Misterio de Octubre

Geidar Dzhemal

Del libro Liberación del Islam /Osvobozhdenie islama/ recopilación de textos,Moscú, 2004

Traducido del ruso 



MISTERIO DE OCTUBRE

Para hablar de la esencia religiosa de la revolución, no estaría de más recordar el conocido cuento de las Mil y Una  Noches, en el que un pescador saca del océano con su red un cántaro sellado con el sello de Salomón. Cuando rompe el sello, del cántaro sale un gigantesco y horrible genio (ifrit), quien dice haber estado encerrado dentro durante tres mil años. El genio le cuenta al pescador que durante los primeros mil años de encierro  pensaba darle a quien le liberara todo el oro del mundo, durante los segundos mil años pensaba cumplir todos los deseos de quien le liberara y durante los últimos mil años – matarlo. Los iniciados suelen interpretar la historia con el genio como una parábola de la influencia que la tradición de Abrahán  ejerce sobre la historia y el destino de la humanidad. Debemos pensar que el genio (ifrit) representa en la tradición islámica la fuerza ctónica destructiva, energía de orden inferior. Está atrapado en el cántaro de barro – substancia de la que fue creado el primer hombre. Para entender la historia desde el punto de vista del monoteísmo es muy importante comprender que la energía destructiva de colosal potencia está encerrada dentro de la materia húmeda e inerte.

Nosotros – la “humanidad de barro” contenemos una enorme energía que la “élite mundial” nos extrae a través de las capas sutiles de la pirámide social, bajo un severo e implacable control. Esta energía es necesaria para asegurar la continuidad del “ser humano colectivo” en el tiempo. “Hombre colectivo” sobrevive inmerso en el tormentoso océano de la entropía cósmica. Su propia posición central en la estructura del cosmos es un desafío de las leyes físicas. La supervivencia biológico-social de la humanidad, su día a día exige gigantescos gastos de energía. Dentro del proceso histórico “normal” los gastos energéticos son más paulatinos y dosificados. Tradicionalmente la sociedad se construye siguiendo el esquema piramidal. La cúspide encierra la energía que bulle abajo en su base. De vez en cuando la “tapa”, la cúspide de la pirámide salta y el genio se libera del barro – de la substancia. La pregunta es - ¿qué fuerza libera al genio, ese agente provocador alquímico, que cuando se une a la humanidad la convierte en una bomba nuclear?

Con toda seguridad podemos afirmar que antes de la aparición de Abrahán, hace cuatro mil quinientos años, la historia no había conocido las revoluciones en el sentido actual del término. Nos lo dice la historia del profeta Noé. La Biblia y el Corán nos cuentan que durante un largo lapso de tiempo Noé predicó entre sus compatriotas, pero fracasó en su misión y, siguiendo la orden de Dios abandonó la tierra, arrasada por el diluvio. Esta historia nos ilustra acerca de los resultados de la lucha del espíritu contra la materia en los tiempos anteriores a Abrahán. Con Abrahán la cosa cambia – él ya tiene claramente grabado en la conciencia que la estructura piramidal de la sociedad siempre e inevitablemente está coronada por la figura del tirano. Queda claro que la sociedad en su estado “natural” está basada en la mentira. Antes de él tan solo unos pocos humanos excepcionales tenían la conciencia nítida de esta verdad. 

Con la llegada de Abrahán la acción de aquellos llamados “enviados de Dios” cobra otro significado histórico. Aparece el sentido de la historia que nace del enfrentamiento de dos principios irreconciliables, de dos fuerzas - una blanca y otra negra.

