Una vez más sobre el proyecto islámico

Geidar Dzhemal

Una vez más sobre el proyecto islámico


Entrevista extraída del libro de Geidar Dzhemal: Stena Zulkarnaina /El muro de Zulkarnayn, Moscú, 2010


ARBA.ru. Geidar, Ud. es el presidente del Comité Islámico de Rusia ¿Cuál es su función y la suya personal?

Geidar Dzhemal. Históricamente el Comité Islámico ha nacido como la consecuencia de mi conversación con el doctor Turabi en Sudán aproximadamente en el año 1994. Entonces llegamos a la conclusión de que Rusia (en primer lugar) necesitaba tener una estructura que pudiera servir, utilizando el lenguaje informático, como “interfaz” entre la clase política de Kremlin y el mundo islámico. Era la época de Kózirev, el frenético desmontaje del sistema político-militar soviético, el descarado servilismo ante los EE.UU. y el libre acceso en Rusia de los norteamericanos con el derecho de los vencedores al sistema de control y de la toma de decisiones a todos los niveles dejó al Tercer Mundo indefenso ante el descaro del imperialismo clásico, cuyo último baluarte es el régimen de Washington (el globalismo, en cambio, tiene el rostro europeo y utiliza los métodos mucho más sutiles de imposición imperialista).

Pero  más importante que saber cómo ha surgido el Comité Islámico es entender en qué se ha convertido con el paso de tiempo. Hoy el Comité Islámico se ha convertido en el cerebro, el estado mayor intelectual de la Umma islámica, que asume la función del “sujeto”, capaz de ser un jugador independiente en el escenario político mundial, tal y como debe ser el Islam en su conjunto.

A. Pero en Rusia existen multitud de organizaciones islámicas oficiales, incluyendo el muftiato y las Direcciones Espirituales ¿por qué no dejarles estas funciones? ¿Por qué precisamente el Comité Islámico asume la misión de representar el Islam en Rusia?

G.D. El Comité Islámico asume la valentía de hablar en el nombre del Islam porque aquí bajo nuestro nombre se han unido prácticamente todos los impulsos y tendencias de la actual vida política de la Umma, las experiencias positivas y negativas, a veces únicas. Además, precisamente nosotros poseemos el discurso que el Islam necesita como el aire, dirigido contra el panteísmo que corroe el mensaje coránico y contra el misticismo sentimental que se esconde detrás de la marca genérica del “sufismo”.

A. Sí, pero en el papel de los luchadores contra el sufismo es más habitual ver a los así llamados wahabitas, que insisten en la fe elemental casi ascética, rechazando todo lo que el Islam fue adquiriendo a lo largo de la historia…

G.D. A decir verdad, el wahabismo, o el movimiento salafista, no pueden nada contra el sufismo, porque tampoco ellos entienden lo suficientemente bien el Islam. Intentan luchar contra el predominio del simbolismo en la mentalidad musulmana, cosa que está bien, pues el simbolismo es el arma metodológica de los sacerdotes (kahin). El simbolismo refleja la visión del mundo platónica o neoplatónica, la fe en un mundo real objetivo, que existe independientemente del testigo, en esencias que tienen arquetipos celestes, que arrojan sus sombras hacia abajo. “Lo que es arriba es abajo”, - es el principio fundamental de la metafísica pagana, escrito en la Tabla Esmeralda de Hermes Trismegisto, el principio de analogía ¡al que está sometida la intuición espiritual del hombre, un ser creado, hecho del barro! Una criatura sin alas, sin autonomía está condenada a someterse a este principio lógico. La Revelación rompe este círculo cerrado de la identificación en última instancia del todo con el todo y nos proporciona el testimonio sobre la fuente que se encuentra fuera de cualquier analogía.

En realidad Tawhid (principio del monoteísmo estricto – N. del T.) y la sura Ihlas que descubre su esencia afirma la supresión de la analogía con respecto al sujeto Único y por lo tanto declara la guerra absoluta a la razón natural (experiencia, sentidos, fe etc.).

A. ¿Por qué concretamente está condenada la oposición salafista al sufismo?

G.D. El problema consiste en que los hermanos que defienden la purificación del Islam no dominan la metodología coránica del nominalismo que permite luchar de manera efectiva contra el realismo helenista que constituye la base de la mentalidad tanto de los paganos occidentales como orientales.

Aquí justamente comienza mi labor, porque me dedico a elaborar el aparato intelectual que permita formular el principio de Tawhid no solo como el credo de la fe, sino como el instrumento para generar nuevos conocimientos, necesarios para formar el espacio político islámico global. Quiero subrayar que no hablo de la “civilización”, entendida como un espacio tecnológico-cultural específico con una serie de rasgos característicos, sino exactamente del espacio en el que se cuecen elementos humanos heterogéneos, con diferentes impulsos, motivos, pero en el que debe predominar la continua reproducción del Monoteísmo en las cabezas y en la práctica social del grupo humano que tiene que mantener el liderazgo y marcar el rumbo histórico.


La misión del Islam

A. ¿Coincide el Islam en su esencia con las doctrinas de otras religiones universales?

G.D. Ya lo hemos contestado al final de la anterior respuesta. El espacio de Tawhid, que niega la analogía y la identificación, representa en sí mismo la oposición al Sistema, cuyo espíritu consiste en la homogeneidad,  la ausencia de variación, reproducción de lo mismo, la cerrazón del factor humano sobre sí mismo. Los gobernantes (que según el Corán son todos delincuentes) y sus maestros espirituales, que desempeñan el papel del faraón colectivo, se consideran la única encarnación posible de la divinidad dentro del caos de la materia muerta. Por un lado, esto parece recordar el principio islámico de representación: “El hombre es el representante de Allah”, - pero dentro del contexto islámico se trata de que el hombre es el guardián del sitio en el nombre del Sujeto absolutamente trascendente, oculto e inconmensurable, que por principio no puede ser representado ni a través de las imágenes, ni por las analogías, ni a través de las comparaciones, ni con las más locas hipótesis, nacidas de los recursos mentales humanos. El musulmán es el representante de lo Otro incondicionalmente distinto a todo lo que hay. En tanto que el pagano presupone el principio de estricta analogía entre él mismo tal y como es, y dios, en el que pretende convertirse. Por eso su verdadero dios es Lucifer (Iblís). Y, por lo tanto, los maestros espirituales y sus pupilos en el poder son una banda de satanócratas, hizbu-sh-shaitán. El producto final de la satanocracia es la sociedad de la información, cuyos rasgos ya se están plasmando en la vida real en nuestro tiempo.

A. ¿Es decir que Ud. considera que prácticamente vivimos hoy el prólogo del Apocalipsis?

G.D. Nuestros hijos se entretienen con los juegos de ordenador, sumergidos en el trabajo interactivo con la Red (¡buen nombre!), y es la primera señal de cómo será la actividad vital del ciudadano de la sociedad de la información. Las personas se convertirán en las terminales que convertirán su tiempo interior, limitado, por cierto, por un número muy concreto de latidos de corazón vivo, en el flujo de codificaciones electrónicas, cuyo intercambio constituirá la base de la nueva economía intelectual. Será una esclavitud incomparablemente peor que la de los tiempos del faraón.

