Siria – trampa para Eurasia

Geidar Dzhemal

Siria – trampa para Eurasia

31 de julio de 2012, #25 (134) Odnako.org



Tan solo hace poco la preparación y celebración de las elecciones al parlamento sirio creaban entre los observadores la ilusión del triunfo del régimen de Asad – y con él de Irán, Rusia y China – sobre los enemigos de la dirección baasista en Damasco. A lo largo de los últimos meses y, especialmente, semanas esta sensación se ha disipado. Hoy ya queda claro que Asad está condenado. Y eso a pesar de que el Occidente y los saudíes han disminuido visiblemente el apoyo material a la oposición armada. Más bien al contrario: la última etapa de las relaciones de la oposición siria con las fuerzas externas testimonia que el proceso de la desintegración del régimen ha proseguido sin grandes inversiones desde fuera.

Siria es el ejemplo clásico de la burocracia nacional que se convierte en la víctima de turno del rodillo del “gobierno mundial”. Como todas las burocracias nacionales ya desmontadas o que esperan su turno, sobre el régimen sirio pesa la herencia negativa que ha quedado de las recientes, pero definitivamente desaparecidas generaciones políticas. En primer lugar, el estado del clan de los Asad es el residuo del nacional-socialismo árabe que ha quedado de los tiempos de Nasser. En la época de Gamal Abdel Nasser Siria, por cierto, junto con Egipto formaba parte de la República Árabe Unida. A la misma categoría pertenecían los regímenes de Mubárak – heredero de Sadat, que fue el sucesor de Nasser, de Saddam, que se apoyaba sobre el partido BAAS iraquí, y también de Kaddafi, que permanecía un tanto aparte debido a su “tercera teoría mundial” y “jamahiriya” como sistema de gobierno, pero que también formaba parte del fenómeno del socialismo árabe. Para el día de hoy, aparte de Siria, todavía queda abierta la cuestión del destino político de Argelia…

El socialismo árabe ascendió sobre la ola antibritánica (antifrancesa en el caso argelino) de posguerra y fue un fenómeno bastante complejo. Es un error pensar que por el fenómeno del socialismo árabe únicamente “responde” el Moscú soviético. Indudablemente, Stalin después de la Segunda Guerra Mundial ayudó activamente a desmontar el imperio colonial británico. Pero en esta cuestión – no hay que olvidarlo él era el socio de los Estados Unidos, en las que dominaba el espíritu del republicanismo imperial, incluso cuando a la Casa Blanca accedían los demócratas (tanto Nasser como los oficiales-revolucionarios de otros países árabes después de derrocar a sus gobernantes “sacrales” que se apoyaban generalmente en las órdenes sufís, invariablemente buscaban el apoyo de Washington y tan solo tras su aprobación comenzaban a colaborar con Moscú).

En Asia Anterior Asad es el último representante del secularismo árabe que queda en el poder. Las manos del régimen están manchadas de sangre de miles de representantes del Islam político, que sufrieron una represión despiadada a lo largo de los más de cuarenta años del gobierno del clan (sin hablar del ensañamiento con los Hermanos Musulmanes durante el período de Nasser: se sabe que los nasseristas persiguieron cruelmente a los “Hermanos”, gracias a los cuales en su día pudieron acceder al poder).

El socialismo laico árabe dentro del formato del fundador del baasismo Michel Aflaq (quien visitaba Berlín durante la Segunda Guerra Mundial) o en su variante nasserista representa un irremediable anacronismo en la región. En el caso sirio se complica todavía más con dos hándicap políticos. En primer lugar, baasismo en Damasco se asocia con la minoría alavita – la contraparte simétrica al baasismo con Sadam en Bagdad, que encubría el gobierno de la minoría sunita sobre la mayoría chií. Por cierto, con el propósito propagandista a los alavitas insistentemente los presentan como chiitas, aunque sus doctrinas y prácticas se diferencian del mazhab de Djafar as-Sadiq, la única forma ortodoxa de la corriente chiita dentro del Islam.

En segundo lugar, aparte de que dentro del espacio islámico actual el predominio de una minoría bajo cualquier pretexto político o cobertura de partido se convierte en cada vez más problemática, el caso sirio además se complica por los lazos familiares. El gobierno del clan tiene sus ventajas tácticas: es más difícil introducir a los agentes de influencia desde fuera y la burocracia, unida por los lazos familiares, es más solidaria que otra ante la amenaza física en el caso de la crisis en el país. Sin embargo estas pequeñas ventajas desaparecen ante la gran desventaja – el clan fácilmente se identifica en la conciencia popular como el objetivo que debe ser destruido. Esta debilidad sistemática ya fue puesta de manifiesto en innumerables ocasiones a lo largo de las revoluciones antimonárquicas, y el republicanismo de clan es una forma secular profana de la monarquía.

