Neoleninismo como la doctrina revolucionaria del siglo XXI

Geidar Dzhemal

Del libro Liberación del Islam /Osvobozhdenie islama/, recopilación de textos, Moscú, 2004

Texto original fue publicado en la revista SMISL /SIGNIFICADO, Nº 12, 2003

Traducido del ruso 



NEOLENINISMO COMO LA DOCTRINA REVOLUCIONARIA DEL SIGLO XXI

El espacio político de Rusia postsoviética fue limpiado a conciencia de cualquier resto de ideología. Sistemas y métodos de análisis fueron sustituidos por las “tecnologías políticas”, construidas sobre las técnicas bastante primitivas de intriga psicológica e informativa. Como resultado el ciudadano ruso medio mínimamente cultivado se encuentra atrapado entre los clichés muy pobres en cuanto a la explicación de lo que ha pasado con su país, con el mundo y con él mismo.

Deformada por el mismo cliché ideológico aparece en la cultura política de hoy la figura de Vladímir Lenin.
Este ciudadano medio está convencido de que en 1991 Rusia había roto con lo que aburridamente se solía llamar la “herencia leninista”. Y que ahora las reformas emprendidas devuelven a Rusia al proceso liberal global, después de tres décadas de “oscurecimiento bolchevique”.

Así que tan solo queda sacar el cuerpo de Lenin del Mausoleo y poner el punto y final.
Es decir que para la conciencia social no hay diferencia entre el leninismo y la historia soviética como fenómeno: el final de uno supone el final de otro.

Esta visión es otra consecuencia más de la derrota histórica del marxismo. Indudablemente todo el espectro de las fuerzas contestarías de hoy sufre en distinta forma el trauma producido por el  derrumbe del lenguaje ideológico y  el método de análisis social que hasta hace un par de décadas era dominante y universal.

Pequeñas sectas contestatarias que aquí y allá todavía se agarran al marxismo difícilmente pueden engañar a nadie. La bancarrota del marxismo se evidencia por lo permitido y legitimado que está. Para las clases dominantes el marxismo ya no representa ningún peligro porque es incapaz de poner en evidencia sus secretos políticos, el mecanismo de su poder económico y político a comienzos del siglo XXI.

La acostumbrada combinación “marxismo – leninismo” ha convertido la primera parte del eslogan en una especie de bola de plomo que arrastra hacia el fondo la segunda parte que lo compone. Y, sin embargo, la derrota estratégica del marxismo no afecta a la herencia de Lenin. El leninismo en realidad tan solo sufrió un revés táctico. No fue en los tiempos de Gorbachev y de Yeltsin, sino que ocurrió sesenta años atrás, en el decisivo quinquenio 1928 - 1933.  El fracaso táctico tuvo lugar dentro de la propia URSS – momento marcado por la expulsión de Trotski – así como en el plano internacional, con el fracaso definitivo de la perspectiva de la revolución mundial. En Europa la revolución aún  era posible hasta la llegada al poder de los nacional-socialistas. En Francia la situación revolucionaria duró algo más – en 1936 el país fue sacudido por una inusitada oleada de protestas obreras antigubernamentales, pero Stalin se encargó de frustrar esta última oportunidad. A partir del año 1934, después del congreso de “los vencedores”, asesinato de Kírov y los famosos montajes judiciales contra la “guardia de Lenin”, el leninismo en la URSS fue desplazado hasta la parte virtual de la conciencia popular, como un ansia casi religiosa de la verdad. En la vida real triunfó la burocracia, organizada en forma del partido pero completamente lumpen por su esencia. Esa misma burocracia llevó a cabo el “golpe” de 1991 que no fue político, sino puramente económico. La actual dictadura de la burocracia corrompida y de la oligarquía criminal no es más que la continuación, final y agonía del estalinismo, cuando los nietos – herederos de los “vencedores estalinistas” siguen engordando sobre el cadáver del socialismo. Pero el hecho de que el leninismo haya sido desplazado hacia el ansia colectiva de las masas explotadas predetermina su supervivencia en los tiempos postsoviéticos. Al día de hoy al menos dos tercios de la población constituyen la base pasiva del potencial renacimiento de la voluntad política de tipo leninista.

La mentalidad decimonónica del marxismo hizo su derrota inevitable. Derrota acompañada del carnaval contrarrevolucionario – restaurador en los antiguos países del Este. Marxismo se basa en la imagen dogmática de las clases económico-sociales, nítidamente separadas. No sólo en cuanto a la relación con los medios de producción y el método de distribución de la plusvalía, sino, y lo que es más importante, en cuanto a la “superestructura” en forma de la conciencia de clase, moral y objetivos históricos. Fuera del contexto del discurso del papel progresista de la burguesía que despeja el camino a  la humanidad y de la misión liberadora del proletariado el marxismo pierde su pathos principal y, por lo tanto, pierde todo sentido. La conciencia marxista, además, peca del tic propio de la época de su aparición que fue el “cientifismo” – culto de la ciencia que lleva al callejón sin salida de antirreligiosidad y al dogmatismo inaceptable para describir la siempre viva realidad humana. La falta de consistencia del marxismo  está en que su esencia es metafísica e historiosófica, pero se camufla bajo los ropajes del determinismo materialista. Como resultado y desde el punto de vista de la metodología, los predecesores filosóficos de Marx – en primer lugar Hegel - ¡hoy suenan como mucho más actuales!