Miles de millones no podrán o no querrán asumir este yugo, y los poderosos plantearán la cuestión de cómo echar este lastre fuera de la Historia y del Sentido. Ya hoy algunos “científicos” dicen en público que habría que deshacerse de las nueve décimas partes de la humanidad que no valen para nada. La mayor paradoja consiste en que la sociedad de la información explotará la metodología nominalista de forma paródica. La información en general no pertenece a la esfera de los símbolos y analogías, es en primer lugar la interpretación del signo, que de por sí es relativo. Por ejemplo, cuando vemos la estatua griega de Apolo, no recibimos información, sino que nos encontramos con un símbolo, que analógicamente señala hacia una realidad superior. Este símbolo para nosotros no es interpretable, porque percibimos esa estatua como una realidad autosuficiente – la encarnación de la perfección.  Es por lo que el Islam, luchando contra el simbolismo sacerdotal, lucha contra las estatuas en general y no únicamente contra los ídolos de culto. Por otro lado, cuando leemos una palabra escrita con letras, obtenemos información, pues las letras son unos signos convencionales, cuya configuración por sí misma no contiene ninguna esencia. Siguiendo determinadas reglas interpretamos esos signos, y el significado obtenido no tiene nada que ver con la presencia física concreta de las letras. Pues precisamente este principio de la información, que es la base de la comprensión según el método de Tawhid, será el utilizado en la sociedad de la información, pero no de una manera cualitativa, sino cuantitativa – como la última fase de la economía virtual especulativa.

Es contra lo que debe luchar el Islam.

A. ¿Luchar cómo? ¿Cuál es el orden social alternativo, cuáles son sus instrumentos?

G.D. La organización específica del espacio humano dentro del Islam, en perspectiva ideal es la red de los jamaat – células compactas (jamaat  es la comunidad de base de los creyentes – N. del T.), dentro de las cuales, y de nuevo como ideal, debe regir el modo de actuar de la democracia militar: el consejo, la toma de decisiones por parte de un grupo de líderes activos, la realización de estas decisiones en la práctica siguiendo unos métodos ágiles y creativos. En su interior el jamaat se autogestiona en base a la sharia, su instrumento global es el texto coránico, cuya letra permanece inmutable y las posibilidades de comprensión son insondables. Semejante espacio crea una fortaleza informacional, dentro de la cual vive y toma decisiones la contraélite convertida en el nuevo sujeto histórico.

Con el apoyo sobre esta base del nuevo sujeto se produce la aparición-autorrevelación del esperado Mahdi (¡Que Allah precipite su llegada!) [Mahdi en árabe quiere decir “guiado”.] La aparición de Mahdi es el sello final que Allah pone sobre la suma de los hechos de los fieles que han triunfado en la realización de Su designio providencial. Pero antes habrá una dura lucha entre dos vectores espirituales: el proyecto de los tiranos, orientado hacia el inmanente hombre-dios (el humanismo fundamental de los señores) y el proyecto de los oprimidos, orientado hacia el servicio al Sujeto inaprehensible e incognoscible (el antihumanismo trascendente de los “desheredados”)

Sufismo

A. ¿Sufismo es el Islam místico o es el elemento sistémico del Islam?

G.D. Dentro del Islam el sufismo representa exactamente la “línea tradicionalista”, orientada hacia el inmanentismo panteísta. La visión del mundo de los sufís prácticamente no se diferencia de la doctrina de los advaita-vedantistas – los metafísicos de la India védica, de la visión de los taoístas, las experiencias extáticas de los grandes chamanes de Asia y de los neoplatónicos occidentales. En otras palabras, se trata de la tradición iniciática de los sacerdotes paganos, que de facto se incorporó en el cuerpo de la Umma musulmana, aprovechando la debilidad de kalam (y su franca ausencia a lo largo de los últimos setecientos años), y las brechas metodológico-conceptuales en el sistema de la conciencia teológica islámica.

En mi opinión, la paradoja graciosa consiste en que el sufismo que tanto atrae a los profanos por su carácter enigmático y la atmósfera místico-poética de la elevada gnosis, en realidad es extremadamente banal y como cualquier otro panteísmo se reduce a los paradigmas orgánicos de la así llamada “religión natural”, propia de las creaturas hechas del barro. La creatura piensa y siente de manera homogénea, la rotura de esta homogeneidad le causa sufrimiento, y en cambio la sensación de que es una con lo Exterior que se le opone, la lleva al éxtasis y la felicidad espiritual.

La creatura percibe su carácter separado, único, efímero como un trauma y un pecado, mientras que para los portadores de la chispa del espíritu Divino (Ruh Allah) – es, al contrario, la garantía de la posibilidad de la revelación sobre Aquel, Quien está totalmente Dentro, y que justamente por eso es inaprehensible ¡y no se da ni siquiera en la sospecha!

La doctrina sobre la trascendencia y la ausencia de analogía del Único en realidad presupone traspasar aquello que para el instinto humano aparece como una paradoja imposible e insondable. La unicidad del Altísimo se comprende como la exterioridad y la oposición con respecto a todo lo que no es Él. En cambio el todo no representa más que las infinitas modificaciones de la completa ignorancia acerca del Único. Todo lo que podemos sentir, conocer, intuir, sospechar, sobre lo que podemos construir una hipótesis… no son más que las formas de pura ignorancia con respecto a Allah, que sin duda está fuera de todo esto.

Ahora, si nos fijamos en la metafísica pagana, del mismo hinduismo, por ejemplo, también contiene el principio de la ignorancia, que en sánscrito se llama “avidya”. Según su doctrina avidya es el estado subjetivo que impide al ser individual a comprender su coincidencia con Brahman (absoluto). Mientras que desde el punto de vista de la teología coránica, la ignorancia es la esencia misma del ilimitado objeto exterior, que al mismo tiempo es el Destino, o el Tiempo (Dahr). Esta ignorancia no sabe de sí misma que, en primer lugar es ignorancia, y, en segundo lugar, sabe menos aún que es la ignorancia del Sujeto oculto.

De modo que podemos decir que esa ignorancia es infinita y como tal compone el ser objetivo puro, que existe tan solo porque está desprovisto del único conocimiento auténtico, que puede entrar en el ser exclusivamente desde el exterior, a través de la irrupción de la Revelación.

El ser “cree” sobre sí mismo que es el “Todo” total. Es lo que constituye la esencia de la doctrina pagana. La doctrina coránica en cambio considera que el ser en realidad es la nada, la substancia caótica vacía, de la que Allah con su voluntad de que las cosas se hagan creó el mundo organizado, en cuyo centro colocó a Su representante.

Sobre este representante recae la tarea de tomar bajo control lo exterior como la masa inerte de la pura ignorancia y transformarlo en el espacio al que Allah envíe a su guiado, el último imam, después de lo cual se producirá la resurrección de los muertos, el Juicio Final y habrá otra realidad absolutamente nueva, si se quiere, otro ser, que representa la afirmación positiva de lo inaprehensible y lo trascendente de Allah (que ahora no es más que su afirmación negativa – N. del T.)

Habría que destacar que, a pesar de las ilusiones de algunos “teólogos”, fruto, seguramente, del sentimentalismo puramente humano, también con respecto a otro ser transfigurado (Paraíso) Allah permanecerá oculto. Pero a diferencia de la noche del antiguo ser en la que vivimos ahora la nueva realidad que vendrá afirmará en toda su extensión lo trascendente de Allah como un resplandeciente triunfo. Aquello que fue la fuente de la privación, abandono y dolor, se convertirá en el sol que brillará sin disminuir, sin entropía.
Esa doctrina es infinitamente más paradójica y mística que la doctrina sufí de identificación suprema.


