Reino Saudí: fin de la hegemonía en el mundo islámico

Geidar Dzhemal

Reino Saudí: fin de la hegemonía en el mundo islámico

www.islamkom.org /Comité Islámico de Rusia/ 24 de abril de 2012
originalmente para www.iran.ru



Todo lo que ocurre en la Península Arábiga tiene que ver directamente con la problemática de la política exterior de la República Islámica de Irán. Dos estos grandes y autosuficientes espacios desde los primeros años de la historia del Islam se habían convertido en los polos interiores de Dar ul-Islam (mundo musulmán, tierra del Islam), entre los cuales siempre ha habido interacción, tensión, influencia mutua  y rivalidad.

Durante los últimos decenios del siglo XX el país más grande de la península – Arabia Saudí ha reaccionado muy dolorosamente ante el derrumbe de la monarquía persa, que había durado 2500 años. Claro que tampoco antes, en los tiempos de Pehleví, los Saudíes, que aparecieron en la escena mundial prácticamente al mismo tiempo que la última dinastía de Irán, sintieron demasiado amor hacia aquel país. Pero después del año 1979 esta animadversión se transformó en activa enemistad y la confrontación geopolítica.

Desde el principio Irán ha apoyado a aquellas fuerzas influyentes y extendidas en el mundo musulmán que ponen bajo duda el derecho de los corruptos y moralmente degradados Saudíes de controlar los dos lugares sagrados principales del mundo musulmán – La Meca y Medina, al adoptar el título de Hadim ul-Haramein (Guardián de dos santuarios), lo que es inaceptable para la mayoría de los creyentes. Después de la revolución Irán también ha planteado la cuestión de que La Meca y Medina deben estar bajo el control del mundo musulmán, de sus organizaciones internacionales. Esta postura de la República Islámica provocó el conflicto con Er Riad y la prohibición de realizar el hadj para los peregrinos iraníes desde 1984 hasta 1992.
Y ahora resulta que en el propio espacio geográfico de la Península Arábiga existe un régimen que desafía a Er Riad, dejando claro que los saudíes no tienen ningún derecho exclusivo para controlar los centros espirituales, hacia los cuales se dirigen las miradas y los corazones de los mil millones y medio de creyentes. Hasta qué punto es seria esta confrontación y sus consecuencias está reflejado en los recientes acontecimientos, ocurridos en la capital del régimen mencionado.

Hamad bin Halifa at-Tani llevó el golpe de estado contra su padre en el año complicado y en muchos sentidos decisivo de 1995. En este momento la Primera guerra de Chechenia estaba en su apogeo, la sociedad rusa se encontraba sumida en una profunda crisis tras la usurpación del poder por Yeltsin y la agresión que éste desató contra el Cáucaso Norte. Las relaciones entre los rusos y la umma musulmana de Rusia sufrieron una rotura fundamental y se encontraban prácticamente en el punto de congelación. En este período fue definitivamente liquidado el paradigma de la solidaridad internacional, elaborado durante la historia soviética. Paralelamente se desarrollaban distintos procesos activos en distintas regiones del mundo musulmán: en Afganistán los talibanes pasaban a la ofensiva y ponían el territorio del país bajo su control, en Sudán trabajaba activamente la conferencia islámica de Jartum bajo la dirección del doctor Hasán at-Turabi; repentinamente se manifestó como una fuerza poderosa la comunidad musulmana de Sudáfrica, unida en Islamic Unity Convention. Al mismo tiempo en Gran Bretaña comenzaba a funcionar el parlamento islámico, creado por iniciativa del ideólogo del Islam político británico de origen paquistaní Kalim Siddiqui. Este último, por cierto, formula la doctrina del califato no estatal y sin fronteras, que existe como a través y fuera de los sujetos jurídicos del derecho internacional, actuando como el contrasistema global.

En otras palabras, en 1995 se había levantado otra ola del despertar islámico, transcurría una rápida integración de aquellas capas de la umma políticamente orientadas, que superaban las confrontaciones sectarias y dialogaban a plena voz para crear una plataforma común. La autoridad de Arabia Saudí era bastante baja, el estatus de Irán crecía y se ponía en cuestión la propia perspectiva del control occidental sobre el mundo islámico.