(República Islámica de Irán en múltiples ocasiones dio a entender que no aprueba el principio familiar como la base del gobierno estatal. Lo cual es natural tratándose de un país que ha entrado en la fase más importante de su historia de 2500 años bajo las banderas del antimonarquismo).

Y por último, tal vez la circunstancia más cruel e injusta, relacionada con el régimen asadista, es que el propio Bashar Asad no es un jugador independiente. Está rodeado por los parientes mayores que mandan en las estructuras de seguridad y cuyo potencial intelectual además no es demasiado alto (como ya ha sido demostrado por los múltiples fallos de cálculo catastróficos de Damasco). No hay ninguna duda de que si el relativamente joven presidente lanza un serio reto a los robustecidos en la violencia tiburones de su clan, le espera un anticipado final: la familia está luchando por su supervivencia física y no se detendrá ante nada.

En otras palabras, todo lo que intente hacer Asad, todo lo que pueda prometer – no vale nada, pues su séquito lo mantiene como rehén. La familia se cubre con el oftalmólogo llegado al poder, calculando que en el ajuste de cuentas final podrá colgarle la mayor parte de sus crímenes más graves.

¿Pero acaso Asad nunca tuvo ninguna posibilidad? No, por lo menos al principio del proceso de desestabilización de Siria se podía haber salvado bastante y evitar a Asad el golpe, deshaciéndose a la vez del odioso sistema. Irán tenía esta posibilidad, ya que en su etapa inicial la oposición poseía otra estructura y otra composición que ahora.

La fuerza principal de oposición al régimen tanto históricamente como al principio de los acontecimientos actuales fueron los Hermanos Musulmanes sirios, que actuaban en contra del régimen en general, pero sin una actitud tajante, al menos personalmente hacia Asad. Teherán no tenía problemas para contactar con los ihvanes a través de HAMAS, que representa la filiación palestina de este movimiento internacional. HAMAS posee una gran autoridad y un poderoso recurso de influencia en todo el mundo islámico, siendo a la vez un puente político que conecta el chiismo estatal de Irán revolucionario con el Islam político sunita.

Al comienzo de los “acontecimientos” en Siria era posible cambiar el régimen mediante un acuerdo personal entre Bashar Asad y los Hermanos Musulmanes. Claro que ello hubiera exigido acciones radicales por parte de todos los participantes, pero como alternativa Irán podía retirar su apoyo al régimen, lo cual no dejaría a la familia otra elección. Entonces todavía podían contar con salir inmunes, abandonando el poder y entregándolo al bloque de coalición, en el que dominarían los ihvanes sirios y como líder nominal, que simbolizara la herencia del curso antiisraelí y pro-palestino hubiera quedado Asad.

Por desgracia, las posibilidades de esta maniobra ya se han perdido, porque ha habido una evolución en la distribución de fuerzas dentro de la propia oposición. Los Hermanos Musulmanes ya no son el jugador único y ni siquiera principal en el campo de la oposición. Hace tiempo que allí actúan y amplían su zona de influencia los salafistas predispuestos contra los Hermanos Musulmanes, los liberales pro-occidentales, sin hablar de los agentes directos de la dinastía Saudí, en particular los mercenarios del príncipe Bandar bin Sultán. Esta variopinta composición quita el sentido y perspectiva a cualquier intento de ponerse de acuerdo con la oposición como fuerza política unitaria. Además, en cuanto a la coyuntura de la imagen ha cambiado la posición del propio Bashar Asad. En gran medida ha perdido el pequeño, pero indudable capital de confianza hacia él, como el líder que desea el bien para su pueblo. Hoy su nombre propagandísticamente se ha asociado a todo lo negativo del régimen de Damasco difundido entre la gran parte de la sociedad. De esta manera la situación juega a favor de los auténticos “malos” en el séquito del presidente que le preparan para el papel del “chivo expiatorio”.

(Por cierto, hasta un determinado punto esta tecnología ha funcionado en Libia, donde gran parte de los altos cargos kaddafistas lograron convertirse en revolucionarios y no solo eludir la responsabilidad política por los asuntos del régimen, sino convertir en culpables a sus ex -colegas).  

El apoyo a Siria baasista se ha convertido en la trampa montada por Occidente para todo un grupo de  países que se oponen a la formación del “gobierno mundial” que ocurre ante nuestros ojos. Por supuesto, en primer lugar, se trata de Irán.