Islam y política

A. ¿Qué se puede decir del desarrollo de los movimientos islámicos en el mundo actual?

G.D. El comienzo de los movimientos islámicos propiamente políticos está relacionado con la liberación de la doctrina política islámica del marco de la así llamada “civilización islámica”. Esta última representaba la organización piramidal de la sociedad, que reproducía los modelos paganos utilizando la terminología islámica. Dentro de aquel espacio el “representante de Allah” se entendía como “el sumo pontífice” en el sentido romano o “el emperador” en el sentido chino, y durante la última etapa histórica (otomana) “el representante” y “el monarca dinástico” prácticamente se identificaban: el mismo espacio podía llamarse tanto “Turquía del sultán”, como “Califato Otomano”. Mientras el Islam permanecía disuelto dentro de la civilización, su sentido fue perdido para los musulmanes. Se percibía como la rutina confesional, cuyo seguimiento aseguraba la salvación en la vida futura (y en este sentido Islam dejó de diferenciarse de otras confesiones), y como la base para la reglamentación jurídica de la vida estatal y privada (y en este sentido se diferenciaba en algo del cristianismo que no poseía base jurídica propia, pero en cambio coincidía con las civilizaciones tradicionales  anteriores a la colonización occidental como India, China y otras).

Hacía falta el derrumbe de la componente civilizatoria del mundo islámico, la aparición de múltiples y esteriotipados estados étnicos laicos burocratizados, que pretendían copiar a una Suiza cualquiera, para que el Islam retornara a sí mismo y a su auténtica misión: la resistencia frente al tagut mundial, el rechazo de los símbolos, valores e interpretaciones que rigen a la “humanidad de barro”, afirmación de la voluntad política del inaprehensible Dios, Quien se descubre ante la humanidad únicamente a través de la Revelación utilizando a los enviados especialmente escogidos.

A. Pero a este derrumbe, como hemos visto, no lo ha seguido la restauración de la norma política original de la que Ud. habla.  Parece que al revés – después de la debacle de los estados nominalmente musulmanes sigue la descomposición de todo aquel espacio político, su agresiva atomización, aumento del terror y la inclusión en este proceso de nuevas tendencias de la descomposición (por ejemplo, del separatismo étnico, como en el caso de los kurdos).

G.D. Naturalmente que el comienzo de la liberación de un factor como el Islam del peso de un factor como el de la civilización no podía ser tan pacífico. Los activistas políticos, intelectuales que empezaron a promover el Islam como una ideología independiente y universal, inevitablemente debían todavía permanecer bajo la influencia inerte de la reciente civilización. De manera más patente esta influencia se había manifestado como el deseo de restaurar precisamente aquella misma civilización, cuya desaparición hizo posible que se planteara la cuestión del proyecto islámico. Así, los más leales seguidores del Califato Otomano, que se derrumbó en 1922, fueron los musulmanes de la India, que con mayor agudeza sufrían el yugo colonial británico y, quienes a diferencia de los árabes, no habían tenido la experiencia de la sumisión a Estambul.  De entre ellos surgió Maududi, cuyo califatismo sigue inspirando en el día de hoy a Hizbu-t-tahrir (partido que promueve la restauración del califato – N. del T.).

Claro está, que en la etapa inicial que duró todo el siglo XX (y tampoco se podría decir que haya terminado hoy) los movimientos islámicos – y el pensamiento islámico que estaba detrás – debieron sufrir la influencia de las ideologías y civilizaciones no islámicas, a veces en forma tan sutil que pasaban desapercibidas ante los seguidores más sinceros y radicales del Monoteísmo puro. (La influencia del cosmismo (deísmo) ilustrado occidental del siglo XVIII – primera mitad del siglo XIX se nota en las ideas de Sayyid Qutb, quien a nivel consciente tendía a liberar el Islam de las contaminaciones ajenas.)

Sin duda el Islam no es una civilización. Civilización en el sentido tradicional de la palabra – que a pesar de lo que opinen los tradicionalistas (en este caso los seguidores de R. Guénon – N. del T.), también incluye a la actual civilización occidental global  – representa la realización histórica dentro de la humanidad de los “avatares” o “teofanías”. Tanto el primer concepto sánscrito, como el segundo griego significan la “presencia divina” o la “encarnación divina”. Bajo este concepto se entiende la manifestación del “príncipe de este mundo” que da forma a la substancia humana.  El “príncipe de este mundo” es el paradigma personificado de la identificación metafísica, es decir, de la identificación entre el Hombre y el Absoluto. El hombre tiende a la divinización en el sentido de que quiere equipararse al ser central situado “entre el cielo y la tierra”, al que los paganos llaman Apolo, Ahura Mazda, Ishwara, y nosotros llamamos Iblís o Satán. Como consecuencia de este deseo ontológico fundamental Iblís “se muestra” a los humanos, les proporciona las herramientas de la realización colectiva de “aproximación” a él bajo una u otra forma. Esas herramientas forman parte de la infraestructura de cada civilización concreta, siempre controlada por los sacerdotes – los servidores de Iblís. De esa práctica es de la que Allah habla en el sagrado Corán como de la permanente tentación del hombre hasta el Día del Juicio. Desde la perspectiva islámica toda la actividad histórica del paganismo mundial – desde Nimrod y Faraón hasta Stalin y Bush – está basada en el error, y todas las civilizaciones no son más que distintas formas de extravío, donde el eje del error está constituido por la palanca de la influencia de la autoridad clerical sobre la tosca naturaleza del barro humano.

Los mecanismos del juego clerical con los humanos a través de los reyes, dictadores, partidos, parlamentos etc. constituyen la gran política, un partido de ajedrez que Iblís juega sobre el tablero de la Tierra para colocar a su adversario (quien no es otro que Allah) en la situación de zugzwang. Es la situación en la que el jugador no tiene tiempo para pensar en la siguiente jugada (por cierto, justamente por eso en distintos hadiz Allah más de una vez transmite a través de su Enviado (saws), que aunque hasta el fin del tiempo solo quede un día, “Lo alargaré”). Claro que Allah no puede ser atrapado por este estratagema ¡pero la humanidad sí! El hombre como representante de Allah, según los cálculos de Iblís, podría sufrir el déficit dinámico de los recursos temporal y energético y perder.

A. ¿Cuál es el objetivo del contrincante en este juego?

G.D. Para comprender claramente cuál es el objetivo de Iblís, - y un teólogo islámico debe comprender este objetivo claramente, - hay que partir de la indicación coránica acerca de la rivalidad entre Iblís y el hombre. Iblís es el Gran Ser, es la primera de las creaciones de Allah, mediador entre los distintos niveles de la substancia universal. Las doctrinas paganas lo conocen como “el hijo del Cielo y de la Tierra”, los sufís como “el hombre perfecto” (insan al-kamil), los cabalistas lo llaman Adam Kadmón. Iblís es el arquetipo de todos los seres, compuesto del substrato de la energía pura (“Tú me has hecho de fuego…”). Su visión de sí mismo - la causa de su insumisión ante Allah y de su orgullo frente al hombre – es precisamente lo que los paganos llaman “logos” o “primer intelecto”.

El hombre a cambio, a fuerza de su comunión con el espíritu Divino, representa la posibilidad de la conciencia alternativa, a través de la cual como de un instrumento  puede actuar no solo el pensamiento expreso de Allah, que consiste en la orden que da a las cosas para que existan, sino también su pensamiento secreto, que lleva en sí la indicación del objetivo para el que las cosas son creadas. Esta posibilidad está indicada en el motivo de la creación de los hombres y de los genios con las palabras “abadu ua arifu” – “para que Le sirvan y Le reconozcan”. Iblís al haberse opuesto al hombre  como elemento final de la creación se separó de esta posibilidad, pero la propia oposición entre Iblís y Adán se convirtió en el motivo central del “guión” trazado por la intención Providencial.

De esta manera surge la polarización entre el logos que representa el realismo anterior a la aparición del significado, que es el patrimonio del “hijo del Cielo y de la Tierra”, y la conciencia del hombre que testifica e interpreta y que íntegramente se basa en el hecho de su mortalidad. El objetivo de Iblís consiste en bloquear el potencial trascendente de la conciencia humana y con ello convertir al hombre en inservible como instrumento al servicio de la Divina Providencia.

