tendrá en un tiempo observable. La diáspora, dirigida por la contraélite, organizada en la red mundial de los consejos, debe compensar aquel recurso organizativo y de fuerza, que se encarnaba en el primer Estado del socialismo victorioso. La ventaja que ofrece la variante de la diáspora es que se evita el peligro de la mutación de la burocracia del partido estatal de los revolucionarios en nacional-bolcheviques, y más tarde en simples imperialistas con todas sus postreras consecuencias gorbachevo-yeltsinistas. La experiencia histórica nos demuestra que es imposible realizar la revolución mundial partiendo de la victoria de las fuerzas antisistema en un solo país: los intereses de la burocracia nacional siempre ganan  a los objetivos internacionales, que son muy peligrosos para el pellejo de cualquier aparato burocrático local.

Si se logra este objetivo mínimo, se abre la perspectiva para conseguir el objetivo medio: la Internacional del nuevo tipo se convierte en el gobierno mundial alternativo. Esto significa que a cualquier movimiento político por parte de la burocracia internacional, detrás de la cual se esconde la superélite de los futurócratas, la nueva Internacional es capaz de anteponer el movimiento contrario análogo, que de hecho destruye el control por parte del Sistema sobre el curso general de la Historia. Ya de por sí esto crea los prolegómenos para la crisis global, que inevitablemente se transformará en el caos económico y social, sin las posibilidades de su estabilización por parte del management internacional.

Después de esto se abre la posibilidad de iniciar la revolución mundial dirigida, en el curso de la cual la nueva Internacional alcanza el poder a nivel mundial, convirtiéndose por primera vez en la historia de la humanidad en el estado mayor del gobierno del mundo por parte de los humillados y los desposeídos, no separados ya ni por las diferencias étnicas ni por las diferencias territoriales y que nunca más utilizarán los estados burocráticos como instrumento de política mundial.


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