Leninismo suele ser considerado como la interpretación rusa del marxismo. Ciertamente, Lenin tiene que ver con el psicologismo, el apasionamiento existencial y al mismo tiempo un pragmatismo casi cínico. Todos ellos son rasgos característicos del pensamiento contestatario ruso. Sin embargo, las raíces metodológicas de Lenin, en cuanto intelectual político, se hunden en el blanquismo. August Blanquí fue un auténtico genio del inconformismo revolucionario, incomprendido en su tiempo. Después de pasar por increíbles sufrimientos, cárceles y enfermedades Blanquí descubrió la suprema verdad sobre la necesidad de crear el partido de los revolucionarios profesionales. En la última etapa de su vida, ya más cerca de la Comuna de París, Blanquí perfecciona su teoría definitivamente. El partido revolucionario tiene que encabezar a las masas sublevadas en el momento histórico elegido con la  máxima exactitud. La esencia del blanquismo no consiste en la conspiración de  solitarios apasionados, como piensan algunos, sino que el revolucionario es para él la sal de la tierra, sin la cual no existiría ni historia, ni tampoco la humanidad. Lenin elevó el blanquismo a su máxima altura. Lenin traslada el acento del proletariado como clase con misión liberadora, a los revolucionarios como casta específica, como determinado tipo espiritual de ser humano, independientemente de las clases o grupos sociales que pueda utilizar como instrumentos para su causa – la revolución. Lenin quería proporcionar al revolucionario la independencia con respecto a las condiciones económico – sociales concretas de cada momento. Revolucionario debe poseer un método analítico que permita descubrir hasta sus últimas raíces la naturaleza y la anatomía de cada enemigo concreto. Este método consiste en “arrancar todas las máscaras hasta la última”.  Muy pocos han entendido en su momento que esta aguda frase de Lenin suponía una revolución dentro de la propia revolución: que permitía deshacerse del pesado lastre que pesaba sobre el marxismo dogmático. El “arrancar las máscaras” de Lenin, supone, utilizando el lenguaje del psicoanálisis, desenmascarar el “Superego” colectivo de cada sociedad concreta.  En otras palabras, el método intelectual del leninismo es el corte de cuchilla que pone al descubierto la anatomía de la autoridad espiritual que mantiene sometida a la psique y la conciencia de las personas, que pone en evidencia su falso carisma y que destruye su hipnosis moral. Es una nueva etapa de nihilismo metafísico, dirigido contra aquello que desde el punto de vista de la verdad suprema tiene que ser destruido por completo. Ante el entornar de los ojos de Lenin los reyes no solo aparecen desnudos, sino que desde el principio no tienen la posibilidad de “vestirse”.

Marxismo, que nace del antropocentrismo de Hegel y Feuerbach con su trasfondo moralista burgués y protestante y a pesar de su presunto radicalismo acabó siendo lo que era en realidad desde el principio: un humanismo filisteo, cuya limitación quedó al descubierto en la parte final del “Manifiesto comunista”. El máximo que nos puede ofrecer la ontología del marxismo es la liberación del potencial creativo de los individuos dentro de la sociedad entendida como libre asociación de seres humanos. En última instancia no es más que “el ser para el ser” o “vivir por vivir” en el que dieciocho siglos antes de Marx se agotó el impulso del paganismo clásico. Para Lenin, en cambio, lo que existe es mentira y la única verdad es la revolución contra la mentira.
Así es como el revolucionario se convierte en el operario sagrado, que transforma el potencial mítico del titán y del héroe en la realidad social. Hacer la revolución contra algo desde el principio falso moviliza todas las reservas del ser humano y le permite triunfar sobre la entropía. El revolucionario de Lenin es el demiurgo que trabaja con la materia prima – el proletariado consciente, plenamente formado (mejor si es en segunda o tercera generación). De alguna manera la figura de Lenin se convierte en una especie de lente de aumento espiritual, en cuyo foco arde el rayo de toda la cultura e historia rusa, rayo que quema la “plomiza asquerosidad” de la vida en cualquier época. Lenin se apoya en la trágica experiencia personal de su inmediato predecesor Bakunin, oponente de Marx exactamente en las mismas peliagudas cuestiones en las que el marxismo y el leninismo se separan. Detrás de Lenin se asoma la figura de otro inconformista ruso incomprendido. Figura de proporciones y fuerza titánicas – Necháev, a quien Dostoyevski plasma como Verjovenski, en su novela “Los demonios”. El genial escritor ruso trabajaba en su novela aproximadamente por las mismas fechas en las que nacía Volodia Uliánov. Dostoyevski coloca a su personaje no como organizador del “pueblo”, sino como organizador de Stavroguin – “Iván – principito” rojo de los cuentos rusos. Stavroguin a su vez organiza a toda una pléyade de “chicos rusos”: Kiríllov, Shátov y otros.

Lenin expuesto en el mausoleo se convierte en el hecho religioso de la historia rusa, por muy disgustados que estén los conservadores, tradicionalistas y contrarrevolucionarios rusos, nostálgicos de la Rusia que han perdido. La bancarrota del régimen soviético no ha hecho más que despejar el campo para la nueva batalla – la farsa que vive la sociedad actual rusa ha aumentado mil veces desde la ejecución de Alexander Uliánov (hermano mayor de Lenin, ejecutado como terrorista – N. del T.). La humanidad está rota entre dos polos absolutos – Riqueza y Pobreza. Ya no quedan clases, el lumpen desmoralizado o lee con envidia la crónica sobre la vida de los oligarcas o se tira bajo el tren en marcha, incapaz de soportar la obtusa desesperación sin ninguna perspectiva de futuro. Con semejante sociedad “sin clases” no soñaba Marx. Semejante sinclasicidad ha llevado a una tiranía mucho mayor que la antigua pirámide social. Contra esta tiranía mañana, igual que hace cien y que hace mil años solo puede luchar y lo hará la misma casta – la casta de los apasionados, de aquellos que poseen el arte de arrancar “todas las máscaras hasta la última”.
    


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