Por eso el Islam no es otra cosa que la contrapolítica, destinada a desmontar y romper la máquina de la civilización, a través de la cual “el hijo del Cielo y de la Tierra” controla a la humanidad histórica. La humanidad es extremadamente importante para los propósitos de este ser, porque por la voluntad de Allah en ella está contenido el punto crítico de todo el sistema de la infinita oscuridad de la substancia, que intenta aparecer - ¡en primer lugar, ante sí misma! – como el ser luminoso, la mejor de todas las realidades posibles.

A. ¿Entonces cómo la humanidad podría comenzar a tener conciencia de la Realidad alternativa? ¿O a partir de qué podría comenzar a tenerla?

G.D. Según la providencia de Allah el paso a la realidad alternativa, completamente opuesta a la actual por su sentido, solo podrá ocurrir si la vieja realidad explota desde dentro de ella misma. Para eso el hombre de barro posee la partícula de Ruh Allah, que es el punto de oposición a todo lo que no es el Altísimo.

La contrapolítica del Islam ensancha y profundiza esta oposición, que como consecuencia práctica debe llevar a la detención de los ciclos de las manifestaciones humanas, esta contrapolítica abre el camino a la intervención directa del Sujeto – más exactamente de Su pensamiento providencial – en el curso de los acontecimientos, en las reglas que dirigen este curso, en la propia interpretación humana de la realidad.

Se trata de un superobjetivo, del horizonte metafísico de la política islámica. En el plano técnico, más cercano, el discurso islámico debe convertirse en el “punto de ensamblaje” de todas las fuerzas contestatarias mundiales, definitivamente quitando esa función al marxismo que envejece con rapidez, al movimiento de izquierda mundial, a la derecha radical anticapitalista, a los anarco-sindicalistas y a todas las fuerzas que retan al Sistema. El Islam debe incluir a todas esas fuerzas mundiales antisistema en el campo de su estrategia. Por supuesto, que el vector de la resolución de los objetivos islámicos siempre quedará como especial, teológico, que nunca coincidirá por las dimensiones de su verdad con todas las demás protestas, motivadas por los factores externos. Para ser capaz de llevar a cabo semejante lucha de alcance planetario, Islam debe descubrir en sí mismo al sujeto, alternativo a la dimensión de la civilización (cualquier civilización es un objeto). Ese carácter de sujeto siempre se expresa en forma del estado mayor, logia, “gobierno mundial” o un grupo de personas que se junta para exigir semejante estatus. El Enviado de Allah (saws), al tener el apoyo y la fe de los primeros pocos seguidores, ya había formado así el estado mayor de la historia y del gobierno mundial. Sí, él fue el Enviado, pero en su Umma se ha conservado el principio de representación con respecto a él. Este representante es el Imam oculto (¡Que Allah precipite su llegada!), pero mientras no se ha manifestado, la función de la representación debe pertenecer a los jamaat políticos – estructura de red, que atraviesa a toda la Umma mundial, donde cada célula está compuesta por los hermanos que han aceptado la plataforma ideológica común para todos los jamaat políticos.

Está claro que jamaat, formado por aquellos que están dispuestos a entregar sus vidas para la realización de los objetivos de la política islámica, no será homogéneo. En él habrá pasionarios de la mente y pasionarios del cuerpo (el término “pasionario” fue introducido por el historiador y filósofo ruso Lev Gumiliov para designar a los elementos activos de todas las sociedades, capaces de influir en el proceso histórico de manera decisiva  – N. del T.). El objetivo de jamaat es conseguir la síntesis de ambos grupos, que solamente será posible en un espacio humano relativamente pequeño, donde todos los miembros de la comunidad se comunican permanentemente sin estorbos. Los jamaat tendrán a sus representantes que formarán los consejos de coordinación, que elaborarán las decisiones sobre todos los aspectos de la lucha y crearán los grupos ejecutivos de estos consejos, que llevarán tales decisiones a la práctica.

La situación óptima se dará cuando los consejos y los comités ejecutivos de los jamaat políticos puedan movilizar a cualquier musulmán para ayudar en la realización de las decisiones tomadas. Solo de esta manera la comunidad mundial de mil millones y medio de monoteístas se convertirá en el sujeto soberano de la historia, y no simplemente en uno de sus factores más o menos autónomos, sino en el principal operador  para realizar el designio Divino acerca del hombre, su sentido y su historia.


Crisis

A. ¿En qué consiste la crisis del hombre y cuáles son los signos escatológicos de los tiempos?

G.D. La esencia de la crisis del Hombre consiste en que ha agotado su recurso ontológico. Este recurso está agotado, porque se trata de la reserva energética del “hombre de barro” que en un principio bastaría para todo el ciclo del tiempo histórico, si no fuera por un problema. Allah ha añadido a Adán, creado del barro, una partícula de Su espíritu. Como ya hemos mencionado antes, esta partícula se opone a la infinita substancia del “barro”. Se puede considerar esta partícula como un agujero negro sui generis en el campo continuo homogéneo de la substancia o de la posibilidad pura. Utilizando el lenguaje freudiano, esta partícula – “agujero negro” – es un trauma con el que Allah conscientemente dota a Adán, Su primer mensajero.

Adán no era el primer hombre, porque él era el profeta de Allah, que apareció ante los hombres “de barro” de la Edad de Oro. Los textos coránicos, en los que se nos llama los descendientes de Adán, se dirigen únicamente a los monoteístas que tienen fe y poseen un significado metafórico. (Así a veces nuestra Umma es llamada “los hijos de Muhammad (saws)”.

Cierto número de hombres de la Edad de Oro hicieron caso al mensaje de Adán, pero la mayoría no lo hizo. Antes de la llegada de este mensaje el hombre “de barro” era un animal feliz, que llevaba en su interior la sensación solar  del ser invicto. No se separaba del medio, no necesitaba el lenguaje, pues poseía la telepatía animal, probablemente poseía capacidad mágica espontánea. Los hombres de la Edad de Oro eran nómadas, se desplazaban incansables recorriendo velozmente el planeta, no poseían jerarquía, ni diferenciación en su medio. Se puede decir que el recuerdo de aquellas gentes se convirtió en el origen de la imagen de la “bestia rubia”, que fundamentó el romanticismo germano e inspiró a los nacional-socialistas.

A. ¿Y qué trajo Adán a cambio de la existencia paradisíaca?

G.D. Adán trajo a aquellos hombres, incluso los que le rechazaron, la experiencia del trauma. Después de que llegara a ellos el primer profeta los hombres de la Edad de Oro dejaron de ser las “bestias rubias” y se convirtieron en verdaderos hombres. Entonces se produjo la estratificación: en primer lugar apareció la casta de los sacerdotes. Su objetivo consistió en restaurar al hombre primordial, tal y como era antes del comienzo de la misión de Adán. Ellos empezaron a curar a sí mismos y al resto de la humanidad de este trauma - ¡y lo siguen haciendo hasta ahora!

Vean la esencia de todas las doctrinas sacerdotales – todas llaman a volver a la Edad de Oro, a restaurar la perfección primordial, a captar el ser como el todo incontaminado, a suprimir la diferencia entre el sujeto y el objeto dentro de la experiencia extática, que ellos proclaman como la única forma auténtica de alcanzar la verdad. Pero la doctrina de los profetas está basada en justo lo contrario: “furkán” – el principio de la diferenciación.