Nuevo gobernante de Qatar accedió al poder con el apoyo de los demócratas norteamericanos como un as, que ellos se sacaban de la manga, para recuperar la iniciativa que la dinastía saudí claramente había perdido. Se trataba de un nuevo recurso proyectado por Occidente (más exactamente por aquella parte suya, cuyos intereses expresaba el matrimonio Clinton) para ensanchar el frente interno, dirigido contra el despertar islámico.

Como siempre los norteamericanos “querían lo mejor…”. Pero en realidad la aparición de un nuevo polo de influencia trajo a Occidente más problemas que soluciones.

Desde 1945 Arabia Saudí se había convertido en el cliente de los EE.UU. Ello estuvo predeterminado por el apoyo que la dinastía saudí prestó al Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial, hecho que tras la derrota alemana fue utilizado por los norteamericanos para chantajear al rey Abdul-Aziz. A bordo de un barco de guerra norteamericano Eisenhower aceptó del monarca saudí el juramento de fidelidad a América por los siglos de los siglos.

La casa real de Qatar a lo largo de varias generaciones estaba relacionada con la monarquía británica. Qatar, al igual que otros reinos del Golfo, formaba parte del tradicional partido anglófilo, que unía en todo el mundo a la nobleza hereditaria. Además, a diferencia del origen oscuro y dudoso de los Saudíes, cuyos propagandistas insinúan su relación genealógica con Muavya  (recomendación bastante negativa desde el punto de vista de la aplastante mayoría de los musulmanes), los gobernantes de estas pequeñas monarquías arábigas, como regla, aseguran descender de los tres primeros califas, es decir que son los que en el mundo musulmán reciben el nombre de “Hodja” (hodja – señor). Es por lo que Hamad al acceder al poder ha insinuado que con derecho debería de desempeñar el papel central en el mundo musulmán. Sin duda, sobre el hijo infiel, que quitó el poder al padre, mientras este descansaba en Suiza, también apostaban los círculos monárquicos tradicionalistas de Europa, interesados en la nueva integración del espacio islámico bajo el control de las élites con autoridad próximas a ellos.

El emir de Qatar en seguida había comprendido que pagar el sueldo a los estudiosos del Corán y financiar a los predicadores tenía menos perspectivas que los medios de comunicación más modernos. El canal “al-Jazira” se convirtió en el arma eficaz para la realización de las grandes ambiciones de la casa reinante de Qatar. Y es evidente que esas ambiciones en gran medida están relacionadas con la dinámica de los acontecimientos en el mundo árabe a lo largo del último año. Tanto el telecanal qatarí, como sus instructores militares participaron estrechamente en todos los vaivenes de la lucha que tuvo lugar entre “la calle” y los regímenes títeres prooccidentales.

El despertar islámico es la fuerza que se parece a un torrente de agua, - corre en primer lugar hacia donde más posibilidades hay de ganar. Así cayeron en primer lugar el régimen tunecino, luego el egipcio. Hubo intento de hincarle el diente a Marruecos y Argelia, pero la cosa se pospuso para tiempos mejores (la junta militar argelina desde 1991 lucha contra su propio pueblo y es relativamente “dura de roer” para las fuerzas revolucionarias).

En Yemen se abrió la primera brecha en el frente prooccidental en la Península Arábiga: Abdallah Saleh se tuvo que ir y el proceso allí había comenzado. Sin embargo el premio principal sigue siendo Arabia Saudí.
La perspectiva de la debacle del régimen monárquico en el mayor estado de Arabia abre enormes posibilidades al desarrollo del despertar islámico, en primer lugar, gracias a que elimina así al principal enemigo de Irán en el mundo árabe. Arabia Saudí, además, es el organizador de los simulacros controlados en todo el mundo – desde Kasajstán postsoviético hasta Somalia. Con la desaparición de la dinastía saudita el golpe contra la presencia americana en el Oriente Próximo será tan potente como el que supuso la desaparición de la dinastía Pehleví hace 33 años.

Pocos saben que el estado mayor de la oposición saudí y la mayoría de los opositores emigrados de Arabia Saudí se encuentran en Londres. Dentro de la propia Arabia Saudí en las cárceles hay unos 7000 presos políticos, la mayoría son activistas religiosos, incluidos los salafistas convencidos, que se oponen a la política de la dinastía. Las explosiones de protesta en las provincias orientales, crecimiento del malestar entre la clase media saudí, finalmente el activo trabajo de la oposición desde Londres, a la que, por cierto, apoya Qatar – todo ello hace que la situación del establishment monárquico del país se encuentre en una situación cada vez más resbaladiza. A lo cual hay que añadir que el actual presidente de los EE.UU., a diferencia de su antecesor, no es nada fanático del régimen saudí. Sobre este fondo los servicios secretos saudíes prepararon el intento del golpe.