Antes de Abrahán el enorme potencial de la energía antientrópica contenido en el “barro húmedo” se liberaba muy lenta y paulatinamente, pero con la aparición en la escena histórica de los profetas – enviados de Dios, llega aquel principio que hace  que el proceso se dispare. Comienza la aceleración que libera la energía a chorros. Esta aceleración tiene que ver directamente con el contenido profundo, místico y “energético” de la revolución. El monoteísmo lo convierte en un fenómeno social. La esencia espiritual del hombre, su eje íntimo, aquello que hace que sea  un sujeto, entra en conflicto con la estructura misma de la realidad, con los principios básicos de la ontología. Principios que componen el ser, que determinan la lógica del universo. Contra  esta lógica se rebela el “susurro secreto del Espíritu Santo”. De este susurro nos hablan los místicos y gnósticos cristianos y musulmanes. En el Corán, en la sura “Noche del poder”, se dice: “La noche del poder es mejor que los mil meses, hacia ella descienden los ángeles y el Espíritu para cumplir todos los mandamientos.”

La revolución es la acción del Espíritu Santo, es un misterio religioso que hubiera sido imposible fuera del marco religioso del monoteísmo. La intervención del Espíritu Santo en la Historia es la principal causa y la fuerza motriz de la revolución. En el terreno teológico el Espíritu Santo es el patrimonio exclusivo del monoteísmo, distinto al “pneuma” de los platónicos precisamente porque constituye el contrapunto a todo lo existente.

Los hombres de ahora no comprenden algo que todavía en el siglo XIX era evidente: la revolución tiene que ver directamente con la religión, revolución es un misterio religioso, imposible fuera del marco religioso del monoteísmo. Posiblemente la pérdida de la conciencia nítida del origen religioso de la acción revolucionaria comenzara primero en Rusia y debido a la intensiva penetración de las doctrinas occidentales pseudorrevolucionarias. Ya los decembristas dejaron de entender las raíces religiosas de la rebelión social, de la insurrección, por culpa de sus posturas ilustradas, típicas de la mentalidad masónica de Francia posrevolucionaria.

Y, sin embargo, a mediados del siglo XIX aparece en Rusia un genio descomunal – Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, un revolucionario religioso que cambiará radicalmente el destino espiritual de Rusia. En la personalidad, la conciencia y la obra de Dostoyevski se funden dos aspectos del mismo fenómeno – religión y revolución. Se equivocan los que piensan que Dostoyevski  “se corrigió”, que tras su paso por la cárcel y los trabajos forzados,  dejó de pensar en la revolución. En realidad Dostoyevski abrazó el ideal del socialismo religioso, íntimamente ligado para él a la doctrina del papel mesiánico del pueblo ruso. Un estudio detenido del mensaje contenido en sus obras nos demuestra que Dostoyevski intuyó y luego describió a diferentes tipos humanos que protagonizaron la revolución rusa. Hoy debemos subrayar que el cauce por el que transcurrió la revolución rusa fue en mucho mayor medida determinado por la apasionada intuición de Dostoyevski, que por las teorías del socialismo económico que nunca pasaron más allá del nivel exterior de la formación intelectual y nunca alcanzaron los niveles más profundos del inconsciente colectivo.

En la Rusia que se estaba acercando al año 1917 se dieron algunos factores específicos por los que el arquetipo sagrado de la revolución coincidió totalmente con el Octubre Rojo. En primer lugar, en Rusia se daba un fenómeno único – en su territorio actuaban sectas antinomistas gnósticas (surgidas a raíz del cisma – “Raskol” del año1666 – N. del T.), cuyos adeptos creían que debían luchar contra el mal que les rodeaba sobre una base mística, religiosa. En segundo lugar en Rusia se daba otro fenómeno único – la presencia de “judíos pobres”, cuyo genotipo coincidía con el genotipo de los zelotes, secta escatológica judía que poco menos de dos mil años antes se había enfrentado a los romanos. En tercer lugar en Rusia actuaba un grupo de intelectuales que previamente había pasado por el seminario, tales como Chernishevski, Dobroliúbov o también Stalin. Pertenecieron a la capa más pobre del clero, muy próxima al pueblo llano. Entre ellos se produjo una paradójica explosión de fe religiosa, expresada a través de la negación directa de las manifestaciones conformistas y dogmáticas de esta fe – en la negación de la iglesia, catequisis y culto. La conjunción de estos tres factores religiosos provocó la explosión revolucionaria en Rusia.