El proceso de la descomposición de la unidad en el seno de la vieja humanidad continuó después de la separación de la casta de los sacerdotes. El resto de la humanidad se dividió entre los pasionarios-guerreros y los encargados del trabajo físico, incluyendo a los que se ocupaban de las funciones intermediarias o de la dirección del proceso productivo. Por último, de esos hombres “físicos” – “hílicos” como los llamaban los gnósticos, se separaron unos seres del todo desgraciados, que se corresponden con el significado original de la palabra “proletariado”: aquellos que pueden emplearse por otros en los trabajos más primitivos o que ni siquiera sirven para realizar ninguna actividad organizada.

Pero esta última separación ocurrió en las épocas mucho más posteriores a la Edad de Oro.
El trauma transmitido a la humanidad a través de la misión profética (¡así como la lengua articulada que Allah enseñó a Adán!), fue la causa de la aparición de la sociedad. El hombre primordial se encontraba en armonía con el cosmos y no necesitaba protección frente a él, no sabía lo que significaban el frío, la muerte y las enfermedades, no sospechaba nada de la entropía, y, probablemente, podía superar la fuerza de la gravedad. Pero aquellos que escucharon la buena nueva, que provenía del “agujero negro” – la partícula invisible, opuesta a TODA LA REALIDAD – ya no podían vivir como antes, se separaron del cosmos, y este cayó sobre ellos con toda la implacable fuerza de un objeto frío y terrible que siempre tiende a destruir todo lo que no es él.

A. ¿Cuál es el objetivo final?

G.D. La sociedad ha surgido y sigue existiendo hasta el día de hoy como el sistema de pago del “impuesto” que la humanidad entrega al Destino, para no ser exterminada, para vivir confortablemente, confundiendo la luna con la farola y viendo los charcos como el simple resultado del fallo de los servicios municipales. ¿Y qué es lo que entrega la humanidad? La “bestia rubia” no tenía este problema: no pagaba el tributo al medio externo. Dentro del recurso ontológico de este ser grandioso, lujoso y sin sentido, quien antes de la llegada de Adán representaba la sombra de Satán sobre la Tierra,  tampoco había nada con que pagar a la entropía, algo con que pagar para compensar la helada furia del vacío interestelar. El hombre existencial (postbestial) lleva en su corazón un “agujero negro” virtual, porque está dentro del radio de acción del rayo adánico tanto si le gusta como si no. (Únicamente los paganos de alto grado de iniciación logran deshacerse de la herencia adánica, al conseguir el estado de “moksha” – liberación del trauma de la oposición al absoluto.)

Ese “agujero negro” en realidad es su verdadero “Yo”, su alma mortal aquí y ahora, garantía de su finitud dentro de este mundo y, al mismo tiempo, es el tesoro de una colosal libertad, que se manifiesta en forma de una energía muy especial, no ontológica. Metafóricamente hablando, e incluso literalmente, se trata de la energía que permite al condenado de por vida a una esclavitud inhumana o al presidio a levantarse cada día con fuerzas renovadas para enfrentarse al reto de la vida en este valle de lágrimas. Incluso el animal más fuerte y sano, que se encuentra en estado de simbiosis con su medio, moriría con la sola insinuación de los retos a los que el hombre se enfrenta con inusitada resistencia. Es lo que nos quita la sociedad: la energía moral de nuestros corazones, el jugo de nuestra libertad interior, el propio tiempo que pasamos aquí sobre la tierra. No se trata de una metáfora. El marxismo ha descubierto que la explotación convierte nuestro tiempo en trabajo, que produce la plusvalía. Y la economía política del Islam actual añade que la sociedad tiende a convertir todo el tiempo interior del hombre en el tiempo clasificado y valorado que es alienado, que se convierte en un objeto externo, un artefacto material. En las formas tempranas de la sociedad las relaciones personales aun no eran alienadas y convertidas en objeto. Relaciones entre colegas, amigos, vecinos representaban una forma específica del transcurrir del “tiempo interior” de sus participantes. En la sociedad posindustrial actual las mismas relaciones se convierten en una modalidad de la mercancía, un objeto valorado cuantitativamente. De manera que toda la sociedad como infraestructura se convierte en el capital que crece sin parar y que para crecer debe devorar todo el tiempo interior del mayor número posible de sus miembros, y al mismo tiempo tiene que aumentar la capitalización de este recurso, es decir convertir el tiempo interior alienado de cada uno en cada vez más caro.

A. ¿Es lo que se suele llamar progreso?

G.D. Sí, para camuflarlo llaman este proceso “progreso”, aunque en realidad se trata del vertiginoso aumento exponencial de la posibilidad de explotación de los miembros de la sociedad. Cuanto más esté capitalizado su tiempo, cuanto más se pueda contabilizarles, convirtiendo su vida en un objeto externo que puede ser valorado, tanto más se considera a los miembros de esta sociedad como modernos y adaptados a la civilización.
Durante una cierta etapa los procedimientos democráticos – partidos, parlamento, elecciones – aumentan la capitalización de los borregos bípedos, estimulan la posibilidad de su explotación.

Pero ese doping solo alcanza para cien-doscientos años. Hoy con la democracia no se puede conseguir que el típico yuppy de Wall Street o de City valga más y de más lana que antes. En los lugares más adelantados de la megápolis mundial el hombre actual ha alcanzado el límite de la civilización. La conservación de las libertades democráticas, y no digamos su ampliación ya no le puede añadir nada como objeto de explotación y podría influir negativamente sobre las posibilidades de los insuficientemente “socializados” para resistir ante la apisonadora de la alienación.

Es por lo que los métodos que mañana utilizará la oligarquía - ¡y que ya comienzan a utilizarse hoy! – serán los métodos que los EE.UU. emplea en Iraq y Afganistán, los métodos que Rusia emplea en Chechenia, los métodos de Karímov en Andiyán. Estamos en el umbral de la creación del imperio policial global donde por fin lo oficial y lo criminal ni siquiera se van a diferenciar.
Son las señales escatológicas de la crisis del hombre: el globalismo, la creciente guerra contra el “terrorismo internacional”, organizado y producido por los servicios secretos imperiales o por grupos criminales que dependen de ellos y que hace tiempo que se han convertido en la reserva informal de los cuerpos de seguridad del Estado.

A. Dado que la alternativa inevitablemente deriva de la antropología islámica, descríbanos sus características. 

G.D. Desde el punto de vista de esta antropología, la crisis del hombre es el reflejo y la consecuencia de la crisis más fundamental del ser y de la crisis de la conciencia relacionada con la primera crisis. La crisis del ser y de la conciencia están estrechamente entrelazadas: la conciencia de la absoluta mayoría de las personas, como ya hemos mencionado, está penetrada por el ontologismo, el culto del ser, con respecto al cual la conciencia se posiciona como su reflejo externo. Cuando en realidad es la conciencia la que constituye el punto de unión que organiza, que posee el potencial interpretativo y que, gracias a su independencia del ser convierte el caos en orden. Kant veía con pesimismo la posibilidad de conocer el mundo exterior, pero no dio el paso definitivo para comprender que el noúmeno no se encuentra fuera de la percepción humana, sino que es la condición previa para la existencia del propio fenómeno de la percepción. Noúmeno es el “agujero negro” en el que se instala la partícula del espíritu de Dios, y ese “agujero negro” funciona como la amalgama aplicada en el reverso del espejo, gracias a la cual el espejo puede reflejar. El noúmeno no se percibe dentro del marco de la percepción exactamente porque es la condición que hace la percepción posible. Pero toda la filosofía y la metafísica, desde Platón hasta los sacerdotes egipcios, los rishi hinduistas y los sabios taoístas chinos, colocan el noúmeno en el mundo objetivo, y ven en el sujeto la simple inversión del objeto. En el Oriente tradicional semejante conciencia metafísica hace tiempo que entró en crisis, mientras que en Occidente el posmodernismo actual es la manifestación del derrumbe de ese realismo sagrado. Claro que las raíces metafísicas de la crisis son todavía más profundas.