Cuanto más profundo se hunde el régimen sirio, cuanto más crece la insistencia y la extensión de la propaganda antiasadista con la permanente demostración de videos en los que presuntamente los representantes de las fuerzas gubernamentales matan a los niños etc., tanto más crece en las amplias capas de la sociedad musulmana internacional la extrañeza y el disgusto con respecto a la posición de Teherán. Así en Egipto donde los Hermanos Musulmanes tradicionalmente mantenían una actitud amistosa (a diferencia de los salafistas) con respecto a la República Islámica – y eran ellos los que marcaban la actitud dominante en la conciencia popular – hoy ya han aparecido los sentimientos antiiraníes, lo que indudablemente se apuntan como victoria los servicios secretos de las monarquías arábigas y de la OTAN. La conservación del régimen sirio se ha convertido en el principal obstáculo en el logro de un objetivo estratégico como el “cuadrado verde” – bloque político-militar en el que deberían entrar Irán, Paquistán, Turquía y Egipto. No hace falta decir que impedir la formación de este bloque es un imperativo estratégico de la burocracia internacional con respecto al mundo islámico.

Especialmente negativo es el hecho de que la crisis de confianza hacia Irán revolucionario transcurre justamente en las zonas del “despertar islámico”, que en gran medida deben su existencia precisamente al apoyo de Irán y aquel colosal trabajo que Teherán ha llevado a cabo a lo largo de los últimos 30 años. Hoy Teherán ha encabezado abiertamente el foro internacional de las fuerzas que participan en el “renacimiento islámico” desde Asia Central hasta África del Norte. Sin embargo los oponentes de Teherán, al indicar su relación con la catástrofe humanitaria de la guerra civil a gran escala en Siria, obtienen los argumentos para acusar a la República Islámica de mantener “el doble rasero”. Los observadores no tienen duda de que la bajada de la confianza de Occidente en el éxito de la oposición a principios del verano, no fue más que una maniobra de distracción. En realidad el Occidente no está interesado en que el régimen caiga ahora mismo. Al contrario, la drástica reducción de la ayuda material a las fuerzas antigubernamentales testimonia que la estrategia occidental pretende alargar la guerra civil y la agonía de la estatalidad en este país. Está claro para que lo quiere: cuanto más se alargue el sufrimiento del pueblo sirio, cuanto más espesa y negra sea la pintura con la que los mass-media pintan el gobierno de Damasco, tanto más negativos son los sentimientos de la gente hacia Irán, Rusia y China. Pues siguiendo la lógica del ciudadano corriente el  apoyo de estos países es lo que hace posible lo que sucede. Por otro lado, queda claro que el ejército sirio hoy no tiene fuerza para decidir inequívocamente el resultado del conflicto a su favor. Traslado del enfrentamiento armado a la capital, el acceso del suicida a la reunión del bloque de seguridad, con el resultado de la muerte del ministro de defensa y heridas causadas a los altos funcionarios del régimen – es el testimonio de que las estructuras de seguridad se desintegran, que está bajando la voluntad de resistencia a nivel de los ejecutores. El Occidente está interesado ahora en que la agonía se alargue cuanto más tiempo – como mínimo hasta las elecciones en los EE.UU….

(¿No estarían relacionadas con esta táctica las últimas “filtraciones” sobre los misiles nucleares que Arabia Saudí habría obtenido presuntamente gracias a China? Los expertos opinan que el hecho de la publicación del libro por el ex –agente de la CIA en el que éste afirma que presuntamente en 2003 – 2007 China entregó a Er Riad el armamento nuclear, indica que se está preparando una gran provocación contra la República Islámica con la posterior culpabilización de Arabia Saudí).

La guerra civil que prosigue en Siria se ha convertido en la base de la formación de un “cinturón sunita” antiiraní, que con cada vez mayor claridad se opone a Irán, Hezbolá y aquellas fuerzas palestinas que comprenden el significado de los acontecimientos y conservan la lealtad hacia su fiel amigo y compañero de lucha iraní. Indudablemente el objetivo de la burocracia internacional, que en el lenguaje político al uso se suele cambiar por las categorías poco unívocas de “Occidente” y los “EE.UU.” – es la división del mundo musulmán en dos campos enfrentados, donde el bloque sunita no solo aglutinará sobre una plataforma antiiraní a Turquía y el mundo árabe, sino también a Gran Asia Central, incluyendo la región de Afganistán-Paquistán.

La realización del semejante plan supondría la catástrofe para toda Eurasia. El camino hacia esa catástrofe pasa por la sufrida tierra siria.


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