Desgraciadamente, muy pronto la esencia religiosa de la revolución chocó con su forma exterior dogmática y pseudorrevolucionaria. La causa fundamental, la raíz de la derrota de la revolución estaba en la fosa abierta entre su esencia religiosa y su manera antirreligiosa de ver a sí misma, debida al contenido dogmático marxista. Debido al mismo motivo las prioridades estratégicas se fueron desviando de la Komintern hacia la defensa de los intereses de la URSS, lo que a su vez creó a la nomenklatura – burocracia que puso sus intereses de clase por encima de los intereses de la revolución mundial. De haber existido en Rusia una teología de la revolución acorde con su verdadera causa, la “nueva burocracia” no hubiera podido desviar el potencial revolucionario hacia un proyecto local.

Los líderes de la Revolución Rusa tampoco acertaron al elegir el  eje de la expansión revolucionaria, porque se guiaron por los postulados dogmáticos del marxismo. Avanzar siguiendo la dirección de “Varsovia y Berlín” fue un craso error – Rusia no tenía capacidad real para abrirse el paso hasta Europa Central, para superar el lastre de la zona limítrofe – países de la Pequeña Entente, creada en sus fronteras occidentales. A la hora de crear sus teorías en el siglo XIX tanto Marx como Lenin veían a Europa como el centro del mundo y pensaban que la revolución debía vencer en los países más “desarrollados” y “adelantados”.
La Primera Guerra Mundial acabó con el eurocentrismo. De ser el ombligo del mundo Europa pasó a ser un tramo secundario, casi un callejón sin salida – cosa que ni Marx, ni Engels podían saber a mediados del siglo XIX.

No obstante la revolución podía haber triunfado ya en su primera etapa, si hubiera apostado íntegramente por la liberación de las masas coloniales del sur de Eurasia – en primer lugar por la liberación de los pueblos de la India Británica, por el derrocamiento del shah de Irán y el apoyo a los elementos antiburgueses en el movimiento islamista de Turquía. Con esta estrategia se hubiera roto todo el sistema de control global de Occidente sobre el resto del mundo.

En aquel momento histórico era aún imposible pasar al sistema de control neocolonialista al que finalmente se pasa en el año 1961. Se podía haber evitado aquella maniobra quitándole a Occidente de las manos los recursos aportados por los imperios coloniales.

Occidente no podía imponer a Rusia su política por la vía militar, porque hasta la invención de la bomba atómica aún quedaban 20 años.

La revolución mundial podía haber ganado la batalla si la Komintern llegara a controlar los gigantescos recursos de Eurasia del Sur y del Norte. El proyecto era perfectamente viable, y  no en vano en sus últimos años de vida Lenin dijo: “El camino que sigan Rusia, China e India (India Británica de entonces que también incluía actuales Paquistán y Bangladesh – N. de G. Dzhemal), marcará la dirección que siga el resto del mundo.” Pero la oportunidad ya había pasado. La visión falsa, eurocentrista de la revolución, derivada del marxismo ateísta jugó un papel decisivo en el fracaso.

En actualidad la revolución sigue presente en Rusia. Como consecuencia de una terrible guerra informativa el pueblo ruso sufre el shock mental, que produce el cansancio y la apatía. Pero la revolución, que hasta ahora permanecía aletargada en un nivel puramente subjetivo, psicológico ahora se ha situado en el plano objetivo. La actual crisis del sistema de control colonial en Rusia hace que la revolución estalle inevitablemente. No fue ninguna casualidad que la iniciativa revolucionaria pasara al vecino sur de Rusia – Irán, donde la revolución abiertamente se proclamó como religiosa. Hoy la revolución está llamando a las puertas de Rusia y se va a convertir en el factor decisivo para el proceso revolucionario del siglo XXI.


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