El realismo ontológico fue heredado por el hombre existencial de la “bestia rubia” de la Edad de Oro. Antes o después la práctica de la sociedad que absorbe la energía compensatoria para luchar contra la entropía de los “agujeros negros” de las existencias individuales, y la praxis de la conciencia, espontáneamente basada en la imagen visionaria de la Edad de Oro, deberán desembocar en una contradicción irresoluble, cuyo rehén y punto de rotura es precisamente el hombre concreto que es, a la vez, el tributario de la sociedad y el portador pasivo de la conciencia.

Las grietas que parten de este lugar de rotura se extienden tanto por el tejido social – conflicto, oposición, cisma, como por el tejido biológico – degeneración, desaparición de la libido, revolución de los mutantes (gay), racismo etc. Todos estos rasgos también forman parte de los signos de los tiempos e, indudablemente, entrarán a formar parte de la era postindustrial, en la que el Islam debe desempeñar el papel principal como corrector y anunciador de la nueva conciencia contraontológica (manifestación sobre el nivel humano del pensamiento de Dios, libre de errores), cuya aparición nos fue prometida por la revelación de nuestro Profeta Muhammad (saws) y por la que estamos luchando contra el kufr durante catorce siglos. Islam es la estrategia del espíritu.

A. ¿Y qué es la estrategia del espíritu?

G.D. En primer lugar habría que descifrar el propio concepto de “espíritu”, que en realidad tiene muchos más significados o, al menos, “lecturas” que el concepto opuesto de “materia”. (En cuanto a la “materia” también hay discusiones, pero están en exceso simplificadas porque transcurren entre los metafísicos y los profanos. Los profanos consideran como materia la esfera de la manifestación que actúa sobre sus sentidos corporales. En cambio los metafísicos entienden por “materia” lo que siempre han entendido por tal los representantes del conocimiento tradicional: substancia que representa la posibilidad pura o, más exactamente, el polo pasivo “femenino” de la substancia, como indica la raíz griega de la palabra “mater”. Como tal, la materia no está manifestada y en este sentido no puede actuar sobre los órganos de percepción sensorial; los profanos simplemente confunden la substancia con la materia y con la energía, que a su vez, representan las manifestaciones de la extensión. En tanto que la extensión pura en la metafísica tradicional recibe el nombre de “materia secunda”).

“Espíritu” – ruah en hebreo, ruh en árabe – en las lenguas semíticas tiene la misma raíz que la palabra “viento” (rih en arameo), en el griego y en el ruso este concepto está relacionado con la respiración – “pneuma”. El mismo origen “respiratorio” tiene el espíritu en latín. Mientras que en las lenguas germánicas de nuevo tiene que ver más con la acción del viento: ghost (espíritu, fantasma) – gust (fuerte ráfaga de viento). Incluso de esta breve nota lingüística se deduce que la semántica tradicional distingue en la propia génesis de la representación del espíritu sus aspectos subjetivo y objetivo. La respiración es el movimiento del aire en los pulmones del individuo, mientras que el viento o sus ráfagas representan la manifestación del movimiento libre del elemento aire sin que esté atado a un ser concreto. Esta puntualización tiene para nosotros cierta importancia, porque en el Corán “espíritu” se utiliza de las dos maneras: como “ruh al-kudus” – “Espíritu Santo”, por el que la tradición entiende al arcángel Jabrail (Jibril). Y como “ruh Allah” o aquel espíritu que Allah llama “Suyo”, partícula del cual fue introducida en el “muñeco de barro” de Adán cuando éste fue creado. En este caso encontramos la misma diferenciación: por un lado la persona concreta del arcángel, por el otro – substancia sin personificar. (Para los monoteístas es evidente y ni siquiera hay que explicarlo, que ni el Espíritu Santo, ni el espíritu de Allah tienen ninguna relación esencial con el propio Sujeto incognoscible para quien no son más que instrumentos operativos de Su voluntad creados por Él. Lo explicamos porque la coincidencia del significado de “ruh al-kudus” con el “Espíritu Santo” de la teología cristiana podría inducir a alguien al error de trazar una analogía inexistente.)

Aparece también una tercera mención del “espíritu” en la sura Leilatu-l-Qadr, en la que se dice sobre la noche del poder: “En ella descienden los ángeles y el espíritu para cumplir todos los mandamientos”. En este caso no se indica directamente de si se trata del espíritu personalizado o substancial, pero la mención a su lado de los “ángeles” y el movimiento del espíritu hacia el cumplimiento de las órdenes señalan que se trata del arcángel Jabrail. Es muy importante comprender que los aspectos subjetivo y objetivo del espíritu – o por utilizar las imágenes originales,  la “respiración” y el “viento” – se refieren a la misma esencia, al mismo instrumento, que sirve para realizar el designio divino. Adán y todos los profetas que descendían de su semilla hasta nuestro señor Muhammad (saws) – todos fueron herederos unos de otros en tanto que poseedores de esta semilla. Es el fundamento de su aspecto de elegidos que les permitió recibir la revelación. Pero la revelación es transmitida por Jabrail, es decir por otro aspecto, personificado del mismo espíritu, cuya partícula no personalizada en el corazón del profeta le permite escuchar o percibir esta revelación.

Nosotros tan solo tenemos una relación virtual con el espíritu que vive en la cadena de los profetas. Es por lo que solo podemos seguir a la Revelación creyendo en ella. La sinceridad y el total compromiso de todo nuestro ser como respuesta a aquello que el Profeta nos transmite determina el que esa relación virtual se convierta en real. Es justamente lo que se determinará el Día del Juicio, la excepción ya ahora son los mártires que han caído como testimonio de su fe, los shahid. Ellos pagaron con sus vidas la transformación de la participación virtual de la partícula del espíritu de Dios, en su posesión real, tal y como ocurría con los profetas. Es lo que les convierte en vivos, purificados y libres del Juicio ya ahora, cuando a la vista de los ojos que no ven de la humanidad mortal están muertos.

A. ¿En qué consiste entonces el espíritu coránico?

G.D. La única respuesta correcta es que ese espíritu es el pensamiento providencial de Allah acerca del destino de la creación, o aun más claro es el pensamiento de Dios en el que “se corrige” la realidad primaria, dada como la ignorancia total de Allah. Aquí habría que subrayar un cierto aspecto “dialéctico” de la teología islámica. El desconocimiento, lo incognoscible es la base de cualquier mención posible de Allah. El que tenga sifat-atributos y “nombres bellos” no cambia nada en esta cualidad fundamental, pues toda la suma de los nombres y la perfecta comprensión de los mismos no quitan un ápice del aspecto incognoscible de Aquel, Quien se oculta detrás de estos nombres. Por lo tanto la ignorancia de Allah que aparece como todo aquello que no es Él, es la necesaria forma de Su presencia trascendente. Tal desconocimiento es totalmente inevitable porque la “presencia” de Allah solo puede manifestarse en forma negativa y únicamente la voluntad de Allah de eliminar este negativo interviene dentro del abismo de esa pura ignorancia para crear en su lugar como resultado final una nueva realidad, basada en lo positivo absoluto y la justicia perfecta. En este paso de lo negativo de la ignorancia primera a lo positivo de la trascendencia “manifestada” en la vida futura el hombre juega el papel de puente. Él es aquel “espacio” en el que la partícula del espíritu Divino se contrapone al barro autosuficiente e ignorante. (Es por lo que los ángeles dicen que el hombre será la causa del desorden y derramamiento de sangre, y el Altísimo les contesta: “Yo sé…” Según el designio Providencial, el hombre ha sido colocado como su representante para realizar a través de sí la guerra entre el “espíritu” y el “barro”.) De modo que el espíritu es el pensamiento de Dios en el que está contenida la perspectiva de la superación de la ignorancia-negativo, que existe como el falso infinito. (Este falso infinito que ante los paganos aparece en calidad de Destino, se ve a sí mismo como el absoluto independiente y autosuficiente.)

