Terror y revolución

Geidar Dzhemal

Del libro Liberación del Islam /Osvobozhdenie islama/, recopilación de textos, Moscú, 2004

Traducido del ruso 


TERROR Y REVOLUCION

En el mundo se ha puesto en marcha el proceso de globalización. Su carácter es más político-administrativo que económico. Y se lleva a cabo a un ritmo cada vez más acelerado, por encima de las soberanías nacionales, intereses regionales y problemas humanitarios. Los sucesos del 11 S y la posterior reacción de los EE.UU. confirmaron la extendida opinión de que el instrumento de la globalización es la guerra mundial. La experiencia nos demuestra que las dos guerras mundiales ocurridas en el siglo XX, fueron etapas necesarias para la integración política del mundo bajo la dirección de un reducido grupo de potencias occidentales. Hoy somos testigos de  cómo sobre la oleada de la histeria antiislamista vuelve a resurgir la nueva Entente (y de nuevo con la participación de Rusia), cuya misión consiste en rematar la globalización a la fuerza y en un tiempo récord. Está claro que las clases dirigentes de las potencias imperialistas para consolidarse, pese a sus diferencias, y en aras de alcanzar el objetivo común, también necesitan tener una plataforma ideológica común. Esta función del punto en común lo desempeña el así llamado “terrorismo internacional” – un fenómeno de origen más que sospechoso. Vemos como explotan viviendas en las barriadas populares, como aviones caen sobre los rascacielos llenos de oficinas, como sobre los inocentes ciudadanos espolvorean el polvo contaminado con la peste siberiana, y oleadas de pánico recorren a la marea humana, extendiéndose sobre el planeta entero. ¿Quién lo hace y por qué? ¿Qué fines se proponen esos “terroristas internacionales”? Psicólogos, politólogos contestan al unísono: el objetivo de los terroristas es sembrar el miedo, pero no nos dicen ¿miedo a quién y para qué? Si los organizadores de los atentados gastan enormes medios, sacrifican sus propias vidas - ¿entonces este miedo tiene que tener alguna finalidad? Hasta ahora las consecuencias de aquellas acciones destructivas fueron aprovechadas en el beneficio de los regímenes que han reforzado el control policial sobre los ciudadanos, han restringido las libertades, han puesto bajo el control los medios de comunicación, han llevado a cabo cambios políticos, golpe de Estado inclusive, basándose nada más que en el shock y el pánico de las masas y la porra ideológica llamada “terrorismo internacional”. Si todo ello lo llevan a cabo los terroristas islamistas, entonces habría que reconocer que no son más que una subsección de los servicios secretos de Occidente y que llevan a cabo un trabajo suicida con el fin de reforzar el dominio occidental sobre el mundo entero, incluida aquella parte del globo ocupada por el Islam.

No obstante cualquier politólogo sabe que existen dos tipos de terror. El primero es utilizado por los poderosos contra la población y el segundo lo utiliza contra el poder la rama más radical de la oposición. Ambos tipos de terror nunca se mezclan ni tampoco copian sus métodos. El terror dirigido contra los poderosos siempre tiene un destinatario concreto con nombre y apellidos. Es una especie de diálogo que los revolucionarios entablan con el poder. Para los revolucionarios no tiene sentido matar a personas casuales, a transeúntes, a simples ciudadanos. Semejante acción no tiene sentido, despierta entre la población la animadversión y el odio hacia la oposición, trabaja para reforzar el régimen. En su día el conocido agente-provocador Azef que trabajaba para la Ojrana zarista (Policía Secreta) propuso al Comité Central del Partido Socialista Revolucionario volar una de las entradas al Palacio de Invierno. Su oferta fue recibida con extrañeza y rechazada. “Morirá gente ajena, transeúntes, porteros, bedeles”. Está claro que aquella sugerencia provenía de la policía secreta zarista y tenía como objetivo desacreditar a los socialistas revolucionarios entre el pueblo.

Terroristas islamistas existen. Fueron ellos los que mataron al presidente Sadat, intentaron matar a su sucesor Mubárak, liquidaron hace poco al ministro israelí de trabajo conocido por sus opiniones racistas. Cada uno de estos asesinatos estaba motivado. Cada uno es un afilado golpe contra el poder. Esta tradición de la lucha terrorista contra los poderosos de este mundo hunde sus raíces en los tiempos bíblicos, en la lucha que los seguidores del monoteísmo –  los únicos que en aquella noche de la historia encarnaban la protesta social, - llevaban a cabo contra la violencia y la tiranía que les rodeaba. Este terror concreto que tenía un claro destinatario era el lenguaje con el que Jerusalén contestaba a la agresión por parte de Roma pagana  e imperial. El mismo modelo sigue el terror político de hoy.

Existe otro terror: el que asusta a la población, anula la capacidad de la sociedad para el análisis y la resistencia, obliga a los particulares a aceptar la arbitrariedad policial presentada como medidas de seguridad. A escala más amplia este mismo terror aplican las potencias imperialistas contra los pueblos y regímenes indeseables: bombardeos en alfombra, operaciones puntuales, operaciones terrestres, bloqueo económico, aislamiento diplomático – métodos para anular la voluntad política y poner de rodillas a la parte opositora de la humanidad. Antes se llamaba la política de las cañoneras y ahora la política de los “tomahawk”.

En nuestros días, a falta de un método serio del análisis de la realidad, los politólogos utilizan banales clichés del choque de las civilizaciones y demás imaginería emocional y anticientífica. Pecan además de hipocresía específicamente burguesa, cuando hablan del “vegetarianismo” de Occidente y sus “joyas caras” tales como las libertades, los derechos humanos etc. A lo largo de la vida de una sola generación el Occidente “vegetariano” ha organizado dos guerras mundiales y hasta dos decenas de guerras regionales, que se han llevado por delante la vida de más de 100 millones de personas. Este mismo Occidente ha creado los medios más refinados de presión sobre el factor humano: desde los campos de concentración hasta la guerra informativa, que utiliza métodos sin precedentes para destruir las culturas originales y quebrantar la confianza de los pueblos en sus propias tradiciones originales. Si hablamos concretamente de las relaciones de Occidente con el Islam, todo el siglo XX es una continua agresión contra el mundo islámico. Aquí podríamos incluir la guerra anglo-afgana de 1919, la lucha contra el llamado movimiento “basmach” en Asia Central, guerra colonial francesa contra los movimientos de liberación en Marruecos, Túnez y Argelia, guerra de Italia contra Libia en los años 30, agresión británica contra Iraq y los países del golfo en los años 30-40, la invasión anglo-soviética de Irán en 1941, guerras coloniales de Gran Bretaña, Francia, Holanda en los 50-60 contra Yemen, Argelia, Indonesia, Malasia, guerras israelís contra los árabes, la invasión soviética de Afganistán, bombardeos norteamericanos de Iraq, Sudán, Somalia, por último una nueva agresión de los EE.UU. contra Afganistán ya en nuestros días. Solo después de 1945 Occidente ha exterminado en guerras locales a más de 10 millones de pacíficos civiles de religión musulmana. Hablar después de todo esto del “terrorismo islamista” y del “salvajismo wahhabita” representa el colmo del cinismo. Lo que en realidad ocurre es el enfrentamiento social a escala planetaria entre las élites corrompidas y sin principios con las clases explotadas, enfrentamiento que dura desde los tiempos de los faraones y los césares hasta nuestros días, para alcanzar hoy la agudeza de una crisis escatológica.


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