La estructuración del propio golpe lleva a pensar que los saudíes tan solo “querían mandar un mensaje” a Hamad bin-Halifa. Lo más probable, es que al preparar el pronunciamiento del grupo de oficiales-conspiradores, ellos mismos provocaron la fuga de información que permitió a la casa de Qatar tomar las medidas oportunas. El verdadero golpe no se prepara de esta manera, y también en el caso del éxito Arabia Saudí  podría encontrarse con más problemas que beneficios. Por cierto, otro argumento a favor de la suposición de que el golpe no era más que virtual, es la ausencia de un claro beneficiado en el seno de la familia qatarí, alguien estrechamente ligado a los saudíes por quien valía la pena llevar a cabo este golpe. En realidad Er Riad no controla la situación interna en Qatar.

Claro está que los norteamericanos han aprovechado la situación para movilizar a sus rangers e imponer a Qatar la dependencia directa en materia de seguridad. Además, para Washington de Obama es poco ventajoso tener que verlas con Er Riad que ha recuperado el control de antaño sobre la Península Arábiga, sin hablar de todo el espacio de Oriente Próximo.

Muchos comentaristas han señalado que Obama pertenece al ala “izquierda” (cosmopolita) del Partido Demócrata estadounidense. Este ala hace tiempo que promueve los intereses del así llamado partido internacional probritánico y lleva a cabo un complejo juego de múltiples jugadas para obtener el control real sobre los Estados Unidos. Lo que se debe comprender como la conversión del imperio norteamericano en el instrumento de la élite internacional, o en otras palabras, el fin del propio imperio entendido como una formación estatal nacional enraizada en el sentido clásico. Lo que más teme Obama es el golpe interno en el país, que como él cree, puede provenir de la alta cúpula militar, figuras de culto que alcanzaron la fama ante el gran público gracias a las guerras del último decenio. Por eso la Casa Blanca neutraliza y retira uno tras otro a todos los “hombres fuertes” de los mandos de la máquina militar estadounidense. Lo que menos desea ahora Obama y sus protectores es una guerra contra Irán. Representaría el fracaso absoluto de toda la estrategia de los “demócratas radicales”.

Por otro lado, Obama comprende que los Saudíes como clan históricamente están atados al ala extremo-derechista de los republicanos, y no podría ser de otra manera. Por eso en resumidas cuentas, tampoco le importaría que el viento de la “primavera árabe”  se llevara al basurero de la historia al régimen saudí junto con aquellos a los que Er Riad ha protegido a lo largo de la vida de toda una generación.
Resumiendo sobre los acontecimientos en Doha, hay que partir del hecho que de entre todas las monarquías de la región, Qatar con Hamad bin Halif ocupaba una posición especial. En particular se negó abiertamente a apoyar a Abdallah Saleh, cuando el resto de los países peninsulares, dirigidos por la monarquía saudí se ofrecieron como los intermediarios para el diálogo entre el presidente yemení y la oposición. Tampoco es un secreto que en cuanto al problema de las relaciones con Irán Qatar no aparece como el típico sujeto árabe conservador.

La última acción de los saudíes – independientemente de su carácter puramente simbólico o real – tan solo reforzará  la diferencia del curso político  del minúsculo, pero influyente país con respecto a Er Riad. Dado que el Oriente Próximo ofrece hoy pocas elecciones en lo que a los centros de fuerza se refiere, fuertes diferencias con la casa de los Saud inevitablemente harán que Qatar sea más comprensible con respecto a Teherán.
Irán está bastante interesado en apoyar a Qatar en sus pretensiones de liderazgo dentro de la parte árabe del Golfo, porque los saudíes siguen siendo el enemigo principal de la República Islámica. La aproximación de Qatar a Irán puede reventar todos los planes de Occidente para desatar una nueva guerra árabe-iraní. Y, además, la agresividad de Israel, que cuenta con la iranofobia de las monarquías petroleras, también perderá su base de apoyo.


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