Dentro de las etapas de la manifestación del Pensamiento divino el hombre se descubre como un ser que, aunque pertenece al barro, emparentado a este falso infinito según todos los parámetros de rigidez, inercia, humedad, oscuridad etc., sin embargo también está tocado por ese Pensamiento, lo cual produce en su interior la herida espiritual o trauma.

A continuación dentro de las etapas de la manifestación de ese Pensamiento surge la sociedad, como una consecuencia compensatoria por el trauma espiritual. En el espacio de esta nueva manifestación podemos descubrir a dos jugadores colectivos, entre los cuales se distribuye la polarización del hombre como un ser sometido al conflicto y a la crisis. Esos jugadores son los sacerdotes y los guerreros. Los sacerdotes, apoyándose en el instrumento de la sociedad, tienden a neutralizar el trauma de la existencia, con lo que pretenden bloquear la acción del Pensamiento Divino dentro de la creación, organizada en torno al hombre. Su objetivo consiste en reproducir el falso infinito como la única posible y perfecta afirmación.

Los guerreros tan solo se les pueden oponer virtualmente, debido a que su naturaleza ígnea apasionada busca destruir el status quo, y en última instancia tiende al sacrificio a través de la autodestrucción. La pasión devoradora situada en la cumbre de la pirámide espiritual interior de la casta guerrera se llama “amor”, porque en la destrucción propia ve de manera natural la afirmación de lo Otro. De esta manera la pasión pura se convierte en la condición previa para la apertura del hombre al principio trascendente, la voluntad de servir a aquello que no está presente.

Es por lo que los guerreros resultan íntimamente trastocados por la misión del primer profeta Adán, y es por lo que todos los profetas descienden de la casta guerrera y en todas sus actuaciones se muestran como los guerreros nobles y perfectos.

Jibril, como el Espíritu Santo, que posee una imagen concreta y la personalidad de arcángel, se dirige al análogo despersonalizado de sí mismo – la partícula del espíritu Divino que reside en el corazón del Profeta, quien la ha heredado de Adán. La elección de cada profeta concreto, tiempo y circunstancias de su aparición forman parte del mismo plan providencial, en el que todos los profetas están presentes desde el principio (y que le son mostrados a Adán durante su creación). Sería inútil hacer la llamada, revelar los grandes secretos de la providencia a aquel quien no posee esta partícula en el sentido plenamente real y quien, por lo tanto, no puede “recibir”.

Pero de la misma manera el profeta solo es escuchado por aquellos que por su cualidad mejor responden al proyecto providencial, quienes como el diapasón están sintonizados para resonar con el espíritu Divino. Son los guerreros. El Profeta se dirige a toda la humanidad, pero los guerreros son los primeros en escucharlo y se convierten en sus compañeros.

A. ¿Y qué ocurre luego?

G.D. Una vez que ellos crean la comunidad independiente y capaz de sobrevivir a través de la lucha, bajo su protección también son atraídas otras clases de la humanidad. Pero a los guerreros el Corán asigna el primer lugar dentro del material humano del que se compone la comunidad de aquellos que han seguido el proyecto Divino: “No son iguales aquellos que siguen el camino de Allah, entregando sus vidas y sus bienes, que aquellos que se quedan para dar de beber a los peregrinos”.

La lucha no termina con la llegada del profeta y la formación del jamaat. La lucha no acaba nunca. La corporación clerical pasa a la contraofensiva todavía en vida del profeta, busca brechas en su estrategia, procura desviar del camino y tentar a sus seguidores. En cuanto éste se va, una parte de los que le han seguido intenta fabricar ídolos, el becerro de oro etc. Para los monoteístas es muy importante comprender lo agudo y conflictivo de la situación: porque únicamente los profetas posen la pureza absoluta y están libres del error. Adscribir automáticamente las mismas cualidades a todos los seres humanos que han respondido a la llamada de los profetas supone hacerles el juego a los sacerdotes, cuya táctica consiste en quitarles a los profetas el estatus excepcional privilegiado y oscurecer los principios antropológicos fundamentales que acompañan al propio principio de la revelación.

A. ¿Por qué cada vez esa tendencia resulta interrumpida? ¿Quién y cómo se opone a ella?

G.D. En cuanto el profeta muere, y se trata de todos los casos, los sacerdotes y sus agentes dentro de la comunidad monoteísta pasan a la contraofensiva, intentan dividir a la comunidad, comprometer y si pueden destruir  a su parte más fiel al profeta que ya no está, crean un sistema de interpretaciones, en las que la fuerza explosiva revolucionaria del mensaje Divino es neutralizada, reducida a otra interpretación más de las mismas doctrinas tradicionales de los sacerdotes. (En este sentido nos puede servir de claro ejemplo la actividad del “apóstol” Pablo y las consecuencias históricas de aquella actividad. Gracias a ella hoy bajo la marca “cristianismo” tenemos a mitraistas y maniqueos que utilizan la terminología bíblica.)

Otra dirección en la que los sacerdotes ejercen su acción subversiva es a través de la contrarrevolución interna contra los guerreros que como resultado coloca en primer lugar dentro de la comunidad a los aliados sociales más cercanos de los sacerdotes: a los mercaderes y a los artesanos. Estos últimos trabajan activamente para “desarmar” el mensaje original, representan el obediente rebaño dirigido por los “sabios”, es decir por los fariseos y escribas, a los que Isa bin Maryam (saws) llamó “lobos vestidos con piel de corderos”. No es de extrañar que semejante público, que domina por su número y está dirigido por los experimentados tecnólogos políticos de la “eterna” corporación, restaura en lugar de la comunidad monoteísta de los compañeros del profeta a la sociedad con su principio de alienación y la eliminación del sentido y con su aparato de coacción y de violencia. Los guerreros nunca crean el Estado. Incluso en la sociedad pagana en la que los guerreros no tienen guías monoteístas y la autoridad está ejercida por los sabios a los que no se les ha dado ningún susto, incluso ahí el Estado es organizado por los escribas y los lacayos. Los restos desclasados de los mercaderes y la nobleza corrompida, se encuentran y engordan explotando “la ley”, a la que envuelven en la sangrienta niebla de la violencia permanente.

La única conquista en esa dirección podría ser la auténtica emancipación social de la casta guerrera, que en tal caso podría recrear la comunidad a nivel mundial y organizar su exitosa resistencia frente a la sociedad global. Para lo cual, en primer lugar, hace falta la victoria intelectual de la teología pura sobre la metafísica de los sacerdotes (o, en nuestro caso, del Islam, sobre las interpretaciones de la revelación por parte de los “sabios” y los tradicionalistas-místicos). Es precisamente la teología la que, al formular su método, sus horizontes, su descripción de la realidad, abre para los pasionarios de la mente el pasadizo secreto para recuperar su influencia y captar la atención de todas las fuerzas interesadas. Y los interesados en esta causa son todos los elementos de la crisis y del conflicto, todos los portadores de la protesta, en resumen, todos los desposeídos y desheredados. Entre ellos también se encuentran los hermanos menores de los pasionarios de la mente, los pasionarios del cuerpo. Su vida en las afueras del espacio humano transcurre inmersa en una manifestación pervertida del amor que les devora, dentro de la continua violencia que lo destruye todo, que estando falsificada y desprovista de su esencia, fácilmente cae bajo el control  del elemento más depredador de la sociedad: las fuerzas de seguridad del Estado y la mafia a la que estas protegen (al respecto recomendamos leer el texto de G.D. “La sociedad y el tiempo. El mecanismo global de la alienación” – N. del T.). Los pasionarios-teólogos (que significa la antítesis directa a los clericales de cualquier rango y condición) forman una alianza con los pasionarios, que no tienen nada que perder salvo sus cabezas, que en su existencia juegan el último papel. En esta simbiosis nace la guardia del Monoteísmo, en la que el pensamiento providencial obtiene su inmediata y eficaz expresión corporal. Hoy queda claro que únicamente la Revelación coránica y el material humano históricamente vinculado a ella pueden convertirse en la base de la revolución de los guerreros contra los sacerdotes y que en el caso del éxito será encabezada por el esperado Mahdi (¡que Allah precipite su llegada!).

El espíritu, que es el pensamiento de Dios, se expresa en las palabras que Allah nos hace llegar en el Sagrado Corán: “Hemos terminado para vosotros vuestra religión (din, es decir: el camino a seguir) – Islam”. Islam como sistema completo es exactamente la estrategia del espíritu, cuyo seguimiento sin compromiso debe llevar a la victoria a aquellos quienes en la tierra fueron “debilitados”, pero serán los primeros. (Por “debilitados” se entienden aquellos a los que la tradición caballeresca occidental, próxima al Monoteísmo, llama “los desheredados”: guerreros, héroes solitarios que pretenden convertir su autosacrificio en la afirmación de la realidad alternativa triunfante.)

A. ¿Cuál es la esencia de la economía islámica cuando el alma se compra por el paraíso futuro?

G.D. “Allah ha comprado vuestras almas por el paraíso”, - dice el Altísimo en la Revelación coránica, dirigiéndose a los creyentes. A algunos de nuestros contemporáneos más sentimentales les choca la terminología “comercial” que Dios aplica en la cuestión de la salvación eterna. En realidad detrás de semejante “economismo sagrado” se esconde la profundidad fundamental del pensamiento Divino acerca de la naturaleza de la sociedad. Sociedad de la que la misión de los profetas arranca, y de esa manera libera, a los mejores pasionarios, capaces de cambiar el sentido del ser.

El llamamiento del Altísimo implícitamente indica que el tiempo interior de los miembros de la sociedad está comprado por la máquina colectiva de alienación, que convierte el alma (y el alma, en realidad, es el sinónimo del “tiempo interior”) en un objeto contabilizado cuantitativamente y que conduce al hombre a la nada. La sociedad se posiciona como la “vida presente” en permanente devenir que se modifica y aumenta infinitamente, donde esta vida - ¡y por lo tanto la propia sociedad! – son eternas, mientras que generaciones de personas que alimentan el crecimiento de la “vida presente” (llamada el progreso en el lenguaje de hoy) se convierten en el polvo que se lleva el viento.

Las personas que se han gastado en la construcción de las pirámides, en las campañas de unos reyes contra otros y demás acciones para capitalizar  el material humano, no están inscritas en el libro de la vida. Se han unido corporalmente al barro del que se componen los tristes muros de la gigantesca cárcel llamada “valle de lágrimas”.

Hemos dicho que el alma es el “tiempo interior”. Antes hablamos de lo mismo como del “agujero negro”. No hay que interpretar el tiempo interior como alma en el sentido de que dentro de nosotros saltan los minutos, las horas y las fechas. La entropía biológica, el envejecimiento de nuestro organismo, del que nace la vivencia psicológica de la duración, no es el “tiempo interior”, sino uno de los aspectos del tiempo exterior.

El verdadero “tiempo interior” es el horizonte final fijo, que a diferencia del horizonte geográfico, no se aleja de nosotros a medida de que avanzamos hacia él, sino que al contrario se mantiene perfectamente fijo en su lugar. El encuentro con este horizonte, la llegada a este límite supone para nosotros la muerte y la aniquilación. El “tiempo interior” es nuestro finalismo, la condenación a un final absolutamente inevitable. Ese “tiempo interior” está presente dentro de nosotros como la perspectiva de nuestra muerte inevitable, de la que somos conscientes, pero, al mismo tiempo, también es un instante incomprensible, que no dura, un “punto” dentro del tiempo que no tiene dimensión por analogía con el punto del espacio.

Al igual que dentro del espacio vacío y homogéneo el punto representa el fin de la extensión, pero que a la vez es su centro, que no es idéntico a nada dentro de este espacio, de la misma manera este punto dentro del ser humano significa el fin de su duración individual (¡y en cierto sentido el fin de toda duración!), pero a la vez es el centro del tiempo. Es en este sentido que afirmamos que ese “agujero negro” es el tiempo interior, también llamado el alma, porque el pronombre Yo, que se refiere al irrepetible Pepe Pérez que está aquí y ahora, únicamente se refiere a este fin de la vida, que todavía dura, escondido en el corazón, y que se descubre como el fin de esta vida en el momento de la muerte y que junto con la vida deja de existir.

A. ¿Y qué significa esto desde la perspectiva de un hombre concreto cualquiera?

G.D. El irrepetible Pepe Pérez desaparece del todo y el punto negro de su interior  se une a la simple y pura ausencia, que después de la desaparición del individuo ya no está señalado de ninguna manera. Pero mientras este individuo puede mover los brazos y entrar en relaciones con otros iguales, su alma (que, como hemos visto, es su potencial y futura nada) sirve de fuente para los recursos prácticamente ilimitados que la sociedad extrae para convertirlos en “objeto”, en otras palabras, para convertirlos en la parte material visible y valorada de la civilización humana, esa misma infraestructura que los marxistas denominan las “fuerzas productivas”.

Lo específico, desde el punto de vista islámico, es que en el siglo XIX el concepto de las fuerzas productivas era bastante restringido, bastante más restringido que lo que se entendía por “civilización”. En actualidad las “fuerzas productivas” incluyen tanto las relaciones de producción como otras. Las relaciones jurídicas de los cónyuges, y por lo tanto también sus relaciones sexuales y emocionales, también se convierten en “fuerzas productivas”, porque las “ganancias” parasitarias de los despachos de abogados, que se dedican a los asuntos conyugales, también se contabilizan en el PIB del país. Y del mismo modo todas las esferas de la vida social se convierten en distintas variedades de la producción, convirtiéndose en un objeto alienado.

Allah como guía de los creyentes, que se dirige a ellos a través del Profeta, abre una perspectiva alternativa: quitarle a la sociedad, que actúa como el vampiro colectivo, su sangre espiritual – el “tiempo interior”. En este caso el “tiempo interior” no alienado recupera la libertad absoluta de la no identificación con el medio externo y se convierte en la base del nuevo significado, que se abre a través del Profeta en forma del mensaje enviado por el auténtico Sujeto.

Las palabras “Allah ha comprado…” justamente indican que el “tiempo interior” es el recurso secuestrado que la sociedad convierte en algo cuantitativamente valorado.

De modo que en la Revelación islámica, o más exactamente, en esta aleya concreta, está contenida toda la economía política del pensamiento teológico islámico: la crítica total de la sociedad humana “independiente” convertida en tagut, es decir en una máquina mitologizada, objeto de adoración, y que en realidad representa el mal en estado puro y la destrucción de todas las personas introducidas en el funcionamiento de tal mecanismo.

La llamada de Allah trae a los fieles no solamente la libertad, sino una comprensión de la libertad y unas dimensiones de la libertad que superan con mucho las pautas sociales de la conversión del esclavo en amo. La auténtica libertad para el hombre consiste en su liberación de la sociedad, lo que de por sí es el prolegómeno de la resurrección y de la vida eterna dentro de la nueva ontología.


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